La Osa de Ándara 47. Sin frenos
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47. Sin frenos

Sin frenos

Laura Lavalle por fin consigue hablar con Macarena.

La brigada, o no se lo cogía, o daba comunicando.

Había pasado de la preocupación a la histeria imaginando todo tipo de desventuras.

Cuando lo logra, ella y Millán están haciendo tiempo en la puerta del taller en el que van a cambiarles los frenos con urgencia.

—¡Aleluya, Macarena! Pero ¿dónde te metes? Llevo persiguiéndote desde anoche.

—Creo que esta vez no ha sido una filtración, Laura, igual nunca lo fue. Creo que es cosa del responsable de toda esta mierda.

—¿De qué me hablas? ¿Qué ha pasado ahora?

Lavalle no sabe nada. Al polígono industrial en el que están no ha llegado aún la noticia que ya corre por las televisiones de toda España, por todas las webs de noticias, por todas las redes sociales.

—¿No lo has visto? ¿Dónde estáis?

—Ahora te cuento. Seguimos en Asturias, nos ha pasado de todo. Pero, dime, por favor, dime qué está ocurriendo.

—Ha salido a la luz el asunto de los colgantes. Todos los medios están hablando de lo mismo. Saben todos los detalles, Laura, los motivos exactos que encontramos en cada collar, incluido en el de Lovrić.

—¿Cómo es posible?

—Están desgranando el significado de los símbolos, con bastante acierto, también te digo. Y lo peor no es eso.

—Ah, ¿no? —«Pues espera a que te cuente lo que tengo que contarte», piensa Lavalle.

—También me ha llamado la madre de Mateo Cayón. Han estado en su casa unos periodistas pidiendo hablar con Mateo. Al parecer, está muy nervioso y asustado. Le he prometido que pasaré a verlo en cuanto pueda. Espero que no hable con ellos, ya sabes lo que le gusta hablar a ese chico.

—Le gusta hablar contigo, Maca —aprecia Lavalle.

—Ojalá sea así. Y lo peor, a lo que me refería...

—Ah, que hay más...

—Los medios están lanzando la advertencia a todos los artistas que hayan recibido o que reciban un colgante. Y han publicado fotos, Laura, ¡fotos!

—¿Fotos auténticas de los colgantes?

—De uno que, si no es el del francés, es idéntico.

—¡Será desgraciado el del santo Job! —escupe Lavalle resentida.

—Hemos hablado con él y niega tajantemente haberse comunicado con la prensa o haberle enviado ninguna foto a nadie. Yo creo que no ha sido él, creo que es cosa de nuestro hombre. Pero, si te digo la verdad, no sé qué pensar.

—¿De Roque Medina sabes algo? —pregunta Lavalle para derivar la conversación adonde tiene que llegar.

—A Roque ni me lo nombres. Me ha llamado como treinta veces desde anoche y ahora que soy yo quien lo llama, ¡sorpresa!, no me lo coge.

Lavalle le pide atención a Macarena porque, con todo, tiene que darle información importante.

Primero, le explica muy rápidamente que el motivo por el que Millán y ella están aún a esas horas en Asturias es que el coche se les quedó sin frenos bajando de la comarca de Oscos.

En los últimos años, de lo que menos se ha preocupado es de hacerle los mantenimientos y, no sabe si favorecido por el cambio de temperatura, por las pendientes o porque sí, el coche empezó a chirriar y unos cien kilómetros después no frenaba.

Era bastante tarde cuando salieron de casa de Concepción, «la Gallega», y, entre una cosa y otra, cuando la grúa los recogió, era de madrugada.

Se las vieron y desearon también para encontrar un sitio donde dormir a esas horas; tan difícil fue que no lo lograron y finalmente habían pasado la noche acogidos en un cuartel.

La odisea ha continuado por la mañana hasta localizar, también tirando de la ayuda de compañeros de la zona, un taller en Ribadesella que pudiera hacerles la reparación por la vía rápida.

Con todo, casi es mediodía, están todavía esperando porque los recambios han tardado un par de horas en llegar.

Entretanto, han estado a ratos sin batería, otros sin cobertura y, cuando no, ha sido Macarena quien no cogía el teléfono.

—Pero ¿por qué no llamaste al puesto, o a Salva? Un poco de recurso, que sois guardias.

—Cuando te cuente lo vas a entender. No me atrevía a dar un paso sin que antes supieras por mí lo que tengo que decirte.

—Está bien, habla —le ruega Macarena.

—Concepción y el guardia de Ancares perdieron a su hijo en un accidente hace tiempo. El hijo, al parecer, estaba metido en negocios sucios relacionados con los dos que aparecieron muertos hace diez años en su pueblo, que te recuerdo era el pueblo natal de Roque Medina.

—¿Y?

—Al poco de morir el hijo, ella abandonó el pueblo y a su marido, se recluyó en Asturias y hasta hoy.

Pero, atenta. Su hijo y Roque Medina eran amigos desde pequeños, uña y carne.

Un día, su marido, con quien mantenía contacto de cuando en cuando, la llamó para pedirle un favor: que acogiera al amigo de su hijo una temporada, a Roque.

Lo que él le dijo, o eso dice ella de forma bastante convincente, es que habían matado a los culpables de su desgracia y que si no ayudaban a Roque le iban a colgar las muertes.

—¿Su marido, el guardia, ayudó a Roque a huir? ¿Después de que mataran a los otros dos? Me ha llamado hoy un compañero que estuvo allí. En teoría, Roque ya había salido antes de Ancares y el guardia este lo ratificaba.

—No es eso lo que dice esta mujer.

—Sigue —la apremia ahora Macarena, que parece haberse olvidado de los colgantes.

—En una de las últimas cartas que ella le envió años después a su marido, le pidió que le dijera la verdad. Quería saber si fue Roque quien mató a aquellos hombres para vengar la muerte de su amigo. Sus valores cristianos, dice, le impiden compartir la venganza a esos extremos, a pesar de todo.

—O sea, que fue él. Roque se cargó a aquellos tipos —hila Macarena.

—Nos enseñó la carta, Maca. Tiene una carta de puño y letra de su marido reconociendo que Roque Medina asesinó a esos dos hombres y que él lo ayudó a huir.

Le jura, eso sí, que él no supo nada de sus planes.

Que Roque lo hizo y no tuvo otra alternativa que ayudarlo, por ser quien era y por la razón de sus actos. Según él, es un buen chico.

—No puede ser verdad...