48. La montaña siempre gana
La montaña siempre gana
No fue fácil redactar el informe para argumentar ante el juez la decisión de detener a Roque Medina Andrade.
Para que el instructor lo entendiera, era necesario que supiera lo que no podía incluir en ese relato: las vicisitudes que yo había padecido durante todo el proceso, y aun antes de aquello.
Solo así podría hacerse cargo de por qué había hecho las cosas que había hecho, cometido los errores que había cometido y pasado por alto las señales que no había advertido.
A cada frase que escribía, borraba, reformulaba, borraba de nuevo y volvía a escribir.
Por más vueltas que le daba a lo que teníamos, mi convencimiento de que Roque era el asesino en serie al que buscábamos no dejaba de ser una conjetura.
Ni siquiera era una corazonada. Porque lo que el corazón me decía era que no podía ser él.
Además, tenía miedo. Si apuntaba formalmente a Roque Medina y me equivocaba, podría estar poniéndole en bandeja al asesino la posibilidad de huir. O, peor, tiempo para volver a actuar.
Bloqueada por completo, comencé a repasar mis notas desde el principio y a trazar un esquema de lo que iba a ser la estructura del informe.
Una vez ordenados los antecedentes que pesaban sobre él, y que íbamos a basar en las averiguaciones de Lavalle y Millán en Ancares y en Asturias, pasé a repasar el perfil criminológico en el que había trabajado con la ayuda de mis dos colegas, la subinspectora de la Policía Nacional y la subteniente Castro.
«Buscábamos a un individuo con un trastorno psicopático de la personalidad, que seguramente se había interesado por los avances de la investigación, seguido las pesquisas e incluso había tratado de interactuar con los investigadores».
Podía notar la sombra de la vergüenza sobre mí en el momento en que ponía eso último por escrito en el borrador del informe que iba a entregarle a su señoría.
«Varón, de complexión fuerte». Como el sujeto que Mateo Cayón había visto huir con torpeza y que le recordó a la Osa de Ándara, y que había matado a tres hombres valiéndose de la seguridad que le habían conferido la sorpresa, primero, los efectos de los tóxicos con Yeray Santana, y los disparos por la espalda en Perrozo; ayuda que no necesitó solo cuando su víctima fue una mujer, la italiana Alessia Conti.
«Casi con toda probabilidad hijo único, no tiene hermanos.
Con dificultades para las relaciones afectivas plenas, algo que ha sufrido toda su vida.
Tendencia a la mentira, finge ser otra persona o esconde su verdadera identidad.
Vive en un lugar apartado. Evita exponerse y reduce su círculo de contactos al mínimo indispensable para mantener la propia imagen ante los demás.
Alcanza un punto de frustración que lo empuja a matar como mecanismo para lograr el reconocimiento que cree merecer y del que carece.
Como asesino en serie es predominantemente organizado.
Planifica sus actuaciones y elige a sus víctimas por lo que ellas significan: todas son artistas.
Es consciente del daño que causa, pero las víctimas no le importan; solo se vale de ellas.
Provoca una situación que permita el encuentro y le asegure el éxito sin ser descubierto.
Cuando una víctima falla, se conforma con otra más o menos similar, o utiliza su propia firma y su modus operandi para recrear la similitud».
Por eso llevó a Ibai Portuondo a la iglesia románica de Perrozo, lo que fue una forma de retarnos, de acercarnos hasta él.
«Comienza a sentirse agotado por la presión», entendí al tiempo que escribía esas últimas notas.
«Aunque no lo necesita para consumar el crimen, se asegura de dejar su firma como muestra añadida del reconocimiento al que aspira.
No tiene empleo fijo o tiene una ocupación que no lo obliga a cumplir horarios estrictos, casi con toda seguridad relacionada con el trabajo manual», escribí imaginando a Roque tallando sus preciosas albarcas.
«Reside en la comarca de Liébana. Conoce bien la zona y sabe cómo moverse por ella.
Se desplaza para actuar»; puse por escrito las conclusiones de la teoría del círculo.
«Tiene preparados los medios para huir de los lugares en los que actúa con premura.
No es un sádico. Si logramos ponerlo en una encrucijada, es muy posible que se entregue. Cuando lo interroguemos, confesará».
Releí el resumen del perfil para cerciorarme de que no lo hubiera manipulado lo más mínimo para que encajara a la fuerza con Roque Medina. En esas, me llamó Zaballa.
—Brigada, tengo los resultados.
—No puede ser más oportuno, doctor. Dígame, por favor.
—Podemos decir que son positivos. Con una probabilidad muy alta, son madre e hijo.
No podía estar ocurriéndome a mí.
Si había algo de lo que estaba segura, era de que Candela no podía ser la madre de Roque.
Había visto con mis propios ojos el informe del hospital en el que figuraba que su hijo había muerto unos días después de nacer y me había aferrado a la seguridad de que me habían mentido, no solo él, sino también ella.
Otra vez la verdad me escupía en la cara para sacudirme mi infinita testarudez.
¿Cómo podía ser que Candela y Roque sí fueran de verdad madre e hijo? ¿Dónde estaba la trampa?
Llamaron a la puerta de la oficina, era el guardia que atendía el cuarto de puertas:
—A la orden, mi brigada, perdone que la moleste, pero es importante.
El pintor que se personó en el puesto de Potes con un sobre que contenía un colgante y que había recogido del buzón esa misma mañana solo fue el primero de tantos.
Otros siete acudieron en las horas siguientes a distintas dependencias policiales de diversos puntos del país: Monforte de Lemos, Sevilla, Alcobendas, Tarragona, Oviedo...
Hasta ocho personas se presentaron intimidadas y sintiéndose amenazadas por la alerta que habían difundido los medios de comunicación y por haber recibido el abalorio.
Las cartas habían sido mataselladas en una oficina de Comillas, pero los sobres se habían depositado en un buzón a pie de calle.
Los colgantes, a diferencia de los genuinos, no lucían ningún motivo; el cordón de yute sí era igual en apariencia.
Nos reunimos todos para valorar la situación y organizar los siguientes pasos; Lavalle y Millán se nos unieron cuando por fin regresaron de Asturias.
La primera posibilidad que contemplábamos era que se tratara de algún descerebrado que se unía a la fiesta; una teoría que no podíamos dar por segura.
Dimos orden de enviar a Madrid todas las pruebas para que analizaran tanto las fibras de los cordones como los sobres y procedieran con carácter de urgencia con la búsqueda y determinación de ADN; y el equipo de Lavalle se encargaría de recopilar todas las imágenes de cámaras de seguridad de los alrededores de los buzones de Correos en los que pudieron depositarse.
Por nuestra parte, nos entrevistamos por videollamada con las personas que los habían recibido.
La alerta se acrecentó cuando supimos que todas ellas habían sido premiadas por sus creaciones artísticas en fecha reciente.
Si la idea había sido de un imitador o un aburrido, había hilado muy fino.
Nos retiramos para intentar descansar algo muy entrada la madrugada, sin albergar esperanzas de que nos resultara fácil dormir esa noche.
La idea de brindar a nuestro cuerpo el necesario descanso nos hacía sentirnos profundamente mal, como si no dejar de trabajar fuera lo único que pudiéramos hacer, y con la sensación de que algo más iba a ocurrir si pegábamos ojo.
La fatalidad suele ser inoportuna y poco educada; tiene la mala costumbre de pillarnos en pijama.
Por si esa vez también se empeñaba en presentarse con nocturnidad, no sé si mis compañeros, pero yo me metí en la cama con ropa de calle.
Pero la noche pasó como pasan todas, ajena a los males del mundo.
Y en Liébana, aquel martes de noviembre amaneció desvergonzadamente despejado.
Vi desde la ventana de mi habitación la silueta de los Picos con sus cumbres nevadas muy bien definida, pugnando por alcanzar un cielo limpio que empezaba a vestirse de azul pastel.
Todo aquel paisaje parecía querer sonreír, como burlándose de quien fuera que lo hubiera ensuciado derramando su inquina y su maldad sobre sus dominios; y olvidándose de que la montaña, sea quien sea el oponente, siempre gana.
Salí apresurada de la ducha para alcanzar mi teléfono, que estaba sonando. Cuando descolgué, me respondió una voz de mujer entrada en años:
—¿Es usted Macarena Lago?
—Sí, ¿quién es?
—Soy la matrona de La Buena Fe. Le contaré la verdad sobre aquellos bebés.
—Dígame, la escucho con atención. —Seguramente mi premura resultó descortés, pero a mis ansias por conocer la información se unió la inmediata sensación de que la mujer prefería no ser interpelada. Se había decidido a hablar y temía decir cualquier cosa que pudiera hacerla cambiar de opinión.
—Atendí el parto de aquella muchacha, Candela Expósito. Fue un parto de gemelos.
—¿Gemelos?
—Esa joven dio a luz a dos bebés, pero ella no llegó a saberlo. Solo vio nacer al primero, casi se muere en el parto.
—No figuraba nada de un parto múltiple en el informe de la clínica.
—Aquellos informes... Ahí no se escribía más que lo que interesaba —dijo como si fuera una obviedad.
—Pero ¿cómo es posible? ¿No sabía ella que estaba embarazada de gemelos?
—Solo sus padres lo sabían; ellos iban a encargarse de esos niños. —Los padres de Candela habían muerto en un accidente semanas antes de que diera a luz.
—Por Dios... —No suelo acordarme de Dios salvo en ocasiones muy excepcionales, y esa lo era.