La Osa de Ándara 46. Hasta la cima
93%

46. Hasta la cima

Hasta la cima

No sé cómo, pero esa mañana se me pegaron las sábanas.

Me había entregado al sueño unas horas antes con sensación de derrota, no tanto por nuestras posibilidades de resolver el caso como por las opciones de acelerar el desenlace.

Sentía que ya estaba, que a nosotros no nos quedaba nada por hacer, o que todo lo que pudiéramos hacer sería en balde.

Que era cuestión de tiempo que las piezas encajaran.

A veces, lo único que hay que hacer es bajar la guardia y dejar que las cosas sucedan.

Evitar la fatalidad permanentemente cansa demasiado; es mucho más práctico prepararse para la adversidad, para que cuando esta llegue, al menos, nos pille en condiciones mínimas para enfrentarla.

Si Candela Cruz y Roque Medina eran o no madre e hijo no dependía de mí.

Como no podía hacer nada por cambiar lo que fuera que Lavalle y Millán encontraran en Asturias.

En los últimos días había hecho todo lo que tenía que hacer: achantarme con mi jefe cuando lo informé de que me iba a casa a ponerle el termómetro a mi hija; pedirle a mi exmarido que me ayudase; contarle a Salva la parte de la historia que no se sabía; perder el tiempo visitando una iglesia románica de Palencia que me pilló de camino.

Tenía la certeza de que todo iba a estallar.

Pero no estaba asustada, porque lo que de verdad temía, solo unos días antes de aquella noche en la que me metí en la cama demasiado temprano, no era lo que pudiera pasar, sino, llegado el momento, no estar a la altura.

Lo que de verdad me aterraba no era tener que escapar, sino que me faltaran fuerzas para escalar la montaña.

Por eso me había rendido a la extenuación, había silenciado el móvil y por esa noche dejé que el mundo se apagara.

Cuando volvió a encenderse, tenía llamadas perdidas de Lavalle, de Salva, de mi madre y de Roque.

Decidí atenderlas de manera directamente proporcional al grado que cada uno de ellos ocupaba en mi orden de prioridades.

A razón: primero llamé a mi madre, que solo quería asegurarse de que siguiera viva; después llamé a Salva y a Lavalle.

No pensaba devolverle la llamada, ni lo hubiera hecho en cualquier caso tras oír lo que me dijeron mis compañeros, a Roque Medina.

Las perdidas de Salva y la capitana, las primeras, eran de la noche previa.

Resultaba que el coche sin matrícula visible había aparecido en unas grabaciones de gasolinera que habíamos recopilado al principio, tras la muerte de Yeray Santana.

La primera vez que se visionaron, el vehículo pasó inadvertido; ahora sabíamos que la matrícula que ahí sí se distinguía era una placa falsa, que duplicaba la de otro censado en Cartagena y que yacía en un depósito de Murcia desde hacía unos meses con la baja oportunamente cursada por quien fuera su último propietario.

Salva ya había sumado el dato a la orden de localización que pesaba sobre el Seat León rojo con los pilotos fundidos y el golpe en el parachoques, y había pedido a Tráfico los lectores de matrícula para rastrear los movimientos del vehículo.

Apareciera o no, teníamos otra coincidencia material entre Lebeña y Perrozo.

La alegría habría sido inmensa si en las recuperadas imágenes se hubiera visto, además, algo que permitiera identificar al conductor, pero los planos no daban para tanto.

Lo de Lavalle sí que fue de órdago, pero tardé más rato en lograr hablar con ella, pues cuando le devolví la llamada fue la capitana quien no respondía. Entre intento e intento fallido, sonó mi teléfono.

—¿Lago?

—¿Quién me llama?

—¡Cuánto tiempo, compañera! Soy el sargento primero Rubio, ¿me ubicas?

Rubio trabajaba en otro equipo de la Unidad Central desde hacía muchos más años que yo, en concreto, en el que solía agenciarse los mejores casos y con cuyos integrantes yo coincidía poco, pero, por supuesto, nos conocíamos.

Con la excedencia y todo lo que vino después, nos teníamos bastante perdida la pista.

—Rubio, ¡qué sorpresa! Me alegra oírte, ¿a qué debo el honor?

—Te llamo por la gestión de tu jefe. Habló con el mío para interesarse por un asunto que nos salpicó hace tiempo y me han pedido que te cuente yo mismo: los dos cadáveres que quemaron en Ancares.

—No me digas que lo llevasteis vosotros, eso.

—No exactamente. El caso era de provincia, pero los nombres de los tipos a los que se cargaron hacían sonar las alarmas en media España. Visto ahora, la verdad es que la historia daba para una novela.

—Pues no sé si tengo tanto tiempo, no me malinterpretes. ¿Qué tal si me cuentas la sinopsis, aunque me destripes el final?

—Aunque quisiera, no podría hacerte espóiler del desenlace, porque aquello no se resolvió, que yo sepa.

—Eso tenía entendido.

—Lo que sé, en resumen, es que en el pueblo salió ardiendo una nave en la que armaban cascos de barcos.

Los que llevaban el chiringuito abarcaban el negocio completo y reclutaban a chavales del pueblo y alrededores para todos los pasos del proceso productivo, ya me entiendes.

Unos años antes, uno de los que implicaron y al que tenían de piloto perdió la vida en una persecución con los nuestros mientras movía un alijo.

Ahí comenzaron a ganarse la enemistad de la gente, pues empezó a destaparse el pastel, pero siguieron campando a sus anchas porque tenían al personal acojonado.

Cuando estaban a punto de reventarles el montaje, se quemó o quemaron la nave y, la puta mala suerte, las llamas se llevaron por delante a un chiquillo.

Unos meses después, los dos ciudadanos ejemplares —catalogó, irónico— corrieron la misma suerte, claro que los habían aniquilado antes.

Nosotros fuimos porque andábamos detrás de esos tipos por otro homicidio en el que habían aparecido como posibles implicados y que sí llevábamos.

—Entonces, ¿no sabes cómo acabó?

—El caso se archivó hace un par de años. A donde primero apuntaron fue a la familia del niño; por ahí nada en claro. Tratándose de quienes se trataba, el hilo del que tirar era tan largo que, al final, se perdieron en la madeja.

—¿Y no sabes nada de un tipo que trabajaba en aquella nave y que se largó del pueblo en esos días?

—Por encima. Ya me han contado que es por este por donde tenéis la conexión. Había testigos que aseguraban que él..., ¿cómo se llamaba?

—Roque Medina.

—¡Eso, Medina! Bueno, que aseguraban que ya no estaba allí cuando aparecieron los cuerpos en el incendio de la plaza. ¿Sabes que hicieron la fogata con una barca?

—Sí, eso lo sé.

—Por eso pensaron en la familia del chaval.

—Entiendo...

—Uno de los testigos que aseguraban que el Roque Medina este ya se había ido antes era compañero, un guardia que vivía allí. La cosa es que, además, era el padre del otro que te digo que murió primero, del piloto.

—Eso no lo sabía. ¿Pudo tener algo que ver?

—Estaba de servicio esa noche y tenía coartada fuera de toda duda. A la hora del fuego, el compañero estaba en un control de carretera a kilómetros del pueblo y había efectivos de sobra que ratificaban su posición.

—¿Y su mujer?

—¿La mujer de quién? ¿Del compañero?

—Sí, doy por hecho que es la madre del joven del que hablamos.

—Ni idea. Me has pedido un resumen y al final te he contado todo lo que sé.

—Y yo que te lo agradezco, Rubio.

—Nada, mujer, para eso estamos. Oye, ¿y tú qué tal? Me enteré de que estuviste de baja.

—Sí, he pasado una mala racha, pero ya estoy mucho mejor.

—Me alegra oírlo. A ver si coincidimos, aunque con lo que paramos en Madrid, difícil. No es que adore la capital precisamente, pero la familia empieza a cansarse, cualquier día me echan de casa.

—Me hago a la idea. Oye, ¿dónde andáis ahora?

—Pues mira, en la tierra, así que no me quejo.

No es un asesino en serie como lo que tenéis vosotros, pero tiene su miga.

—El sargento primero no precisó, ni acerca del motivo ni sobre el destino, pero entendí que se refería a algún punto entre su tierra y la mía; él era de San Fernando, creía recordar.

—Ni tan mal, oye —observé.

Después de despedirme, me detuve a poner en limpio las notas que había tomado mientras hablaba con Rubio y, tras volver a llamar sin éxito a Lavalle, me bajé al puesto.

Roque Medina seguía llamándome a cada poco rato.

No sabía si era un asesino, pero solo con haber intuido que era un puto pesado nunca me hubiera acercado tanto a él.

Era una verdadera pesadilla que siguiera llamando y llamando después de haberle dejado meridiano que no quería saber nada de él.

Una multitud se amontonaba en la puerta del antiguo edificio que albergaba las dependencias de la Guardia Civil de Potes.

Reporteros gráficos con micrófonos en mano, cámaras...

No sabía por qué razón ni en qué momento toda la prensa de Cantabria había decidido atrincherarse ante nuestro refugio.

Junto a los periodistas, algunas de las brujas que me acosaron en la anacrónica cafetería y los días siguientes.

Tuve que sortear improperios de toda clase para acceder al interior.

En cuanto entré, me crucé con Salva.

—Maca, ¡por fin apareces!

—¿Me puedes explicar qué demonios está pasando ahí fuera?

—Acabo de llamarte. —Había ignorado las llamadas que había recibido de camino allí desde el hotel, dando por hecho que eran de Roque—. Ven conmigo, tienes que ver esto.

Mansilla y el resto de los efectivos del puesto se agolpaban delante del televisor con cara de drama; otros, abiertamente enfurecidos.

Salva y yo nos unimos a ellos mimetizándonos en cuestión de segundos.

No era una televisión local, era toda una cadena privada de ámbito nacional la que daba la primicia en su magazine de éxito de audiencia de la mañana.

La escena era la típica: la presentadora, al centro de la mesa, haciendo como que respetaba a los profesionales que investigaban el caso, lanzaba todo tipo de juicios velados y asequibles de entender incluso para sus menos inteligentes espectadores.

A sendos flancos de la mesa, el camaleónico grupo de expertos —en lo que tocara hablar cada día— iba alternando sus puntos de vista, vistiendo de derecho a la información lo que era, en realidad, una vulneración del secreto de las actuaciones.

Y una putada. Por encima de todo, era una enorme putada. Me llamó mi jefe, y el jefe de mi jefe, me llamó el juez. Me llamó hasta mi madre. Y, por supuesto, me llamó Roque Medina.

No sé cómo ese día se me pegaron las sábanas y cómo había dormido esa noche de la forma tan plácida en que lo hice, pero ahí supe qué estaba ocurriendo. Mi premonición se cumplía: me estaba explotando en la cara.

Había llegado el momento de echar el resto hasta la cima.