La Osa de Ándara 37. Mamá osa
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37. Mamá osa

Mamá osa

Laura Lavalle se despierta en mitad de la noche con una extraña sensación de paz y envuelta en un sepulcral silencio que se hace más intenso a medida que se acerca descalza y a oscuras a la habitación de su madre; la misma alcoba que tantas veces ha sido escenario del incómodo diálogo de respiraciones con el que se comunican la mayor parte del tiempo.

Antes de encender la lámpara de la mesilla de noche, Laura sabe que está sola.

En el par de meses desde que se conocen, Lavalle ha constatado que a Macarena no todo se le da bien.

Hay situaciones que se le atragantan, y los formalismos funestos, por no decir los formalismos en general, son una de ellas.

Por eso, le sorprende verla entrar en la sala en que aguardan a que llegue el momento de darle sepultura a su madre.

Allí están sus hermanos, a quienes hace meses que no ve, y algunos parientes de los que casi no recuerda el nombre ni el vínculo que los une.

Todos ellos con el mismo semblante de pesadumbre que la ocasión reclama, aunque el hecho que los congrega ahí no supone una desdicha en realidad para nadie.

Hubiera podido pasar el día sin entablar conversación con ninguno de los presentes, sentada sola en el sillón más retirado, de no ser por la aparición de la brigada.

Macarena se sienta a su lado, la saluda como podría hacerlo cualquier mañana en el puesto y aguarda callada.

No le dice nada. Nada como que lo siente mucho, que lamenta su pérdida o que la acompaña en el sentimiento; confirmando la tesis de Laura en lo relativo a las habilidades sociales de su compañera en situaciones desagradables.

Claro que tampoco es quién para dar lecciones de saber estar, y menos a Macarena, que ha sido testigo privilegiada de lo poco acertada que puede ser ella misma ante la adversidad.

Cuando la falta de conversación entre ambas comienza a resultar embarazosa y viendo que la brigada no se decide, Lavalle rompe el hielo.

—Te agradezco mucho que hayas venido, aunque no lo merezco —le dice en voz muy baja y casi al oído.

A eso Macarena tampoco parece encontrar cómo corresponder.

—He deseado esto tantas veces... —le confiesa—. De día persiguiendo asesinos y de noche especulando con matar a mi madre. Qué contradicción, ¿no?

Macarena la mira como si acabara de entenderlo todo; no sorprendida, más bien con la naturalidad con la que cualquiera mira su reflejo cuando se lo cruza por la mañana en el espejo del baño.

—Igual es que soy un mal bicho, igual que ella —resuelve Lavalle.

—Todos tenemos miserias, Laura. Cada cual las lleva como puede.

—¿Cuál es la tuya?

Macarena se le acerca también para que no la oigan.

—Apunté a un compañero a la cabeza y a punto estuve de volársela. Qué contradicción, ¿no?

Y comienza a reírse. Lavalle se contagia de la risa, que de pronto se convierte por fin en un llanto sanador.

—¿Sabes que de pequeña creía que mi madre era la Osa de Ándara? Los niños temían a la Ojáncana, pero yo temía a la Osa. Sus ronquidos de madrugada se metían en mis pesadillas. Soñaba que entraba en mi habitación y ya no era mi madre, sino la Osa, que venía a devorarme.

—Por eso te enervas cuando la nombramos.

Macarena saca de su bolso un pañuelo de papel y se lo tiende; Lavalle lo rechaza. No son más que unas cuantas lágrimas, pero Laura se alegra tanto de notar cómo brotan que las deja resbalar por las mejillas hasta su jersey.

—Míranos, Macarena... Esto empieza a parecer una escena sacada de Sharp Objects .

—¿De qué?

— Heridas abiertas , la serie. ¿No la has visto?

—¡Uy!, lo he intentado, pero me da mal rollo.

—Sí, es perturbadora. Sobre todo si estás medio chalada, como nosotras.

—Y que lo digas... Yo más que tú.

—No sé yo... Siento no haber sido más colaborativa contigo. Tú no tenías la culpa de nada de esto.

—No te disculpes, yo tampoco he estado fina. Y lo que más siento es no haberte escuchado.

—¿A qué te refieres?

—A Roque Medina. Tenías razón, me mintió.

—¿Cómo que te mintió?

—Ya te contaré. Tampoco vamos a hablar de trabajo ahora.

—No es solo trabajo, Macarena. Además, ¿se te ocurre alguna otra forma de matar el tiempo? —dice mirando a su alrededor, hastiada también del protocolo funerario—. ¿Salimos a fumar?

—Pero ¿tú fumas, Carpetas?

—Pues no, ¿y tú? ¿Tienes tabaco?

—No, no tengo tabaco. Lo dejé cuando me quedé embarazada por primera vez.

—Pues en estos casos conviene fumar para escaquearse. Da igual, qué sabrá nadie si fumamos o no.

Lavalle se disculpa de manera general con quienes están en la sala, diciendo convencida que van a salir a fumar. Aguantando la risa cómplice, abandonan ambas la estancia.

—Lo que sí tengo son chicles, para disimular a la vuelta —remata Macarena la broma.

Toman asiento en un banco al aire libre en la puerta del tanatorio. Primera fila del desfile de desvalidos y desamparados que a Lavalle no la hacen sino sentirse más miserable.

—No creas que me alegro de que haya muerto, aunque me lo tome con humor y a pesar de lo que te he confesado. Puede que sea lo mejor para mí, pero no me alegro.

—No tienes que justificarte, y menos conmigo.

—Cuéntame, ¿qué es eso de que Roque Medina te mintió?

—Te haré un resumen de lo esencial: la presidenta de la Fundación Cruz Begides es su madre perdida, y está forrada. Llevaba años buscándola, supuestamente. Me ha utilizado para acercarse a ella y yo, como una tonta, piqué y facilité el encuentro.

—¡La hostia! ¿En serio?

—Eso era todo lo que quería de mí.

—No creas que me alegra oír eso; de verdad que hubiera preferido equivocarme con él. No te lo mereces.

—Sí que me lo merezco, Laura, no aprendo. Tengo mal ojo para los hombres.

—Te gustó y fin, Macarena. Un error lo tiene cualquiera, ¿no? Además, no pareces de las que pierden las bragas por cualquiera.

—O igual sí...

—¿Y qué si lo eres? ¡A la mierda! Tú no podías saber cuáles eran sus intenciones.

—Pues tú lo supiste. Al menos viste que no era trigo limpio; yo ni siquiera me lo planteé.

—¿Y Soler?

—¿Qué pasa con Soler?

—¿Hay algo entre vosotros o no? Creo que está colado por ti.

—Salva y yo somos buenos amigos, además de compañeros. Con toda la mierda que compartimos, nunca funcionaría.

—En eso te doy la razón.

—Dime, ¿encontraste algo cuando lo investigaste?

—¿A Soler? —Lavalle responde evasiva. No quiere reconocer que ha indagado tanto como ha podido en el historial del amigo de Macarena. No le apetece enturbiar el momento de complicidad.

—A Roque Medina. Venga, sé que lo hiciste —Macarena insiste—. ¿Encontraste algo raro? Te lo pregunto porque su historia es bastante particular y no sé si puede haber algo que nos llegue a interesar para lo que tenemos entre manos.

—¿Para el caso? No encontré gran cosa sobre él. ¿O es que sabes algo más que no me hayas dicho?

Ahí es, sentadas en la puerta del tanatorio que cobija el cuerpo inerte y el rostro casi sonriente de la madre muerta de Laura Lavalle, cuando Macarena le relata lo que sabe de Roque Medina.

Lo que él, verdad o no, le ha contado: la historia del bebé adoptado en extrañas circunstancias que hace diez años abandonó su pueblo de Los Ancares gallegos para emprender una nueva vida en el valle de Liébana.