La Osa de Ándara «La huella»
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«La huella»

La huella

El día del Pilar era la fiesta grande de Camaleño, la capital del municipio más occidental de la comarca lebaniega, que se dividía en varios valles.

Desde Cabezón hasta allí eran unos doce kilómetros, algunos más desde Perrozo; demasiado alejado de su retiro para lo que él se atrevía a extender sus movimientos entonces.

Roque Medina amaneció inquieto, casi no había pegado ojo.

Se levantó antes del alba, incapaz de seguir en la cama, les abrió la puerta a los perros y giró el grifo del agua caliente de la bañera hasta el tope.

Del armario sacó emperchada la camisa que se había comprado hacía tiempo y que iba a estrenar para la ocasión.

En la misma percha, la colgó de la puerta del baño convencido de que el vapor contribuiría a alisar las arrugas aún de fábrica.

Torpe a causa de los nervios que lo embriagaban, se afeitó y arregló para asistir a la fiesta.

Camaleño lo conocía de las veces que había ido a ver si la veía a ella, que era donde tenía la casa que había heredado de sus difuntos padres.

Se sentó a calmar la inquietud y a obligarse a tomar un café para no ir con el estómago vacío y se entretuvo hojeando el folletín del festejo que le había dado su amigo, el que barnizaba y colocaba las albarcas.

El programa incluía degustaciones de productos típicos, concursos ganaderos, actuaciones musicales y la muestra de artesanía local.

Era esto último lo que justificaba su presencia allí.

Sus albarcas iban a recibir un premio. Aunque Roque no subiría al escenario a recogerlo ni se dejaría fotografiar posando con el trofeo, su amigo, que no entendía ese afán suyo de vivir como un ermitaño, había insistido en que al menos estuviera presente.

La verdadera razón por la que había accedido a ir, sin embargo, era que intuía que ella estaría allí.

Asistió a la entrega del premio a sus albarcas como si aquello no fuera con él.

Aplaudía emocionado, entre el público, mientras su amigo recogía el trofeo que lo reconocía como el mejor albarquero de Liébana.

El amigo solo las pintaba; el mérito era suyo.

Le hubiera gustado subir al escenario y recibir los honores, pero no podía arriesgarse tanto.

Lo último que quería era ver su cara en un periódico local o, peor, en internet.

Solo de pensar en su foto circulando por ahí le temblaba todo.

Varios días le duró a Roque Medina la resaca emocional tras la fiesta del Pilar de Camaleño en la que lo habían premiado en la sombra.

Tan grata le había resultado la experiencia después de tanto tiempo sin alternar que empezó a aceptar las invitaciones de su amigo de acompañarlo de vez en cuando a las gestiones de las albarcas.

A Potes, sobre todo, cuando iba a entregarlas a las tiendas, pero también a otros sitios de la comarca, donde participaban en ferias de artesanía y se sentía tan a gusto rodeado de artistas y artesanos.

Así, poco a poco, empezó a ser más conocido y cada vez más gente comenzó a saber que las albarcas eran obra de uno de Perrozo que tenía muy buena mano para la talla.

Un fastidio, un contratiempo, una mala idea exponerse de esa forma.

Por más que hubiera pasado el tiempo, no se había liberado de la sensación de que un día los piratas lo encontrarían.

El contratiempo le costó una discusión con el amigo de Cabezón, al que acusó del chisme y a punto estuvieron de romper relaciones, pero Roque necesitaba los ingresos que le proporcionaban las albarcas.

Así que, a los días, después de decirle que se olvidara de él, volvió con la cabeza gacha y le llevó unos pares para retomar el negocio.

El amigo no entendía nada.

—Mira que eres un tío raro, Perniano, pero raro de verdad —le dijo.

—Muy bien, seré raro, eso es lo que hay. Si quieres que haya trato, como siempre. Yo te las traigo y tú te apañas con lo demás.

—Cualquiera diría que ocultas algo.

Roque lo dejó estar y le dijo que mirase bien el último par, que si no veía nada nuevo. Su amigo las examinó con cara de satisfacción. Estaban tan bien talladas como siempre, con la madera tan bien trabajada y pulida que daban ganas de acariciarlas. No apreció el detalle que les había incorporado.

Maldita la hora en que se le ocurrió la idea de la dichosa cruz.

Ahí donde podía parecer un lerdo, el Perniano había vivido lo suyo y había desarrollado una sensibilidad especial para las ideas aparentemente brillantes y productivas que, por desgracia y no sabía si por mala suerte o por qué demonios, solían terminar mal.

Después de la fiesta, cuando aún arrastraba las secuelas del entusiasmo, le había parecido una idea extraordinaria.

Si en lugar de dos pies delanteros tallaba uno alargado, que alcanzara todo el ancho de la suela, tendría espacio suficiente para moldear la cruz justo en el centro de la pieza.

Después, colocaría los tarugos como de costumbre, de madera, como le había enseñado su maestro; eso no pensaba cambiarlo nunca.

Sus albarcas habían sido premiadas, reconocidas por Camaleño como las mejores de Liébana, y ahora, además de mejores, serían únicas.

Casi diez días estuvo perfeccionando el invento, calzándoselas él mismo para asegurarse de que la profundidad del relieve fuera suficiente como para dejar la marca sin que llegara a estorbar o restarle utilidad al calzado, hasta que logró el resultado que buscaba.

Sus albarcas, pensó entonces, dejarían una bonita huella que ninguna otra dejaría: la cruz con espiga símbolo del lignum crucis , el escudo de Camaleño.

Solo hubo un pequeño inconveniente: que esas albarcas no las compraba nadie.

Cuando su socio supo del tiempo que Roque necesitaba para el detalle, le devolvió el prototipo y le dijo que se dejase de cruces, que no podían dedicarle casi dos semanas a labrar la dichosa cruz; eso encarecería el precio y haría imposible colocarlas.

Una tarde, chafado y decepcionado por el poco éxito del invento, Roque se acercó hasta Mogrovejo. Esperó hasta asegurarse de que ningún vecino lo viera y dejó las albarcas en cuestión como una ofrenda en la puerta de la casa de su madre, convencido de que ella sí sabría reconocer su valor.