La Osa de Ándara 30. Albarcas
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30. Albarcas

Albarcas

Cuando Lavalle vea en la pantalla de su teléfono el nombre de Macarena, estará siguiendo a Roque Medina. Había anochecido cuando lo ha vuelto a ver merodeando por el puesto y, guiada por un impulso, se ha subido al coche y ahora va tras el vehículo de ese tipo que no le gusta un pelo.

Para cumplir con el recado de Lago y evitar verse en la tesitura de no tener nada que decirle cuando le pregunte, desde el mismo coche y en manos libres se afana en proceder con las llamadas que le ha encargado.

Con el ímpetu del seguimiento, se le ha pasado pararse a pensar en quién delegar la gestión, pero lo cierto es que tampoco tiene a quién pedírselo con confianza y casi prefiere hacerlo ella.

Va a ponerse, pero desiste cuando Roque Medina se para en una gasolinera; tiene que concentrarse en buscar la forma de que no la vea y, al tiempo, asegurarse de no perderlo de vista.

Aguarda haciendo como que va a rellenar el aire de los neumáticos, lo que justifica que esté agachada, oculta tras el lateral del automóvil.

Una vez que el hombre retoma su camino, continúa con disimulo tras él, dejando que se interponga entre ellos otro vehículo.

Piensa que es más prudente adelantarlo, pero no tiene la menor idea de cuál va a ser su destino y teme perderlo si se decide a tomar alguna salida.

Aprovechando la marcha, comienza con la ronda de llamadas, dedicándole a la tarea el segundo plano de su atención.

Ni el padre de Alessia Conti ni la familia de Lovrić saben nada de ningún colgante; no le extraña, ambos estaban en Cantabria lejos de su círculo cercano.

Ha dejado para el final los contactos que más le cuestan, temiendo cómo puedan reaccionar con ella después del trato que les profirió el día que se conocieron.

Es la hermana de Santana quien atiende su llamada, sin embargo, de forma educada y colaborativa.

La chica le dice que no sabe nada de ningún colgante y le sugiere preguntar a la compañera de piso de Yeray.

Justo cuando va a telefonearla, ve que Roque Medina toma la carretera hacia el valle de Cabezón, momento en que le entra la llamada de Lago.

—Dime, Macarena, estoy conduciendo.

—Te estaba buscando, necesitamos ayuda de los tuyos.

—¿Puede esperar a mañana? —le pregunta sin quitarle la vista de encima al vehículo del hombre al que le va marcando los pasos.

—Sé que es tarde, pero es importante. Tenemos una lista de posibles municipios de residencia del sospechoso y necesitamos cruzar...

—¿Macarena? No te oigo bien, se corta. No te... no te oigo —simula—. Mejor, escríbeme.

Roque Medina detiene el coche en el arcén de la travesía, a la altura del ayuntamiento de Cabezón de Liébana; ella estaciona el suyo a unos veinte metros de distancia y apaga las luces.

Lo ve apearse del vehículo, abrir el portón trasero y entrar en un garaje con las albarcas que lleva en el maletero.

Por la tarde, mientras hacía como que hablaba por teléfono, le ha parecido oír como le decía a Macarena que ni el coche ni las albarcas eran suyas.

Unos diez minutos después, Roque Medina sale del garaje acompañado de otro hombre que le entrega una cantidad de dinero y lo acompaña hasta el coche.

Roque retoma la marcha en la misma dirección que llevaban y, una vez que rebasa el camping, acciona el intermitente a la izquierda.

Lavalle lo ve salirse por una carretera que se adentra en un valle en el que, según los indicadores, se alcanza Perrozo en dos kilómetros.

Hasta su pueblo no se atreve a ir tras él por miedo a que la descubra.

Desde el mismo coche revisa el mensaje de Macarena con la lista de municipios en los que deben comprobar si hay alguien con antecedentes por delitos violentos.

En el listado no figura Perrozo. Antes de darle a reenviar para hacerle llegar el encargo a su gente, añade otro guion en la lista y lo incluye.