31. Niebla
Niebla
Quedé con Roque Medina muy temprano para nuestra excursión al monte Hozarco.
Me había enviado la ubicación del punto en el que iba a esperarme, una venta de carretera en Puente Asnil.
Antes de partir, propuso desayunar en el mismo sitio para que yo probase la famosa torta: un pan redondo, muy fino y casi sin miga que, según él, era el mejor del mundo.
Después, se ofreció a conducir mi coche y nos fuimos directos a la senda.
Otra vez tomamos el desfiladero arriba y el mismo desvío del primer e infructuoso intento con Salva.
Era una mañana blanca. Un banco de niebla espesa, que limitaba la visibilidad incluso a escasos metros, se aferraba a la montaña retando la omnipresencia de los Picos; la sempiterna silueta del macizo borrada de un plumazo.
Si toparme con ellos a todas horas había llegado a parecerme angustioso, perderlos de vista me resultó entonces extrañamente desconcertante.
Continuamos serpenteando el camino que Roque conocía bien y, antes de arriesgarme a perder cobertura, les puse un mensaje a mis compañeros para excusar mi ausencia y pedirles que continuaran con el reconocimiento de las iglesias.
Debían seguir buscando algún rastro de la lanza en cualquier templo de Liébana que quedara dentro del círculo que se había convertido en nuestro objetivo.
Cuando llegamos al cruce que a Salva y a mí se nos había pasado aquel día, aparcamos el coche junto a una pequeña ermita.
Nos adentramos en la senda mitológica, que nos sumergió en un esplendoroso bosque de encinas, robles, castaños y otros árboles que yo no alcanzaba a identificar.
Sus hojas muertas caían tejiendo una alfombra que cubría el camino junto a la ladera de la montaña.
En sus troncos, algunos lucían inquisitivos ojos que nos observaban.
Los seres mitológicos se fundían con las ramas en las que estaban representadas sus cuevas.
Los primeros personajes que encontramos recordaban a duendes juguetones, pero pronto alcanzamos una figura femenina que no me resultó tan divertida.
Me quedé pasmada ante su aspecto sanguinario.
Tenía un rostro aterrador y en su boca unos colmillos como de jabalí.
De su espalda colgaban lo que parecían unos pechos y lucía una mata de pelo enmarañada. Ni sus manos ni sus pies eran humanos.
—¿Qué pasa? ¿Te da miedo? —me preguntó cariñoso Roque.
—¿Es la Osa de Ándara?
—No es la Osa de Ándara; es la Ojáncana. Tranquila, solo se come a los niños que se pierden en el bosque —dramatizó alargando las sílabas.
Me calmé.
—Oye, Roque, ¿sabes mucho de mitología o qué?
—Será la morriña. Soy gallego, ¿recuerdas? Gústanme os contos. 4 1
—Como dominas tanto la comarca, nadie diría que solo llevas aquí unos años.
—Ten en cuenta que me la he recorrido bien, sobre todo al principio. Durante unos años me pateé cada pueblo de Liébana buscando a mi madre.
—Entonces, ¿llegaste a conocerla?
—No, nunca logré encontrarla. Ya es agua pasada.
—Pero ¿por qué? ¿Desististe?
—Digamos que un día entendí que ni yo en realidad la necesitaba ni ella se interesaba por mí, nunca había hecho nada por encontrarme. Y dejé de buscarla. Mira, ese es el Musgoso. —Cambió de tema—. Toca la flauta para avisar de que el Ojáncano ronda.
El Musgoso era otro ser que debía de recibir el nombre del musgo que le recubría el gorro y las vestiduras.
Según Roque, advertía a los pastores de la llegada de las tormentas.
Después me habló de otro personaje que disimulaba sentado en una rama en las alturas.
El Tentirujo era un duende de orejas puntiagudas que conjuraba y engañaba, y que solía portar brotes de mandrágora que utilizaba para hacerse invisible y cometer sus fechorías sin ser visto.
—¿Qué quieres decir con que ya no la necesitabas?
Roque continuó caminando por la senda callado.
—Perdona, no quiero parecer una cotilla —me excusé.
—No importa, es que ha pasado tiempo y está superado. Antes de venir aquí yo había tenido algunos problemas y esperaba que ella pudiera ayudarme a empezar de nuevo.
—¿Qué clase de problemas?
Volví a disculparme de inmediato por la pregunta.
—Malas compañías —resumió.
En ese momento dudé de si mi acercamiento con Roque Medina no había sido una temeridad desde el principio. No sabía nada de él, me había contado la historia de su vida, pero ni siquiera sabía a qué se dedicaba.
Me sobresalté al toparme con la cabeza de un dragón con alas que emergió de repente de la niebla. Más de cerca pude ver su cuerpo de serpiente.
—Con este hay que tener más cuidado. El Culebre sí que se come a los seres humanos —me dijo sigiloso, acercándose mucho a mí.
A pesar de que acababa de dudar de él, no me dio miedo su cercanía. Si me hubiera besado, seguramente no me habría resistido. Pero en lugar de eso me agarró la mano, me hizo girar sobre mis pies y, desde atrás, me susurró:
—Te presento a la Osa de Ándara. Hemos llegado al final de la senda.
Era una mujer forzuda de pies y manos grandes, con garras y cubierta de pelos. Se apoyaba en un palo de madera para caminar y llevaba un babi viejo y rasgado como de maestra de guardería.
Me deshice de los brazos de Roque y me acerqué a la figura. Tenía los ojos muy juntos, la nariz deformada y unas profundas arrugas en el rostro. Tal y como había dicho Mateo Cayón, era fea, muy fea.
A su espalda, la niebla se disipaba y se intuían de nuevo las montañas. Desde la terraza del mirador a la intemperie, la vista alcanzaba el cañón del desfiladero de La Hermida. Los Picos de Europa, al fondo, seguían ahí. Roque los miraba como hipnotizado.
—Igual no deberías desistir —le dije. Me miró extrañado.
—¿Qué quieres decir?
—Tu madre. Tienes derecho a conocerla.
—Todo lo que sé de ella es que vive por Camaleño y que es o fue profesora en la universidad. Nació en Madrid, como yo, fue allí donde me dio a luz. No sé cómo se llama, pero sí su apellido.
—¿Cómo lo averiguaste?
—El padre del que fue mi mejor amigo también lo era del mío. Los dos murieron, mi amigo y mi padre. Y a mí ya nada me ataba a Galicia. Antes de partir, él me contó la parte de la historia que mi padre se había llevado a la tumba. ¿Recuerdas aquel trozo de papel arrancado del que te hablé?
Lo recordaba.
—Fue él —prosiguió—. Me da pudor hablar de ello, lo siento como una traición a mi padre. Pero fue él quien lo arrancó, y ahí figuraba su apellido: Expósito.
Un escalofrío activó mi subconsciente y me recorrió el cuerpo.
—Y, con toda esa información, ¿no lograste encontrarla? —le pregunté desconcertada.
—No había ninguna Expósito en la universidad, ni tampoco hay ninguna Expósito censada en Camaleño.
—Quizá yo pueda ayudarte.
—Te lo agradezco, pero no es necesario. Hace tiempo que esa herida cerró y no me gustaría volver a hurgar en ella ahora que está cicatrizada.
Un puñado de notificaciones sonaron pisándose cuando mi teléfono recuperó la cobertura. Tenía llamadas de Lavalle, de Salva y de Millán, y varios mensajes de WhatsApp del cabo. El último era una ubicación; el anterior, una foto que no llegué a abrir porque antes leí lo que me había escrito encima:
Brigada, hemos encontrado la lanza.