La oscuridad de Dominic
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Capítulo 1
El silencio de la habitación solo se rompía por los jadeos de la mujer que tenía arrodillada en la cama y por el choque de mi cuerpo contra el suyo mientras la embestía desde atrás.
Mis movimientos eran fuertes, rítmicos y constantes, hasta que solté una de sus caderas, por donde la tenía sujeta, y agarré su pelo, enroscándolo alrededor de mi mano.
Ella jadeó con más fuerza, pero yo no. De mi boca no salían ni jadeos ni palabras, únicamente una respiración algo más acelerada de lo habitual.
Ejercí la presión justa para impedir que se moviera y aceleré el ritmo, consciente de que estaba cerca de alcanzar el orgasmo por la intensidad creciente de sus jadeos.
No me equivoqué, porque apenas dos minutos después se dejó llevar mientras soltaba un pequeño chillido, demasiado exagerado para mi gusto.
Sin embargo, no dije nada porque me daba completamente igual cómo lo hiciera.
Lo único que me importaba era que alcanzara el orgasmo para poder hacerlo yo también, como ocurrió un minuto después, cuando la embestí con mucha más fuerza.
Salí de su interior, me bajé de la cama y, sin siquiera mirarla, recorrí la distancia que me separaba del baño.
—Espera, ¿no quieres que te acompañe? —preguntó con voz melosa.
Al parecer, quería más, pero yo no. Ya había conseguido lo que buscaba: descargar, dejar de pensar durante unos minutos en aquello en lo que no debía ni quería pensar y terminar una noche más sabiendo que me marcharía a casa con la misma sensación de vacío de siempre y esa frustración constante que parecía haberse instalado definitivamente en mi interior.
—No.
Entré en el baño, cerré la puerta y abrí el grifo de la ducha. Sin esperar siquiera a que el agua se calentara, me metí bajo el chorro.
El agua fría cayó sobre mi cuerpo mientras cerraba los ojos, esperando que el olor a sexo desapareciera de mi piel. No necesitaba demasiado tiempo para conseguirlo. Nunca lo necesitaba.
Me bastaban un poco de agua, jabón y tres minutos como mucho: una ducha rápida para borrar otro encuentro que ni siquiera recordaría al día siguiente, del mismo modo que tampoco recordaría el nombre de la mujer con la que acababa de acostarme en aquella habitación del hotel que visitaba demasiado a menudo para tener encuentros como ese.
Salí de la ducha, me enrollé una toalla alrededor de la cintura y cogí otra para secarme el pelo mientras observaba mi reflejo en el espejo que había sobre el lavabo.
El cansancio era evidente en mi rostro o, más bien, en mis ojos, aunque en ellos podían distinguirse muchas otras cosas. Eran el reflejo del hombre frío en el que me había convertido, o quizá había sido la vida, con todo lo que me había ocurrido, la que se había encargado de cambiarme.
No valía la pena pensar en ello. Las cosas estaban así y así iban a quedarse.
Tiré la toalla al suelo y regresé a la habitación. La mujer rubia seguía tumbada en la cama en una postura sugerente, seguramente esperando algo más de mí, pero eso no iba a suceder.
Me acerqué a la silla donde había dejado mi ropa y me puse los pantalones.
—¿No vas a quedarte?
—No.
Nunca me quedaba a dormir con nadie. Había ido allí a lo que había ido y punto.
Me puse la camisa y comencé a abrocharme los botones sin ninguna prisa, mientras observaba en el reflejo de la ventana cómo la mujer me miraba con el ceño fruncido.
—¿Ni siquiera un rato más? ¿Otra ronda?
—No.
Soltó un resoplido que, aunque fue bastante discreto, oí perfectamente.
Con una ronda ya había tenido más que suficiente para marcharme de aquella habitación, incluso más frustrado de lo que había entrado.
Había descargado, sí, pero no me llevaba lo que necesitaba o, mejor dicho, lo que realmente quería, y eso era precisamente lo que provocaba que terminara cada encuentro en aquel estado.
Es que eso no vas a encontrarlo en encuentros así ni con estas mujeres , me recordó una voz en mi cabeza que decidí ignorar, porque sabía de sobra que tenía toda la razón del mundo.
—¿Entonces esto es lo que hay?
—Sí —respondí mientras me ataba los cordones de los zapatos.
Se incorporó un poco, tiró de la sábana para cubrirse parte del cuerpo y poder mirarme mejor a la cara.
—Solo un rato de diversión y ya está, ¿no?
—Sí.
Me observó fijamente durante unos segundos y volvió a fruncir el ceño. Se estaba enfadando y yo lo sabía, pero siempre dejaba las cosas claras cuando iba a aquel hotel con alguna mujer: nada de promesas, nada de explicaciones y sexo sin más.
Esas eran mis normas y me encargaba de explicarlas antes siquiera de tocarlas.
Algunas las aceptaban sin problemas, mientras que otras, como la mujer que tenía delante, fingían estar de acuerdo con la esperanza de que después cambiara de opinión.
Sin embargo, eso no iba a suceder, ni aquel día ni nunca.
—¿No sabes decir otra cosa que no sea sí o no?
Giré la cabeza y la miré con una ceja alzada. No recordaba ni su nombre, como tampoco solía recordar el de ninguna de las mujeres con las que me acostaba. Y no era porque fuera despistado o no prestara atención, sino porque, sinceramente, no me importaba.
Podía sonar cruel, frío o incluso inhumano, pero yo no engañaba a nadie. Dejaba las cosas muy claras desde el primer minuto y, si después ellas esperaban algo más, sabiendo de antemano lo que había, no era problema mío, sino suyo.
—He sido claro desde el principio sobre lo que veníamos a hacer aquí. Ya está hecho, así que no hay nada más que decir.
Su expresión se endureció y vi cómo apretaba los puños, aferrándose a la sábana con fuerza.
—Sí, claro, por supuesto.
La ironía con la que pronunció aquellas palabras dejaba bastante claro que no estaba de acuerdo conmigo y que su enfado iba en aumento.
No pensaba quedarme a ver cómo me montaba un numerito, así que cogí la chaqueta que había dejado en la silla y me dirigí hacia la puerta.
—¿Volveremos a vernos?
Me detuve, me giré y la miré. Tenía muy clara la respuesta: un no rotundo, aunque no porque nunca repitiera con algunas mujeres, ya que sí lo hacía, sino porque únicamente volvía a quedar con aquellas que buscaban exactamente lo mismo que yo y que conocían y aceptaban lo único que podía ofrecerles: mi cuerpo y un rato de sexo, nada más.
Con mujeres como la que tenía delante nunca repetía, porque hacerlo podía generarles falsas expectativas y, aunque tenía muy claro cómo quería vivir mi vida, tampoco era cruel ni pretendía hacer daño a nadie.
Sin embargo, al distinguir una súplica en su mirada, decidí no darle la respuesta que realmente tenía en mente.
—Quizá. Nunca se sabe lo que puede depararnos la vida.
Con aquella frase dejaba claro que no me comprometía a repetir el encuentro y, al mismo tiempo, conseguía que ella pudiera quedarse conforme con la posibilidad.
Abrí la puerta y puse un pie fuera, pero su voz volvió a detenerme.
—¿No piensas ni siquiera despedirte?
Si esperaba un beso o algo parecido, podía olvidarse de ello. No la había besado durante nuestro encuentro porque nunca besaba a ninguna mujer. Era una norma básica para mí y, desde luego, mucho menos iba a hacerlo en el momento de marcharme.
—Adiós —respondí antes de salir y cerrar la puerta a mi espalda.
Entré en el ascensor y permanecí en completo silencio, sin levantar la mirada. No quería encontrarme una vez más con lo mismo de siempre reflejado en mis propios ojos.
Atravesé el vestíbulo del hotel, donde, a aquellas horas de la noche, no había ningún huésped y también reinaba el silencio.
Únicamente estaba el recepcionista, un hombre discreto que ni siquiera hizo el amago de saludarme.
Ya me conocía lo suficiente para saber que, como mucho, recibiría por mi parte un leve movimiento de cabeza.
Crucé las puertas giratorias y salí a la calle, donde el aire frío de Nueva York me golpeó en la cara. Lo agradecí porque siempre me había gustado aquella sensación que me ayudaba a despejarme.
Me monté en el coche y conduje sin poner música.
Prefería el silencio, ese que desde hacía tiempo se había convertido en una constante en mi vida o, más bien, en una necesidad.
Recorrí las calles, bastante solitarias a aquellas horas, con la vista fija en la carretera mientras las luces de Manhattan se reflejaban en las ventanillas.
Entré directamente en el garaje del edificio donde vivía, situado en una de las mejores calles de la ciudad, y me dirigí al ascensor.
Pulsé el botón de la última planta, donde se encontraba mi ático, mi casa, mi refugio y el único lugar donde, estando a solas, me permitía ser un poco más yo o, mejor dicho, el Dominic que había sido tiempo atrás.
Entré sin encender las luces porque conocía perfectamente el camino hacia mi destino, el mismo que se había convertido en una visita obligada cada vez que regresaba de uno de aquellos encuentros con una mujer cualquiera: el salón.
No necesitaba mirar a mi alrededor porque todo seguía exactamente igual desde que compré el ático, tres años atrás.
Unos ventanales enormes, un sofá blanco de cuero de al menos siete plazas, una mesa para seis comensales que llevaba demasiado tiempo sin utilizarse y una televisión que apenas había encendido un par de veces en el último año.
Me dirigí al mueble bar, saqué un vaso bajo de cristal fino y la botella de mi whisky favorito, del que me serví cuatro dedos, sin hielo, como siempre.
Me acerqué al ventanal y tomé un sorbo mientras contemplaba los edificios que se alzaban a lo lejos, imaginando que en su interior habría otras personas que seguramente estarían acompañadas, en lugar de solas como yo.
Sin embargo, no siempre había sido así, porque tiempo atrás aquel ático había estado lleno de vida y risas, en lugar del silencio y la seriedad que ahora lo envolvían.
Había tenido muchas cosas que ya nunca volverían, pensé antes de terminarme el whisky de un solo trago.
El amargor del licor descendió por mi garganta mientras dejaba el vaso con un golpe seco sobre la mesa. Suspiré y, decidido a no seguir pensando en todo aquello que me reconcomía por dentro, me dirigí a mi habitación.
Me quité la ropa y la dejé caer al suelo, sin intención de recogerla hasta el día siguiente, antes de tumbarme completamente desnudo en la cama. Giré la cabeza hacia el reloj de la mesilla, que marcaba las tres de la mañana, y comprendí que aquella noche tampoco iba a dormir lo necesario.
No es que necesitara demasiadas horas de sueño, pero estaba tan despejado que sabía que tardaría en dormirme y, cuando eso sucedía, mi mente se empeñaba en regresar a aquellos recuerdos que quería evitar a toda costa.
Recuerdos de otros tiempos que seguían doliendo y que me recordaban cómo había sido mi vida y lo mucho que había cambiado desde entonces.
Aunque quizá había sido yo mismo quien había querido que todo cambiara, porque nunca había vuelto a ser el hombre de antes y tampoco creía que algún día pudiera volver a serlo.