La oscuridad de Dominic Capítulo 2
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Capítulo 2

Aparqué el coche en mi plaza habitual. Como CEO de mi propia empresa, tenía una que nadie más utilizaba, aunque no porque estuviera reservada oficialmente para mí.

No tenía ningún número ni distintivo que la diferenciara del resto, pero todos los empleados sabían cuál era la mía y ninguno sería tan osado, ni estaría tan loco, como para ocuparla.

Caminé sin prisa entre los coches de mis empleados.

Nunca tenía prisa porque era el único que no estaba sujeto a un horario, aunque también era quien más horas pasaba en la empresa.

No lo hacía por obligación, sino porque aquel era el único lugar donde me sentía bien o, al menos, donde me sentía menos mal.

Quizá porque el trabajo mantenía mi mente ocupada o porque era lo único que me quedaba después de haber perdido todo lo demás que consideraba importante en mi vida.

Antes de entrar, me detuve unos segundos a contemplar la fachada del edificio, una imponente construcción de piedra, acero gris y enormes ventanales que reflejaban los rayos del sol durante las horas centrales del día. Cerré los ojos un instante y recordé cómo había empezado todo.

Mis padres, Lanna y Philip White, eran trabajadores de clase media.

Mi madre había trabajado como dependienta en una tienda de ropa desde que tenía uso de razón hasta que conseguí ganar lo suficiente para que pudiera dejarlo, algo que me costó mucho más de lo que habría imaginado.

Había pasado años soportando largas jornadas de pie, doblando ropa y atendiendo a clientes insatisfechos que no encontraban la talla que buscaban o el color que mejor combinaba con sus ojos o su forma de ser.

Mi padre, por su parte, trabajaba en una planta de reciclaje y todavía conservaba grabado en la memoria el olor a basura que traía a casa cada día, impregnado en su uniforme.

También recordaba sus constantes quejas sobre cómo se hacían las cosas, la cantidad de objetos que la gente tiraba cuando todavía podían aprovecharse y la facilidad pasmosa con la que la humanidad consumía los recursos naturales sin detenerse a pensar que llegaría un momento en que terminarían agotándose.

Siempre se preguntaba por qué no había nadie capaz de decidir qué materiales seguían siendo útiles o cómo podían aprovecharse para fabricar otras cosas.

Después de pasar años escuchándolo, acabé dándome cuenta de que tenía razón y de que, donde muchos solo veían basura y residuos, yo encontraba la posibilidad de darles una segunda vida.

Había materiales que podían reutilizarse y procesos que podían mejorarse para sacar un mayor rendimiento al tratamiento de todos aquellos desechos que, en realidad, no siempre eran basura, aunque la gente se deshiciera de ellos como si lo fueran.

Con aquella idea en la cabeza, al terminar mis estudios reuní el poco dinero que había conseguido ahorrar trabajando aquí y allá durante los veranos y mientras estudiaba. Preparé un proyecto y me arriesgué a montar mi propia empresa de gestión y tratamiento de residuos industriales.

Mis padres fueron los primeros en creer en mí y mi hermano también me apoyó, pero el resto de la gente no compartía su confianza.

Algunos me tacharon de loco por invertir mis ahorros en un negocio que, según ellos, fracasaría antes de empezar, mientras que otros se limitaron a advertirme de que aquello me daría muchísimo trabajo y muy pocos beneficios.

Sin embargo, yo estaba convencido de que mi idea funcionaría y me aferré a ella con la certeza de que, además de encontrar una utilidad para todos aquellos materiales que se desperdiciaban a diario, conseguiría levantar mi propio imperio.

Y eso era precisamente lo que había hecho, obligando a todos los que habían dudado de mí a tragarse sus palabras gracias al resultado de mi proyecto, al esfuerzo invertido y a los muchos dolores de cabeza que me había dado durante sus primeros años.

Fundé White Waste & Recovery cuando tenía veintitrés años y, quince años después, a mis treinta y ocho, podía decir que estaba muy orgulloso de mí mismo por haber alcanzado la meta que me había propuesto.

La empresa no había sido un éxito inmediato que me convirtiera en millonario en cuestión de meses.

Había necesitado tiempo, muchísimo esfuerzo e incontables noches sin dormir, además de largas jornadas encerrado en la oficina y otras tantas recorriendo Nueva York en busca de inversores y empresas a las que convencer de que mi idea podía funcionar.

No todos aceptaron ni estuvieron dispuestos a invertir en mi proyecto. Algunos lo hicieron con ciertas reticencias, mientras que otros se negaron incluso a escucharme, y estaba seguro de que, a esas alturas, más de uno estaría lamentándose de su propia estupidez.

Todo aquel esfuerzo y los años de trabajo incansable consiguieron que mi empresa acabara convirtiéndose en una de las más conocidas del país y, por qué no decirlo, también en una de las que más beneficios obtenían al finalizar el año.

Abrí los ojos, levanté la mirada y recorrí el edificio de arriba abajo, asintiendo satisfecho mientras contemplaba lo que había conseguido construir.

Allí, delante de mí, tenía mi empresa, mi casa y mi imperio, el resultado de quince años durante los cuales había cometido muchos errores antes de llegar a lo más alto.

Sin embargo, lejos de hundirme o plantearme abandonar cuando las cosas no salían como esperaba, cada tropiezo me había impulsado a trabajar con más ahínco.

Me había caído muchas veces, pero siempre había encontrado la manera de volver a levantarme.

Ahora tenía una empresa que generaba millones de dólares en beneficios anuales y que, además, proporcionaba trabajo a muchísimas personas.

Contaba con plantas de reciclaje repartidas por todo el país, trabajaba con algunas de las compañías más importantes de distintos sectores y había conseguido contratos que me reportaban unas cantidades de dinero que años atrás jamás habría podido imaginar.

Había creado algo muy grande partiendo prácticamente de la nada y no solo estaba orgulloso de ello, sino también agradecido, porque en aquel momento de mi vida era lo único que me mantenía activo.

Mientras permanecía allí dentro, sentado en mi sillón y sumergido en el trabajo, conseguía mantener alejados los pensamientos que no quería afrontar o, al menos, lo intentaba.

Bajé la cabeza y caminé hacia la entrada del edificio, donde todo estaba exactamente como debía. En el vestíbulo reinaba el silencio, no había ni una mota de polvo y los dos sofás situados junto a una reluciente mesa de cristal estaban perfectamente alineados.

—Buenos días, señor White.

Respondí al saludo de la recepcionista con un movimiento de cabeza que ella me devolvió antes de continuar inmediatamente con su trabajo.

Todas las personas que trabajaban para mí eran profesionales y eficientes.

A algunas las había seleccionado personalmente, aunque hacía tiempo que aquella tarea estaba en manos de mi cuñada Katy, que conocía perfectamente el perfil que buscaba en mis empleados.

Todos los candidatos que elegía contaban con mi aprobación una vez que había comprobado cómo desempeñaban sus funciones.

Las únicas personas de cuya selección seguía encargándome personalmente eran mis secretarias, que también ejercían de asistentes personales. Sin embargo, últimamente, y por alguna razón que desconocía, mis elecciones no habían resultado demasiado acertadas.

En general, todos mis empleados cumplían a la perfección con sus obligaciones.

Yo era exigente, quizá demasiado en algunas ocasiones, pero también pagaba bien y sabía que, para la mayoría, aquello era lo más importante.

Era duro, pero justo, y siempre reconocía el trabajo bien hecho, además de ofrecer las oportunidades correspondientes a quienes se las ganaban.

Sabía de sobra que todos me respetaban, aunque también era consciente de que muchos me temían.

No porque hubiera hecho nada para provocarles aquel sentimiento, sino porque mi sola presencia les imponía hasta el punto de que parecían encogerse cuando estaban a mi lado, especialmente si tenían algo que decir o alguna propuesta que plantearme.

Las puertas del ascensor se abrieron al llegar a la duodécima y última planta del edificio, reservada exclusivamente para mi despacho. Aquel era mi espacio, mi reino, y no quería tener a nadie más cerca que pudiera distraerme mientras trabajaba.

Al salir, dirigí la mirada hacia la mesa donde debería encontrarse mi secretaria y fruncí el ceño al comprobar que su puesto estaba vacío. Aquello solo podía significar dos cosas: o llegaba tarde o no pensaba presentarse a trabajar.

Solté un suspiro antes de empujar la puerta de mi despacho y entrar. Si su ausencia se debía a un retraso, más le valía tener una buena excusa, aunque ni eso le garantizaba conservar su puesto de trabajo.

Los términos de su contrato eran claros y sus funciones estaban perfectamente especificadas.

Yo mismo me había encargado de redactarlas y enumerarlas por orden de prioridad, y una de las primeras obligaciones que figuraban en aquel documento era la puntualidad.

Tenía que encontrarse en su puesto a la hora establecida, sin excepciones injustificadas.

Lo primero que me gustaba hacer cada mañana, antes de enfrentarme a la enorme cantidad de trabajo que sabía que me esperaba, era repasar mi agenda. Si ella no estaba allí cuando yo llegaba, me resultaba imposible hacerlo y toda mi rutina se veía alterada, algo que detestaba.

La otra posibilidad era que hubiera decidido abandonar su puesto y no presentarse a trabajar, algo que tampoco me habría sorprendido demasiado, ya que durante los últimos días la había notado incómoda y con bastante pocas ganas de continuar.

Fuera cual fuese el motivo de su ausencia, no me quedaba otra alternativa que esperar para averiguarlo.