33. Bestiario
Bestiario
No necesité tirar de GPS para llegar hasta la casa de Candela Cruz Begides en Mogrovejo. La presidenta de la fundación que llevaba sus apellidos me invitó a pasar y miró sin sorpresa las fotos que le mostré de los capiteles de Santa María de Piasca.
—No me desvela ningún misterio, brigada. Piasca es uno de los mayores exponentes del románico cántabro. Hoy es una parroquia de pueblo, pero antaño fue un importante monasterio.
—¿Son sus padres?
—¿Cómo dice?
Candela me miraba desde el otro lado de su imponente mesa de despacho de madera noble, junto a la acogedora chimenea que hacía más cálida la estancia ya de por sí agradable y protegida del frío del exterior por los gruesos muros de piedra.
A su espalda, la foto de una Candela adolescente flanqueada por sus padres, a la que me referí.
—¿Es usted?
—Mis padres murieron en un accidente de tráfico poco después de que nos hiciésemos esa fotografía.
En otra foto, la chica posaba exultante con el diploma en la mano.
Yo la había tomado por su hija, a juzgar por el parecido y por el nombre en el certificado que portaba.
Cuando Roque me dijo por la mañana cómo se apellidaba su madre, recordé esa foto, las letras que sobraban en el apellido demasiado largo del diploma que había visto en la estantería la primera vez que visité su casa sin haberlo llegado a retener. Candela Expósito.
Me levanté para verla más de cerca ante el gesto de extrañeza de la mujer.
—Voy a tener que pedirle disculpas, Candela. No es, en realidad, por la iglesia de Piasca por lo que he venido a verla. Digamos que se trata de algo más personal.
—Usted dirá.
—Candela Expósito. No es su hija, ¿verdad?
—Es usted observadora. No sé si me apetece hablar de eso.
—Sé que no tengo ningún derecho a pedírselo. Voy a hacerle una pregunta, respóndame solo si quiere hacerlo. Como le he dicho, se trata de algo personal. ¿Fue usted adoptada?
—Expósito es mi apellido original. Ya sabe, ese que le ponían a cualquier criatura de la que no se sabía ni de dónde venía.
Pasé los primeros años de mi vida en un orfanato de Madrid, hasta que mis padres me adoptaron con tres años.
Nunca me lo ocultaron y tampoco me cambiaron el nombre, vaya usted a saber por qué.
Igual no estaban convencidos de quedarse conmigo.
Sin embargo, me criaron con amor y me ofrecieron todos los recursos para que tuviera la mejor educación.
Estudié en los mejores colegios y después me enviaron de nuevo a Madrid a cursar el bachiller.
Cuando murieron, heredé todo lo que tenían: la casa de Santander, el piso de Madrid que habían comprado para mí en el barrio de Salamanca, esta casa y una buena suma de dinero.
Fue entonces cuando decidí ponerme sus apellidos.
—¿Y la fundación?
—Eso fue después. Viví unos años en Madrid.
Allí me gradué, me doctoré, me casé y tuve una hija, pero no está en esas fotos.
El matrimonio no funcionó, nos divorciamos cuando ella tenía cuatro años.
El padre se quedó con mi hija y con el piso, apenas nos comunicamos.
Yo me volví a Cantabria y decidí centrarme en mi trabajo.
Fue entonces cuando creé la Fundación Cruz Begides, en honor a mis padres y como medio para gestionar de la mejor manera posible el patrimonio, ya me entiende.
—Entiendo. Candela... —Dejé en el aire lo que venía a continuación.
—¿Por qué le interesa mi vida, brigada?
—¿Tuvo usted otro hijo hace cuarenta años? —Lo solté.
Ella me miró de hito en hito.
—¿Dio a luz a un bebé el 2 de diciembre de 1978 en Madrid? —concreté. De sobra recordaba la fecha exacta en la que había nacido Roque Medina porque mi madre gritaba de dolor el mismo día en un hospital de Sevilla.
—Dios mío..., ¿cómo sabe eso?
—Lo siento, de verdad que siento entrometerme en su intimidad de este modo, pero es que..., verá... —Una sensación de bochorno me invadió, consciente de que no había meditado ni lo más mínimo ese movimiento.
—¡Hable!, se lo ruego. ¿Qué sabe de mi hijo? —preguntó nerviosa.
—Bueno... Tengo un amigo —titubeé—, él lleva años buscando a su madre y creo que es usted.
—No puede ser...
Cuando superó el impacto que le produjo la noticia, tomó aire y me lo contó de corrido.
Candela Expósito, antes de apellidarse Cruz Begides, tenía diecisiete años cuando se quedó embarazada por primera vez.
Una deshonra mayúscula para unos padres demasiado creyentes, demasiado conservadores, demasiado preocupados por su buena reputación.
Ella no quería tenerlo. Lo que Candela quería era entregarse al futuro prometedor que sus padres adoptivos le habían proferido.
—Pero ellos eran muy conservadores, muy creyentes. No iban a pasar por ahí. Buscaron la forma de arreglarlo todo. Yo estudiaba en Madrid, ni en el pueblo ni en Santander tendrían por qué enterarse —relataba abstraída, como si fuera otra vez una niña muerta de miedo.
Su madre se mantendría con perfil bajo, saldría lo justo de casa para que nadie en su entorno pudiera dudar de si de verdad había estado embarazada cuando, tras unos meses de estancia en Madrid, volvieran con el bebé.
Las vecinas se alegrarían tanto por ella, que no se había atrevido a su edad a contar nada por no gafarlo, que después de haberlo intentado durante tanto tiempo antes de adoptar a Candela, lo que son las cosas, con casi cincuenta años iba Dios a darle un hijo de verdad.
—Un auténtico Cruz Begides —dijo embelesada.
Habían previsto bajar a Madrid unas semanas antes de que diera a luz. Pasarían con ella la recta final del embarazo; y su madre agarraría la mano de su hija para ayudarla a traer al mundo a su hermanito. Todo según lo previsto.
—Yo no podía tenerlo, estaba muerta de miedo.
Mis padres iban a hacerse cargo... —Lloraba desenterrando los recuerdos, como quien lo cuenta por primera vez—.
Ellos iban a criarlo como a otro hijo, pero no pudieron.
Mis padres murieron en un terrible accidente cuando viajaban a Madrid y yo me quise morir con ellos.
Unas semanas después del accidente di a luz.
Estaba muy débil, el sentido me iba y venía.
El parto se me adelantó, fue muy duro, perdí mucha sangre, sentía que me moría.
Su rostro se iluminó amargamente.
—¡Oh!, Candela, debió de ser muy duro. Lo siento mucho.
—No podía tenerlo. Yo era muy joven, estaba en shock y tan débil..., era lo mejor para él. —Sonrió apesadumbrada—. Me he arrepentido tanto de haberlo abandonado, me avergüenzo tanto de lo que hice...
Candela lloraba. A mí me faltaba poco. Pensaba en mis hijos y en mis padres.
Me ponía en su lugar, en el lugar de una niña de diecisiete años aterrada, sintiéndose sola en el mundo otra vez y con un hijo al que criar.
Sabía de ese miedo, yo aún lo sentía algunas noches, cuando me veía sola en Madrid con mis hijos y me consumía el temor por la responsabilidad.
—El bebé se fue, mi bebé se fue... —repetía como ida.
—Candela, lo siento. De verdad que lamento haberte dicho esto.
—Comencé a tutearla, me sentía fatal por la intromisión que había cometido y comencé a dudar—.
Yo, en realidad, no puedo estar segura, no estoy segura, pero es que...
Roque tiene datos que coinciden con tu historia y él... nació ese día.
—Roque... Tengo que verlo. Quiero verlo, por favor. ¡Tienes que traerlo aquí! ¡Yo lo vi! ¡Lo vi! Si lo veo, lo reconoceré.
—No puedes reconocerlo, Candela.
No fui capaz de decir nada más, nada sobre las dudas de Roque con respecto a las circunstancias de su adopción. Lo que le dije, sin embargo, sonó más duro y feo:
—Roque no se parece a ti.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Me llamo Macarena.
—Macarena, qué bonito nombre... —Me miró, y su mirada se había tornado en ese momento en la de una madre—. Macarena, ¿tienes hijos?
—Tengo dos hijos.
—Entonces sabes de lo que hablo. Tráelo, te lo suplico.
La niebla de la mañana había regresado con la caída de la tarde, sumiendo la carretera hasta Potes en una atmósfera fantasmagórica que también se había instalado en mi interior después de la perturbadora charla con Candela.
Aturdida, solo quería llegar a la habitación, darme una ducha y meterme en la cama sin cruzarme con nadie.
Había sido un día horrible, no había comido desde el desayuno.
Mareada como iba, solo pude intuir la figura que se perdió tras una esquina unos metros por delante de mí, cuando hacía a pie el corto trayecto que separaba el aparcamiento del hotel y en el pueblo ya solamente alumbraban las farolas.
Al paso por la intersección con una estrecha callejuela en la penumbra, me agarró del brazo y tiró de mí hacia el interior del callejón.