36. Ándara
Ándara
El cuerpo de Darío Lastra apareció unos días después de que fuera visto por última vez por sus familiares.
Estos explicaron que la finca en la que vivía quedaba apartada y que hacía cuatro días que no tenían noticias de él.
Era yo la única persona al tanto de que, en realidad, habían pasado tres jornadas desde su última aparición; las que mediaban desde nuestro encontronazo nocturno.
Cuando nos reunimos en el puesto a la mañana siguiente de conocer la noticia, no conté nada de nuestra charla poco amistosa, ni de su empeño en demostrarnos la teoría que manejaba. Me limité a decir que estaba casi segura de habérmelo cruzado en Potes aquella noche.
—Esto no tiene nada que ver con nosotros, Maca —apreció Salva pasándome la carpeta con los informes preliminares que habían llegado.
La causa de su muerte no generó ni un ápice de duda.
El oso al que se atribuyeron sus lesiones había sido visto por varios vecinos a pocos kilómetros de su casa.
Algunos incluso habían grabado a una osa hembra atacando panales de abejas y hurgando en cubos de basura; en uno de los vídeos se la veía con una cría.
Los que sabían cómo se comporta un oso estaban seguros de que Darío se habría enfrentado al animal que, sintiéndose acorralado y en presencia de su pequeña, se había defendido sin medir su fuerza.
Impresionaba verla en las grabaciones caminando entre las casas del pueblo, pisando muy fuerte el suelo, derrochando potencia en cada paso con movimientos que parecían querer ser delicados pero que daban mucho miedo.
—¿Esta no tendría que estar ya hibernando? —dijo uno de los guardias locales que miraba con nosotros las imágenes.
—A saber, con lo loco que está el tiempo —respondió otro—. Habrá que poner un poco de orden ahí fuera, ¿no?
A ellos les tocaba calmar los ánimos en el pueblo, cuando en la calle el alboroto era cada vez más molesto y la situación más tensa. Se había corrido la mala noticia y la gente comenzaba a agolparse en la entrada del puesto.
—Pero ¿qué quiere esta gente? ¿Qué hacemos, mi brigada? —me preguntó el primer guardia.
—Esto es cosa vuestra, compañeros. Bastante tenemos ya nosotros —contestó Salva, empeñado en desvincularnos del asunto.
—A ver si vamos a tener nosotros la culpa de que el lumbreras este se haga el valiente con el fulanu —añadió el segundo.
—Pasa que esta vez no es un artista foráneo; es uno de los suyos —concluí yo.
No dije nada más. Sintiéndome culpable de no haber sido más delicada con Darío, que ahora estaba muerto, me marché sin anunciar lo que había decidido hacer por mi cuenta.
Encontré la cueva que Darío Lastra había fotografiado gracias al guarda del antiguo casetón minero rehabilitado como refugio de montaña en el que después iba a pasar la noche.
No fue difícil saber de aquel lugar con una búsqueda rápida en Google.
Tuve que arreglármelas para localizar un aparcamiento en el que dejar el coche y desde allí caminar unos kilómetros montaña adentro por una pista hasta alcanzarlo.
Siguiendo las instrucciones del guarda del refugio, identifiqué la bocamina de las fotos al ver la misma vagoneta antigua aún sobre los restos de los raíles.
Por el estado de absoluta ruina de los vestigios, no era fácil hacerse una idea de la actividad minera que en una época debió de tener el macizo.
El lugar en el que Darío situaba el refugio de la Osa de Ándara daba grima.
Lo que él había descrito como un camastro, y que bien podría cumplir esa función, era una sección de piel o pellejo de algún animal.
Los restos de pelo que estaban a simple vista también parecían de animal.
Pero los útiles, roídos por la humedad y el paso del tiempo, los restos de latas de bebida oxidadas y los filtros de colilla de cigarro eran clara muestra de incívica presencia humana.
Permanecí durante mucho rato en el interior de la cueva. Allí lloré la muerte de Darío Lastra, tratando sin éxito de entender lo que él veía, la explicación que yo no había querido escuchar y que ya no podría darme.
Calada por el frío, regresé al refugio cuando caía la noche.
El lugar hacía honor a su nombre. La cama no resultaría ser la más cómoda y el baño estaba fuera, a un trecho del casetón, pero hallar en tan inhóspito paraje cama, comida y buena conversación era más de lo que podía esperar.
Allí solo estaba el guarda con su perro, un gato y un pastor que pasó a saludarlo y se unió a la charla.
Cuando les pregunté por la Osa de Ándara, no me tomaron por loca, ni tampoco me secundaron con entusiasmo. Para ellos la Osa era parte del paisanaje. Si era real o no, no importaba.
—La Osa de Ándara es nuestro yeti particular —dijo David, el guarda—. ¿En qué lugar como este no hay un personaje parecido?
No había pensado, hasta que lo mencionó, en las similitudes de la Osa con el abominable hombre de las nieves del Himalaya.
—Entonces, ¿no crees que haya existido?
—Me creo cualquier cosa que dijeran los que estaban aquí hace dos siglos.
Entonces esto estaba lleno de campesinos y de mineros que, a veces, tenían que pasar días sin salir de la mina por los temporales.
Fíjate, ahora estamos comunicados y yo subo hasta aquí en el cuatro por cuatro, y aun así hay noches que me las paso acojonado porque veo unas sombras que se mueven y no sé qué son, o por los ruidos.
—¿Hace dos siglos ya se creía en la existencia de la Osa de Ándara?
—Se creía en lo que se veía —añadió el pastor—. Si era la Osa o no, vaya a saber. Había gente que decía haberla visto devorando cabritos, rugiendo como una fiera, subiendo y bajando por el desfiladero cuando cambiaba el tiempo. Decían que se ponía bizca.
—Pero, entonces, ¿era humana?
—Una mujer osa —respondió el guarda—. Más real para la gente que el Culebre o el mismísimo Ojáncano.
—Era una bestia —concluyó el pastor.
Esa noche la pasé en la cima. Estando allí arriba, no tuvo que colarse en mis sueños la pared de roca en la que otras madrugadas me había dejado las trazas de piel, ni la figura que gritaba mi nombre desde arriba.
Desde allí todo se veía pequeño. Como si la altura y la merma de oxígeno anestesiaran la carga mental.
Como si la distancia empequeñeciera no solo los objetos y los edificios, sino también los traumas y los problemas.
Fue muy distinta esa vez a la primera que subí.
En Áliva me sentí perdida, indefensa e insegura por la incomunicación; esa noche, en el corazón de Ándara, fue como si todo estuviera en orden, como si hubiera encontrado algo.
O como si algo en mí misma hubiera cambiado.
Leería el mensaje de Salva en el que me avisaba de la noticia por la mañana, cuando, para saber de mis hijos, subiera el casi medio kilómetro que había que alejarse del refugio para tener cobertura.