44. Entre tú y yo
Entre tú y yo
Por la mañana nos reunimos para coordinarnos y ponernos al día, incluidos Lavalle y Millán, que habían llegado a Cantabria por la noche.
El primero en intervenir fue Mansilla, que dio cuenta de haber localizado en otras dos cámaras el turismo de la matrícula invisible.
Había confirmado el color, rojo; y el modelo, un Seat León.
El coche debía de tener unos ocho o diez años y, lo que era más interesante, presentaba una pequeña abolladura en el paragolpes trasero.
Decidimos lanzar el aviso a todas las patrullas por si algún compañero se lo cruzaba.
Le encargué a él que buscara en los registros de Tráfico todos los vehículos de la misma marca y modelo que estuvieran censados.
Primero en Liébana y, después, en toda Cantabria si lo anterior no daba frutos.
Salva, por su parte, nos confirmó que el vecino de Perrozo había asentido cuando le enseñó la captura del vídeo.
Según él, por la forma de los pilotos traseros, el coche efectivamente podía ser el mismo que vio dando tumbos al salir del pueblo la noche que mataron a Ibai Portuondo.
—Nosotros también tenemos algo —anunció Lavalle—. Es sobre Ancares.
—Adelante —le di pie.
—¿Te cuento o lo hablamos luego? Igual es desviarnos del asunto.
Laura no se atrevía a hablar en presencia de todos. De perdidos, le dije que desvelase lo que fuera.
—Sabemos dónde encontrar a la mujer del guardia del pueblo de Roque Medina. Al parecer, lleva años en la comarca de Oscos, en Asturias, cerca del límite con Galicia.
—¿Tenéis algo que hacer? —Me referí a ella y a Millán.
—Nada más importante que averiguar por qué Roque vive en la casa de su madre en Perrozo.
—Lo consultaré con mi jefe, pero, por mí, ya estáis montados en el coche.
Mi teniente coronel dio el visto bueno. Millán y Lavalle partieron rumbo a Asturias para encontrarse con la mujer que había provisto de cobijo a Roque Medina para que pudiera hacer su nueva vida en Liébana después de escabullirse de su pueblo de Ancares.
Disuelta la reunión, recurrí de nuevo a Ruz para que me ayudase a desvelar otra incógnita que no dejaba de rondarme.
Sofía recogió con gusto el encargo de contactar con las aerolíneas que habían operado los dos vuelos que me constaba que Candela Cruz había tomado los dos días en los que yo había estado con ella.
Primero, el que la había llevado desde Madrid a Santander la tarde de nuestro primer encuentro en su casa.
Segundo, el que cubrió el trayecto desde Santiago para traerla de vuelta de su congreso en Galicia la jornada anterior.
Después, estaba poniendo orden en el material del archivo, organizando los papeles y los pensamientos, cuando me anunciaron que un hombre aguardaba solicitando verme.
Sobre la mesa, las fotos de los escenarios, del Seat León rojo, las primeras que hizo Darío Lastra, las de las esculturas de Yeray Santana; y las de este mismo y todos los que lo sucedieron cuando ya no eran sino historia.
—Hazlo pasar, por favor —le pedí a la guardia que me dio el aviso. Me afané en salvaguardar de la vista de mi visita al menos las fotografías más comprometedoras.
Roque Medina se sentó donde le indiqué y, amedrentado, me observó en silencio mientras preparaba el instrumental que iba a usar para hurgar en sus orígenes.
Quizá me di más importancia de la que reclamaba la operación de lavarme las manos con hidrogel, enguantarme, sacar del envoltorio el mondo bastoncillo que iba a meterle en la boca y escribir sus datos en el envase en el que finalmente lo custodiaría.
—Humedécete la boca.
Me miró con ojos de cordero degollado mientras acariciaba las paredes de su cavidad bucal con el hisopo al que se adhirieron microscópicas láminas de piel. Aprecié el escalofrío y me resistí para no corresponder a aquel gesto tierno.
—Macarena, hay algo que quiero decirte —dijo una vez que concluí la maniobra.
—Tengo que irme a Santander a llevar la muestra. No tengo mucho tiempo, pero dime, si es rápido.
—Me siento mal por haberte utilizado. Hacía tiempo que sabía quién era mi madre y dónde vivía. Una vez, hace años ya, hasta le dejé un regalo en la puerta de su casa —reconoció emocionado.
Yo lo oía distante, sin dejarme contagiar por su melancolía.
—No entendía qué hacía la Guardia Civil rondando a mi madre, estaba preocupado.
Te vi en el periódico y vi a tus compañeros en la universidad, preguntando por ella.
No entendía nada. Después volví a verte saliendo de la fundación y supe que estaba colaborando con vosotros.
Y entonces vi la oportunidad perfecta: tú podías ayudarme a llegar a ella.
—Eso ya lo había deducido yo.
—Lo siento, pero ponte en mi lugar. ¿Qué harías tú para acercarte a tus padres o a tus hijos?
—No metas a mis hijos en esto, Roque —lo corté en seco. «Por ahí no».
—¿Y esas fotos? —preguntó entonces muy serio, refiriéndose a las fotografías tomadas por Darío Lastra, que habían quedado sobre la mesa.
—Unas fotos. ¿Por qué lo preguntas?
—Por preguntar. No se ve nada, ¿no? ¿Son de la investigación?
—Eso creo yo, que no se ve nada. Y no, no son de la investigación. Si lo fueran, no estarían al alcance de tu vista —le respondí, no sin mala intención. Siendo yo entonces quien escrutaba su mirada y su reacción.
—Bueno, me voy ya. No me guardes rencor, por favor, me gustaría que fuéramos amigos. Eres muy especial para mí.
—Roque —lo corté—, no te equivoques. Si te he llamado y te he pedido que vengas es porque creo que me precipité y que puedes estar confundido con respecto a Candela.
Tengo razones para pensar que esa mujer no es tu madre.
—Me ahorré compartir con él cuáles eran esas razones—.
Pienso que los dos estáis en un error al que yo he contribuido. Pero entre tú y yo no hay nada.
Me miró decepcionado.
—Espero haberme expresado con claridad. Te llamaré cuando tenga los resultados.