Epílogo
Diez años después…
Abrí los ojos lentamente y, como hacía cada mañana, lo primero que hice fue bajar la mirada hacia la mujer que dormía apoyada sobre mi pecho.
La sonrisa apareció sola, igual que ocurría prácticamente siempre que la observaba; daba igual que fuera al despertar, en cualquier momento del día o incluso alguna noche mientras soñaba con ella.
Taylor seguía durmiendo profundamente y me permití recorrer su rostro con la mirada durante unos segundos.
Después de diez años todavía me costaba creer la suerte que había tenido de que aquella mujer se cruzara en mi camino y, sobre todo, de que decidiera quedarse a mi lado para compartir una vida conmigo.
Habían pasado diez años desde que nos conocimos y, al echar la vista atrás, no podía pensar en ellos de otra manera que como los mejores de mi vida. Diez años en los que habíamos construido juntos mucho más de lo que yo habría imaginado que algún día llegaría a tener.
Cerré los ojos durante unos segundos y aspiré su aroma, aquel olor tan suyo que llevaba una década metido en mi sistema y que estaba seguro de que sería capaz de reconocer en cualquier parte, incluso sin verla.
Respiré un poco más hondo y dejé que mi cabeza regresara a todo lo que habíamos vivido desde que nuestra historia empezó de verdad.
Lo primero que me vino a la mente fue aquella conversación en mi despacho en la que Taylor decidió darme otra oportunidad.
Hubo lágrimas, risas, besos, abrazos y confesiones, pero por encima de todo hubo algo mucho más importante: una promesa de vida juntos que, aunque ninguno de los dos pronunciara exactamente de aquella manera, había quedado clara entre nosotros.
Ese día comprendí que dejar el pasado atrás era imposible y que tampoco necesitaba hacerlo.
Todo lo que vivimos, incluso aquello que nos rompe, acaba formando parte de nosotros y termina enseñándonos algo.
Yo aprendí que no tenía que olvidar lo ocurrido, sino aceptar que había sucedido y conseguir que dejara de decidir por mí.
Taylor hizo lo mismo con su pasado y, entre los dos, aprendimos a convivir con aquellos recuerdos, dejando atrás únicamente lo que de verdad necesitábamos abandonar: el dolor.
Durante los días siguientes hablamos muchísimo.
Nos abrimos por completo y nos contamos todo lo que habíamos sentido durante aquellos meses en los que estuvimos juntos sin atrevernos a reconocer que, en realidad, hacía tiempo que éramos mucho más de lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir.
Le confesé cuánto tiempo la había querido en silencio, el miedo que había sentido a decírselo y, sobre todo, el terror que me producía reconocerlo ante mí mismo.
Me aterraba volver a querer a alguien, no ser suficiente para esa persona y terminar viéndola marcharse mientras yo volvía a quedarme recogiendo los pedazos.
Taylor me confesó que ella había sentido prácticamente lo mismo. También había tenido miedo de volver a entregarse, de confiar y de terminar reviviendo con otra persona aquello que tanto daño le había hecho en el pasado.
Al terminar aquella semana, cuando por fin no quedaba nada importante por decir y todo parecía haberse colocado en su sitio, le aseguré que no pensaba dejarla marchar y que no quería pasar ni un día más sin tenerla a mi lado.
Taylor intentó convencerme de que nos tomáramos las cosas con calma, que fuéramos despacio y no corriéramos demasiado, pero por primera vez aquella batalla la gané yo. Esa misma noche durmió en mi casa y, desde entonces, dejó de existir una separación real entre la suya y la mía.
Seis meses después de nuestra reconciliación hice algo que todavía conseguía hacerme sonreír cada vez que lo recordaba, y la escena apareció en mi cabeza con tanta claridad como si hubiera ocurrido el día anterior.
Estábamos en mi despacho, aquel que había sido testigo de nuestros primeros besos, de nuestra primera vez y de muchas de las que llegaron después.
También había presenciado incontables discusiones, sus pullas, mis cabreos y mi desesperación cada vez que se empeñaba en mandarme, así que me pareció el lugar perfecto para hacerlo.
Taylor estaba leyendo mi agenda cuando me levanté del sillón, me acerqué hasta ella y me arrodillé.
—¿Qué haces? —preguntó sorprendida.
—Algo que debería haber hecho hace tiempo y que no pienso esperar ni un día más para hacer.
Saqué la pequeña caja que llevaba conmigo desde hacía una semana y la abrí delante de ella.
—Cásate conmigo…
—Sí.
La miré sorprendido por la rapidez con la que había contestado.
—¿Sí?
—Por supuesto que sí.
—No me has dejado ni terminar lo que iba a decir —protesté riendo mientras le colocaba el anillo en el dedo.
—Ibas a añadir que me quieres y eso ya lo sé, igual que tú sabes que yo te quiero a ti.
Y así, sin un discurso preparado, sin grandes florituras, sin una cena en un restaurante elegante ni una declaración bajo la luz de la luna, Taylor me dijo que sí. Después añadió que no podría haber elegido mejor el lugar, el momento ni la manera de pedírselo.
Tres meses más tarde nos casamos en una boda íntima, emotiva y muy especial a la que solo asistieron nuestra familia y unos pocos amigos. Los dos quisimos que fuera así y ninguno necesitó nada más para convertir aquel día en uno de los mejores de nuestra vida.
Aunque no fui el único que utilizó mi despacho para transformar un día cualquiera en uno imposible de olvidar.
Seis meses después de casarnos, una mañana Taylor entró en él y, sin decir una sola palabra, dejó sobre mi mesa una caja del tamaño aproximado de una caja de zapatos. Le pregunté si era un regalo y asintió; después quise saber si debía abrirlo en aquel momento y volvió a hacer lo mismo.
Lo hice completamente intrigado y, aunque habría podido imaginar mil cosas, jamás habría acertado con lo que encontré dentro.
Era una camisa negra diminuta, de la talla de un bebé, y no necesité más de un par de segundos para comprender qué significaba aquello.
Me levanté de la silla, la abracé con todas mis fuerzas y terminé llorando contra ella mientras le daba las gracias una y otra vez por hacerme tan feliz.
Siete meses después llegó Ethan a nuestras vidas y, para desgracia de Taylor, le ocurrió exactamente lo mismo que años antes a mi cuñada: nuestro hijo no tenía prácticamente ningún rasgo suyo, porque era una fotocopia mía en miniatura.
Taylor juró entonces que nuestro siguiente hijo se parecería a ella y, por suerte para los dos, su deseo se cumplió.
Dos años más tarde nació Linda para completar nuestra pequeña familia y desde el primer momento quedó claro que era una copia exacta de su madre, no solo físicamente, sino también en el carácter.
Me desafiaba, me discutía y conseguía volverme loco con la misma facilidad que Taylor.
Pensar en nuestros hijos me llevó inevitablemente hasta los otros niños a los que adoraba: mis sobrinos, los hijos de Derek y Katy.
Mi hermano y mi cuñada seguían juntos y continuaban formando aquella pareja sólida que siempre habían sido. Philip ya era todo un hombrecito, aunque sus hermanas gemelas de cuatro años se encargaban a diario de volverlo loco.
June y July eran como dos gotas de agua físicamente, pero tenían caracteres muy diferentes. Aun así, compartían algo que conseguía desesperarnos a todos: lo que no se le ocurría a una, lo inventaba la otra, y entre las dos lograban tenernos permanentemente pendientes de sus trastadas.
Eran dos pequeños demonios imposibles de no querer y dos niñas que no conocían a su tía y, seguramente, nunca llegarían a hacerlo.
Stacey se marchó de Nueva York al día siguiente de nuestra conversación en el restaurante, cuando comprendió que no iba a conseguir el objetivo que la había llevado de vuelta a la ciudad.
Desde entonces, ninguno de nosotros, ni siquiera su propia hermana, había vuelto a tener noticias de ella.
Después pensé en mi madre, porque los años también habían pasado para ella y se notaban, al igual que las secuelas de una operación de cadera a la que tuvo que someterse tiempo atrás.
Cojeaba ligeramente, aunque aquello no le impedía corretear detrás de todos sus nietos como si todavía tuviera veinte años ni mirarlos con esa mezcla de adoración y orgullo que solo una madre y una abuela feliz podían mostrar.
Joanne fue la siguiente persona que apareció en mi cabeza.
Mi amiga, mi cómplice, mi compañera de aventuras y batallas, mi hermana de corazón.
La mujer que había estado a mi lado desde que éramos niños en todos y cada uno de los momentos importantes de mi vida, tanto en los malos como en los buenos y también en aquellos que ni siquiera habría sabido cómo calificar.
Jo también había encontrado el amor tres años atrás y ella misma reconocía que lo suyo había sido un flechazo.
Hilary entró a trabajar como camarera en el Jo’s Hush y apenas un mes después ya estaban juntas.
Un año más tarde se casaron y, en aquel momento, esperaban impacientes la llegada a sus vidas de una niña de cinco años cuya adopción estaba prevista para menos de dos semanas después.
De Joanne, mis pensamientos saltaron inevitablemente hasta White Waste & Recovery, que seguía funcionando a las mil maravillas y había crecido muchísimo durante aquellos años.
Muchas cosas habían cambiado desde que la fundé, aunque existía una que no pensaba permitir que lo hiciera jamás: mi secretaria seguía siendo la misma.
Sí, Taylor, mi mujer, mi vida y mi todo continuaba siendo mi secretaria, aunque, siendo sincero, después de tantos años ningún empleado tenía demasiado claro si ella trabajaba para mí o era yo quien trabajaba para ella. Probablemente fuera lo segundo, pero estaba encantado de que así fuera.
Respiré hondo y abrí los ojos. Cuando volví a bajar la mirada, mi sonrisa se amplió al descubrir que Taylor ya estaba despierta y me observaba con aquel amor reflejado en los ojos que hubo un tiempo en el que fui demasiado ciego para ver.
—Buenos días, amor.
—Buenos días. Por la cara que tenías, fuera lo que fuera en lo que estabas pensando, parecía hacerte muy feliz.
—Sí, muchísimo.
—¿En qué pensabas?
La rodeé con los brazos para pegarla todavía más a mí, si es que aquello era posible.
—En todo lo que hemos vivido durante estos diez años.
—Han sido maravillosos.
—Y los que nos quedan por vivir van a ser todavía mejores.
—Eso suena muy bien.
—A mí me suena perfecto. También pensaba en lo agradecido que estoy de que te cruzaras en mi camino.
Taylor sonrió antes de dejar un beso suave sobre mi pecho.
—Yo también estoy agradecida.
—No tanto como yo.
—Eso no puedes saberlo, así que no me discutas —respondió bromeando.
—No discuto algo de lo que estoy completamente seguro, porque sé exactamente la vida de mierda que habría llevado si tú no hubieras aparecido para ayudarme a salir de aquella oscuridad en la que estaba metido.
—Dominic…
—Te amo, Taylor.
—Yo también te amo. Para siempre —respondió antes de acercarse para besarme.
Nuestros labios se encontraron en un beso lento, lleno de ternura, de amor y de todos aquellos sentimientos que durante tantos años habíamos aprendido a compartir sin escondernos detrás del miedo.
La estreché un poco más contra mí mientras pensaba que Taylor era la mujer de mi vida y la persona a la que amaría siempre.
Durante años había creído que no me quedaba otra opción que aprender a vivir dentro de aquella oscuridad, convencido de que protegerme significaba no volver a sentir nada por nadie.
Entonces apareció ella y me demostró que estaba equivocado.
No necesitaba esconderme de la oscuridad ni acostumbrarme a vivir dentro de ella. Solo tenía que atreverme a salir, aceptar que el pasado formaba parte de mí sin permitir que siguiera controlando mi presente y confiar de nuevo en alguien lo suficiente como para querer construir un futuro a su lado.
Y eso era exactamente lo que había hecho desde que Taylor llegó a mi vida.