La Osa de Ándara 39. Ancares
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39. Ancares

Ancares

De ser por ella, la hubieran incinerado, pero ha querido cumplir con la voluntad de su madre. Cuando regresa a su casa después del entierro, Laura mete en la habitación de la difunta todos los objetos que le sobran a la vista y cierra la puerta a cal y canto; ya tendrá tiempo de hacer limpieza.

Le pone un mensaje a Macarena para informarla de que va a estar desconectada los días de permiso que le corresponden para resolver asuntos burocráticos; y se concentra en averiguar cualquier cosa averiguable de Roque Medina.

Aunque en la conversación con ella no quiso hacer sangre, sus dudas con respecto al gallego no han hecho más que acrecentarse después de confirmar por boca de la brigada que se la ha jugado.

Pero Laura no se conforma con la teoría de su compañera: no termina de cuadrarle que el único interés de Roque en Macarena fuera acercarse a su madre perdida.

No alberga muchas esperanzas de encontrar novedades con respecto a la vida del albarquero en Cantabria, dado que ya lo ha indagado tan a fondo como ha podido.

Por lo que centra la pesquisa en las posibles razones que pudieron llevarlo a trasladarse desde Galicia a Liébana hace diez años.

O así se explicará después su proceso deductivo ante sí misma para felicitarse por el hallazgo.

Tirando de la poca información a la que puede acceder, descubre que la casa en la que Roque Medina vive en Perrozo sigue a nombre de una mujer fallecida hace años.

Le resulta sencillo dar con las señas de la única hija de la difunta que, ¡sorpresa!

, está empadronada en una localidad lucense, y cuyo nombre no coincide con el que figura en el campo del de la madre del DNI de Medina; ni tampoco hay correspondencia aparente entre sus apellidos.

La segunda sorpresa es que la gallega en cuestión está casada con un varón de profesión guardia civil, ya jubilado.

Qué relación tiene el matrimonio con Roque para que este terminase viviendo con la madre de la mujer en Liébana es una pregunta que Laura Lavalle no tiene manera de responder sin argumentos que le permitan investigarlo oficialmente.

El entusiasmo de Lavalle se acrecienta a medida que se siente más y mejor sabuesa en cada dato que localiza.

Solo con teclear en la base de datos unas cuantas palabras clave, casi de casualidad, le salta la liebre.

Los ojos casi se salen de sus órbitas cuando, indagando sobre el pueblo de Galicia, llega a la referencia de la muerte de dos personas en Ancares diez años atrás; muertos y calcinados en un insólito incendio provocado en la plaza del mismo pueblo en el que se crio Roque Medina.

En el mismo pueblo en el que están censados el guardia jubilado y la hija de la dueña fallecida de la casa de Perrozo donde vive Roque.

Otras dos muertes, acaecidas diez años antes de las que ahora les ocupan, y por las que nadie cumple condena.

Sin lograr aún deshacerse de esa sensación permanente de alerta y de obligación con la que está habituada a lidiar, de manera extraoficial y sin compartir su plan con nadie, Lavalle pone rumbo a Ancares.