42. Impostor #2
Después de pasar por casa y almorzar con mis hijos y mis padres, que estaban mucho mejor, llamé a Salva para que me pusiera al día.
Los familiares de Ibai Portuondo, a quienes habían dado la trágica noticia los compañeros de la comandancia de Vizcaya, estaban ya en Cantabria y los atendían en Santander.
Y Salva seguía en Potes coordinando la recogida de imágenes y cabreado por el hecho de que Millán se hubiera largado a Ancares en busca de Lavalle.
Habían conseguido un par de grabaciones que estaban revisando, para lo que estaba viéndose obligado a tirar de la gente del puesto con las instrucciones de localizar cualquier aparición del propio Ibai o de sus amigos.
A Mansilla, por su parte, lo tenía pateándose el pueblo mientras recopilaba más material.
Le conté por encima lo que había dado de sí la visita al hospital y le sugerí que añadiese a Roque a la lista de objetivos.
—¡No hay problema! —ironizó—. Si quieres que busquemos a Roque Medina en las imágenes, lo buscamos también. Total, no tenemos nada que hacer.
—Oye, te dejo al mando y te ves desbordado en dos días.
—Esto no es dejarme al mando, es dejarme solo. Estos chavales son muy majos, pero no han revisado unas grabaciones en su vida. Así no se puede trabajar.
—Ya, tienes razón. Siento que te estés comiendo esto y con tan pocos medios. Creo que Lavalle y Millán no tardarán en volver. Y yo espero hacerlo en un par de días como mucho.
—Tú vuelve cuando puedas, me apañaré. Por cierto, ha llamado el forense: que, a priori , no hay nada más que los disparos. Y que Ibai Portuondo iba bien de alcohol. Nada que no pudiéramos adivinar.
— Okey . Oye, Salva —me apresuré a evitar que colgase—, no me has dicho a qué se dedicaba Ibai Portuondo. ¿Alguna sensibilidad artística?
—Negativo, ni sumar con los dedos. Era profesor de Matemáticas en un instituto. No sabe hacer nada con las manos.
—Vamos, que se confirma que se lo cargó porque pasaba por allí.
—O porque fue el que se le puso a tiro.
—No he tenido mucho tiempo para pensarlo, pero eso que dijiste de la carne y el pescado...
—Afina, que tengo lío aquí.
—Por el perfil, ya sabes. Si Ibai se fue con un tío, igual tenemos que buscar a un homosexual.
—¿Ahora te vas a poner prejuiciosa, Maca?
—No seas ridículo. Ya sabes que nunca tuve claro que fuera un hombre.
—Lo estás arreglando —me atacó, con razón—. Además, ¿hace falta que te recuerde que en lo único que basabas esa teoría era en que Mateo Cayón, repito, Mateo Cayón —repitió—, dijo haber visto a una osa?
—Bueno, déjame madurarlo. Y borra de tu mente ese comentario, por favor. Hablamos esta noche. Cuídate.
Antes de colgar con Salva, ya había decidido que al día siguiente iba a regresar a Cantabria.
Lo peor del brote vírico parecía haber pasado, mis hijos volvían a discutir a todas horas y mis padres habían recobrado la energía que yo no sabía de dónde sacaban.
Además, una idea que me rondaba iba tomando más fuerza a cada minuto que pasaba desde que viera el informe del parto de Candela Cruz Begides en el ordenador de la gerente de la clínica La Caridad.
No podía quitarme de la cabeza su contenido.
Tenía también un mensaje de mi exmarido avisándome de que estaba de vuelta en Madrid.
Lo aproveché y le pedí que estuviera atento, por si mis padres necesitaban cobertura.
Estaba decidida a ordenar mi vida y eso pasaba por esforzarme en que nos entendiésemos.
Después de cruzar con él un par de whatsapps que resultaron bastante cordiales, me arreglé, quizá demasiado, para la cita con la doctora Carla Fontán, mi psicóloga.
Antes de ir a verla, pasé por la unidad para hacer acto de presencia en mi puesto de trabajo y verme con la sargento Ruz.
Le encargué que buscara cualquier asunto que hubiera llegado a los tribunales o que se hubiera investigado relacionado con procesos de adopción o con posibles negligencias en el hospital La Buena Fe en un intervalo amplio de años en torno a 1978.
Si había algo, lo que nos interesaba no era tanto la naturaleza del hecho en cuestión, que también, sino localizar a cualquiera que hubiera prestado declaración como testigo.
O algún nombre que pudiera llevarnos hasta algún empleado de la época, ya fuera sanitario, administrativo o personal de limpieza.
Para que Sofía se ubicara, no tuve ninguna reserva en ponerla al día del contexto.
Tampoco reparé en los detalles cuando le hablé del asunto a Carla Fontán.
Mi terapeuta oyó el sumario de la historia desde esa distancia emocional que despliegan los psicólogos y que yo he tratado de imitar tantas veces sin éxito en las más variadas ocasiones.
Aunque siempre intentaba disuadirme de mi tendencia a derivar a detalles de trabajo nuestras sesiones, a mí me costaba no hacerlo cuando hablarlo con ella me resultaba tan enriquecedor.
Carla insistía en que no era mérito suyo, sino que era yo quien llegaba a las conclusiones.
Si ella lo decía, sería así, pero yo creo que sola no podría llegar a ver lo que veía con su ayuda.
—¿Encuentras alguna base psicológica al hecho de que una mujer acepte a quien dice ser su hijo después de cuarenta años sabiendo que no puede serlo? —le pregunté.
—De hecho, varias —respondió—. Igual más de tipo psiquiátrico, pero puede ser.
—¿Y si te dijera que el hijo en cuestión murió a los tres días de nacer? ¿Aun así podría explicarse?
—Eres madre. ¿Qué estarías dispuesta a hacer por tus hijos? No necesitas una teoría científica para explicar eso.
—Sí, supongo. Aunque he sabido de alguna últimamente que... En fin, tiene que haber una excepción que confirme la regla, ¿no? —Era en la madre de Lavalle en quien pensaba, que había puteado de lo lindo a Laura durante toda su vida.
Carla lo pasó por alto.
—¿Has pensado que quizá esa mujer de la que hablabas nunca llegara a asumir la muerte de su bebé?
—Pues no, no lo había pensado.
—No digo que sea eso necesariamente lo que le ocurre, solo digo que es posible.
—Ya, pero no sé. No me parece que Candela Cruz tenga problemas para distinguir la realidad.
—No eres psicóloga ni psiquiatra, pero tampoco te pillan tan lejos esas disciplinas. ¿Qué otras posibilidades se te ocurren? ¿Qué te dice tu intuición?
—No tengo ni puta idea —reconocí—. Pero lo que está claro es que Roque, así es como se llama el supuesto hijo, no nació de su vientre. Y creo que ella lo sabe. Igual no lo ha superado, como dices, y no le importa que sea un impostor con tal de no estar sola. ¿Crees que debería decírselo a él?
—En eso no te puedo ayudar, Macarena. No sé más que lo poco que acabas de contarme. Ni quiero saberlo, no es mi empresa. Medítalo, estoy segura de que sabrás lo que tienes que hacer. Te veo en forma.
—Sí, me encuentro bien. Me ha sentado bien venir a casa.
—Se nota, y me alegra. Lo único, como te digo siempre, es que no te precipites.
—Es que estoy segura de estar en lo cierto... Solo tengo que encontrar algo, algún detalle que...
—¿Que demuestre que tienes razón? No se trata de eso, lo sabes.
Sí, lo sabía. Esa tendencia mía a tratar siempre de corroborar mis propias hipótesis ya me había jugado demasiadas malas pasadas, y no era una buena praxis en mi gremio.
De no haber sido por su advertencia, hubiera llamado a Roque esa misma tarde para decirle que Candela Cruz Begides no era su madre.
No lo hice, me contuve.