La oscuridad de Dominic Capítulo 8
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Capítulo 8

Cerré la puerta a mi espalda con un golpe seco y, como cada vez que salía de una de aquellas habitaciones, no miré atrás.

Me dirigí al ascensor, bajé hasta la recepción y me despedí del recepcionista sin necesidad de intercambiar una sola palabra, únicamente con un asentimiento de cabeza que él me devolvió antes de que abandonara el hotel.

Cuando me monté en el coche, consulté la hora en el cuadro de mandos y comprobé que ya eran las tres de la mañana.

El encuentro se había alargado más de lo esperado, algo poco habitual en mí, porque normalmente no solía acostarme más de una vez con ninguna de las mujeres que llevaba allí.

Sin embargo, siempre había excepciones y aquella noche la morena había sido una de ellas.

Había resultado ser una mujer de lo más receptiva y colaboradora, a la que se le notaba que disfrutaba del sexo.

Cuando terminamos la primera vez, pensé en marcharme, pero, al ver la expresión con la que me miraba, como si quisiera decirme que esperaba bastante más de mí, no pude resistirme a darle lo que parecía estar pidiéndome.

La cogí de la mesa en la que estaba apoyada y la tumbé en la cama, dispuesto a satisfacer sus ganas de continuar. Tiré de sus piernas por debajo de las rodillas para acercarla al borde, me arrodillé en el suelo y me dispuse a proporcionarle todo el placer que estaba dispuesto a ofrecerle.

Su cuerpo respondió enseguida a mis caricias y pronto comenzó a mostrar de nuevo los primeros signos de excitación.

Continué estimulándola, alternando movimientos y aumentando la intensidad a medida que sus jadeos se hacían más fuertes, hasta conseguir que alcanzara otro orgasmo que la hizo arquearse por completo sobre la cama.

Sin darle demasiado tiempo para recuperarse, la giré para colocarla de espaldas a mí y, después de ponerme un preservativo nuevo, retomamos el encuentro.

Esta vez nuestros movimientos fueron todavía más intensos que durante la primera ocasión y ella llegó incluso a pedirme más cuando estaba a punto de alcanzar otro orgasmo.

Yo también estaba muy cerca, así que la sujeté con mayor firmeza por las caderas y aceleré el ritmo, hasta que apenas unos instantes después ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo.

Me aparté de ella y fui directamente al baño, donde tiré ambos preservativos a la papelera y me lavé la cara, que tenía empapada en sudor.

Sin embargo, todavía no pensaba ducharme, porque aquella morena me había planteado un reto y no tenía intención de marcharme sin disfrutar de un tercer encuentro con ella.

Cuando regresé a la habitación, seguía tumbada en la cama, recuperando el aliento. Levantó ligeramente la cabeza y me observó con una ceja alzada, esperando a ver qué hacía.

—¿Aguantas? Porque todavía nos queda algo por probar.

Esperé su respuesta, consciente de que necesitaba pensárselo, ya que no todas las mujeres estaban dispuestas a practicar sexo anal. De todas aquellas con las que me había acostado, que no eran precisamente pocas, apenas dos habían accedido a hacerlo.

Era algo perfectamente comprensible y siempre lo había respetado.

Si no querían por miedo, desconocimiento, porque no les apetecía, porque no les gustaba o por cualquier otra razón, me daba exactamente igual el motivo.

No insistía cuando una mujer rechazaba alguna práctica, porque tenía muy claro que ambos debíamos estar de acuerdo con lo que hacíamos.

Noté que dudaba mientras me observaba, como si estuviera intentando averiguar si podía fiarse de mí y si realmente quería arriesgarse a probarlo.

Desde luego, no era tan desalmado como para hacer algo semejante sin prepararla antes, así que intenté transmitirle con la mirada que no tenía intención de hacerle daño.

Finalmente, sonrió de medio lado y asintió, un gesto que le devolví antes de subir a la cama y colocarme a su espalda.

Comencé a acariciarla con calma, dedicándole el tiempo necesario para que volviera a excitarse y se sintiera cómoda.

No tenía ninguna prisa y quería que disfrutara de aquel encuentro tanto como yo, por lo que fui aumentando la intensidad de las caricias de manera progresiva, atento en todo momento a sus reacciones.

Cuando comprobé que estaba preparada y que seguía dispuesta a continuar, me puse un preservativo nuevo y retomamos el encuentro lentamente, sin dejar de prestar atención a sus gestos para asegurarme de que se encontraba bien.

Ella respondió a mis movimientos y, poco a poco, fuimos aumentando el ritmo hasta alcanzar una intensidad similar a la de las ocasiones anteriores.

Apenas unos minutos después, entre jadeos y movimientos cada vez más rápidos, ambos volvimos a alcanzar el orgasmo prácticamente al mismo tiempo.

Me aparté de ella sin pronunciar una sola palabra, como había hecho las veces anteriores, y me levanté de la cama para dirigirme directamente al baño.

Abrí el grifo de la ducha y, después de quitarme el preservativo, me metí bajo el agua sin esperar a que se calentara.

Fue una ducha rápida, de apenas cinco minutos, lo justo para quitarme el sudor y sentirme limpio antes de marcharme.

Cuando terminé, salí de la ducha, me enrollé una toalla alrededor de la cintura y cogí otra para secarme un poco el pelo.

Después de dejarlas en el suelo, regresé desnudo a la habitación y lo primero que hice fue mirar hacia la cama, esperando que la morena me dijera algo.

Sin embargo, no fue así y tampoco habría podido hacerlo, porque seguía tumbada de lado, exactamente en la misma posición en la que la había dejado, pero completamente dormida.

Me acerqué a la ropa que había quedado esparcida por el suelo y comencé a vestirme sin ninguna prisa.

Primero me puse los calcetines y los pantalones, después me senté en una silla para calzarme y, cuando terminé, cogí la camisa y me la abotoné tranquilamente antes de meterla por dentro de los pantalones y ajustarme el cinturón.

Por último, me puse la americana y me pasé un par de veces las manos por el pelo para acomodármelo mientras caminaba hacia la puerta.

No volví a mirarla antes de salir, porque, como siempre, prefería marcharme en silencio.

Sin embargo, aquella vez sí pensé que no me importaría repetir el encuentro si volvía a presentarse la ocasión.

Las cosas habían ido bien, ambos habíamos disfrutado y parecíamos entender el sexo de la misma manera, sin sentimientos ni expectativas, únicamente buscando el placer del momento y, por supuesto, evitando cualquier complicación posterior.

Al cerrar la puerta a mi espalda, terminé de convencerme de que, si volvía a encontrarme con ella, estaría dispuesto a repetir la experiencia, siempre que también quisiera hacerlo. Aunque eso ya se vería si llegaba a darse el caso.

Aparqué el coche en mi plaza del garaje y subí al ático. Nada más entrar, dejé las llaves en su lugar habitual y, sin encender las luces, hice lo mismo que todas las noches en las que regresaba del hotel: fui directamente al salón y me serví una copa de whisky .

Con el vaso en la mano, me acerqué a los ventanales y me quedé contemplando los edificios de enfrente mientras bebía tranquilamente, sorbo a sorbo, aunque en realidad no estaba viendo nada de lo que tenía delante.

Apenas cuatro de aquellos edificios conservaban alguna luz encendida a esas horas de la madrugada, mientras que el resto permanecían completamente a oscuras.

Removí el poco licor que quedaba en el fondo del vaso y me lo terminé de un trago antes de dejar la copa sobre la mesa.

Después de soltar un suspiro, me dirigí a mi habitación y me quité la ropa; aunque, en lugar de meterme directamente en la cama, decidí pasar antes por el baño.

Necesitaba darme otra ducha, esta vez con agua caliente, para relajar los músculos que habían permanecido en tensión durante todo el encuentro con la morena.

Veinte minutos después, me tumbé en la cama y cerré los ojos.

Estaba satisfecho, al menos físicamente, porque, como me sucedía siempre después de acostarme con una mujer, aquella molesta sensación en el pecho seguía estando presente.

Aunque, más que un malestar, era la impresión constante de que, por muchas mujeres con las que me acostara, nunca conseguía alcanzar una satisfacción completa.

Me faltaba algo y lo peor de todo era que no tenía ni idea de qué podía ser.

La semana siguiente transcurrió de una manera bastante parecida a la anterior y a todas las que la habían precedido, porque mi vida se había convertido en una rutina de la que parecía incapaz de salir.

Llegaba el primero a la empresa, me sumergía en todo el trabajo que podía abarcar para mantener la mente ocupada y, cuando finalmente abandonaba la oficina, siempre el último, tenía dos alternativas: pasarme por el club de Joanne y buscar alguna mujer con la que desahogarme o regresar a casa y correr en la cinta hasta quedarme completamente exhausto.

Aquella tarde estaba revisando el contrato de un nuevo cliente que habíamos conseguido apenas dos días antes cuando la puerta de mi despacho se abrió.

No levanté la mirada de los documentos porque no me hacía falta hacerlo para saber que quien acababa de entrar era Derek.

Sin embargo, cuando consulté la hora en mi reloj, fruncí el ceño al comprobar que ya eran las seis, demasiado tarde para que mi hermano siguiera en la empresa.

—Es tarde. ¿Qué haces todavía aquí?

—Ya me marchaba, solo he pasado a recordarte una cosa.

—¿El qué? ¿Que no tengo secretaria? Porque, si es eso, no te molestes en decírmelo. Tengo ojos para comprobar que la mesa de ahí fuera sigue vacía y también tengo memoria para recordar que me lo dijiste ayer y anteayer.

—Y seguirás sin tenerla en un futuro cercano si no dejas de descartar candidatas. Por lo visto, todas las que han venido tenían alguna pega.

—¿Pegas?

—Sí, todas tenían algo que no te gustaba.

Puse los ojos en blanco, preguntándome si mi hermano había decidido pasarse por mi despacho únicamente para tocarme las narices con un asunto que ya me tenía bastante harto.

—Una me ha dicho que tendría que traer a su hijo a la oficina una semana sí y otra no, dependiendo de los turnos de su marido.

Otra me ha explicado que no puede venir antes de las diez porque no perdona por nada del mundo un buen desayuno con su madre y la última me ha dicho que odia el color negro y que, si trabaja conmigo, tendré que ponerme camisas de otro color.

La carcajada que soltó Derek resonó por todo el despacho, aunque no parecía dispuesto a tomarse demasiado en serio mis motivos para haber descartado a aquellas mujeres.

—La de las camisas me gusta. Sería una buena manera de conseguir que te pusieras otros colores en lugar de ir siempre de negro.

—Me gustan las camisas negras.

—Para los entierros están muy bien, pero tú las utilizas a diario. Parece que se han convertido en tu uniforme.

—Y lo son. A mí me gustan y ya sabes perfectamente lo que pienso.

Derek puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, consciente de que aquella respuesta zanjaba cualquier discusión sobre mi manera de vestir.

Habíamos mantenido la misma conversación infinidad de veces, tanto entre nosotros como con Katy y mi madre, porque todos parecían empeñados en hacerme cambiar de opinión.

Según ellos, las camisas negras acentuaban todavía más mi aspecto frío y conseguían que pareciera incluso más serio y huraño de lo socialmente aceptable.

Mi respuesta, sin embargo, siempre era la misma: a mí me gustaban y no pensaba dejar de utilizarlas, así que, si a alguien le molestaba verme vestido de negro, podía limitarse a mirar hacia otro lado.

—¿Qué venías a decirme? —pregunté, decidido a terminar con aquella conversación.

—He venido a recordarte que mañana es la fiesta del bebé.

Como si necesitara que me lo recordara, teniendo en cuenta que su mujer ya se había encargado de hacerlo durante toda la semana, repitiéndomelo al menos cuatro veces al día.

—En mi casa —añadió.

—Lo sé.

—A las seis.

—Lo sé.

—No llegues tarde.

—Yo nunca llego tarde a ningún sitio.

—Y no te olvides del regalo.

—Lo tengo en el maletero del coche desde hace días.

Y era cierto, porque lo había comprado una de las noches en las que no había ido al club de Joanne y, cuando me llegó al día siguiente, lo metí directamente en el coche para evitar que pudiera olvidármelo.

—Perfecto, entonces. Nos vemos mañana en casa —se despidió antes de girarse para dirigirse hacia la puerta.

Sin embargo, justo antes de cerrarla, se detuvo y volvió la cabeza por encima del hombro para mirarme.

—Y, Dominic…

—¿Qué?

—No se te ocurra marcharte media hora después de llegar —me advirtió, demostrando una vez más que conocía perfectamente mis intenciones.

—Vale, lo extenderé a una hora.

Mi hermano cerró la puerta, pero aun así pude escuchar su carcajada al otro lado. Negué con la cabeza y volví a bajar la mirada hacia los documentos que todavía sostenía entre las manos, dispuesto a continuar trabajando.