Capítulo 4
Me quedé unos segundos mirando a mi hermano sin decir nada, hasta que terminé por rendirme. Suspiré, resignado a aceptar que tendría que asistir a aquella fiesta, y le hice la siguiente pregunta.
—¿Cuándo es?
—El sábado de la semana que viene.
—¿Cuánta gente irá?
Derek carraspeó, un gesto que me hizo sospechar que la respuesta no iba a gustarme demasiado.
—¿Derek? ¿Cuánta gente?
—No sé el número exacto. Irán mamá, Joanne, algunos amigos y unas cuantas madres que Katy ha conocido en las clases de preparación al parto.
Ah, sí, también una chica que acompañaba a una amiga a esas clases y con la que ha congeniado muy bien.
Eso es lo que me ha contado, porque yo no he visto la lista.
—Eso abarca mucho. Puede ser mucha gente o poca.
—¿Y qué más te da cuánta gente vaya? Tú solo tienes que ir, hacer acto de presencia y, si no quieres hablar con nadie, como haces siempre, no lo hagas.
—Sí que hablo con gente.
Derek levantó ambas cejas y me dedicó una mirada burlona antes de responder.
—Hablas con los del trabajo porque no te queda más remedio, pero eso no cuenta como relacionarse con la gente.
No quería que la conversación tomara aquel rumbo, porque no era la primera vez que me decía que cada día estaba más huraño y que necesitaba relacionarme con otras personas, no por obligación, como hacía habitualmente, sino porque realmente me hacía falta.
Pues no, no necesitaba relacionarme con nadie y tampoco tenía el menor interés en hacerlo, mucho menos con mujeres.
Estaba seguro de que en aquella fiesta habría unas cuantas, aunque, si todas estaban embarazadas porque Katy las había conocido en las clases de preparación al parto, al menos no tendría que preocuparme por rechazarlas ni por verme obligado a poner buena cara.
No quería ir, pero sabía que tenía que hacerlo porque Katy deseaba que estuviera allí y mi hermano también, aunque no me lo estuviera diciendo abiertamente.
Sin embargo, había alguien que podía asistir a aquella fiesta y a quien no quería ver o, más bien, a quien todavía no estaba preparado para enfrentarme, porque, por mucho que me empeñara en negármelo, seguía doliendo.
—No está en Nueva York, así que no irá.
Mi hermano tenía esa capacidad de saber lo que estaba pensando en determinados momentos y aquel había sido uno de ellos. No había necesitado que pronunciara su nombre para comprender perfectamente a quién me refería.
Ahora que sabía que no estaría allí, me había quedado sin excusas para negarme. Iría a la fiesta, haría acto de presencia, como me había sugerido Derek, y me largaría en cuanto tuviera oportunidad.
—Dile a mi secretaria que lo apunte en mi agenda. Iré.
—¿A qué secretaria?
Mi hermano tenía razón. Por un momento había olvidado que no se había presentado a trabajar y, teniendo en cuenta la hora que era, dudaba mucho que fuera a hacerlo.
—No ha venido —respondí, como si aquello no fuera evidente.
—Dominic, siete secretarias en cinco meses. ¿Pretendes batir algún récord?
Me encogí de hombros, sin darle demasiada importancia.
—No se adaptan al trabajo.
—¿Al trabajo o a ti?
—A mí, supongo.
—A lo mejor, si les hablaras, eso no pasaría.
—Sí que les hablo.
Volvió a levantar las cejas, aunque esta vez acompañó el gesto con un resoplido que dejó bastante claro lo que opinaba de mi respuesta.
—«Sí», «no», «vale», «está bien», «hola» y «adiós» no es hablarles. Lo mismo, si mantuvieras un mínimo de conversación con ellas y les explicaras lo que tienen que hacer, no se marcharían o no terminarías echándolas porque no te han entregado algo a tiempo.
—En el contrato tienen un anexo donde se especifican todas sus funciones. Además, una buena secretaria es aquella que sabe hacer las cosas sin necesidad de que se las estén diciendo constantemente y que se adelanta a los acontecimientos.
—No me jodas, Dominic. Antes no eras así. ¿Hasta cuándo vas a seguir encerrado en ti mismo?
—No sé de qué me hablas. No estoy encerrado de ninguna manera, soy el de siempre.
Mentía y ambos lo sabíamos perfectamente, pero no tenía la menor intención de reconocerlo ni de darle pie a que siguiera profundizando en un asunto del que no quería hablar.
—Nunca has sido como yo, eso lo sabemos los dos, pero al menos antes sonreías, incluso te reías, y no parecías un robot sin alma programado únicamente para trabajar.
Hizo una pausa para mirarme fijamente, como si quisiera asegurarse de que estaba escuchándolo, antes de continuar.
—Necesitas salir, divertirte, conocer gente, mujeres y tener una vida fuera de estos muros.
—Sí que salgo, conozco mujeres y tengo vida.
Derek soltó una risa seca que me indicó que no estaba dispuesto a dar por buena aquella respuesta.
—Salir implica algo más que ir únicamente al club de Joanne y tirarte a cuanta mujer se te pone por delante. Mujeres que son exactamente como tú: cero emociones, cero implicaciones y cero sentimientos. Y, en cuanto a la conversación, seguro que no pasáis de una o dos frases, si me apuras.
Sabía que mi hermano no me estaba juzgando, porque en su voz no había reproche, sino una preocupación que conocía demasiado bien.
—¿Y qué tiene de malo eso?
—Nada. Si quieres tener sexo con cien mujeres o con mil, hazlo, porque yo no te juzgo. Pero ¿de verdad es eso lo que quieres para el resto de tu vida?
No, yo había querido otra cosa, pero no había sido posible. Derek también lo sabía porque había sido quien más tiempo había pasado a mi lado y quien más pendiente había estado de mí cuando todo se fue a la mierda.
—Creo que necesitas conocer a alguien que remueva tu mundo y consiga que vuelva el Dominic de antes. Serio, sí, pero humano también. Y desde luego, ninguna de esas mujeres con las que te acuestas va a conseguirlo.
—Eso no va a volver a pasar.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que has oído. No va a volver a pasar porque no permitiré que suceda. Creo que con una vez ya tuve más que suficiente y aquí —añadí, llevándome una mano al pecho— no va a volver a entrar nadie nunca más.
—Pues espero, por tu bien, que tengas que tragarte tus palabras. Además, si algún día aparece alguien que quiera entrar, lo hará sin pedirte permiso, por mucho que tú intentes evitarlo —replicó mientras se ponía en pie.
—Te repito que eso no va a pasar.
—Tú no lo decides.
Fruncí el ceño, molesto por aquella afirmación y por la seguridad con la que la había pronunciado.
—¿Ah, no? ¿Entonces quién?
—El destino, la vida, tu corazón.
¿Mi corazón? Aquel que estaba hecho añicos y se había roto en mil pedazos ya no podía decidir nada, pensé con amargura mientras lo miraba.
—El destino ya me repartió sus cartas, jugué una mano y perdí. Mi vida la controlo yo y, por lo tanto, soy yo quien decide. Además, mi corazón está blindado.
—Esa partida que jugaste no era la adecuada. Yo lo sé y tú también, por mucho que te empeñes en no querer verlo. Y ese blindaje puede romperse en cualquier momento, Dominic. Entonces ya no podrás controlar lo que pase en tu vida.
—Derek… —lo advertí, apretando los dientes.
—Solo espero que, cuando llegue ese momento, porque de verdad deseo que así sea, puedas ser tan feliz como yo lo soy con Katy. Y que le eches un par de cojones y no rechaces a una mujer que podría ser la de tu vida por culpa de otra que no merecía la pena.
No me dio opción a replicar. Se giró, recorrió los pasos que lo separaban de la puerta y salió del despacho, cerrándola con un golpe seco.
Me quedé unos segundos mirando la puerta por la que acababa de desaparecer mientras las imágenes del pasado intentaban abrirse paso en mi cabeza.
Imágenes de aquella mujer de la que habíamos estado hablando y que sacudí rápidamente para apartarlas de mis pensamientos, porque no quería recordar lo que había sucedido ni pensar en todo aquello que podría haber sido y nunca fue.
Me remangué la camisa y, tras soltar un suspiro, cogí el ratón del ordenador para abrir la carpeta de correos pendientes. Lo que necesitaba era trabajar y mantener la mente ocupada para no pensar en nada más.
Eso fue precisamente lo que hice durante el resto del día: trabajar sin descanso, con una única pausa de quince minutos para comer algo rápido que pedí a la cafetería que teníamos en la primera planta del edificio.
Cuando salí de la empresa, el último, como la mayoría de los días, el frío que hacía en la calle me golpeó la cara con tanta fuerza que parecía que acababan de darme un puñetazo.
Había sacado adelante una enorme cantidad de trabajo, incluido el que debería haber hecho mi secretaria, porque, efectivamente, mis sospechas se habían confirmado.
A media mañana, Katy, que además de ser mi cuñada era la responsable de Recursos Humanos, me había llamado para comunicarme que aquella chica, de la que ya ni recordaba el nombre, había enviado su carta de renuncia esa misma mañana.
Estaba tan agotado que, aunque inicialmente tenía pensado pasarme por el club de Joanne, en cuanto me monté en el coche, mi cerebro pareció decidir por mí y terminé conduciendo directamente hacia mi ático.
Al entrar, dejé las llaves sobre la consola de la entrada y solté un suspiro involuntario al encontrarme de nuevo en casa, en mi refugio, donde me recibió lo mismo que cada día desde hacía tanto tiempo que había perdido la cuenta o, mejor dicho, había preferido dejar de llevarla: el silencio.
En realidad, no esperaba encontrarme otra cosa, ni aquella noche ni ninguna otra, pero eso no impidió que volviera a sentir aquella presión en el pecho al recordar que hubo un tiempo en el que las cosas habían sido muy distintas y el silencio no era precisamente lo que me recibía al cruzar la puerta.
Sacudí la cabeza para apartar aquellos pensamientos, porque ya había tenido un día de trabajo bastante largo y no estaba dispuesto a castigarme todavía más.
Me dirigí a mi habitación y comprobé que todo estaba perfectamente colocado, tal como a mí me gustaba.
La ropa que había dejado tirada en el suelo la noche anterior había desaparecido, la cama estaba impecablemente hecha y sabía, sin necesidad de entrar en el baño, que tampoco encontraría las toallas usadas que había dejado en el suelo aquella misma mañana.
Todo estaba perfecto gracias a Helen, la mujer que se encargaba de limpiar mi ático, mantener la ropa limpia y perfectamente colocada en su sitio y asegurarse de que nunca me faltara comida preparada en el frigorífico para la cena.
Llevaba trabajando para mí diez años y, durante todo aquel tiempo, había demostrado ser discreta y eficiente, sin darme jamás el menor problema.
Desde el primer día había seguido al pie de la letra todas mis indicaciones, haciendo su trabajo a la perfección, y yo le pagaba muy bien por ello.
Teníamos una relación laboral perfecta que funcionaba precisamente porque ambos sabíamos lo que se esperaba de cada uno.
Helen venía todas las mañanas de lunes a viernes, mientras yo estaba en la oficina, y, si necesitábamos comunicarnos por algún motivo concreto, solíamos hacerlo mediante mensajes, ya que rara vez coincidíamos.
Llegaba cuando yo ya me había marchado y terminaba su jornada al mediodía, mucho antes de que regresara, algo que tampoco resultaba demasiado difícil, teniendo en cuenta que apenas iba a casa a comer.
Por lo general, mis comidas eran reuniones de trabajo con empresarios con los que necesitaba cerrar nuevos acuerdos o revisar los que ya teníamos, o con los responsables de alguna de nuestras plantas para comprobar cómo marchaban las cosas.
Otras veces comía con mi hermano y Katy, con mi madre, aunque eso sucedía con menos frecuencia, o con Joanne.
Cuando no tenía ningún compromiso, solía quedarme solo en la oficina.
Pasé por el baño, me quité toda la ropa y la dejé en el cesto correspondiente antes de entrar en el vestidor para ponerme unos pantalones cortos y ropa de deporte.
Necesitaba desahogarme y, dado que aquella noche no tenía intención de hacerlo con ninguna mujer, descargaría toda aquella tensión corriendo.
Dos horas después, completamente agotado, me metí en la ducha. Sabía que me había excedido en la cinta de correr, pero había sido incapaz de detenerme antes, empeñado en llevar mi cuerpo al límite para conseguir que mi cabeza dejara de darle vueltas a lo mismo de siempre.
Cuando terminé, pasé por la cocina y saqué del frigorífico el primer recipiente que encontré, sin molestarme en comprobar qué contenía, porque me daba exactamente igual cenar una cosa que otra.
Por suerte, aquella noche el agotamiento pudo más que mis pensamientos y conseguí dormir bastante más de lo que esperaba.