La Osa de Ándara 43. Nadie lo sabe
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43. Nadie lo sabe

Nadie lo sabe

Me contuve y no lo llamé esa tarde; lo hice al día siguiente.

Desde el coche, camino de vuelta a Cantabria.

Roque Medina descolgó el teléfono al segundo pitido en un tono que sonó entre sorpresa y alivio por los altavoces de mi coche, como si de verdad me echara de menos o estuviera sinceramente preocupado por mí.

Sonó a todo menos a rencor por los días que llevaba ignorando, cuando no directamente rechazando, sus intentos de comunicarse conmigo.

Lo dejé que soltara la retahíla de cumplidos y disculpas que me dio por haberse alejado en los primeros días tras reencontrarse con su madre.

Me sentía mal por la posibilidad de que no hubiera nada oscuro en quien, en realidad, me había servido de escape en mis peores momentos en Liébana.

—Me alegra que me llames —dijo, al fin.

Decidí ir al grano.

—Te llamo porque tengo algo que decirte, Roque. Te adelanto que no te va a gustar.

—Me estás asustando, Macarena. Di lo que sea.

—Creo que me precipité. Puede que Candela no sea tu madre biológica.

—Pero ¿qué estás diciendo? Por supuesto que es mi madre.

—¿Confías en mí?

—Esto no tiene nada que ver contigo y de verdad que lamento haberte implicado en mis asuntos, pero sé que ella es mi madre. Hace años que lo sé, Maca.

—Puede que estés equivocado.

—¡Pero tú dijiste que ella era mi madre!

—Tú me hiciste pensar que lo era, ¿recuerdas? ¿Recuerdas que me utilizaste?

—Maca...

—Escúchame, Roque. Vamos a averiguarlo. No hables de esto con ella. Déjame tomarte una muestra y lo sabremos en unos días. Confía en mí.

No debía fiarse de mí, no estaba siendo trigo limpio.

Antes de llamarlo, había hablado con el doctor Zaballa para pedirle que me consiguiera una prueba de compatibilidad genética por la vía rápida.

Teníamos algunos vestigios recogidos en las escenas: colillas, restos de cabello...

Quería saber si Candela Cruz era su madre, pero esos análisis de ADN también podrían servir para descartar o no a Roque Medina de entre los sospechosos.

Roque aceptó, quedamos en vernos al día siguiente en Potes para tomarle la muestra. Él seguía en la playa supervisando las obras de Candela; yo aún tenía un par de horas de camino por delante para llegar a Cantabria.

Estaba salvando la provincia de Palencia cuando me entró por el manos libres la llamada de Ruz.

—Macarena, creo que tengo algo. He encontrado dos causas relacionadas con el hospital.

Son más recientes, pero los hechos se refieren a sendos procesos de adopción en los años setenta.

En ningún caso se llegó a juicio, pero en una de ellas, en las diligencias previas, se tomó declaración a antiguos empleados de la clínica.

Debe de ser que hoy tengo una flor en el culo porque he localizado a dos de las enfermeras que declararon.

Una consta como fallecida, pero la otra respira y tiene domicilio en Madrid.

—Bien hecho, Sofía.

—¿Te paso por WhatsApp su teléfono?

—¿Lo tienes?

—Figuraba un número fijo en el expediente. He probado con la excusa de ofrecerle mejorar su tarifa eléctrica y, claro, me han dado largas, pero lo que hemos hablado me ha servido para confirmar que es su casa y que era su hermana con quien hablaba.

—Qué bueno —celebré—. Pásamelo, busco un sitio para parar y la llamo, así aprovecho para estirar las piernas. Buen trabajo, Sofía.

Paré al paso de la primera señal que me crucé. Los indicativos de Frómista alternaban la representación icónica de iglesia de interés con la del Canal de Castilla. Desde el puente en el que una pareja de jubilados tomaba fotografías del canal, llamé al teléfono que me había conseguido Ruz.

Tal y como Sofía había apuntado, teníamos la suerte de nuestro lado.

A mí el teléfono no me lo cogió la hermana, sino la sobrina de la enfermera, que me escuchó con atención cuando me identifiqué como agente de policía judicial de la Guardia Civil.

La sorpresa fue que ella también lo fuera, guardia.

—El motivo de mi llamada no tiene que ver directamente con ella, compañera, por lo que no hay ningún motivo para preocuparse.

—De acuerdo, brigada, dígame qué necesita.

—Solo confirmar si su tía trabajó como enfermera en el hospital La Buena Fe en los años setenta.

—Creo que sí, era matrona.

—Necesitaría hablar con ella para hacerle unas preguntas.

—Pues no sé. La verdad es que no le gusta mucho hablar de esa época.

—Ya... Como te digo —pasé a tutearla—, no tiene nada por lo que preocuparse, insisto.

—Haré lo que pueda, le doy mi palabra. Ahora no está en casa, pero hablaré con ella y le devolveré la llamada lo antes posible.

—Cuento con que puedas hacérselo entender. Su ayuda puede ser de suma importancia para esclarecer una investigación, por lo que cuento también con tu colaboración.

No tenía ninguna duda de que volvería a hablar con ella.

Sin embargo, antes de retomar mi camino tenía otra cosa que hacer allí. No podía dejar de aprovechar la ocasión para acercarme a la iglesia. Ya la conocía, pero la otra vez que la había visitado no sabía tanto de arte románico.

La iglesia de San Martín de Tours o San Martín de Frómista, uno de los mayores exponentes del románico europeo, se alzaba imponente con sus características torres circulares flanqueando la fachada principal.

No tenía el hechizo de las recónditas iglesias que salpicaban los valles de Liébana, pero transmitía el mismo halo de espiritualidad e idealismo propio de los edificios medievales.

Varios grupos de escolares pululaban en las inmediaciones y competían por ver quién sacaba la mejor foto de los letrones de Frómista con la iglesia de fondo, que lucía altiva y despejada sobre el abierto terreno mesetario.

Para Instagram, supuse. Las risas y las voces de la chavalería componían una escena mucho más vitalista que las que me invadían cuando pensaba en Lebeña, en Piasca, en San Juan o en Perrozo.

Me acordé entonces de algo que me había dicho Candela Cruz Begides en uno de nuestros encuentros en su casa: que el Medievo había llegado a nosotros estigmatizado como una época oscura, pero en realidad fue un tiempo de luz.

El timbre del teléfono me trajo de la Edad Media a la realidad.

La sobrina de la monja cumplía con su palabra antes de lo esperado para darme una mala noticia: su tía no quería saber nada de aquello.

Por más que ella había insistido, la mujer parecía estar cerrada en banda.

No pensaba hablar conmigo salvo que, como en las anteriores veces en las que le había tocado remover cosas del pasado, fuera un juez quien se lo pidiera.

Y yo no tenía ninguna razón de peso para mover esos hilos.

Lo que se me ocurrió fue tirar de la única baza que tenía.

—Está bien, dile que no la molestaré más. Pero hazle saber que se trata de un bebé fallecido por muerte de cuna. Y que el nombre de la madre, a quien un impostor está tratando de engañar cuarenta años después de perder a su hijo, era Candela Expósito.

Antes de llegar a mi destino hice otra breve parada al paso por el mirador del puerto de Piedrasluengas.

Aún desde suelo castellanoleonés, el lugar me regaló una panorámica de Liébana y de los Picos mucho más amplia que la que podía ver a través de la ventana de mi habitación.

El macizo de Ándara presumía imponiéndose en el horizonte.

Desde ahí también pude advertir la silueta de Peñalabra, con su cresta despeinando el paisaje a más de dos mil metros de altura.

Cuando al fin llegué a Potes, me fui directamente al puesto para recuperar el retraso que había acumulado por tanto alto en el camino.

Salva, Mansilla y una guardia local estaban tan absortos en la pantalla del ordenador que ni repararon en mí.

A juzgar por los comentarios de sorpresa que intercambiaban, estuve segura de que habían encontrado algo.

Aguardé observándolos sin interrumpir. Solo cuando oí: «Lo tenemos», de voz de Salva, hice notar mi presencia.

—Maca, llegas en el mejor momento.

—Ya sabes que tengo un radar para las ocasiones importantes. ¿Qué es lo que tenéis?

—Siéntate, tienes que ver esto.

—A la orden, mi brigada —dijeron al unísono Mansilla y la otra guardia. Ella se levantó y me dejó su sitio en el escritorio.

—Fíjate en este coche —me indicó Salva—. Está oscuro, pero se ve lo que nos interesa. Lo que no puedes ver es su matrícula, ¿a que no?

En efecto. En la grabación, en la que se distinguía sin mucha definición una calle de Potes a una hora de la noche, se veía la parte trasera de un turismo con las luces de matrícula apagadas o fundidas.

—Parece rojo, no termino de distinguir el modelo —apuntó Mansilla.

—No se ve muy nuevo. Poneos con ello y seguid mirando a ver si vuelve a aparecer en otra cámara.

Salva, hay que enviar las imágenes a Madrid para que hagan lo que puedan por mejorarlas.

Pero con lo que tenemos creo que ya se las podemos enseñar al pastor de Perrozo, a ver si le suena que pueda ser el mismo coche.

¿Puedes encargarte tú? Yo tengo que hacer una gestión.

—¿No podemos hacer juntos las dos gestiones?

—¿Qué pasa, me has echado de menos o qué?

—Siempre, ya lo sabes.

—Lo que tengo que hacer es mejor que lo haga sola, créeme. Nos vemos esta noche o mañana a primera hora y nos contamos.

Recuperé la misma habitación del hotel desde la que se veían las montañas y, tras deshacerme del equipaje, volví a ponerme en carretera para cumplir con la tarea que me había fijado.

Dejé caer la tarde intencionadamente para aumentar la probabilidad de que Candela Cruz estuviera ya en casa cuando yo me presentara de improviso.

En Mogrovejo hacía aún más frío que en Potes.

El olor a leña de chimenea envolvía todo el pueblo medieval.

Aparqué junto al bar-tienda que ya conocía y caminé hasta la casa de Candela, que me abrió la puerta con cara de cansancio y vestida de calle.

Su maleta y la bolsa del ordenador portátil en la entrada evidenciaban que iba a salir o acababa de llegar de viaje.

—Hola, ¿te pillo mal? —le pregunté tratando de mostrarme cercana y señalando el equipaje.

—Macarena, ¡qué sorpresa! —Me recibió con agrado—. Hace un momento he llegado de Santiago, he estado en un congreso, pero no te preocupes. Me alegro de verte, pasa. —Me guio hasta su sala de estar.

—Siento presentarme sin avisar. Pero yo también acabo de llegar de Madrid y, como no tenía nada que hacer ya hoy —bromeé—, se me ha ocurrido visitarte. No nos hemos visto desde, bueno..., ya sabes...

—Desde el reencuentro con mi hijo —concluyó satisfecha.

—Sí, a eso me refería.

—Yo también quería verte para agradecerte lo que has hecho. Estoy feliz, Macarena, ¡feliz! Siéntate, voy a cambiarme y enseguida estoy contigo. Siento el frío que hace aquí, pero no me ha dado tiempo a prender la lumbre. ¿Quieres encenderla tú? Hay pastillas sobre la chimenea.

Me afané en encender el fuego y caí en la cuenta del detalle.

En la llama viva y la leña ya consumida la primera vez que visité su casa.

Entonces sus maletas también estaban tras la puerta y ella acababa de llegar de Madrid, después de cambiar el horario de su vuelo.

Me esforcé en posponer el pensamiento para más tarde y centrarme en lo que me había empujado allí: necesitaba una muestra de ADN de Candela Cruz para cruzarla con la de Roque.

Si Candela era una mentirosa, disimulaba muy bien.

O igual Roque sí era de verdad su hijo y tenía a quién salir.

Pero no podía serlo, su hijo estaba muerto.

Pensé en la advertencia de Carla, mi psicóloga.

Quizá debía dejar de buscar la forma de confirmar a toda costa mis teorías.

Me arrepentí de haber ido a esa casa, cuando debía estar con Salva interrogando al de Perrozo de los ojos vivos y buscando el coche que habían captado las cámaras.

«Tarde para eso, Macarena, ya estás aquí.

Céntrate». No podía fastidiarla otra vez, cuando todo parecía encauzarse.

Candela volvió al poco con ropa más cómoda y su bandeja de té.

Tras charlar un rato sobre Roque y sobre lo fácil que les estaba resultando a ambos recuperar la relación, me enseñó las fotos que había hecho en Santiago.

Aprovechando la estancia por el congreso, había visitado las obras de restauración del pórtico de la Gloria.

Eran unas fotografías realmente interesantes tomadas desde el mismo andamio, en las que posaba con los restauradores.

Cuando entendí que me había quedado sin argumentos para alargar mi presencia en su casa y lo que procedía era marcharme, anuncié mi retirada y le pedí usar el baño.

Salí del caserón con lo que pude conseguir sin que Candela se percatase: restos de cabello de su cepillo y una toalla de tocador que se veía usada y que encontré en el bombo de la ropa para lavar y que oculté en mi bolso.

Me fui directa a Santander para entregarle el tesoro al doctor Zaballa. Iba a encargarse discretamente de que comenzaran a procesar las muestras para confirmar que eran válidas a la espera de tener la de Roque, que confiaba en poder llevarle al día siguiente.

—Doctor, ¿me guardará el secreto?

— Nobody knows, just we two — canturreó.

«Nadie lo sabe, solo nosotros dos». Ya entre las sábanas averigüé que una balada de The Beatles decía lo mismo, y me dejé llevar hasta un sueño profundo.