La Osa de Ándara 32. Santa María de Piasca
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32. Santa María de Piasca

Santa María de Piasca

Recogí a Salva y a Lavalle en Potes y nos apresuramos en llegar lo antes posible a las coordenadas que Millán me había enviado, donde él y Mansilla aguardaban.

Tomamos la salida hacia Piasca muy cerca del lugar en el que me había encontrado con Roque por la mañana.

El sitio al que íbamos estaba localizado jodidamente cerca de su pueblo, justo en la ladera contraria.

Vimos el lateral y la trasera de la iglesia en su conjunto desde el camino de acceso, tras unos pocos kilómetros de carretera de montaña.

Era perfecta, como sacada de una maqueta.

Si alguna vez tuviera que dibujar el alzado de un templo románico, tomaría de ejemplo la iglesia de Santa María de Piasca.

Se situaba en un pequeño valle debajo del pueblo, rodeada de huertos y árboles.

Paz, transmitía paz. Una que aprecié de forma muy intensa, regocijándome en el hecho de habernos adelantado.

Bajamos del coche en medio de un silencio en el que solo se oían el cantar de los pájaros y el siseo de las avispas, que parecían querer impedir nuestra inoportuna presencia.

Tenían razón: no era el sitio para que mataran a nadie.

Una placa con dos indicaciones testimoniaba su relevancia como lugar de culto: hacia la derecha, la concha y la flecha amarilla si el destino del peregrino era Santiago; la roja y la cruz lebaniega a la izquierda para quienes buscasen el perdón en Santo Toribio.

A Millán y a Mansilla los descubrimos una vez que cruzamos el acceso que parecía pertenecer a una casa particular.

Al resguardo de las viviendas y con los tendederos de los vecinos conviviendo con los muros de piedra, lucía espléndida la fachada principal del templo.

El cabo y el guardia aguardaban con evidente expresión de orgullo por haber encontrado el sitio, sentados en la escalinata de enfrente.

Desde donde estaban, podía admirarse casi al mismo nivel el friso sobre la puerta con tres figuras: la Virgen con el Niño en el centro, flanqueada por dos imágenes masculinas.

La figura de la izquierda portaba unas llaves, «san Pedro», deduje.

La otra, tenía un libro en la mano. Bajé para ver la puerta de cerca, absorta y mimetizada con la espiritualidad que emanaban las piedras anaranjadas.

Los cuatro me siguieron. En los capiteles distinguí a las bestias: grifos, dragones, basiliscos, centauros...

Allí estaban reunidos todos esos animales fantásticos que representaban el conflicto de los que Candela Cruz Begides me había hablado.

—El dos —musité.

—¿El dos? El número pintado en la piedra de Alessia Conti —hiló Salva de inmediato.

—El dos es el bestiario. El dos representa la dualidad, el conflicto. Sí, es aquí. ¿Dónde está la lanza?

Hablábamos todos muy bajito, como si allí nuestras voces estuvieran de más.

—Mira un poco más abajo —me indicó Millán.

Concentrada en los capiteles, no había reparado en el relieve de la columna en el que se representaba una suerte de ángel con el rostro ultrajado entre las dos alas, un libro en su mano izquierda y en la derecha una lanza.

—Es el arcángel san Miguel luchando contra un dragón. Lo hemos leído en internet —explicó el guardia Mansilla.

—Tenemos que vigilar este sitio —me dirigí a Lavalle—.

Vamos a pedir cámaras, así no lo espantamos.

Que instalen una con buen ángulo controlando la iglesia, que la oculten en una piedra o donde puedan, y otra abajo que nos dé margen, al principio del camino —dije entonces para Salva, por evitar ordenar a la capitana.

—Yo me encargo —respondió, sin embargo, rauda, Lavalle.

—Te lo agradezco. ¿Qué hay de la búsqueda de antecedentes en la zona acotada? ¿Tenemos algo?

—Siguen con ello, espero poder decirte algo esta tarde o mañana.

—Bien. Vosotros —indiqué a Millán y a Mansilla, que me miraban ya esperando instrucciones—, buscad a cualquier ser viviente en el entorno.

Necesitamos saber si han visto a alguien merodeando por aquí, cualquier cosa que les haya llamado la atención.

Y tú, Salva, llama otra vez a María Hueso.

Asegúrate de que haya alertado a toda su lista de contactos del peligro de recibir o haber recibido un colgante.

—¿Estás segura? —me preguntó.

—Llámala. Luego me contáis, tengo que hacer una gestión.

Hice varias fotos al azar de las bestias que adornaban el pórtico de la iglesia y me marché.