La Osa de Ándara 38. Para no soñar
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38. Para no soñar

Para no soñar

Salva, Millán y el guardia Mansilla también pasaron por el tanatorio para acompañar a Lavalle; con ellos me volví a Potes.

Aquella noche hicimos lo que suele hacerse después de los velatorios de gente que no te toca nada.

Irnos de cervezas por los bares del pueblo fue el mejor plan que se nos ocurrió para terminar un fin de semana que, en lo que a la investigación concernía, habíamos aprovechado muy poco.

Y en el que había muerto demasiada gente.

El poso de la muerte había ennegrecido la sensación de paz de la víspera en Ándara.

No hay otra realidad como la muerte con la misma capacidad de eclipsarlo y relativizarlo todo.

La muerte de Darío Lastra había logrado que yo emprendiera la búsqueda de la Osa hasta su guarida; la muerte de la madre de Lavalle había conseguido que nos fumásemos la pipa de la paz, aunque fuera en forma de cigarro impostado.

Tuvo que morirse la madre de mi compañera para que me acercara a ella sin verla como mi adversaria, sin tratar de imponerme por la fuerza por encima de quien en realidad lo estaba.

Tuve que verla abatida para darme cuenta de que tras su mal humor y su estado siempre a la defensiva se ocultaba una mujer minada por la sombra de otra.

Ni las cervezas, ni las bromas de mis compañeros lograron esa noche que me deshiciera de la amarga sensación que me provocaba no haber empatizado con Lavalle, no haberle concedido el beneficio de la duda y, sobre todo, no haberla escuchado cuando trató de advertirme de lo que era evidente.

Rechacé otra llamada entrante de Roque Medina, era como la décima del día.

Mi teléfono reposaba sobre la mesa, entre restos de culos de vasos pegajosos y servilletas usadas. Mansilla y Millán estaban en la barra.

—¿No se lo coges? —preguntó Salva.

—No quiero hablar con él —reconocí, cansada de hacerme la digna.

Al tiempo, leí un mensaje de mi ex.

—¿Qué ha pasado?

—Mario, que se tiene que ir a Mérida a una formación. Qué oportuno el curso —aprecié, sin que supusiera una sorpresa el hecho de que no se pudiera contar con él cuando se le necesitaba.

—Me refería a tu amigo, con el que no quieres hablar. ¿Qué te ha hecho ese?

En lugar de responderle, le hice otra pregunta que nada tenía que ver con Roque:

—Salva, ¿tú crees que, si no me hubierais desarmado, hubiese sido capaz de volarle la cabeza? —Él no necesitaba más datos para saber de la cabeza de quién le hablaba.

—No, no lo creo. ¿A qué viene eso?

—A eso de que por tanto luchar contra monstruos puedes terminar por convertirte en uno de ellos. Era de Nietzsche, ¿no?

Vi preocupación en sus ojos.

—No me mires así. Tranquilo, no se me ha ido la olla.

Pero es que sigo teniendo lagunas de aquella noche.

Hay instantes que no he logrado recordar con claridad.

Y a veces me da por pensar que igual, fuera de mí como estaba, quizá podría haberle disparado.

¿Te imaginas? —Comencé a reírme más teatralmente que porque la posibilidad me hiciera gracia.

—No digas tonterías, no te imagino disparándole a nadie.

—No estés tan seguro, todo sería verme en la necesidad. Esos monstruos que perseguimos no son tan distintos a nosotros. Todos estamos hechos para sobrevivir, al precio que sea, lo que pasa es que la educación nos va volviendo tibios.

—Sí, a unos más que a otros.

—Nunca te he contado lo que me hizo Dávila.

—Tampoco hace falta, todos sabíamos la guerra que se traía contigo. No podía soportar estar a las órdenes de una mujer.

—Supo durante meses que Mario me engañaba, eran amigos. Sabía que teníamos problemas en casa y lo utilizó todo lo que pudo en mi contra para sacarme de quicio. En cada comentario que hacía, en cada broma, parecía estar diciéndome que sabía que era una cornuda.

—¿Cómo no me contaste nada de eso? Le hubiera reventado la cabeza yo mismo —dijo con un punto de agresividad exagerada para él, amplificada por las cervezas.

—Resultas entrañable cuando me defiendes —bromeé para apaciguarlo—.

Al final, me lo soltó. Esa misma noche, con la que teníamos encima, ¿te acuerdas?

Se me encaró cuando le dije que no iba a entrar en el interrogatorio del hijo de puta aquel y me lo zampó a la cara. Lo que pasó después, ya lo sabes.

—No te tortures, Maca. Lo que pasó no se puede cambiar, pero es pasado. Tienes que olvidarte ya de eso. Igual te vino bien que te lo dijera.

—¿Acaso crees que yo no lo sabía?

—Ya..., supongo.

—Y tú, ¿lo sabías? Cuando me decías que no me veías bien, llegaste a decirme que merecía a alguien mejor. ¿Sabías que me engañaba?

—Escúchame bien, Maca. No me gustaba Mario para ti, y sí, merecías a alguien mejor, pero yo no sabía que te era infiel. De haberlo sabido, te lo hubiera dicho, te lo aseguro, aunque me hubieses retirado la palabra del todo.

—Lo siento mucho, Salva. Perdóname por todo, por favor.

—Déjate de perdones y vamos a brindar.

—Sí, ¡por Dávila y por su puta madre!

Brindamos, por nosotros, chin chin. Y volvió a sonar mi teléfono. Otra vez rechacé la llamada de Roque.

—¿Quieres que se lo coja yo y lo mande a la mierda?

—No, vamos a dejarlo estar. Ya te contaré.

No era el momento de ponerlo al día de mis dudas sobre Roque Medina.

Desde que había salido la referencia a Perrozo, el lugar en el que él vivía, en la declaración de Bastian Simon, y después de que me hubiera reconciliado con Lavalle, habían empezado a cuadrarme como posibles algunas de las sospechas de la capitana.

De ser cierto lo que él mismo me había contado de su vida, Roque Medina podía tener razones para que sus instintos no se hubieran moldeado lo suficiente como para apaciguar una naturaleza maligna.

Su forma de comportarse podía ajustarse al perfil del individuo al que buscábamos, el lugar donde vivía no se alejaba demasiado del punto en el que el círculo había puesto el foco, conocía bien la zona, se dedicaba a la artesanía y se había acercado a mí.

El aturdimiento provocado por el alcohol no me dejaba ver con claridad si todo encajaba o si, en realidad, seguíamos sin tener nada.

Me sobraron las dos últimas cervezas. Estuve al teléfono con mis hijos lo justo para que no notasen que me costaba hablar, mirando las montañas a través de la ventana de la habitación; de nuevo me retaban con su silueta oscura y amenazadora.

Como si fueran ellas quienes me observaban a mí.

Lo que le había preguntado a Salva no había sido una paranoia sobrevenida propiciada por el efecto de las copas y la resaca fúnebre, o no solo eso.

Como individuos, cual lavadora, estamos hechos para fallar.

No era la primera vez que me rondaba la sensación de no ser más que un ser sujeto a la obsolescencia programada con la que todos venimos de fábrica y que un día hace que, simplemente, dejes de funcionar.

Perturbada, me metí en la cama con los consejos de Joaquín Sabina en bucle.

No sé si media hora o dos horas después, ya estaba otra vez dejándome los jirones de piel trepando montaña arriba.

Me pitaban los oídos, pero no lo suficiente como para no oír mi nombre a gritos.

El mismo ser sin rostro aclamándome desde la cima que no paraba de hacerse más y más alta.

Esas moles de piedra se habían metido en mi interior, lo hacían cada noche.

Me desperté en mitad de la pesadilla ansiosa y tan cansada como si hubiera escalado el Everest.

La misma pesadilla se repetiría las dos madrugadas siguientes. A la tercera, no me daría tiempo a enganchar la fase de sueño profundo cuando sonaría mi móvil. Mucho antes de que lo hiciera el despertador, oiría en duermevela el timbre de llamada.

El cuarto cuerpo aparecería en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Perrozo.