49. El mensaje de la bruja
El mensaje de la bruja
Nos llevó unas horas organizar el operativo que cumpliría la orden del juez de derribar la puerta de la casa de Candela Cruz Begides en Mogrovejo.
Su propietaria ya no estaba allí. Volví a inspeccionar su biblioteca, el ingente catálogo de tratados medievales que recogía las mismas tesis en las que se apoyaba para hacer proselitismo de sus nostálgicas ideas.
Seguían sobre la estantería las fotos posando con sus padres de la Candela niña y adolescente, a la que yo había confundido con su hija, con sus diplomas de cuando aún lucía su apellido original de niña de hospicio.
Pero Candela no tenía ninguna foto de su hija en su despacho; se había desentendido de ella años después de haberle arrebatado el aliento al primero que trajo al mundo.
Un acto que había tratado de ocultar aceptando ahora como tal al impostor que aseguraba ser su hijo, sin saber ella que en realidad también lo era.
Cualquier cosa con tal de salvarse a sí misma.
Si en algo no me había equivocado fue en la hipótesis de que buscábamos a un psicópata de manual.
Las albarcas con el lignum crucis aparecieron arrumbadas junto a otros objetos roídos y abandonados entre una montaña de leña y restos de madera bajo el hórreo, esperando su destino de servir para calentar el cuerpo y el corazón que tan sangre fría bombeaba.
Entre la tierra removida del huerto, Lavalle distinguió las matas salvajes de estramonio con sus últimas flores marchitas.
—Tenías razón, usó el veneno —me dijo Laura generosa.
—A la mierda la razón. Tuve esa foto desde el principio delante de mis narices y no le hice ni puto caso. De haberle prestado atención, Darío Lastra seguiría vivo —lamenté.
—No seas tan dura contigo, Macarena. Ahora parece fácil. No eres responsable de su muerte.
Cuando esa noche me metiera en la cama, fantasearía con la escena de Candela subida en sus albarcas customizadas con la cruz que sería su indeliberada firma, vestida con una túnica de dobladillos bordados y preparando un brebaje a base del té de roca que tanto le gustaba, aderezado con la hierba del diablo.
Por primera vez, vería con claridad el rostro del ser que clamaba mi nombre desde la cima, como un personaje simbólico representando un concepto mucho más profundo y universal que su propia existencia: el del mal más puro.
Antes de meterme en la cama, exhausta y al tiempo desvelada, llamé a Roque convencida de que corría peligro; habían pasado días desde su última llamada. Ni rastro, ni de él ni de su madre.
Sobre ambos se emitió una orden de búsqueda y detención.
Un subteniente de la Guardia Civil de Santiago de Compostela llamó directamente a mi teléfono a las siete de la mañana siguiente para comunicarme que se había personado en sus dependencias un ciudadano con un colgante pendiendo de un cordón de esparto.
A esas horas, no había un solo agente en todo el país que no supiera lo que tenía que hacer si eso ocurría.
La foto que me adelantó por WhatsApp, una vez impresa, la sumé a las del resto y las extendí sobre la mesa de la sala que ocupábamos en el puesto de Potes.
Durante todo el día no hice otra cosa que mirarlas y tratar de descifrar el mensaje que encerraban.
A diferencia de los primeros, que Candela había utilizado para marcar a sus víctimas, esos colgantes no lucían ningún símbolo.
En los anteriores, el dibujo era una pista del lugar en el que iba a suceder el ataque.
Solo interrumpí de cuando en cuando el ejercicio de concentración para llamar una y otra vez a Roque Medina.
—¿Has conseguido hablar con él? —me preguntó Salva mientras se me unía, tendiéndome otro café.
—No hay manera. Espero que esté bien.
—Todas las patrullas están en alerta, antes o después se cruzarán con uno de los nuestros.
Entonces, sonó mi teléfono. Salva y yo nos miramos atónitos cuando vimos su nombre identificado en la pantalla. Me apresuré a responder y activé el altavoz.
—¡Roque!, ¿estás bien?
—Hola, Maca. Claro, ¿por qué no iba a estarlo?
—¿Dónde estás?
—En mi casa.
—¿En tu casa, en Perrozo? —No le dije que allí ya lo habíamos buscado.
—Sí, pásate si quieres —propuso.
—Escúchame con atención, Roque. Tengo que decirte algo.
—¿Tienes los resultados? —preguntó. Ni siquiera había llegado a confirmarle que Candela era su madre.
—Ah, sí, sí, los tengo. Es tu madre, Roque, tenías razón.
No reaccionó. No dijo nada como que lo sabía, algo como: «¿Ves, Macarena, como estaba en lo cierto?».
—Hay algo más... —dudé. Él continuaba mudo al otro lado—. ¿Sigues ahí?
—Sigo aquí, Maca.
—Es la osa, Roque —susurré—. Ella es la Osa.
—¿La osa? ¿Qué osa? ¿La que vimos al final de la senda en el monte Hozarco? ¿A esa te refieres, a la que estaba al final de la senda mitológica? —Repitió la pregunta y se cortó la comunicación.
Su teléfono no volvió a dar señal.
—¿Qué significa eso que te ha preguntado?
—No lo sé, Salva, pero creo que trataba de decirme algo.
—¿Volvemos a Perrozo? —propuso más que preguntar.
—Está con ella, Salva. ¡Roque está en peligro!
Los pensamientos bullían en mi cabeza. El proselitista discurso de Candela me martilleaba el cerebro. «Los símbolos no significan, solo sugieren, no representan una idea preconcebida. Alcanzar el mensaje depende de la propia espiritualidad de quien observa».
—¡Nos están diciendo algo, Salva! —sinteticé mis cavilaciones refiriéndome a los colgantes que teníamos fotografiados sobre la mesa—. Que Millán y Mansilla acompañen a Lavalle a Perrozo.
—¿Estás segura?
—Diles que vayan con cuidado.
—Y nosotros, ¿qué hacemos?
—¡Tú espérame aquí, ahora vuelvo!
Corrí como una posesa hasta el hotel, sorteando la nube de cámaras y micrófonos que volvían a atosigarnos, sin esconder mi estado de excitación. Cuando hube llegado a mi habitación, me fui directa a por el libro de simbología que me había regalado Candela y releí la dedicatoria de su autora:
No busque en el románico lo evidente. Busque la profundidad del mensaje y entiéndalo como un todo, como una obra total.
«¿Dónde está la clave? Vamos, Macarena, piensa».
Regresé al puesto con la misma urgencia, sin dejar de escrutar mi mente, entrecortándose mis pensamientos por efecto de mis propias zancadas sobre el suelo medieval. «Sitúate en la Edad Media para entenderlo. Busca la totalidad».
La totalidad. Lo tenía.
—Salva, ¿cuántos colgantes tenemos? ¡¿Cuál es el número?!
—El número, ¿qué número?
—La totalidad. ¡La suma! El número siempre ha indicado el siguiente escenario. ¿Cuántos colgantes ha enviado?
—Nueve, son nueve.
Hurgué ansiosa en las páginas del manual de simbología hasta dar con su significado.
—¡Nueve! —Leí frenética el significado del número—. El final de un ciclo, el paso previo a la plenitud.
—¿Y...? ¡¿Qué quiere decir eso, Maca?!
—El final de la senda, ¡el final del camino! Sí, ¡la tenemos, Salva!
—¿Están en la senda mitológica esa entonces?
—Están en Santo Toribio, el final del Camino Lebaniego.
El Seat León rojo aguardaba nuestra llegada en el aparcamiento del monasterio bien entrada la madrugada, a plena vista. Estacionamos a unos veinte metros del vehículo.
—Será mejor que esperemos a que lleguen los refuerzos —opinó Salva.
«Si logramos ponerla en una encrucijada, es muy posible que se entregue. Cuando la interroguemos, confesará»; me oí pronunciando las palabras que yo misma había escrito en el informe. Esa vez en femenino.
—Tranquilo. Se va a entregar —respondí segura.
Antes de bajarnos del coche, Salva reclamó la ayuda que habíamos pedido de camino; no esperamos a que llegara, temiendo la posibilidad de que la vida de Roque Medina corriese peligro y dando por bueno mi convencimiento de que Candela no opondría resistencia.
Me armé mientras me aproximaba decidida a la iglesia; Salva me seguía.
La vi de espaldas, rígida y altiva, con los brazos extendidos a los lados de su cuerpo y la frente casi rozando la Puerta del Perdón. Cerrada para ella, no iba a permitirle purgar unos pecados que seguramente no consideraba como tales.
—¡Guardia Civil! Levanta los brazos y gírate despacio —le grité a unos metros—. ¡No hagas ningún movimiento extraño o te dispararé!
Salva me cubría.
—¡Que levantes los brazos y te des la vuelta! ¡Vamos!
Candela no se inmutó ante mis órdenes ni por el ruido de las sirenas que ya se oían aproximarse.
—¡¿Dónde está Roque?! ¿Dónde está tu hijo?
—Es mi hijo, Macarena, ¿crees que le haría daño a mi propio hijo?
—Ya lo hiciste una vez.
Se tensó en un gesto de contrariedad, como si acabara de recibir un golpe que no esperase.
—Esto no va con él, Macarena. La obra está acabada y tú ya estás aquí —dijo entonces, sin perder la calma, a viva voz, con tono de conferenciante arrogante.
Comencé a aproximarme a ella, la veía cada vez más cerca del cañón de mi pistola. A solo unos metros del metal que ya sabía lo que era tocar carne. Muy lejos, aunque solo estaba detrás de mí, oía mi nombre en la voz de Salva, llamándome una y otra vez para devolverme allí desde las tinieblas.
Todo lo que hice después fue puro protocolo; no iba a dispararle. O eso quiero pensar. Sigo teniendo lagunas también sobre aquellos minutos en los que volví a perder la noción del tiempo y del espacio.
—¡Candela, se acabó! Levanta los brazos y apóyalos sobre la puerta. —Creo que fue lo siguiente que dije.
Después, no sé cuánto después, recuerdo que las sirenas cesaron y sonaron los frenazos y los pasos agitados de nuestros compañeros.
—¡Cuidado, Maca! ¡Tiene un arma! —Oí entonces la voz de Roque más cerca en cada palabra. Su alerta la recuerdo con claridad.
Sin desviar la vista de su madre, intuí cómo lo reducían a él sobre el pavimento. Guardé la pistola, me acerqué a ella muy despacio y llevé sus muñecas hasta su espalda.
—Por fin entendiste el mensaje —expelió aún orgullosa.
Encontré la mesura necesaria para responderle:
—Aprovecha para pedirle perdón al santo —le susurré al oído mientras la engrilletaba, ignorando sus provocaciones—, por esto y por lo de tu otro hijo —añadí sin piedad.
—¡Que te jodan, Macarena! —me escupió.
—Candela Cruz Begides, queda detenida. Se la acusa de la muerte de cuatro personas: Miloslav Lovrić, acaecida el día 2 de julio de 2018; Yeray Santana, el pasado 5 de octubre; Alessia Conti, el 3 de noviembre; e Ibai Portuondo, el 15 de noviembre. Mi compañero le leerá sus derechos.
Dejé que fuera Salva quien completase la formalidad con ella y me acerqué hasta donde tenían a Roque.
—Roque Medina Andrade, le informo de que queda detenido y que se le acusa de la muerte de Antón García Freire y Roi Marín Arzúa, ocurridas ambas el 23 de marzo de 2008, así como del incendio ocasionado esa misma noche en Ponte de Ancares.
Nunca nadie me había mirado como lo hizo Roque Medina durante lo que tardé en leerle los derechos que lo asistían como detenido, sin la más leve mueca de rencor en sus ojos.
—¿Me ha comprendido?
Asintió sin pronunciar palabra.
Fue la última vez que hablamos; mi jefe entendió con buen criterio que no debía ser yo quien lo interrogase. Lo que supe fue por Salva y por lo que se recogió en el acta de su declaración.