45. La Gallega
La Gallega
Laura Lavalle no ha sido del todo franca con Macarena.
Le ha contado una verdad a medias. Solo tiene unas señas aproximadas sobre la ubicación de la esposa del guardia de Ancares.
Millán, conocedor de la mentira piadosa de la capitana, y sin atreverse a contradecir a su superiora, ha partido con ella rumbo a Asturias.
La fuente del dato es una familiar con la que Lavalle ha hablado en Ancares.
Preocupada por su prima, había ido a visitarla y a pasar unos días con ella poco después de su marcha.
Después de esa vez no se han vuelto a ver, pero la señora conserva una idea poco definida de la localización y unas fotografías que Lavalle espera le sirvan para hallar su paradero.
El cabo conduce por la autovía del Cantábrico mientras que Laura indaga en internet en busca de posibles coincidencias.
No es hasta que llegan a los Oscos cuando, preguntando a uno y a otro, se van aproximando al sitio.
No sin antes hacer algunos kilómetros en balde comarca arriba y abajo guiados por las no siempre acertadas indicaciones que, con la mejor voluntad, les han ido dando los parroquianos.
La comarca de Oscos los adentra en un escenario en el que se materializa la comunión de todos los elementos de la naturaleza.
Un paisaje que la mano del hombre parece haber respetado sin alterar su pureza, fundiéndose con él como se funde el hierro en las ferrerías que aún perviven.
Por momentos, el aire huele a brasas y su aroma contrasta con el de la tierra húmeda.
Los cauces de los ríos se salpican de molinos hidráulicos, la mayoría ya en desuso, que sirvieron para la molienda de maíz, trigo, avena y otros cereales.
En otros, lo que la fuerza del agua había movido arriba y abajo fueron los mazos con los que se trabajaban las barras de hierro para convertirlas en sartenes, clavos, cuchillos y toda clase de útiles.
Es en uno de estos, de los pocos que aún funcionan, donde, con el repiqueteo del mazo de fondo, un herrero reconoce el pueblo en la foto que le muestran.
Lavalle y Millán llegan a Martul, en Villanueva de Oscos, cuando ya ha anochecido, con un frío húmedo que cala los huesos y envueltos en una llovizna fina y penetrante.
Un paisaje que de nuevo los acerca a Galicia, aunque pisan suelo astur, y que resulta mucho más hostil que el aún suave, en comparación con este, de los valles de Liébana.
Tras preguntar por ella a los pocos vecinos que encuentran, no tardan en indicarles dónde pueden localizar a «la Gallega». Es en una casa en la que no han visto luz y acaban de rebasar para adentrarse en el caserío.
La construcción que es su morada está aislada de las demás y, como la mayoría, luce un tejado negro y brillante recubierto de la misma piedra de pizarra que se amontona apilada en los alrededores.
La mujer, muy menuda, le parece a Laura mucho mayor de lo que esperaba cuando les abre la puerta sorprendida de recibir visita.
Cautelosa, les cede el paso al interior cuando Lavalle se identifica como guardia civil.
Buena parte de la pequeña planta baja de la vivienda está ocupada por un telar de dimensiones generosas con un trabajo a medio hacer, tarea en la que seguramente emplea el tiempo y que quizá es lo que permite a Concepción, que es como se llama, ganarse la vida.
Lavalle y Millán agradecen su hospitalidad, están helados de frío.
Ella los invita a tomar asiento junto a la chimenea recién sofocada, aún humeante.
—Ya lo siento, se me terminó la leña seca —se disculpa apurada.
—No se preocupe. Hemos venido desde Cantabria para hablar con usted, creemos que puede ayudarnos con un asunto que estamos investigando.
—¿De Cantabria? Ya no tengo a nadie allí. Creí que le ocurrió algo a mi marido.
—También hemos hablado con su marido. Hemos estado buscándola en su pueblo, en Ancares, por eso la hemos localizado. —Lavalle aguarda su reacción, pero la mujer no pronuncia palabra—. Su marido está bien, que sepamos. Porque siguen ustedes casados, ¿verdad?
—Me marché hace años, nunca volví por allí. ¿Por qué me andan buscando?
—Por el hombre que vive en la casa de su madre, en Perrozo —responde la capitana.
—Roque —concluye la otra mujer—. Sabía que este día llegaría.
Dos estruendosos y descompasados golpes que no saben de dónde proceden, ni Lavalle, ni Millán, a juzgar por el respingo que ha dado el cabo al oírlos, suenan como un eco fantasmagórico que dramatiza la escena después de que ella haya pronunciado el nombre de Medina.
—No se asusten, son las vigas, que crujen —explica cuando Millán ya está buscando el origen de los sonidos a través de la ventana.
—Ya pensaba que era un oso intentando derribar la puerta —reconoce el cabo asustado, que vuelve a sentarse más cerca de la capitana, sin terminar de creerse seguramente que esos ruidos hayan podido originarse sin más en la propia estructura de madera y piedra.
—Es por el cambio de temperatura —añade la Gallega.
—¿Por qué Roque Medina ha vivido todos estos años en la casa de su madre en Liébana? —pregunta directa Lavalle.
—No tenía adónde ir.
—Díganos la verdad, Concepción. ¿Por qué se escondía Roque Medina en casa de su madre?
—Porque yo no sabía lo que había hecho.
—¿Qué es lo que no sabía exactamente? —pregunta sin esconder su ignorancia.
Con todo, Concepción responde sin perturbarse:
—Que era como ellos, un asesino.