Capítulo 5
La semana había llegado a su fin, al menos para todos los empleados de mi empresa, porque yo pensaba pasarme el sábado por la mañana y seguramente parte de la tarde encerrado en mi despacho.
No lo hacía porque tuviera trabajo acumulado, ni mucho menos, sino porque era una manera de mantener la mente ocupada y evitar pasarme dos días en el ático, encerrado y pensando en lo que no debía.
Fui el último en salir de la empresa, después de despedirme con un asentimiento de cabeza del vigilante de seguridad que aquella noche estaba de turno. Me monté en el coche y no tuve que pensar adónde dirigirme, porque llevaba varias horas con mi destino decidido.
Quince minutos después, aparqué frente a la puerta del local, apagué el motor y me quedé unos segundos mirando a ninguna parte antes de soltar un suspiro y bajarme. Rodeé el coche, me apoyé en el capó y levanté la cabeza para contemplar el imponente edificio que tenía delante.
Jo’s Hush .
Ese era el nombre que mi mejor amiga había elegido para su local y a mí siempre me había parecido perfecto, porque transmitía confianza y dejaba claro que las conversaciones que se mantenían allí estaban protegidas por la privacidad que ofrecían sus reservados.
El edificio que tenía delante no se parecía en nada al que había sido antes de su inauguración, siete años atrás.
Por aquel entonces, parecía que iba a derrumbarse en cualquier momento, pero Joanne me había asegurado que conseguiría hacerlo brillar y, desde luego, había cumplido su palabra.
Durante meses se dejó la piel para convertir en realidad la idea que tenía en la cabeza, cuidando cada detalle hasta conseguir que el local quedara exactamente como lo había imaginado.
Había que reconocer que no podría haberlo hecho mejor, porque el resultado era espectacular.
La fachada, que antiguamente no era más que piedra ennegrecida por el paso del tiempo, había cambiado por completo.
Ahora era oscura y contrastaba con los grandes ventanales de cristal opaco que se extendían a lo largo de ella.
Sobre la entrada destacaba un gran cartel con el nombre del local, escrito con unas letras discretas y elegantes que, pese a su sencillez, no pasaban desapercibidas.
Una puerta de dos hojas de madera blanca aportaba ese toque diferente que Joanne había buscado desde el principio.
A simple vista podía parecer uno más de los muchos locales que había en Nueva York, pero nada más lejos de la realidad.
No había persona de negocios que no lo conociera o que no se hubiera acercado alguna vez, aunque solo fuera por curiosidad, si bien la mayoría de quienes lo frecuentaban eran clientes habituales que no fallaban a su cita y que, en muchos casos, habían convertido aquel lugar en su segunda oficina.
Entre aquellas paredes, especialmente en sus reservados, se habían firmado, acordado o apalabrado más tratos, contratos y fusiones millonarias que en muchas oficinas.
Joanne había conseguido crear un espacio único y elegante donde empresarios, abogados, políticos, inversores y profesionales de distintos sectores se sentían, en muchas ocasiones, más cómodos que en sus propias empresas, gracias a la privacidad, al ambiente relajado y al trato que recibían.
Solo con pensar en Joanne se dibujaba en mi interior una sonrisa que, en otros tiempos, también habría aparecido en mi rostro.
Nos conocíamos desde que habíamos empezado juntos el colegio y nuestra conexión había sido inmediata.
En cuestión de días, y sin necesidad de demasiadas palabras, habíamos llegado a una especie de acuerdo silencioso por el que nos convertimos en mejores amigos.
Aquello nunca había cambiado, por muchas cosas que hubieran sucedido a lo largo de los años.
Habíamos compartido clases, amigos, fiestas durante la adolescencia y, más adelante, los años de universidad, donde también estudiamos juntos la misma carrera.
Pero nuestra amistad no se había limitado a los buenos momentos, porque también habíamos afrontado problemas, decepciones y golpes que nos habían hecho derramar más de una lágrima cuando había sido necesario.
Sobre todo, habíamos compartido conversaciones, risas y silencios, de esos que solo puedes permitirte con alguien que te conoce lo suficiente como para no necesitar explicaciones.
Joanne siempre había estado ahí para mí y yo había hecho exactamente lo mismo por ella, tanto en los buenos momentos como en los malos, especialmente en estos últimos.
Cuando fundé mi empresa, fue una de las pocas personas, junto con mi familia, que creyó en mí desde el principio, me apoyó y me ayudó en todo cuanto estuvo en su mano.
Por eso, cuando llegó el momento de cumplir su sueño de abrir aquel local, yo también estuve a su lado, apoyándola y animándola a dar el paso.
Por aquel entonces no contaba con el dinero suficiente para poner en marcha su proyecto, pero yo sí, así que ofrecerle lo que necesitaba no fue algo que tuviera que pensarme demasiado.
Ella se negó en rotundo a aceptarlo, pero yo tampoco estaba dispuesto a ceder y, después de varias semanas insistiendo, conseguí que cambiara de opinión.
Siempre me juró que me devolvería hasta el último dólar, aunque ambos sabíamos perfectamente que eso no iba a suceder y, por supuesto, no había sucedido. Aun así, continuaba recordándome aquella promesa con bastante más frecuencia de la que a mí me gustaría.
Además de proporcionarle el dinero que necesitaba, la ayudé con la gestión del negocio, la búsqueda de proveedores y todos los asuntos legales y permisos necesarios para abrirlo. Por eso, aunque el local no me pertenecía, siempre había sentido que una pequeña parte de él también era mía.
Entrar en Jo’s Hush era como hacerlo en mi propia empresa o en mi casa, porque aquel lugar se había convertido en otro de mis refugios, uno de los pocos sitios donde todavía conseguía sentirme bien.
Podía aparecer a cualquier hora del día o de la noche sin que nadie se extrañara de verme allí, ya que tanto los clientes habituales como los empleados de Joanne me conocían y sabían que entre nosotros existía una amistad muy estrecha.
Muchos se habían preguntado, e incluso nos lo habían preguntado directamente, si de verdad solo había amistad entre nosotros.
En aquellas ocasiones nunca dábamos explicaciones, como tampoco lo hacíamos en ninguna otra circunstancia, porque nuestra vida era exclusivamente nuestra y nadie tenía por qué saber más de lo que nosotros quisiéramos contar.
Sin embargo, quienes nos conocían de verdad sabían perfectamente que entre Joanne y yo jamás habría podido existir nada más que amistad.
Era una mujer impresionante en todos los sentidos y enamorarse de ella no habría sido precisamente difícil, pero yo nunca la había visto de otra manera que no fuera como mi amiga o incluso como una hermana, porque así era como la sentía.
Por su parte, que Joanne se sintiera atraída por mí o llegara a experimentar algo que fuera más allá del cariño de una hermana también era imposible, sencillamente porque a ella le gustaban las mujeres, igual que a mí.
Muchos hombres que habían intentado conquistarla, llevársela a la cama o incluso proponerle una relación seria se habían llevado el chasco de su vida cuando ella, muy educadamente, eso sí, les explicaba que, a menos que desapareciera aquello que tenían entre las piernas, ninguna de esas posibilidades estaba a su alcance.
Joanne era una mujer con carácter, de esas que no necesitan levantar la voz para dejar las cosas claras y que no tienen ningún problema en decirte las verdades a la cara, especialmente cuando se trataba de mí, aunque escucharlas pudiera doler.
Tampoco se andaba con medias tintas cuando algo o alguien no le gustaba, porque muchas veces le bastaba una mirada para expresar su opinión sin necesidad de abrir la boca.
De todas las personas que formaban parte de mi entorno, que tampoco eran demasiadas, ella era, junto con mi hermano, quien mejor me conocía.
Eso le daba la confianza suficiente para mandarme a la mierda cuando me lo merecía, decirme lo que debía escuchar en lugar de lo que quería oír y ponerme en mi sitio sin despeinarse.
Me separé del coche y caminé hacia la entrada. Nada más abrir la puerta, noté el cambio de temperatura respecto al exterior, pero también aquel olor a whisky mezclado con poder y elegancia que parecía formar parte del ambiente del local.
El interior estaba en perfecta consonancia con la fachada, con las paredes revestidas de madera y una zona de sofás de cuero negro distribuidos alrededor de mesas ovaladas de cristal.
Al fondo se encontraba el acceso a los reservados y, a la derecha, una impresionante barra de acero y madera donde podían servirte prácticamente cualquier cosa, siempre de la mejor calidad, por supuesto.
El local no estaba en penumbra, pero tampoco excesivamente iluminado, sino que tenía la luz justa, ni un tono más ni uno menos.
Lo mismo sucedía con la música, normalmente blues , jazz o alguna pieza instrumental, que sonaba siempre al volumen perfecto para disfrutar de ella sin que resultara molesta ni obligara a levantar la voz cuando mantenías una conversación.
Recorrí el local con la mirada y comprobé que estaba bastante lleno.
Había empresarios vestidos con impecables trajes y mujeres de negocios que lucían elegantes vestidos o conjuntos de chaqueta, todos ellos con un aspecto que dejaba bastante claro su elevado poder adquisitivo.
Muchos de los hombres llevaban relojes que costaban más que un coche y gemelos cuyo precio bastaría para pagar durante un año el alquiler de una persona de clase más humilde, mientras que algunas de las mujeres lucían vestidos que valían más que el armario entero de otras.
Sin embargo, a pesar de que todos parecían desprender dinero por cada poro de su piel, como demostraban sus atuendos y complementos, allí no se respiraba arrogancia, salvo contadas excepciones.
El ambiente era muy distinto al de otros establecimientos donde la gente adinerada parecía competir constantemente con quien tenía al lado para demostrar quién poseía más o, al menos, quién conseguía aparentarlo mejor.
En Jo’s Hush, cada uno estaba a lo suyo. Algunos disfrutaban de una copa, solos o acompañados, para relajarse después de una larga jornada de trabajo, mientras que otros conversaban animadamente en pequeños grupos o aprovechaban la tranquilidad del lugar para hablar de negocios.
Los camareros, todos impecablemente vestidos con el mismo uniforme, se movían entre las mesas con una discreción y profesionalidad extraordinarias, llevando las copas de un lado a otro casi como si fueran fantasmas, sin interrumpir las conversaciones ni llamar la atención de los clientes.
Aparté la mirada de la gente y busqué a Joanne, aunque no tardé ni un segundo en encontrarla porque mis ojos se dirigieron directamente al lugar donde imaginaba que estaría. Como de costumbre, no me había equivocado.
Estaba sentada en un taburete al final de la barra, con una copa en la mano, y cualquiera que no la conociera habría pensado que simplemente disfrutaba de una bebida como el resto de los clientes.
Sin embargo, yo sabía perfectamente que desde aquella posición controlaba todos los movimientos del local y vigilaba que a nadie le faltara nada.
Me detuve unos instantes para observarla sin que ella se percatara de mi presencia, ya que tenía toda su atención puesta en una mesa del fondo, donde varias personas parecían mantener una conversación o, más bien, escuchar al hombre de mayor edad del grupo, que era quien llevaba la voz cantante en aquel momento.
Joanne llevaba un vestido rojo, largo hasta los pies, que conseguía resultar elegante y sexi al mismo tiempo, combinado con unas sandalias plateadas.
Estaba seguro de que no había un solo hombre o mujer en aquel local que no se hubiera fijado en ella durante la noche o que no la hubiera mirado al menos un par de veces, porque era preciosa y eso resultaba evidente para cualquiera.
Llevaba su melena rubia, de un tono muy claro, suelta y perfectamente peinada, enmarcando un rostro ovalado en el que destacaban su nariz chata, que le confería un aspecto pícaro, y unos labios carnosos que rara vez lucía sin su característico pintalabios rojo.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención de Joanne eran sus ojos, de un azul tan intenso como el del cielo.
En aquel momento, giró la cabeza y nuestras miradas se encontraron, lo que interpreté como la señal para acercarme a ella.
Comencé a caminar tranquilamente hacia la barra mientras Joanne me observaba con una sonrisa que fue ensanchándose a medida que me aproximaba.
Yo no se la devolví, aunque quizá mi habitual expresión seria se había relajado un poco al verla.