41. Lo estás haciendo bien
Lo estás haciendo bien
Millán se las arregló para localizar a Roque Medina en menos de lo que yo tardé en llegar a Madrid.
Con la connivencia de Salva, el cabo había contactado con su madre biológica con la excusa de que tenían que preguntarles a todos los residentes de Perrozo si conocían al hombre que había perdido la vida en su pueblo fruto de dos disparos por la espalda.
Los medios ya se habían hecho eco de la noticia y aquello no desvelaba ningún secreto.
La versión oficial y la que se extendió a la prensa fue que no se creía que el crimen tuviera conexión con los anteriores.
Por Candela supieron que Roque, a quien se refería ya como su hijo sin reserva, estaba ocupándose de unas obras de rehabilitación de una de las propiedades que ella tenía en la costa y que iba a poner en alquiler.
Alertado por esta de que trataban de comunicarse con él, Roque le devolvió la llamada al cabo y le confirmó su posición.
Por la descripción que Millán le dio de la víctima, dijo no conocerlo.
Era plausible, nadie en Perrozo sabía quién era aquel hombre.
Antes de que terminase el día, nosotros conocimos su nombre, apellidos, origen —era de Bilbao— y la razón por la que estaba en la zona de forma tan inoportuna.
Como habíamos advertido por la alianza, tenía mujer pero no hijos.
Sin embargo, solo tenía esposa formalmente, ya que estaba celebrando con unos amigos su despedida de casado.
Al parecer, el motivo por el que su matrimonio había terminado habían sido las continuas infidelidades del infeliz.
A los colegas no se les ocurrió plan más cargante que llevárselo a hacer el Camino Lebaniego para que pudiera expiar allí todos los pecados que había cometido durante el matrimonio.
Fueron ellos, los amigos, quienes denunciaron su desaparición cuando vieron la noticia.
Le habían perdido la pista a Ibai Portuondo, que era como se llamaba, la tarde antes.
Aunque no le dieron importancia cuando no apareció a dormir por el hotel, pues este les había dicho por el chat de grupo que estaba con alguien que había conocido, el cuerpo se les cortó al ver la escueta descripción que los medios daban del infortunado.
Salva me contó los detalles mientras yo preparaba la cena para mis hijos y mis padres, los cuatro ya con fiebre porque, lo que en principio eran unas placas y cosas de niños, resultó ser algún tipo de virus que también atacaba a los abuelos.
En aquellos tiempos, aún nos conformábamos cuando el médico no nos decía el nombre propio del patógeno y las infecciones víricas se sobrellevaban con sopa y cariño, sin test de antígenos ni distancia social.
A mí, por suerte, no me pilló y pude hacerme cargo de cuidarlos con toda mi entrega hasta que mejoraron sin más complicaciones.
Dedicarme a atenderlos y sentirme en casa, más o menos ajena a lo que había dejado en Cantabria, me sentó realmente bien.
—¿Estaba entonces con una mujer? —le pregunté a Salva con toda la intención.
—No tan deprisa, eso no lo sabemos.
—Ah, ¿no?
—Según los colegas, a Ibai le iba lo mismo la carne que el pescado.
—¡Serás cavernícola!
—Seré lo que tú quieras, a mí me la trae al pairo con quién se acueste.
Lo que está claro es que, para lo que nos ocupa, no nos viene nada bien que Ibai tuviera la mente tan abierta.
Los amigos no se ponen de acuerdo. Dicen que escribió que estaba con alguien.
Unos creen que podía ser cualquier cosa; otro de ellos, que estaba claro que «el alguien» era un tío, por la expresión que utilizó.
Bueno, y porque este está convencido de que últimamente iba más de ese palo.
—¿Dónde lo vieron por última vez?
—En Potes, se alojan en un hotel cercano al nuestro. Estaban en un bar bastante concurrido, dicen. Se dispersaron y, cuando volvieron a juntarse, Ibai ya no estaba por allí. Le escribieron y al rato les dijo eso de que estaba con alguien.
—¿No estaban haciendo el Camino Lebaniego?
—Sí, el camino a su manera, más bien.
—Ya...
—Millán y Mansilla están buscando cámaras de vigilancia cercanas, a ver si suena la flauta.
—Algo es algo. Al menos tenemos hilo del que tirar —celebré.
—Y de nuestra capitana prófuga, ¿se sabe algo? —me preguntó, cáustico, por Lavalle. Reparé en que el mando le sentaba bien, se volvía más agudo e interesante.
—La he llamado varias veces y no da tono, puede que esté sin cobertura. Cambiando de tema, ¿has podido hablar con tu amiga María Hueso?
—Por teléfono. Está en Ámsterdam desde hace un par de días, haciendo cosas de artista, ya sabes.
—¿Es fiable eso?
—Según su Instagram, sí.
—Pues nada. Una puerta que se cierra; habrá que buscar otra. Oye, te dejo, que me reclaman.
—Mañana hablamos. Disfruta de la familia.
Cuando colgué con Salva, vi las notificaciones de las llamadas que había recibido mientras hablaba con mi compañero.
Eran de Roque, que volvía a la carga. Sabiendo ya que estaba sano y salvo, las ignoré y decidí que al día siguiente hablaría sobre él con mi jefe.
Si finalmente resultaba que de alguna forma estaba metido en el ajo, no iba a tener excusa que justificase no habérselo siquiera mencionado.
Con otro muerto sobre mi conciencia, lo mejor que podía hacer era dejarme de misterios.
Me había citado con el teniente coronel a primera hora en su despacho.
Lo que para mi jefe eran las nueve y media o diez menos cuarto, según lo que tardase en dejar a sus propios hijos en el colegio y llegar a la unidad.
A pesar de su rudeza y su talante instigador, llevaba con orgullo su faceta de padre entregado, lo que para algunos era motivo de chanza y a mis ojos, sin embargo, le hacía ganar puntos.
Conocer intimidades suyas de ese tipo era lo que matizaba las otras cosas que a veces pensaba de él, sobre todo cuando se empeñaba en joderme la vida.
Como los míos estaban enfermos y se quedaban en casa, pude llegar a la oficina con tiempo para preparar la reunión con garantías.
Iba decidida a contárselo todo, incluida la ocurrencia de Lavalle y su idea de irse a Ancares en busca de pistas sobre el pasado de Roque Medina.
Por más que nos hubiéramos arreglado, no estaba dispuesta a jugármela por ella.
Ni menos a hacer que Salva se la jugara por mi callada, dado que también conocía el paradero de la capitana.
Otra vez, como si le pitaran los oídos, oportuna, me llamó por teléfono.
—Macarena, perdona la tardanza, pero aquí la cobertura es una ilusión. ¿Dónde te pillo?
—En Madrid, estoy aquí desde ayer. ¿Has averiguado algo más de lo que me contaste?
—Si te refieres a los quemados en la plaza del pueblo, no mucho.
Te cuento. El primer incendio, el de la nave en la que trabajaba Roque Medina, fue provocado y se cobró como víctima colateral la vida de un niño del pueblo.
Así que investigaron a la familia por una posible venganza, pero no llegaron a nada.
—¿No se esclarecieron entonces esas muertes?
—Negativo. Dan por bueno que fue cosa de alguien de la misma calaña.
—Un ajuste de cuentas...
—He hablado con los compañeros de la comandancia que llevaron el caso, siguen en activo, aunque tuvieron apoyo de los tuyos.
—Ah, ¿sí? Indagaré por aquí entonces.
—En otro orden de cosas, hay un dato que no sé cómo tomarme.
—¿Hay más?
—El guardia del pueblo del que te hablé.
—¿Qué pasa con él?
—Aunque siguen casados, en la práctica está separado de su mujer. Ella vive desde hace años en un pueblo de Asturias...
—¿Y...? —apremié a Lavalle, que parecía estar más pensando en voz alta que contándome los frutos de su oficiosa investigación.
—Es por ellos por quienes he llegado aquí. La casa en la que Roque Medina vive en Perrozo es de la madre, ya fallecida, de la mujer del exguardia este.
—No me digas... ¿Y cómo explica eso el compañero?
—Pues no lo sé porque no se lo he preguntado.
—¿Y eso?
—No me he atrevido, la verdad.
—No te fías un pelo de él.
—Estoy aquí extraoficialmente, Macarena, ¿recuerdas? No puedo arriesgarme tanto.
—No me olvido, de eso quería hablarte. Tengo que contarle a mi jefe lo que estás haciendo.
—Macarena, con el arrebato no he comunicado aún que estoy aquí; ¿no irás a buscarme un lío?
—Intentaré que no.
—¿Estás segura?
Evité responderle; no podía prometerle que la aventura no terminara saliéndole cara.
—Y sobre la adopción de Roque, ¿has sabido algo más? —Cambié de tema.
—He visto su partida de nacimiento, lo bautizaron aquí.
—¿Cómo has conseguido acceder a...?
—Mejor no preguntes. —No me dejó terminar—. Te paso por WhatsApp las señas del hospital donde nació en Madrid. He mirado en internet y parece que ya no existe. A ver si tú puedes averiguar algo.
—Pásamelas y ya te cuento. Te dejo, que llega mi teco.
—Sí, ya me cuentas —dijo, ahí seguramente refiriéndose a que le contara hasta dónde le llegaba la mierda después de la reunión.
La conclusión de mi jefe, que optó por hacerse cargo de la situación y de que tirábamos de donde podíamos, fue que él mismo se encargaría de dar a su homólogo por informado.
A mí se me ocurrió que Millán, uno de los nuestros, se desplazara a Ancares para dar coartada a Lavalle, aunque solo fuera para traérsela de vuelta sin que trascendiera que una agente de la comandancia provincial había emprendido una aventura en solitario sin comunicarlo en otra demarcación.
A los dos nos pareció buena solución, aunque me fastidiaba sacar al cabo de Liébana en plena operación.
Mi teco también prefirió encargarse personalmente de indagar quién de la Unidad Central había estado en Ancares hacía diez años.
Enterarse de mi acercamiento con Roque Medina le gustó menos, aunque oído el relato completo, me alentó a continuar las pesquisas sobre él, empezando por el hospital cuyo nombre ya tenía en el teléfono.
Por último, me pidió que, tan pronto como resolviera mis asuntos en Madrid, hiciera lo posible por volver a Cantabria:
—Macarena, lo estás haciendo bien.
Los investigadores, a veces, tenemos una sensibilidad especial para oler cuándo las cosas comienzan a encauzarse.
Y, cuando eso ocurre, cuando olemos el final, suele ser una sensación compartida.
Supongo que era esa comunión la que nos alumbraba a mi jefe y a mí esa mañana.
Porque, siendo objetivos, no había razón para tanta generosidad por su parte; nos habían matado a otro.
Eso era lo único de verdad indiscutible.
Sin embargo, ahí estábamos, él dándome cariño y yo dejándome querer.
—Lo estás haciendo bien —repitió—, y quiero que lo remates.
—A sus órdenes, mi teniente coronel. —Esa vez lo dije convencida de estar bajo su mando y henchida de orgullo.
Que la opinión ajena no debe condicionar nuestra propia autoestima es fácil de decir y muy difícil de aplicar; yo aún no estaba en condiciones para enfrentar esa batalla.
Aferrada a sus palabras de aliento y a su recuperada confianza en mí, salí del despacho en un estado de absoluta excitación y afinidad con la vida.
Tan bien me sentía que pasé por delante de la máquina de bebidas y, por primera vez desde aquella noche, ningún fantasma me atormentó en forma de pensamiento negativo.
Con la moral por las nubes, le pedí a Sofía Ruz que me ayudase a indagar si la clínica en la que había nacido Roque Medina seguía existiendo. A la sargento no le costó dar con su nueva marca.
Sin perder tiempo, me pillé un taxi hasta La Castellana, que era donde se situaba la clínica privada La Caridad, antes llamada La Buena Fe.
Aproveché el trayecto hasta el hospital para reconciliarme con las calles de Madrid.
Por momentos venían a mí los rostros de Yeray, de Alessia, de Milo y del reciente malogrado Ibai, cuya cara no conocía más que de la peor manera; y también el de Darío Lastra.
Y, sin embargo, me sentía bien, sonreía sin razón aparente.
Me asustó que no me asustara sentirme así.
Pero si algo había aprendido en los dos años de mierda que había pasado es que es igual de importante, lo mismo que descansar de todo, pararse a procesar tanto lo bueno como lo malo para que ni la desolación ni la euforia nos devoren.
No se me ocurrió mejor forma de hacerlo que llamar a mi psicóloga, a quien hacía meses que no veía sin pantalla de por medio.
Carla me hizo un hueco esa misma tarde.