42. Impostor
Impostor
El hospital en el que había nacido Roque Medina parecía un hotel de lujo.
Era entonces una moderna clínica de reproducción asistida y hospital de maternidad privado.
La recepción, forrada en suelos y paredes de mármol en tonos cálidos, estaba decorada con un gusto exquisito, con flores naturales pulcramente cuidadas y colocadas, y sillones de piel auténtica.
Sobre la mesa auxiliar descansaban algunas revistas y una selección de los periódicos del día.
Una mujer impresionante, más o menos de mi edad, que me hubiera minado la moral de no haberla tenido tan alta ese día, me atendió con amabilidad tan pronto me acerqué al mostrador acristalado.
No hizo ni una mueca de extrañeza cuando le saqué la placa y le expliqué el motivo de mi visita:
—Paso nota a la gerente para que la atienda tan pronto como le sea posible.
Puede esperar en la recepción. Si le apetece un café, no tiene más que pedirlo.
O, si lo prefiere, puede hacer tiempo visitando la exposición.
—Me tendió un díptico explicativo del contenido de la muestra.
Cuál fue mi sorpresa al ver que se trataba de una exposición fotográfica de la historia del hospital.
La gerente de la clínica vino a mi encuentro mientras recorría los paneles expositivos. En las fotografías, de épocas pasadas y todas en blanco y negro, se repetían escenas similares: en la mayoría posaban enfermeras con velo y bebés risueños de rechonchos mofletes en sus brazos.
—¿Es usted la brigada Macarena Lago?
—Así es.
—Andrea Torné, encantada de recibirla. —Me tendió la mano. Tenía la piel más suave que había tocado nunca en un adulto—. ¿Quiere acompañarme a mi despacho?
De camino hacia su dependencia, que ocupaba la última planta y tenía un balcón que ya quisiera para mi casa, me fue explicando la razón de ser de cada una de las salas que rebasábamos.
Se suponía que allí debía haber habitaciones, quirófanos o consultas, pero lo que me indicaba eran todas salas nobles, dedicadas a formación, conferencias y reuniones.
—Usted dirá, brigada Lago. ¿A qué debemos la visita de la autoridad? —No había que ser muy aguda para darse cuenta de que no era la primera vez que se veía en la obligación de atender a uno de los míos.
—Diligencias —respondí escueta a su pregunta.
—Necesitaré que me amplíe los detalles para poder ayudarla.
—Cómo no, hasta donde pueda, lo haré. Estamos inmersos en una investigación que nos obliga a retrotraernos en el tiempo y confirmar si un ciudadano al que estamos investigando, como todo apunta, nació efectivamente en este hospital hace cuarenta años.
Ya ve que la cosa no va con ustedes; no se trata de asuntos de adopción, de ninguna clase —apunté maliciosa—.
Solo necesitamos confirmar si es hijo de quien dice ser.
—No nos preocuparía que el motivo de su visita tuviera que ver con alguna adopción tramitada en nuestra clínica. No es ningún secreto a qué nos dedicamos. Aquí se han gestionado adopciones desde siempre, y siempre conforme a la ley, por supuesto. Ya ha visto la exposición.
—Sí, ya la he visto. Y, dígame, ¿estaba usted aquí a finales de los setenta para estar segura de eso que dice?
—Digamos que sí, nací aquí en 1979.
—Vaya, qué casualidad. No es asunto mío, pero ¿me está diciendo que fue usted adoptada aquí?
—Es justo lo que le digo. De forma legal, por supuesto.
—Faltaría más. —No solo no era la primera vez que Manos Suaves se veía con uno de los míos, sino que tenía aprendido a la perfección cómo lidiar con nosotros.
—Dígame, ¿qué necesita saber exactamente? ¿Tiene algún nombre?
—Candela Expósito. —Le di el apellido original, el que llevó hasta poco después de que sus padres fallecieran—. Dio a luz en este hospital el 2 de diciembre de 1978. ¿Podría confirmarme que es cierto que parió a un varón aquí ese día que le digo?
—Con toda esa información que tiene no será difícil dar con el expediente. —Trasteó en su ordenador durante un par de minutos—. Sí, aquí está, debe de ser este. ¿Me enseña el mandato judicial, si es tan amable? —Ya tardaba en pedir la orden.
—Pues no, no se lo puedo enseñar porque no lo tengo, pero ya sabe usted que lo tendré antes que tarde si no me ayuda por voluntad propia.
—En este hospital tenemos como máxima colaborar con la justicia.
Son muchas las personas que han acudido a nosotros para averiguar acerca de sus orígenes y, como le decía, no tenemos nada que ocultar ni ninguna razón para no mostrarnos colaborativos.
Pero, no siendo usted la interesada y tratándose de información tan sensible, me temo que necesitaremos esa orden.
—¿No podríamos hacer una excepción en esta ocasión? Se me ocurre que usted me comente de palabra lo que yo necesito saber y, si me sirve, vuelvo mañana con la orden para que me lo ponga por escrito.
—Espere aquí, si es tan amable, lo consultaré con la asesoría jurídica. Tardaré al menos diez minutos, ¿le importa?
—No tengo prisa.
No sabía de qué iba Manos Suaves, pero salió de su despacho sin volver a tocar el ordenador ni bloquear la pantalla, después de advertirme de lo que se iba a demorar en regresar. Y no, estaba segura de que no fue un despiste.
Vi las dos cámaras que apuntaban a la mesa, una desde cada ángulo.
Y me la jugué a que si ella dejaba a mi alcance el contenido de lo que fuera que hubiera en ese monitor, era porque sabía que los ojos avizores no iban a comprometerla.
Y por extensión, tampoco a mí, me dije. Además, era mi día de suerte.
Giré la pantalla hacia mi posición y me hice con el ratón inalámbrico ergonómico.
El nombre de la madre: Candela Expósito.
En la ficha del bebé, la fecha de nacimiento que yo acababa de indicarle.
En otra pestaña, en la fecha de adopción: nada, en blanco.
No alcanzaba a entenderlo. Un poco más abajo, en otro campo cuyo título era fallecimiento, otra fecha: 5 de diciembre de 1978.
Causa del fallecimiento: muerte de cuna.
O lo que yo sabía que eso significaba: muerte súbita.
¿Qué cojones quería decir? No contenta con haberlo visto, saqué una foto con mi teléfono de la pantalla.
Volví a disponerlo todo como ella lo había dejado y aún tardó la gerente unos minutos en volver.
Cuando regresó, se sentó frente a mí con cara circunspecta.
—Como había supuesto, no puedo darle la información.
Lo he consultado con los abogados y nos instan a esperar la orden del juez.
Sí puedo decirle que no hubo ninguna adopción relacionada con los datos que nos ha proporcionado.
No aquí, quiero decir; desconocemos si pudo gestionarse en otro hospital —especuló, como si no supiera ella que ya había visto todo lo que tenía que ver.
—Muy bien, ha sido usted muy amable. Volveré con la orden, si acaso. Le dejo mi tarjeta para cualquier cosa.
—Gracias, espero haberle sido de ayuda. Mi asistente la acompañará hasta la salida.
Salí de allí sopesando las posibles razones que pudieran explicar que esa mujer se hubiera comportado del modo en que lo hizo.
La primera, que fuera la hija del dueño o la dueña de aquel chiringuito y eso de que ella había nacido allí y fuera adoptada era un cuento.
O que hubiera nacido allí, como decía, fuera una de esas bebés robadas y hubiera convertido cada día de su vida en una cruzada contra la institución.
Tercera posibilidad, que, importando poco que fuera la hija de un mandamás o solo una empleada implicada, tuvieran tanta mierda bajo las alfombras que, detrás de toda esa apariencia de formalidad, lo que en realidad buscaban era evitar como fuera que alguien llegara de verdad a presentarse con la orden de un juez.
Pero lo que de verdad me carcomía era lo que me había servido en bandeja.
Si el niño que Candela Cruz Begides, antes Candela Expósito, dio a luz allí había muerto, significaba que Roque Medina no podía ser su hijo.
Lo que dibujaba otros dos escenarios posibles.
Y el primero de ellos apuntaba a Ancares.
Llamé a Lavalle, que seguía allí.
—Laura, lo primero, puedes respirar, mi jefe te va a salvar el culo. Pero no te llamo por eso.
—Ya me ha avisado Millán de que viene para acá. ¿Has averiguado algo del hospital?
—A eso voy. Candela Cruz Begides dio a luz aquí ese día, pero Roque Medina no es su hijo, ese bebé falleció a los pocos días de nacer de muerte súbita.
—Entonces, ¿quién es este tío?
—Puede ser que solo sea un impostor y que Candela crea que su hijo sigue vivo. Que lo diera en adopción y ella nunca llegara a saber lo que le ocurrió a su bebé.
—Pero yo he visto su partida de nacimiento y coincide con lo que te contó.
—Puede que su historia sea real a medias, Laura, pero Candela no puede ser su madre.
—Entonces, ¿qué lleva haciendo diez años en Liébana? Macarena, no sé si estás pensando lo mismo que yo, pero solo se me ocurre una razón para que huyera de aquí. La plaza del pueblo, la fogata, los dos muertos..., ¿me sigues?
—Ya, ya..., pero también tengo otra teoría.
—A ver...
—Que esté en un error. Que Roque realmente esté convencido de ser su hijo y que sea Candela quien miente.
—¿Y por qué iba a hacerlo? ¿Qué clase de mujer recibe con los brazos abiertos después de cuarenta años a un tipo que dice ser su hijo si sabe que su hijo está muerto?
—¡Y yo qué sé!
—Macarena, ¿no será que sigues intentando protegerlo?
—¡No, Laura! No intento proteger a nadie, es que no lo sé. Lo único que sé es que Candela no puede ser la madre de Roque. Mira, tengo que dejarte.
No trataba de protegerlo, pero quizá era cierto que me resistía a verlo como un asesino.
Si era verdad que Roque había matado a aquellos dos hombres hacía diez años, empezaba a encajar demasiado con el perfil que habíamos trazado desde el principio.
Más si se confirmaba que era un embustero.
Un mentiroso que, para más saña, se había acercado a quien dirigía la investigación.