Capítulo 7
Cuando Joanne se marchó, me quedé sentado en la barra, convencido de que no estaría solo durante mucho tiempo.
El acuerdo silencioso al que aquella morena y yo habíamos llegado con un simple cruce de miradas no tardaría en hacerse realidad y, mientras terminaba mi copa, calculé mentalmente cuánto tiempo tardaría en acercarse.
Fueron exactamente cuatro minutos los que necesitó para aparecer a mi lado.
Lo primero que percibí, además de su presencia, fue su perfume, ligeramente dulzón, con la intensidad suficiente para que cualquiera que estuviera cerca pudiera reconocerla por su aroma sin necesidad de mirarla.
Se acomodó en el mismo taburete que Joanne había ocupado unos minutos antes y, después de darle un trago a la copa que llevaba en la mano, la dejó sobre la barra.
—Hola.
Me giré tranquilamente para mirarla, sin dejar entrever las ganas que tenía de salir de allí y hacer con ella todo lo que ya me había pasado por la cabeza.
—Hola —contesté, dirigiendo la mirada hacia su rostro, aunque sin llegar a mirarla directamente a los ojos.
—Dicen que vienes mucho por aquí.
—Si lo dicen, será cierto.
Se quedó observándome durante un par de segundos antes de que una sonrisa apareciera en su rostro.
No era una sonrisa amable ni de cortesía, tampoco una de esas que dedican las personas especialmente sociables a cualquiera con quien se cruzan, sino una expresión que ya había visto demasiadas veces en otras mujeres.
Era la sonrisa de alguien a quien le gustaba lo que tenía delante y que seguramente ya se estaba imaginando varias cosas, dando por hecho que todas ellas acabarían sucediendo.
—¿Cómo te llamas?
Mi expresión no cambió lo más mínimo. Si esperaba que reaccionara de alguna manera o que le dedicara una sonrisa, iba a llevarse una decepción.
—¿Acaso importa? —contesté con tranquilidad antes de terminarme la copa.
Su sonrisa cambió en una décima de segundo, pasando de ser amplia a dibujarse únicamente en una comisura de sus labios, como si hubiera comprendido a la perfección cómo iban a desarrollarse las cosas entre nosotros.
—No.
—Entonces estamos de acuerdo.
Permanecimos unos instantes en silencio mientras le concedía el tiempo necesario para que formulara las preguntas que estaba seguro de que acabarían llegando, porque siempre llegaban. Y, efectivamente, apenas unos segundos después volvió a hablar, confirmando mis sospechas.
—¿Una noche?
—Sí.
—Sin explicaciones.
—Exacto.
—Sin expectativas.
—Ninguna.
—¿Sin posibilidad de repetir?
—Eso ya se verá.
—Perfecto, entonces nos llevaremos bien.
Quizá esperaba sorprenderme con aquella respuesta, pero no lo consiguió.
Había bastado un cruce de miradas para intuir que era una mujer que se encontraba en una situación bastante parecida a la mía y que no parecía dispuesta a exigir nada, ni antes ni después de nuestro encuentro.
Simplemente tomaría lo que yo pudiera ofrecerle en aquel momento, del mismo modo que yo aceptaría lo que ella estuviera dispuesta a darme.
Aun así, preferí asegurarme y hacerle una última pregunta para que todo quedara lo más claro posible. Siempre existía la posibilidad de que mi primera impresión hubiera sido equivocada y, aunque no solía sucederme, lo último que necesitaba era añadir más dramas a mi vida.
—¿Por qué?
—Porque yo tampoco busco nada más ni tengo el menor interés en hacerlo.
Asentí, satisfecho con aquella respuesta, porque tanto sus palabras como su mirada me parecieron sinceras y no necesitaba ninguna otra explicación.
Me levanté del taburete, me estiré la chaqueta y saqué de la cartera un billete que dejé sobre la barra, justo al lado de mi copa.
Joanne siempre insistía en que no pagara nada de lo que consumía en su local, pero en eso jamás había cedido.
Aquello era un negocio y, teniendo en cuenta la frecuencia con la que lo visitaba, no podía permitir que me invitara constantemente.
—¿Nos vamos?
La morena terminó su copa de un último trago, dejó el vaso de cóctel sobre la barra y se bajó del taburete. Después de coger el bolso que había dejado a un lado, se volvió hacia mí.
—Vamos.
Salimos juntos del local y comprobamos que, durante el tiempo que habíamos permanecido dentro, la temperatura había descendido un poco más.
El frío nos golpeó con fuerza nada más poner un pie en la calle, pero ninguno de los dos hizo comentario alguno mientras caminábamos hacia mi coche.
Cuando llegamos, le indiqué con un gesto de cabeza que subiera y, una vez acomodados, puse rumbo al hotel al que siempre acudía para aquel tipo de encuentros.
Jamás llevaba a ninguna mujer a mi casa, porque esa era mi primera norma, como tampoco aceptaba ir a las suyas.
Algunas me lo habían sugerido, pero nunca había cedido: o íbamos al hotel o no había encuentro.
Tenía clarísimo que nadie iba a entrar en mi refugio y tampoco quería visitar el de ninguna de ellas, porque me parecía algo demasiado íntimo y personal, precisamente todo aquello de lo que pretendía huir.
Yo sabía perfectamente lo que buscaba y tenía mis propias normas.
Si las aceptaban, estupendo; de lo contrario, el encuentro terminaba antes de empezar.
Durante el trayecto apenas intercambiamos unas palabras, algo que agradecí porque no me apetecía mantener ninguna conversación, y cuando finalmente detuve el coche frente a la entrada del hotel, ella observó el edificio antes de volverse hacia mí.
—¿Un hotel?
—Un hotel —confirmé.
—Bien —respondió, mostrando su conformidad.
Nos bajamos prácticamente al mismo tiempo y caminamos juntos hacia la entrada. Nada más atravesar las puertas, notamos el cambio brusco de temperatura respecto al exterior y vi cómo su expresión se transformaba hasta dibujar una sonrisa de satisfacción.
Me dirigí al mostrador, donde el mismo recepcionista que solía trabajar en el turno de noche se levantó nada más verme aparecer.
No hicieron falta explicaciones ni preguntas, porque llevaba demasiado tiempo visitando aquel establecimiento y siempre acudía por el mismo motivo, así que el hombre sabía perfectamente lo que tenía que hacer: una habitación grande, para una sola noche y dos personas.
Tecleó rápidamente en el ordenador y después se giró hacia los casilleros para coger una tarjeta de acceso, que depositó sobre el mostrador justo cuando yo dejaba mi tarjeta de crédito.
—La 308 —anunció mientras deslizaba la llave hacia mí.
Cogió mi tarjeta y la pasó por el datáfono con la misma rapidez con la que había realizado el resto de las gestiones.
—Está todo.
—Gracias —respondí antes de darme la vuelta.
Busqué a la morena con la mirada y la encontré cerca de los ascensores, esperándome. Me acerqué a ella y, cuando me dedicó una mirada interrogante, asentí para indicarle que todo estaba listo y que ya podíamos subir.
Durante el trayecto en ascensor continuamos en silencio, algo que hizo que aquella mujer me gustara todavía más, y no me refería únicamente a su físico, porque resultaba evidente que me sentía atraído por ella o no habríamos llegado hasta allí.
Lo que realmente me agradaba era comprobar que, en ese aspecto, aquella mujer era bastante parecida a mí.
No era una mujer de conversación, porque, de haberlo sido, seguramente habría intentado hablar conmigo durante el trayecto en coche o mientras subíamos en el ascensor.
Parecía tener tan claro como yo para qué habíamos ido allí y cómo iban a desarrollarse las cosas, lo que me venía de maravilla porque era precisamente lo que quería y necesitaba.
Cuando llegamos a nuestra planta, recorrimos el pasillo hasta la habitación. Abrí la puerta y la dejé pasar antes de entrar detrás de ella y cerrar a mi espalda.
La mujer dejó el bolso sobre una silla mientras yo me quitaba la chaqueta y la colocaba en otra.
Apenas terminamos de hacerlo, nos acercamos el uno al otro al mismo tiempo y todo ocurrió demasiado deprisa.
Sus manos buscaron los botones de mi camisa mientras las mías se dirigían hacia la cremallera que llevaba en la espalda.
Ella consiguió desabrocharme dos botones y yo le bajé la cremallera hasta la mitad, justo antes de que diera otro paso para pegarse todavía más a mi cuerpo e intentara buscar mi boca.
No se lo permití y, al darse cuenta, se apartó ligeramente para mirarme con una ceja alzada.
—¿Una norma?
—Así es. Nada de besos.
—Bien —aceptó sin darle mayor importancia.
Volvió a concentrarse en mi camisa y me desabrochó otro botón sin dejar de mirarme.
—¿Algo más que deba saber antes de seguir?
Me pareció una pregunta completamente razonable, porque nunca estaba de más dejar claras las cosas antes de continuar.
—Me gusta el sexo fuerte, pero sin excesos. Nada de besos, como ya te he dicho. Si quieres algo, pídelo, y si hay algo que no te gusta, dímelo. Si crees que me estoy pasando, también quiero que me lo digas.
»Nada de cosas raras y tampoco soy de mantener largas conversaciones. No nos quedaremos a dormir juntos. Cuando terminemos, me marcharé y tú podrás quedarte si quieres.
Se tomó unos instantes para pensar en todo lo que acababa de explicarle y finalmente asintió, dando por aceptadas mis condiciones.
—Estoy de acuerdo con todo.
—Pues no hay más que decir.
—No.
Con aquella última palabra y un asentimiento de cabeza, dejamos establecidas las normas de nuestro encuentro sin necesidad de seguir hablando.
Volvió a llevar las manos hacia mi camisa y terminó de quitármela mientras yo me ocupaba de su vestido, que apenas unos segundos después acabó en el suelo.
Me detuve un instante para observarla y comprobé que tenía un cuerpo espectacular, realzado por el conjunto de lencería negra que llevaba, de lo más sexi.
Antes de que pudiera anticiparse a mis movimientos, la giré para colocarla de espaldas a mí y, con un gesto rápido, le quité el sujetador.
Una de mis manos se dirigió hacia sus pechos mientras la otra descendía lentamente por su costado y su vientre hasta llegar al borde del tanga.
Sin necesidad de quitárselo, deslicé la mano por debajo de la tela y comencé a acariciarla, acompasando los movimientos de ambas manos mientras ella respondía con una respiración cada vez más agitada.
Enseguida noté cómo aumentaba su excitación y comprendí que necesitaba más, así que no dudé en dárselo.
Que me gustaran aquellos encuentros y necesitara descargar toda la tensión que llevaba acumulada no significaba que únicamente pensara en mi propio placer.
Yo no era así y ninguna de las mujeres que habían pasado por mi cama podía decir que no hubiera sido generoso con ella o que no me hubiera preocupado por dejarla satisfecha.
Continué estimulándola con las manos, aumentando progresivamente la intensidad de mis movimientos mientras sus jadeos se hacían cada vez más fuertes.
Su cuerpo comenzó a reaccionar de una manera que me indicó que estaba cerca de alcanzar el orgasmo, así que aceleré el ritmo hasta que, apenas unos segundos después, consiguió llegar al clímax.
La solté y ella se giró para mirarme, con las mejillas encendidas y la respiración todavía agitada, esperando a descubrir cuál sería mi siguiente movimiento. No necesité darle ninguna explicación, porque bastó un gesto para que comprendiera lo que quería.
Me bajé los pantalones de un tirón, arrastrando también la ropa interior, y terminé de desnudarme después de quitarme los zapatos y los calcetines.
Era evidente que aquella mujer estaba acostumbrada a tener encuentros sexuales y que no necesitaba que le indicaran cómo continuar.
Se arrodilló frente a mí y tomó la iniciativa, dedicándome unas caricias que hicieron que mi excitación aumentara rápidamente.
Cuando intenté marcar un ritmo más intenso, ella siguió mis movimientos sin mostrar ninguna oposición, aunque permanecí atento a sus reacciones, tal como habíamos acordado antes de empezar.
Cuando noté que estaba demasiado cerca de alcanzar el orgasmo, la detuve. No pensaba terminar de aquella manera, porque nunca lo hacía con ninguna mujer.
Di un paso atrás y la ayudé a levantarse antes de conducirla hasta la mesa que había en la habitación, donde hice que se colocara de espaldas a mí. Siempre de espaldas, porque nunca me acostaba con ninguna mujer mirándola a la cara.
Le quité el tanga mientras ella se acomodaba frente a la mesa y cogí el preservativo que había dejado sobre ella al entrar en la habitación.
Una vez protegido, me acerqué de nuevo a su cuerpo y retomamos el encuentro con la intensidad que ambos habíamos acordado.
No tenía intención de empezar suavemente y ella tampoco parecía buscarlo, así que nuestros movimientos fueron fuertes y cada vez más rápidos, acompañados de sus jadeos, que aumentaban a medida que avanzábamos.
Pronto noté que estaba cerca de alcanzar otro orgasmo y yo tampoco tardaría demasiado, por lo que la sujeté con firmeza por las caderas y aceleré el ritmo hasta que, apenas un minuto después, ambos llegamos al clímax al mismo tiempo.