La oscuridad de Dominic Capítulo 3
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Capítulo 3

Cerré la puerta del despacho y me dirigí directamente a mi sillón.

Me quité la americana y la colgué en el respaldo, como hacía todas las mañanas.

Me gustaba vestir de traje y era lo que siempre llevaba para ir a la oficina, pero cuando me sentaba frente al ordenador, prefería quedarme en camisa porque me resultaba mucho más cómodo y, teniendo en cuenta la cantidad de horas que sabía que iba a pasar allí, la comodidad era primordial para mí.

Encendí el ordenador y, mientras esperaba a que terminara de arrancar, giré el sillón para contemplar las vistas a través del gran ventanal.

Desde allí solo se veían otros edificios, nada especialmente llamativo, aunque a mí me gustaba observarlos.

Todos tenían aquel aspecto frío y la mayoría eran muy parecidos al mío, construidos con piedra gris, acero y cristales oscurecidos por fuera para impedir que se viera lo que había en el interior.

Por alguna razón, contemplarlos me resultaba hipnotizante.

La puerta se abrió y no necesité girarme para saber quién era o, al menos, podía imaginármelo, porque solo había dos personas a las que permitía entrar en mi espacio personal sin llamar. Ninguno de los demás empleados se atrevería jamás a hacer algo semejante.

—¿Estás contemplando el mundo desde lo alto de tu torre?

Cerré los ojos un instante y negué con la cabeza. No me había equivocado al imaginar quién acababa de entrar, porque aquella manera de saludarme solo podía pertenecer a mi hermano Derek.

Llevaba trabajando conmigo, codo con codo, desde el primer día que puse en marcha la empresa.

Había visto crecer mi imperio y pasado incontables horas a mi lado, ayudándome a conseguir que todo saliera como yo quería.

También había perdido muchas noches de sueño y se había desesperado tanto como yo cuando las cosas se complicaban, pero jamás había dudado de mí y siempre había confiado en que la empresa llegaría lejos, como finalmente había sucedido.

Dentro de White Waste & Recovery ocupaba el puesto de director de operaciones y era, después de mí, quien mejor conocía su funcionamiento, además de la única persona a la que confiaría el mando si alguna vez surgía una situación que me impidiera ocuparme personalmente de ella.

Su cargo conllevaba una enorme responsabilidad, puesto que nuestras funciones, aunque diferentes, se complementaban.

Yo me encargaba de las inversiones, de definir la estrategia que debíamos seguir, de conseguir nuevos contratos, mantener los existentes y supervisar parte de la gestión.

Derek, por su parte, se ocupaba de que todo funcionara con la precisión de un reloj suizo, tal como a mí me gustaba: sin sobresaltos, sorpresas ni imprevistos que pudieran alterar el ritmo de trabajo.

Nuestra empresa prestaba servicios a farmacéuticas, fábricas, constructoras y otras compañías que generaban toneladas de residuos a lo largo del año.

Nosotros nos encargábamos de recogerlos y transportarlos hasta alguna de nuestras plantas, dependiendo de su ubicación, donde recibían el tratamiento correspondiente para eliminar lo que no podía aprovecharse y recuperar o reutilizar los materiales que todavía resultaban útiles.

Muchos de aquellos procesos entrañaban una elevada peligrosidad, pero la seguridad era precisamente uno de los aspectos en los que jamás había escatimado en gastos.

Todas nuestras instalaciones contaban con medidas de protección muy estrictas para minimizar los riesgos y evitar que se produjeran accidentes.

Sin embargo, nuestro trabajo no se limitaba al tratamiento de los residuos generados por otras empresas, ya que también disponíamos de varias plantas especializadas en el tratamiento de aguas industriales que podían estar contaminadas o necesitaban algún tipo de depuración, así como en la recuperación de terrenos que se encontraban en situaciones similares.

Mi hermano conocía tan bien como yo la ubicación de cada planta, las actividades que se desarrollaban en ellas y a todos sus responsables, además de a buena parte de los trabajadores.

Contaba con la autoridad y la capacidad necesarias para resolver cualquier problema, dar las órdenes oportunas y tomar las decisiones que hicieran falta cuando surgía algún imprevisto o había que atender cualquier otra necesidad.

Por todo aquello confiaba plenamente en él, aunque mi confianza iba mucho más allá de sus capacidades profesionales.

Derek era la persona en la que más confiaba en el mundo, no solo porque resultaba imprescindible para el funcionamiento de la empresa, sino porque durante toda mi vida había estado a mi lado cada vez que me había caído.

Nunca había sido invasivo ni agobiante, tampoco había intentado darme sermones o decirme cómo debía afrontar mis problemas. Simplemente había estado ahí cuando lo había necesitado, dispuesto a escucharme, pero también a respetar mis silencios cuando no quería hablar.

Derek no era únicamente mi hermano, sino también el mejor profesional que conocía, probablemente el único amigo que tenía, si no contaba a Joanne, y una de las pocas personas que, con su sola presencia, me recordaban cada día que todavía seguía siendo humano.

—Buenos días para ti también —contesté sin girarme.

—¿Otra larga noche?

Me encogí de hombros, sin intención de darle demasiadas explicaciones.

—¿Has dormido?

—Lo suficiente.

—¿Y cuánto es lo suficiente? ¿Tres horas? ¿Cuatro con suerte?

—Lo suficiente —repetí mientras giraba el sillón para colocarme frente al escritorio.

—Pues tu cara y tus ojeras no dicen lo mismo.

—No tengo ojeras.

—Claro que las tienes, Dominic, pero te has acostumbrado tanto a verlas que ya ni te das cuenta de que están ahí.

Puse los ojos en blanco y me acomodé en el sillón, dispuesto a terminar con aquel interrogatorio antes de que siguiera insistiendo.

—¿Querías algo importante o solo has venido a ponerme al día del estado de mi piel?

Derek dio un par de pasos, apartó una de las sillas que había frente a mi escritorio y se sentó. Nos quedamos mirándonos directamente a los ojos durante unos segundos, yo esperando que me dijera de una vez a qué había venido y él seguramente intentando leerme, como acostumbraba a hacer.

Mientras manteníamos aquel pequeño duelo de miradas, pensé en lo distintos que éramos, tanto físicamente como en nuestra forma de ser. Derek era dos años mayor que yo, aunque aquella diferencia de edad nunca había supuesto ningún impedimento para que fuéramos inseparables desde pequeños.

Mi hermano tenía el pelo castaño claro y lo llevaba algo largo, con esos mechones rebeldes que lo acompañaban desde que éramos niños y que siempre terminaban cayéndole sobre la frente.

Sus ojos eran de color miel, salpicados de unas motitas verdes casi imperceptibles, y su estatura superaba la mía por unos pocos centímetros.

Era ancho de espaldas y tenía una sonrisa que, según decía su mujer, conquistaba a cualquiera que tuviera la suerte o la desgracia de cruzarse en su camino.

Yo, en cambio, era moreno, con el pelo tan oscuro como el carbón y los mismos ojos grises que tenía mi padre. Su tonalidad parecía cambiar según las circunstancias, aclarándose cuando me daba el sol y oscureciéndose en otros momentos, especialmente cuando me enfadaba o me excitaba.

Mi cuerpo era menos corpulento que el de Derek, aunque también estaba más trabajado, ya que él jamás había pisado un gimnasio, mientras que yo hacía ejercicio en casa.

Tenía una habitación equipada con varias máquinas, entre ellas una cinta de correr que me ayudaba a descargar cuando no lo hacía de otra manera.

En cuanto al carácter, nuestras diferencias eran todavía más evidentes y siempre había pensado que, precisamente por eso, encajábamos tan bien.

Derek era luz, mientras que yo me había convertido en oscuridad.

Él era el bromista, el gracioso que siempre encontraba algún motivo para sonreír, mientras que yo ya ni recordaba cuándo había sido la última vez que lo había hecho.

Mi hermano era cariñoso, romántico, simpático y extrovertido, todo lo contrario que yo, que me había vuelto huraño, frío y tan serio que seguramente mantenía aquella expresión hasta cuando dormía.

Esquivaba a la gente como si todos padecieran alguna enfermedad contagiosa y únicamente me relacionaba con personas del trabajo porque no me quedaba más remedio.

Éramos como la noche y el día, pero también un complemento necesario el uno para el otro.

—Hay una fiesta —anunció finalmente, apartando la mirada de la mía.

Que Derek hubiera sido el primero en retirar la mirada no auguraba nada bueno, así que me acerqué un poco más al escritorio y apoyé los brazos sobre él para prestarle toda mi atención.

—¿Qué tipo de fiesta? Ya sabes que no voy a ninguna, salvo que se trate de algún acto benéfico al que no me quede más remedio que asistir.

—No es ese tipo de fiesta, pero a esta vas a ir.

—No.

—Sí, Dominic. Todavía no te he dicho cuándo es, dónde se celebra ni de qué tipo de fiesta se trata.

—No necesito saberlo porque mi respuesta seguirá siendo la misma: no.

—A esta no puedes faltar.

—Claro que puedo, y sabes perfectamente que no voy a fiestas.

—Es el baby shower de tu sobrino o sobrina, así que no puedes faltar.

Lo miré con una ceja alzada, mientras él se encogía de hombros como si acabara de darme la razón más evidente del mundo.

Mi hermano y mi cuñada Katy estaban esperando su primer hijo, que llegaría a nuestra familia dentro de tres meses. Todavía no habían revelado a nadie si sería un niño o una niña, así que supuse que aquella fiesta de la que me estaba hablando sería el momento elegido para anunciarlo.

—¿Y qué pinto yo en una fiesta de esas?

—No tienes que pintar nada, solo estar allí. Vas a ser su tío y su padrino, así que creo que tu presencia está más que justificada. Además, Katy se disgustará si no vas.

En eso tenía toda la razón. Mi cuñada estaba tremendamente ilusionada con la llegada del bebé, sobre todo porque les había costado mucho tiempo conseguir que se quedara embarazada, y yo no quería defraudarla ni causarle ningún disgusto.

Katy era una persona excepcional que, al igual que mi hermano, había permanecido a mi lado cuando las cosas se torcieron.

Que ella lo hubiera hecho tenía, además, un valor especial para mí, precisamente por quién era y por todo lo que significaba su apoyo.

Por eso, aunque no me apeteciera lo más mínimo acudir a aquella fiesta, tenía muy claro cuál debía ser mi decisión.