La Osa de Ándara 35. Mentiroso
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35. Mentiroso

Mentiroso

No le había contado a nadie lo que ocurrió aquella noche en el callejón.

No tuvo nada que ver con Roque. Él y yo volveríamos a vernos tres días después de que le revelase a la presidenta de la Fundación Cruz Begides que era su hijo.

A Roque no tuve el valor para decirle a la cara que lo había hecho.

Me había limitado a ponerle un cobarde whatsapp para decirle que tenía serias sospechas sobre quién era la mujer a la que llevaba diez años buscando.

Ni siquiera le dije cómo había llegado a tal conclusión, y él tampoco se interesó en saberlo.

¿Por qué le has hablado de mí? ¿Y si no es ella?

Tiene que serlo, Roque. Todo coincide.

Pero te dije que no te metieras.

Tiene derecho a saberlo, y tú tienes derecho a saber quién es.

Déjate de derechos. Te dije que no te metieras.

Se enfadó. Me había pedido que lo dejase estar cuando le propuse ayudarlo a buscarla en el monte Hozarco, pero yo no lo había dejado estar; me había faltado tiempo para meter las narices donde no me tocaba. Porque actuar por mi cuenta era mi especialidad.

Y, entre eso y el devenir del caso, las primeras veinticuatro horas desde que le puse el mensaje fueron una tortura, por eso me las había pasado recluida en el hotel con la excusa del virus.

En Potes me sentía cada vez más escrutada, me parecía que cada persona que me cruzaba me miraba pidiéndome explicaciones.

Roque no quería hablar conmigo, dejó de responderme y de atender mis llamadas.

Candela Cruz Begides no paraba de llamarme; llamadas que yo no respondía.

Me envió más de cien mensajes el día después de nuestro encuentro en su casa, insistiendo y rogándome que la pusiera en contacto con su hijo; temía cruzármela o que ella se presentara en el puesto a buscarme.

Y, sobre todo, temía encontrarme con esas mujeres del pueblo que no dejaban de rondarme, exigiéndome con su sola presencia unas respuestas que no tenía con ese arrojo que poseen los mayores para reclamar sus derechos; el mismo con el que entonces estaban defendiendo sus pensiones en manifestaciones semanales por todo el país.

Si los jubilados se habían atrevido a rodear el Banco de España, no quería pensar lo que esas señoras empeñadas en que la Osa de Ándara había vuelto podrían llegar a hacer conmigo.

Que me hubieran abordado de aquella forma en mitad de la calle con nocturnidad y alevosía tampoco ayudaba.

A mis compañeros no les había contado que un hombre misterioso que resultó ser Darío Lastra, aquel que nos había entregado aquellas fotos y había insistido en colaborar, me había abordado en un callejón cual acosador empeñado en que ahora sí o sí iba a prestarle atención.

Ni siquiera con Salva lo compartí, seguía dolida con él.

Las fotos que me mostró, esa vez más nítidas en comparación con las primeras en las que no se apreciaba nada, las había tomado él mismo unos días antes en el interior de una cueva del macizo de Ándara.

En ellas se distinguían una suerte de camastro y algunas herramientas roídas.

Según decía, lo que se veía era la boca de una de las antiguas minas abandonadas en el macizo, en las que aseguraba que siempre había tenido su guarida la Osa de Ándara.

Si la primera vez fui educada con él, esa noche y después de casi matarme del susto por el ataque, lo mandé a la mierda.

—¡Quítate de mi vista! Y agradece que no te lleve detenido —concluí. Las fotos, me las quedé.

Darío Lastra se marchó encolerizado y asegurando que haría lo que hiciera falta para demostrarme que aquello era obra de la Osa.

Habían pasado ya dos días desde el traumático encuentro con Darío Lastra y del día en el que se me fue la boca con Candela Cruz Begides, cuando Roque me envió una foto posando con ella en lo que identifiqué como su casa, los dos sentados junto a la chimenea.

Tras el arrebato inicial, pronto había cambiado de opinión y se había decidido a ir a verla y, a juzgar por la instantánea, la cosa había ido bien. Bajo la foto:

Gracias de parte de los dos. Nos vemos pronto, te llamo.

Me llamó al día siguiente, cuando a mí se me habían terminado las excusas para seguir encerrada y evitar el contacto con mis compañeros; y acepté su invitación de almorzar juntos.

Me llevó a comer a un restaurante realmente bueno a medio camino entre Potes y Fuente Dé, donde, lo que son las cosas, me comí el primer cocido lebaniego desde que había llegado a Cantabria.

Roque estaba feliz. El encuentro con su madre había superado todas sus expectativas, había sido mucho mejor que todas las veces que lo había fantaseado a lo largo de su vida.

Candela lo había acogido con los brazos abiertos y ambos deseaban recuperar el tiempo perdido.

Yo me alegraba por ellos, aunque me extrañaba la ligereza con la que fluía la nueva relación madre e hijo.

Quién era yo, en todo caso, para juzgar los tiempos que manejan un hijo y una madre separados hace cuarenta años.

Además, estaba más centrada en juzgar a la camarera.

La chica que nos atendió en mesa era educadamente desagradable.

Manejaba la pala recogemigas de pan con una destreza que pasmaba.

Al mismo tiempo que la deslizaba con fluidez para barrer las miguitas parecía planchar el mantel de tela.

Perfecto, impoluto, ni una miga, ni una arruga.

Me hacía sentir fatal. Ese puñetero mantel usado estaba más impecable después de su repaso que mi camisa gastada y arrugada.

Además, nos miraba mal, sobre todo a mí.

Nos miraba como si no pintásemos nada allí, por la facha, supuse; o por mi camisa barata, gastada y arrugada.

Me dieron ganas de contarle mi vida. Como que soñaba cada puta noche que escalaba las montañas sangrando de pies y manos.

O como que había perdido la cuenta de los días que llevaba fuera de mi casa sin apenas dormir ni arreglarme porque mis jornadas se limitaban a ir del hotel al puesto y del puesto al hotel, estrujándome los sesos tratando de encontrar al malnacido que se había cargado ya a tres desgraciados, en lugar de perder el tiempo maquillándome.

O que, además de evitar que mataran a otro infeliz, había logrado el reencuentro de una madre con su hijo perdido.

Ella me miraba mal, me miraba juzgándome, y yo la miraba fantaseando con decirle alguna barbaridad, con cara de loca.

Cuando trajo la cuenta la dejó ostensiblemente del lado de la mesa que correspondía a Roque.

Entonces le dije que pagaba yo. Y pagué, pagué por orgullo, a pesar de que la comida había sido idea suya.

Me levanté, me terminé de un trago la casi media copa de vino tinto que me quedaba y, para buscar mi tarjetero, tuve que sacar la pistola y ponerla sobre la mesa con la misma destreza con la que ella manejaba la pala de recoger migas con la que había tratado de intimidarme. Pobre chica.

—Tranquila, tiene puesto el seguro —le dije.

Lo que nos reímos a costa de la cara de susto de la camarera de camino al coche de Roque. O, para más exactitud, al coche que le prestaba a Roque su vecino de Perrozo.

—Oye, Roque, ¿a qué me dijiste que se dedicaba tu vecino?

—¿Te lo dije? Pues igual te decepciona, es mecánico.

—¿Mecánico?

—Sí, bueno, chapista.

—¿Chapista? —repetí algo afectada por las casi dos botellas de vino con las que habíamos acabado.

—Sí, joder, hay talleres aquí.

—Ya, pero ¿y las madreñas?

—Albarcas... —me corrigió—. En Cantabria se llaman albarcas —repitió despacio, como si yo fuera lenta.

—Bueno, ya me entiendes. Me dijiste que eran suyas, creía que se dedicaba a las albarcas.

De primeras, no reaccionó.

—No se dedica a las albarcas —dijo al fin—. ¿Qué más te da cómo se gane la vida mi vecino?

—Oye, Roque, a mí no me mientas. ¿Tú a qué te dedicas?

—¿Qué dices, Maca?

—¿Cuándo te he dicho que puedes llamarme así? —Sería el vino, o sería que vi meridiano que me estaba troleando que se me cruzó el cable en un momento—. Me dijiste que esas albarcas no eran tuyas y tengo razones para pensar que me mentiste.

—Con lo lista que eres no sé cómo se me ocurrió, Maca. —Volvió a usar el diminutivo con intención manifiesta de molestarme.

—¡Que no me llames Maca, coño!

—¡Perdona! Las fabrico, ¿vale? Cojo un bloque de madera, lo trabajo y tallo las mejores albarcas de toda Liébana.

Hasta un premio me dieron una vez, fíjate.

Después, se las llevo a un tipo que las pinta y las vende.

Todo negro, libre de impuestos, por avión.

¿Contenta? —me espetó—. ¡¿A qué viene esto? !

—¿Por qué me mentiste?

—¿Tú qué crees?

—No seas gallego y respóndeme.

—Te estás pasando. Haber encontrado a mi madre no te da derecho a tratarme así, Macarena.

—Llévame al puesto, por favor.

Millán me vio bajarme del coche de Roque con cara de pocos amigos y cerrar la puerta del vehículo haciendo más ruido del necesario.

No habíamos cruzado palabra en todo el trayecto desde el restaurante hasta Potes.

Él conduciendo en silencio con gesto huraño, yo dándole vueltas a su actitud de hacía un momento y a cómo me había tratado.

—¿Todo bien? —me preguntó el cabo.

—Pues claro. Vamos dentro.

—Por cierto. Ya sé de qué me sonaba tu amigo.

—¿Cómo dices?

—Tu amigo. —Señaló el hueco de estacionamiento en batería que Roque acababa de liberar—. El día que lo conocimos en el teleférico te dije que me sonaba, ¿te acuerdas?

—Es posible que me acuerde.

—Estaba en la universidad.

—¿Podrías ser más concreto o tengo que echarte una moneda para que te expliques, Millán?

Se puso más serio, le faltó cuadrarse.

—Cuando fuimos a buscar a Candela Cruz a su despacho y no la encontramos nos cruzamos con él en el momento en que salía. Fue quien nos dijo que la profesora no estaba.

—¿A Candela?

—Sí, ya sabes. La directora del máster que hizo el curso pasado Yeray Santana, a la que habían sacado del programa. No estaba en su despacho, ya te lo dije, no pudimos hablar con ella —me explicó despacito, como si yo no me enterase.

—Millán, ¿cómo que Candela Cruz? ¿Cómo que Roque estaba en su despacho?

—Estaba fuera de su despacho, no en su despacho. —Todos se empeñaban en tratarme como lerda ese día.

—Pero... yo no sabía que Candela fuera la directora del máster.

—¡Ah!, ¿no? Como Soler y tú hablasteis con ella, di por hecho que lo sabíais. Cuando la llamé un par de días después, me dijo que ya había hablado con vosotros. Lo confirmé y así era. ¿Metí la pata?

—No, tranquilo. No es eso. Pero ¿tú estás seguro de que Roque estaba allí?

—Seguro del todo. Era él.

«Pues sí. Un poco lerda sí que eres, Maca». El muy hijo de perra sabía perfectamente quién era su madre.

Aún afectada por el alcohol de la comida, me metí en el baño a esconderme de los demás, segura de que podrían verme el bochorno en las pupilas.

Imbécil. Como a una imbécil me había colado los tres datos necesarios que sabía que yo conocía de su madre para que le fuera con el cuento y le facilitara lo que en diez años no había tenido valor para hacer él: plantarse en su casa y decirle que era su hijo.

Cómo había podido ser tan boba. Por eso había ido a Mogrovejo el día que le dije que estaba allí, por eso preguntó entonces si mi amiga no iba a acompañarnos.

Le encantaba ese pueblo, y tanto, como que ya lo conocía.

Todo encajaba. No había sido una casualidad que nos conociésemos en Fuente Dé, en la cabina del teleférico.

Cómo podían pasarme esas cosas, por qué siempre iba a dar con los más desgraciados...

Después la gente se asusta si saco la pistola y la estampo contra la cabeza de alguno.

No quería ni pensar en lo que diría Lavalle cuando se enterase de que me la había jugado.

Fue la capitana quien me sacó del bucle, aporreando la puerta al tiempo que clamaba mi nombre alterada:

—¡Macarena, Macarena! ¿Estás ahí? ¡Sal! Date prisa, ha ocurrido algo.