34. El túnel
El túnel
A Lavalle le resulta muy extraño llegar al puesto y otra vez no encontrar allí a Macarena.
No tiene ni idea de dónde se ha metido Lago, de quien no ha vuelto a saber desde que hace dos días se marchara de Piasca arguyendo que tenía que hacer una gestión.
Soler tampoco le comenta nada que la ayude a despejar la incógnita.
El instinto le dice que Roque Medina tiene que ver con la injustificada ausencia de su compañera, que desaparece en un momento crucial de la investigación.
Con Macarena fuera de escena, Lavalle recupera el control y la sensación de poder.
No solo Mansilla, sino también Millán e incluso el sargento primero aguardan las instrucciones de la capitana y su visto bueno antes de dar cualquier paso.
Sin embargo, no tiene ninguna duda de que este último lo hace solo en apariencia y que, a su espalda, consultará con Lago cada cosa que ella sugiera o les encargue.
Por eso, se afana en aludir al beneplácito de la brigada ausente, simulando a ojos de los demás una especie de complicidad subyacente entre ambas que es del todo inexistente.
—Tenemos la lista de personas con condena firme por delitos violentos en los municipios que Lago marcó como objetivo. No son muchos. Reduciendo la lista a los que siguen con vida y están en libertad, nos restan tres nombres. En principio, lo que hicieron no parece tener mucho que ver con esto.
Le pasa las tres carpetas al sargento primero justo en el momento en que el móvil de Soler comienza a sonar. Este se retira para contestar sin mediar palabra, empujando los expedientes a la parcela de mesa que ocupa el cabo Millán.
—Os ponéis vosotros con esto, quiero conclusiones al final del día. Si es necesario interrogar a alguno, me avisáis —encarga a Millán y a Mansilla como plan b, en vista de que Soler se ha desmarcado de la gestión.
Por la premura con la que ha salido de la sala, apostaría a que es Macarena quien lo llama, pero se equivoca. El sargento primero regresa al despacho explicando que el origen de la comunicación es otro.
—Acaba de llamarme María Hueso. Viene de camino con una persona que ha recibido un colgante. Aviso a Maca.
—No hace falta que la molestes, podemos encargarnos.
—Prefiero que lo sepa, por si quiere bajar.
Igual es ella la única en no saber que la brigada tan solo está recluida en su habitación.
Puede ser que el motivo no tenga que ver en realidad con Roque Medina y que, sencillamente, Macarena no se encuentre bien, que es lo que hace pensar la mala cara con la que entra en el puesto en cuanto recibe el aviso de su compañero.
—¿Estás mejor? —le pregunta él.
—Sí, ha debido de ser uno de esos virus estomacales que te dejan hecho un despojo durante veinticuatro horas.
—Me alegro.
—¿Qué tenemos?
Lavalle se entromete como si tuviera más información que el escueto mensaje que Soler ha transmitido:
—Alguien ha recibido un colgante. Viene con la presidenta de la asociación de artistas.
—Eso ya lo sé. Esperemos a ver qué nos cuentan.
La persona en cuestión es un pintor francés de treinta y dos años, al que le sobran dos tallas de pantalón, llamado Bastian Simon, natural de Bayona, que está pasando una temporada en Cantabria en busca de inspiración en una suerte de año sabático.
Su relación con la asociación de artistas es circunstancial, según explica María Hueso, razón por la cual no lo había puesto en preaviso como ha hecho con los demás.
La cuestión es que Bastian ha acudido a un encuentro que se ha celebrado en su sede y María Hueso le ha visto el collar.
El francés se sienta delante de Macarena con el abalorio aún colgando del cuello. Junto a ella, Soler recoge en el ordenador la declaración; Lavalle permanece de pie, atenta a la escena. Le sorprende la primera pregunta que le hace la brigada:
—¿Qué clase de obras pinta usted?
—Reconstruyo escenas bíblicas: la Última Cena, la Adoración de los Reyes Magos, la expulsión del paraíso terrenal...
—Les muestra en su móvil fotografías de los cuadros que va mencionando en un español decente con un inconfundible acento francés favorecido por tanta erre, teniendo el detalle de girarse para que la capitana, espectadora también, pueda verlos—. Por este recibí el premio.
—¿El premio?
El cuadro se titula El lamento de Job . Fue el gran triunfador en un certamen benéfico celebrado en una galería de Santander, en un acto que congregó a artistas, estudiantes, mecenas y expertos en la materia, según les explican María Hueso y el propio Bastian.
—¿Qué significa? —pregunta Macarena.
—Que el mundo es un lugar injusto —responde Bastian de inmediato.
El santo Job no aparece como tal retratado en lo que puede interpretarse como una alegoría de los numerosos peligros y pruebas que someten al hombre contemporáneo y que, a diferencia de Macarena, Lavalle sí sabe interpretar.
—Son los castigos de nuestro tiempo, ¿verdad? Como los que Satán le profirió al profeta para desafiar su fe en Dios —descifra ante la sorpresa de sus compañeros, de María Hueso y del propio francés.
—¡Vaya!, la felicito —dice la presidenta asombrada por el alcance de la capitana. El pintor asiente igualmente boquiabierto.
Macarena cambia de tema:
—¿Cuándo se celebró ese acto y qué tiene que ver con lo que les trae aquí, con el hecho de que lleve usted ese colgante en el cuello? —pregunta señalando la pieza.
Es ahora María Hueso quien cuenta esa parte de la historia:
—El evento fue hace un par de semanas. Dos días después, Bastian recibió un sobre anónimo en la posada en la que se hospeda con una tarjeta de felicitación y el colgante.
El hombre saca de su mochila el sobre y se lo tiende a Macarena, que no lo toma de inmediato.
Lavalle, que ya se ha calzado los guantes, lo inspecciona manipulándolo lo imprescindible.
De su interior extrae una cartulina rugosa color crema con el escueto mensaje mecanografiado: «Una recompensa muy merecida.
Enhorabuena». El sobre no tiene sello ni remitente; alguien debió de dejarlo en persona.
—Dentro estaba el collar —explica él.
—Tenemos que quedarnos con el colgante, puede ser una prueba, y con el sobre —le expone la brigada mirando a Lavalle, que con unas tijeras corta el cordón de yute para desprenderlo del cuello del pintor y lo mete en una bolsa. Se lo acerca a Macarena.
—Una llave —señala esta—. Cuéntenos exactamente cómo llegó esa carta a sus manos, por favor.
—El anfitrión la tenía para mí en la recepción. Me dijo que la había encontrado en el buzón con mi nombre.
—¿Tiene idea de quién pudo enviárselo?
—Es todo lo que sé. Me pareció algo bonito.
—Necesitamos los datos de esa posada. ¿Dónde está?
—Es un hotel rural pequeño y apartado. Quería un sitio tranquilo para pintar y ese lugar me pareció perfecto. Tiene unas vistas impresionantes de los Picos de Europa desde la habitación, era barato y el desayuno es bueno. Está aquí en Liébana, en Perrozo.
Lavalle se queda de piedra al oír el nombre del lugar en el que se aloja Bastian Simon. No tiene claro si Macarena lo ha relacionado, pero detecta la reacción de Soler, que ha apartado la vista de la pantalla del ordenador manifiestamente sorprendido al oír la referencia.
—Yo no había vuelto a coincidir con Bastian desde el día del evento, pero en cuanto hoy ha llegado a la asociación, me he dado cuenta de que lo llevaba y he llamado a su compañero de inmediato —explica María Hueso.
Macarena les ruega que esperen y pide a Lavalle y a Soler que la acompañen fuera. Cuando están a solas, les plantea cómo ve la situación. La brigada está segura de que Simon iba a ser la siguiente víctima.
—Es Piasca. No sé si recordáis las figuras de la portada de la iglesia. Una de las estatuas lleva en la mano una llave: san Pedro.
—Joder, es verdad —resuelve Soler—. ¿Qué hacemos con él? ¿Crees que está en peligro?
—Está marcado. A estas alturas es posible que ya sepa que dimos con el sitio, pero no podemos estar seguros de que lo haya descartado, así que no debemos correr riesgos.
Hay que tomarle muestras para descarte, a él y al del hotel.
Lo ideal sería que se marchara, que se volviera a Francia... o yo qué sé.
—¿Y si le ponemos protección? —propone Lavalle.
—¿No decías que andabais cortos de personal?
—Esto tiene la prioridad suficiente como para enviar a una pareja de modo permanente a Perrozo, al menos durante unos días hasta ver qué pasa.
No es ella, sino el sargento primero Soler quien pone el foco en el lugar:
—Maca, ¿sabes que tu amigo Roque Medina vive en Perrozo?
—¡Gracias por decirlo! —se congratula la capitana—. No quería ser yo quien...
—Pero ¿de qué vais? —la corta Macarena—. ¿En serio creéis que Roque...?
Y a esta de nuevo Lavalle:
—Macarena, es mucha casualidad. Todo esto es muy extraño y ese tipo no es trigo limpio.
—¿En qué te basas, Laura? No tienes ninguna razón para pensar que Roque pueda estar relacionado con esto. ¿Qué pasa? Como has visto el mensaje del cuadro, ¿ahora vas de visionaria o qué?
—Me baso en que se ha acercado a ti de una forma muy poco natural. Y, además, te ha mentido.
—¿Cómo que me ha mentido?
El sargento primero ya ha dejado de participar en la conversación, que se ha convertido en el enésimo enfrentamiento abierto entre ellas.
—Da igual, no vas a ver lo que ni siquiera quieres oír.
—¡No! Eso no vale, Laura. ¿En qué me ha mentido?
—¿Qué te contó sobre las albarcas? ¿Sabes a qué se dedica?
Macarena no responde.
—Te vi preguntarle por ellas en la puerta. Oí como te dijo que eran de un vecino. ¡Te mintió!
—Lo sabía, nos estabas escuchando... ¿Ahora eres espía?
—Piensa lo que quieras, Macarena, pero ese hombre te mintió. Lo vi vendiendo las albarcas en un garaje de Cabezón.
—Dios..., ¿a eso te dedicas? Estás obsesionada con Roque, no te gustó desde el primer momento. Estás atrapada en el propio túnel que te has creado. ¿No te das cuenta de que estás tratando de confirmar tu hipótesis con sinsentidos?
La brigada abandona la discusión dejando en el aire la acusación sobre la capitana. Lavalle busca la complicidad del sargento primero, que no le corresponde. Cuando vuelve a entrar en la oficina, oye como Macarena despide a María Hueso y le expone abiertamente la situación a Bastian Simon:
—Bastian, esto es confidencial, no puede contarle nada a nadie.
Tenemos razones para pensar que usted ha podido estar en peligro.
Y, aunque creemos que hemos evitado que pueda ocurrirle algo, le sugiero que lo antes posible abandone Cantabria y regrese a su casa en Francia, al menos hasta que las cosas se aclaren.
Hasta entonces, le pondremos protección.
No debe salir de su hotel más que lo imprescindible para que podamos garantizar su seguridad.
Una vez que el francés y María Hueso se marchan, Macarena vuelve a dirigirse a Lavalle y a Soler:
—Sé que ninguno de los dos os fiais de Roque. Proceded como creáis conveniente con él, yo no seré un estorbo.
—¿Qué quieres decir? —le pregunta Soler a Macarena.
—Nada. Solo una cosa más: ojo con esa mujer —dice ahora para los dos refiriéndose a María Hueso, a la que observa abandonando el puesto desde la ventana—. No podemos perderle la pista. Sabe demasiado.