La Osa de Ándara 40. Perrozo
81%

40. Perrozo

Perrozo

Los malos presentimientos existen, aunque no haya una razón lógica ni sensata que los explique.

Tan malo era el que me aprisionaba el pecho durante lo poco que duró el trayecto desde Potes hasta Perrozo que no me atreví a compartirlo con Salva.

Tampoco él verbalizó la posibilidad que yo sabía que contemplaba.

Había hecho la maleta antes de meterme en la cama después de que mi madre, quitándole importancia, me dijera que Olivia tenía fiebre; habían tenido que llevarla al pediatra.

El diagnóstico fue placas en la garganta, «cosas de niños», según mi madre, pero la fiebre era alta, mi hija ni siquiera había querido ponerse al teléfono y su padre seguía fuera de Madrid.

Había programado la alarma a las seis para salir con la amanecida y le había enviado un whatsapp a Salva para avisarlo de que me iría por la mañana a casa a atender a mi hija.

Salva conducía en silencio. Yo iba absorta con la vista fija a través del cristal de la ventanilla lateral del coche, contemplando nada más que la inmensa oscuridad por la que discurríamos; hubiera sido absoluta de no ser por los faros.

Desde la última vez que Roque había intentado comunicarse conmigo corrían ya dos días. Había comprobado la fecha de la última llamada perdida antes de abandonar el hotel, cuando me habían dicho que el sujeto hallado muerto donde él vivía era hombre, unos cuarenta años y no llevaba documentación.

Quien dio el aviso, un pastor del pueblo, no se había atrevido a acercarse lo suficiente como para comprobar si lo conocía.

Alertado por unos ruidos extraños y unos disparos a una hora ya intempestiva, salió a ver qué pasaba en el momento en que un coche abandonaba el lugar con torpeza.

El hombre se armó de valor para ir hasta la iglesia, provisto con un garrote y acompañado por sus dos perros, que sí olisquearon el cuerpo.

Los compañeros que se desplazaron primero, para preservar la escena, no habían permitido que nadie más se aproximara una vez confirmada la fatalidad.

Salva detuvo el coche como pudo en el mínimo arcén de la carretera estrecha que flanqueaba la iglesia, situada en una ladera a la entrada del pueblo.

—Quédate aquí, Maca —me dijo sin dar lugar a contradecirlo.

Lo vi casi desaparecer en la hondonada en la que quedaba el templo, de la que sobresalía la espadaña que solo se intuía por la oscuridad. Volví a verlo aparecer y venir hacia mí negando con la cabeza.

—No es él —anunció acariciándome el brazo para confortarme.

—¿Estás seguro?

—No está desfigurado. No es él.

Respiré. Prefería quedarme con el recuerdo de su mentira antes que con el remordimiento de no haber atendido sus llamadas, por si eran de auxilio.

—También hay un olivo aquí.

—Mira qué bien —respondí borde.

—Sabes lo que significa que no sea él, ¿no? —inquirió entonces.

Llamé a Mansilla y a Millán, que estaban alertados de la situación, pero se habían quedado en el puesto a la espera de instrucciones. Les pedí que confirmaran cuál era la casa en la que vivía Roque Medina en Perrozo y que se unieran a nosotros para tratar de localizarlo.

Por el modus operandi , aquel crimen no parecía tener relación con los anteriores, a pesar de haber aparecido el cuerpo junto a otra iglesia.

No había teatralidad alguna, ni rastro de armas fetiches ni heridas posmortales aparentes.

Los dos orificios de los disparos, claramente de arma corta y no de escopeta, y la postura en la que había quedado el cuerpo, hacían pensar que se habían producido por la espalda.

A diferencia de los otros, a este le habían sustraído el móvil y la cartera, o al menos no los llevaba encima.

Sí portaba un reloj de marca y una alianza de oro, descartándose así que el móvil fuera el robo.

—Parece que está casado, espero que no tenga hijos —dije inclinada a su lado—. Si los tiene, deben de ser pequeños.

Salva captó al vuelo las connotaciones de mi comentario, haciéndose cargo de mi situación:

—Maca, tú te vas a Madrid como tenías previsto. Yo puedo encargarme de esto.

—Qué inoportuno... —le respondí poco generosa.

Me erguí y levanté la voz para que el resto de los agentes que nos asistían oyese lo que eran instrucciones para todos:

—Atended, por favor. Os vamos a necesitar aquí.

En cuanto amanezca, os dividís en dos grupos.

Quiero que les enseñéis la foto de la víctima a todos los vecinos del pueblo, a ver si alguien lo conoce.

Si aquí no sacamos nada, pasamos al resto de los pueblos y aldeas del valle.

El segundo grupo se peina cada rincón de la iglesia y los alrededores en busca de cualquier objeto, pintada o marca.

Entonces se me acercó una joven guardia a la que no conocía, tendiéndome una bolsa, al tiempo que me preguntaba:

—¿Le han enseñado ya esto los compañeros, mi brigada?

—¿Eso qué es?

—Lo que llevaba en el bolsillo —dijo temerosa, como entendiendo al mismo tiempo que era que no, que no me lo habían enseñado y que ya iban tarde.

Lo que habían encontrado en el bolsillo de la víctima lo cambiaba todo.

Era un abalorio colgando de un cordón de yute.

El motivo: una llave. Idéntico al colgante que Bastian Simon —el pintor francés que se había librado de que lo último que vieran sus ojos fuera la iglesia románica de Santa María de Piasca— había recogido de un sobre dejado a su nombre en la posada de Perrozo y que después nos había entregado acompañado por María Hueso.

—No me lo puedo creer... —Quería morirme, o esconderme donde nadie me viera, aunque fuera debajo del olivo.

Cuando Mansilla y Millán llegaron, lo primero que hicieron fue ir hasta el domicilio de Roque Medina, que quedaba al fondo del pueblo.

Allí no encontraron a nadie y, según los vecinos, hacía un par de días que no paraba por la casa.

Para disimular el interés en Roque, les enseñaron la foto de la víctima.

No lo habían visto en la vida. Ni ellos, ni ninguno de los interpelados que allí residían.

Tampoco Roque respondió al teléfono cuando lo llamaron después del intento fallido de localizarlo en su vivienda.

Mientras, Salva y yo le tomamos declaración al ciudadano que dio el aviso.

Era un hombre más joven de lo que parecía, de hecho, más joven que nosotros, aunque mucho más curtido en lo físico por efecto de la vida agreste.

De cerca, sin embargo, en la conversación, transmitía una cierta inocencia y en sus ojos una viveza que casaba más con los treinta años que recién había cumplido.

—Últimamente casi no duermo pendiente de las ovejas. En unas semanas me han matado a cuatro.

—¿Quién le ha matado a las ovejas? —pregunté ingenua.

—El lobo.

—Acabáramos... —respondí improcedente.

—Oiga, que son mis ovejas.

—Claro, hombre, si lo entiendo. Perdone mi torpeza. Cuéntenos qué fue lo que oyó, si es tan amable.

—Como le digo, en cuanto noto lo más mínimo, me desvelo, porque no descanso bien preocupado por el ganado. Entonces oí unas voces, como si alguien estuviera de fiesta. Pensé que sería en la posada.

—¿Suele haber jaleo en la posada? —preguntó Salva.

—No mucho, no, por eso me extrañó y salí a ver qué era. Y, antes de que me diera tiempo a acercarme a la esquina, oí los disparos.

—¿Podría describir el sonido de esos disparos? —le pedí que nos detallara.

—De arma corta —dijo, seguro—. Vamos, que no eran de cartucho. Esos pueden ser más frecuentes por aquí, pero lo que se oyeron fueron tiros, tiros. Dos. Y cerca de cojones.

—Y tan cerca —opiné. Salva me miró como diciéndome que me ahorrara los comentarios—. Continúe, por favor.

—La primera reacción fue echarme al suelo, porque ya le digo que los noté encima. Entonces oí que una puerta se cerraba. Me incorporé y me acerqué un poco más, y vi salir el coche.

—¿Pudo ver qué clase de vehículo era?

—No se veía nada, a esa altura no hay alumbrado. Muy grande no era, por la posición de los pilotos traseros, se lo digo. Por cómo se movían de un lado a otro pude ver que salió dando tumbos. Pero más no puedo decirles, ni el color. Ya lo siento.

—No se preocupe, nos hacemos cargo del mal trago.

—En lo que sí me fijé fue en que no llevaba luz en la matrícula —añadió puntilloso.

Lo miré sorprendida por reparar en el detalle.

—A ver, no es que hubiera podido leerla desde donde estaba —se apresuró a explicar—, pero es que no era el caso. ¿Entienden lo que les digo? Los pilotos esos de la matrícula los llevaba fundidos.

Salva y yo permanecimos en silencio. Y añadió:

—Fundidos, o a saber, lo mismo había quitado las bombillas para que no se viera la placa.

—Muy observador —reconocí.

—Por eso te cae una buena multa. Claro que si pensaba matar a alguien, la multa es lo de menos —reflexionó para sí de corrido.

Y no era su cavilación cuestión baladí. Si el autor de los disparos, en efecto, se había tomado la molestia de dejar en la penumbra la placa identificativa de su coche, era muy probable que la precaución respondiera a una suerte de premeditación, de plan previo para lo que iba a hacer a continuación.

Lo que el testigo nos contó después fue lo que sabíamos. Que cogió el garrote y a los perros y no se atrevió ni a acercarse al cuerpo cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido. Volvió a su casa y llamó al 062.

Le dimos las gracias y me recluí con Salva en el coche a valorar la situación y a llamar a mi jefe.

Esta vez departimos los tres valiéndonos del manos libres; se me ocurrió como estrategia para ir preparando el terreno, en vista de que el deber de madre me llamaba y seguramente le iba a tocar a mi compañero quedarse al mando en mi ausencia y en la de Lavalle.

Con las ganas que tenía la capitana de tomar las riendas, mira por dónde iba a perder el salto.

Esa vez lo pensé sin acritud y prefiriendo, en realidad, que ella hubiera estado allí para cubrirme, pero hacía varios días que no tenía idea de su paradero.