La Osa de Ándara 48. La montaña siempre gana #2
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48. La montaña siempre gana #2

—El que nació segundo le fue arrebatado y entregado en adopción. Para ella, solo había alumbrado a una criatura. Unos días después se presentó en el hospital con el bebé envuelto en una manta.

—Muerte de cuna —expelí.

—Nadie lo creyó, pero no convenía remover.

No dijo nada más, ni falta que hacía para leer entre líneas la verdad que guardaba quien había ayudado a venir al mundo a Roque: Candela había matado a su hijo.

La única posibilidad que a mí ni siquiera se me había pasado por la cabeza.

Ahí estaba la explicación; lo que ella no podía ni siquiera imaginar es que tenía otro camino de Galicia.

Si quería una razón que explicase el hecho de que Candela Cruz Begides hubiera aceptado a Roque Medina como su hijo, aun en la creencia de que no podía serlo, ya la tenía: ocultar el secreto que ella misma escondía.

El informe que al final le presentaría al juez difirió sustancialmente en su versión final con respecto al borrador que había escrito en la víspera.

Durante toda la mañana continuamos las pesquisas en torno a los colgantes y fuimos visionando las pocas imágenes que pudimos recopilar.

Otro informe preliminar del laboratorio adelantó que el cordón de yute de los collares presentaba idéntica composición de fibras y trazado: los ocho que se habían enviado y los que habían portado las víctimas consumadas provenían del mismo fabricante y posiblemente del mismo ovillo.

Mientras abordábamos la cuestión reunidos en torno a la mesa de trabajo, Lavalle, como si de pronto hubiera recordado algo, salió de la estancia apresurada y disculpándose. Unos quince minutos después volvería pálida pidiéndome hablar a solas.

Pero antes, durante el intervalo de tiempo en el que no sabíamos qué era lo que podía haber motivado la espantada de la capitana, recibí la llamada de Sofía Ruz desde Madrid.

—Macarena, ¿puedes hablar? He hecho la gestión con las compañías aéreas y tengo material.

—Claro, te escucho.

—Comprobado que Candela Cruz Begides voló a Santiago y desde allí regresó a Santander hace un par de días, como te dijo, pero lo otro es mentira.

—¿Lo otro? Explícate, Sofía.

—El supuesto vuelo desde Madrid del 4 de noviembre. Ni ese día, ni el anterior, ni el siguiente. Ni se subió a un avión ni llegó a comprar ningún billete a su nombre.

—¿Estás segura?

—He sido lo más diligente que he podido en esto, te lo aseguro. Esa mujer no paseó por las nubes ese día.

—Me mintió. Estaba claro, tenía la chimenea encendida cuando llegué a su casa, y bien encendida. Era imposible que acabara de llegar.

—¿Te puedo ayudar en algo más?

—Por ahora, no. Si te necesito, te aviso. Muchas gracias por el trabajazo, de verdad.

Antes de que pudiera compartir con mis compañeros la averiguación de Sofía, volvió Lavalle con su cara de cadáver.

—Macarena, ¿podemos hablar fuera?

—Laura, vamos a dejarnos de apartes. Di lo que sea delante de todos. —Todos eran los de siempre: Salva, Millán y el guardia Mansilla.

—Tienes razón.

Se demoró unos instantes en hacerlo; antes de arrancar, tomó aire.

—Después de que apareciera el cuerpo de la italiana, me encargaste hablar con las familias de las víctimas por si sabían de dónde habían podido salir los colgantes.

—Lo recuerdo. ¿No lo hiciste?

—Sí que lo hice, pero se me quedó una gestión pendiente.

La hermana de Yeray Santana no tenía ni idea del origen del collar, pero insinuó que quizá la compañera de piso de su hermano podría saberlo, sin darle mucho crédito —excusó—.

La cosa es que ese día yo estaba siguiendo a Roque Medina y pospuse esa llamada, no pensé que ella pudiera saber...

—Hablamos con ella cuando registramos el piso —intervino Salva, descargando de culpa a la capitana.

—No le preguntamos por eso, que recuerde —aclaré yo—. Continúa, Laura, por favor.

—Acabo de llamarla. Me ha asegurado que Yeray tenía ese colgante desde solo unos días antes de que lo mataran, que está segura porque él mismo se lo enseñó el día que se lo regalaron. Le dijo que fue un regalo de una amiga.

—¡¿Una amiga?! —gritamos Salva, Millán y yo al unísono.

—Entonces, eso quiere decir que la asesina es una mujer —concluyó Mansilla con efecto retardado—. Como dijo Mateo Cayón, mi brigada.

—¡Lo sabía! —expelió Salva—. María Hueso, tuvo que ser ella. ¿Quién si no?

—Lo siento, Maca, fue el día que lo vi entregando las albarcas y se me fue el santo al cielo.

—Las albarcas...

—Maca, déjate de albarcas ahora, hay que ir a por María Hueso —insistió Salva, aferrado al convencimiento de que la presidenta de la asociación de artistas era la amiga a la que se refería la compañera de piso de Yeray.

—No tan deprisa. Puede que tengamos otra candidata —anuncié—. ¿Dónde están las fotos que nos entregó Darío Lastra?

Hurgué en la montaña de carpetas que teníamos sobre la mesa hasta dar con las fotografías. Busqué entre ellas las de la extraña huella que no habíamos identificado, por la que Roque Medina me había preguntado.

—Mansilla, Laura, ¿creéis que esto puede ser la huella de un calzado de esos? ¿La huella de una albarca?

—Yo ahí no veo nada —respondió Mansilla superado.

—Podría ser, sí, quizá —opinó Lavalle.

—¡Joder con el Sherlock de Liébana! Tenía razón.

—¿Qué pasa, Macarena?

—Mansilla, llégate a comprar unas albarcas. ¡Vamos, date prisa! Las primeras que encuentres. Luego te las pago.

—¿Qué has visto? Habla, por lo que más quieras, Macarena —rogó Lavalle.

—Esperad a que vuelva Mansilla.

No tardó ni un cuarto de hora en regresar jadeante con un par de madreñas y depositarlas como un trofeo sobre la mesa ante la expectación de todos.

—Póntelas, Laura.

—¿Qué? ¡¿Para qué?!

—¡Póntelas! Roque Medina me preguntó por esta foto, algo vio en ella que le resultó familiar.

Minutos antes me había contado que hace años dejó un regalo en la puerta de la casa de su madre.

Estoy segura de que pudieron ser unas albarcas —expliqué ansiosa ante la incredulidad de mis compañeros—.

Vamos, Laura, ¡póntelas y echa a correr!

Quiero ver cómo corre una mujer subida en unas de estas.

Torpe y haciendo mucho ruido con sus pisadas. Como una osa.