La Osa de Ándara 40. Perrozo #2
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40. Perrozo #2

A mi jefe le expuse sin rodeos cómo lo veía: que le habíamos fastidiado el plan en Piasca y lo había rematado por las malas y de manera apresurada.

Hasta el momento, y ya hacía bastante que había amanecido, no habíamos encontrado ninguna otra pista en la línea de las anteriores, ni marcas, ni números, ni fricadas de ninguna clase.

Y que aun sin tener idea de quién era la víctima —ya estábamos también revisando denuncias por desaparición— apostaba por la posibilidad de que se alejara del perfil victimológico de las anteriores.

Esto lo apoyaba en el hecho de que lo hubiera desprendido de su identidad, lo cual era una novedad.

—Lo único que se respeta es el tipo de escenario: otra iglesia —apuntó él sin contradecir mi teoría.

—Así es, y el colgante. Otra vez la llave.

—Nos deja claro que es él, o un imitador. ¿Habéis contemplado esa posibilidad?

—Lo del colgante solo lo saben unas pocas personas.

—Pues habrá que hablar con ellas, por pocas que sean.

Salva y yo nos miramos. La sugerencia de mi jefe volvía a poner el foco en María Hueso. Ella, junto con Bastian Simon, además de nosotros y el sujeto al que buscábamos, eran los únicos que en teoría debían de saber del asunto.

—Iré a verla a la asociación personalmente, si os parece bien —propuso Salva. Ambos lo consideramos oportuno.

—¿Han levantado ya el cuerpo? ¿Qué ha dicho el forense?

—Aún lo estamos esperando, estaba en otro levantamiento —excusé—. Por cierto, tengo que comentarle un asunto personal. Ya sé que no es el mejor momento, pero se trata de una urgencia familiar.

Salva nos dejó a solas para no inmiscuirse en esa parte de la conversación, por lo que pudiera pasar cuando le dijera a mi superior que me veía obligada a abandonar el barco en pleno hundimiento.

Y la verdad fue que no se lo tomó tan mal como yo misma lo veía.

Al final iba a resultar que tenía su corazoncito.

Aun así, salí del coche cabreada y algo ansiosa.

Después, de camino a Madrid, dudando de si había hecho bien en dejarlos allí, me sentiría mal pensando en que quizá esperaba que mi jefe me presionara para que permaneciera en Cantabria, poniéndome de ese modo la excusa en bandeja para no acudir a cumplir con mis obligaciones familiares.

No lo hizo, demostrando una vez más por qué él era el jefe y de la pasta que se necesitaba para estar donde estaba.

Antes de eso, cuando todavía no había emprendido el camino de vuelta a casa, me crucé con Millán y Mansilla, que me pusieron al día de lo infructuoso de la búsqueda de Roque Medina. A lo que salí por la tangente.

—¿Alguien sabe cuándo vuelve Lavalle? —pregunté mirando a Mansilla, esperando que tuviera alguna idea de dónde se metía su jefa.

—No sé nada de ella, creo que sigue fuera —respondió igual de perdido.

—Ya, eso ya lo sé. Tendré que llamarla y preguntarle. Ya me jode molestarla, pero es que me tengo que ir a Madrid —lamenté—. Me vendría bien que estuviera aquí para hacerse cargo de esto.

Me abalancé sobre mi teléfono cuando empezó a sonar, creyendo estúpidamente que era mi compañera, que se había sentido invocada por esa misteriosa habilidad que ya había demostrado antes de presentarse cual espíritu cuando se la nombraba.

Pero no, era mi madre, que tenía el mismo sexto sentido para darse por aludida cuando solo se cruzaba por mi mente.

Me llamaba para preguntarme por dónde iba.

La niña seguía igual, con la fiebre controlada con los antitérmicos, pero preguntando cada diez minutos cuántos kilómetros me quedaban para llegar a casa.

Me quedaban todos, aunque le dije que ya iba de camino, cosa que mi madre de seguro no se creyó.

—¡Arg...! —Cuando colgué con ella, acompañé el gruñido cerrando los puños en un gesto histriónico que alertó a Salva.

—Maca, vete tranquila, yo puedo encargarme sobradamente de esto hasta que vuelvas o hasta que lo haga Lavalle. ¿No confías en mí o qué?

Ni mucho menos desconfiaba de dejar el asunto en sus manos, pero no me gustaba la idea de abandonar allí a mi equipo a su suerte con la que teníamos encima.

—Salva, lo siento, si no fuera importante, no te pediría que te comieras este marrón, pero Mario también está fuera.

—No es ningún marrón... —negó quitándole importancia.

—Voy a llamar a Lavalle, a ver si me entero de dónde diablos se mete esta mujer.

No había vuelto a hablar con ella desde el velatorio.

Después de eso, tan solo habíamos intercambiado una mínima conversación vía chat cuando me escribió para anunciarme que iba a tomarse unos días de permiso.

La idea de llamarla entonces para contarle de golpe que teníamos otra víctima, que yo me tenía que ir a mi casa y apremiarla de paso para que se reincorporase, me pareció, cuando menos, fuera de lugar.

Opté por ponerle un mensaje con el contexto, esperando que su reacción fuera hacerse cargo de la situación y devolverme la llamada con premura.

Lo hizo cinco minutos después. Descolgué suponiéndola apurada y anunciando su regreso. Sin embargo, me topé con la capitana en un estado de entusiasmo que me era del todo novedoso.

—¡No me lo puedo creer, Macarena! Menuda faena —dijo en un tono que parecía como que no iba con ella.

—Ya ves cómo de feas están las cosas. Por cierto, Laura, ¿puedo preguntarte dónde estás?

—Vas a alucinar cuando te cuente; ¡estoy en Galicia!

—¿En Galicia? Pero... no entiendo. ¿Por qué? ¿Qué haces ahí?

—Te explico. Lo que me contaste de Roque Medina me llevó a atar algunos cabos. Digamos que descubrí algo que ocurrió aquí en su pueblo en torno a la fecha en la que él se marchó para instalarse en Liébana y di con los nombres de algunas personas que podían tener información.

Aunque instintivamente había pensado en Roque cuando me había mencionado su Galicia natal, descarté sobre la marcha que él tuviera algo que ver. No entendía por qué de repente Laura, en mitad de sus días de permiso, estaba en Galicia siguiendo por su cuenta una pista de Roque Medina.

—Eso que me dijiste sobre su adopción... Aquí también sospechan que pudo ser un bebé robado.

—¿Aquí? Pero ¿dónde estás exactamente?

—¡Ah, claro!, que no te lo he dicho. ¡Estoy en su pueblo!

—¿En su pueblo? Nosotros estamos en su pueblo.

—¿En qué pueblo?

—Laura, ¿te hago un croquis? En qué pueblo va a ser..., en Perrozo, donde ha aparecido el cuerpo.

—¡¿Qué?! ¿El cuerpo ha aparecido en Perrozo? ¡Madre mía...! Yo te hablo de su pueblo de verdad. Si acabo de decirte que estoy en Galicia, Macarena. ¡Estoy en Ancares!

—Joder, Laura...

—Lo siento, lo siento mucho. Tendría que habértelo dicho, fue un impulso.

—Sí, deberías haberme consultado. Y, sobre todo, deberías haber informado a tu superior. No lo has hecho, ¿verdad?

—Macarena —me cortó—. No te enfades, por favor. Deja que te siga contando.

De no ser por el luto reciente y porque no quería enturbiar el acercamiento, no hubiera estado tan comedida.

—Está bien, ¿qué has averiguado?

—Roque Medina era armador de barcos. En este puñetero pueblo perdido que está más lejos del mar que de las nubes, alucina, se construían lanchas que después se destinaban al narcotráfico.

—Qué dices...

—Lo que oyes. Y hay más. Justo en los días en que tu amigo Roque abandonó el pueblo hubo un incendio. Alguien quemó una de esas embarcaciones en la plaza junto a los cuerpos de dos personas a las que previamente habían liquidado a cartuchazo limpio. Nunca se esclareció quién lo hizo.

—Y crees que pudo ser él...

—Los dos que mataron están bien muertos, según dicen por aquí. Pero después de esa noche a Roque no se le volvió a ver el pelo por su pueblo. Se esfumó y desde entonces está en Liébana, donde no hace falta que te recuerde lo que está pasando.

—Da mosqueo, pero eso no prueba que él fuera el responsable de esos crímenes.

—Puede que le entrara el pánico y se largase, ya lo sé.

He hablado con un antiguo compañero nuestro, que es del pueblo, y me cuenta que nunca lo tuvieron como sospechoso, que Roque solo era una marioneta y que a él mismo le constaba que ya se había marchado antes del suceso.

Al parecer, la nave en la que trabajaba había dejado de funcionar poco antes, también fruto de otro incendio.

Según el compañero, ese fue el motivo por el que Roque tuvo que hacer las Américas cántabras: que se había quedado sin trabajo. Pero a mí no me cuadra, la verdad.

—Oye, tengo que dejarte —la interrumpí—, acaba de llegar el doctor Zaballa. Te llamo en cuanto pueda. Estate quietecita y, por favor, no nos metas en líos. Necesitamos cobertura para lo que estás haciendo.