La Osa de Ándara 29. El círculo
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29. El círculo

El círculo

Después de la discusión con Lavalle, necesitaba tomarme un respiro.

Sabía que ella estaba en lo cierto en cuanto a los efectos que podía desatar generar alarma en torno a los colgantes.

Seguramente por fastidiarla a ella y también a Salva, a quienes Roque no les gustaba un pelo, acepté su ofrecimiento de almorzar juntos aprovechando que él andaba por allí.

El encuentro me hizo bien. Me relajé y regresé más calmada al puesto. Su compañía me resultaba muy agradable.

Antes de despedirnos, le pregunté si sabía dónde podía imprimir un mapa de Liébana de buen tamaño.

Propuso entonces acompañarme a una librería copistería que quedaba en la entrada del pueblo y después me llevó de vuelta al puesto.

Cuando abrí su maletero para recuperar el plano que los de la imprenta me habían entregado en una funda tubular protectora, vi unas preciosas madreñas que me llamaron la atención de inmediato.

No imaginaba que Roque usase ese calzado de madera tan rústico que los campesinos solían llevar para caminar por el monte. Lucían brillantes y relucientes.

—¿Te gustan? Te las regalaría, pero no son mías. El coche es de un vecino del pueblo, suele prestármelo a menudo.

—Las he visto por aquí en las tiendas, pero creía que eran un artículo de souvenir ; no pensé que todavía se utilizaran. Y estas parecen mucho más auténticas.

—No verás a la gente con ellas por Santander —bromeó—, pero en los pueblos las albarcas aún se calzan. Son lo mejor para andar por el campo.

—¿Las qué?

—Albarcas, es como se llaman en Cantabria.

Cuando Roque bajó el portón del maletero, vi que la capitana hablaba por teléfono en la puerta del puesto y nos miraba con disimulo.

Por sus gestos, tuve la duda de si realmente había alguien al otro lado de la línea o solo simulaba la conversación.

Con más alivio observé también que la cuadrilla de brujas había abandonado su puesto de observación.

—Tengo que volver al trabajo —le dije a Roque.

—Claro. Te llamo, ¿no?

—Oye, Roque, ¿tú me acompañarías a un sitio?

—Adonde quieras y cuando quieras.

—¿Sabes dónde queda el monte Hozarco?

—Pues claro, pero ¿por qué te interesa ese sitio? Si es por hacer senderismo, hay rutas mejores.

—Lo he visto en internet. Te aviso cuando me organice, si te parece.

Tras despedirme de él, entré y le pedí a Salva que me ayudase a despejar la mesa para extender el mapa de la comarca.

—¿Qué hacemos con esto, Maca? —me preguntó mostrándome una carpeta que llevaba días rodando entre el material.

—¿Qué es eso?

—Las fotos del Sherlock Holmes de Liébana —bromeó.

Eran las fotografías de Lebeña que el ciudadano empeñado en colaborar con nosotros nos había entregado hacía semanas y a las que no les habíamos hecho ni caso. No solo por su origen, sino porque en ellas no se distinguía nada. Algunas marcas en el suelo y rodaduras fuera de contexto.

—¿Has visto esta? —Salva me mostró una de las fotos en la que se veían excrementos salpicados de puntos rojos que parecían algún tipo de fruto o semilla.

—Vaya, parece que a alguien se le aflojó el vientre. Eso es... ¿un montón de mierda? —le seguí la broma.

—Un montón de mierda de oso. —Irrumpió Lavalle en la sala y en la conversación—. Lo rojo son bayas. Pero, tranquilos, no son de la famosa osa. Todos cagan igual.

Por evitar otra discusión, preferí obviar su comentario, que no hizo más que acrecentar mi interés, cuando acababa de pedirle a Roque que viniese conmigo a la senda mitológica.

—Deja las fotos y ayúdame con esto, Salva, por favor.

Extendimos el mapa en la mesa y marcamos los puntos que se correspondían con las tres escenas del crimen.

En su lugar exacto los de Lebeña y Lomeña, y más o menos certero el de Áliva, en la zona del macizo que Lavalle indicó como más aproximada al punto en el que se encontraba la ermita de la Santuca.

Una vez culminada esa tarea, les pedí que me dejaran a solas para lo que quería hacer a continuación: llamarme con las dos compañeras que a distancia me ayudaban con el perfil.

Era en realidad a Lavalle a quien no quería presente, pero tuve que deshacerme de los dos por no agraviarla descaradamente.

Les pedí de paso que hicieran algunas gestiones.

A la capitana, cuidándome de que sonara a orden, me atreví a sugerirle que llamase a los contactos más cercanos de las tres víctimas para preguntarles si habían visto a sus familiares o amigos con los colgantes y, en ese caso, si sabían desde cuándo los tenían y de dónde los habían sacado.

A Salva, le pedí que se comunicara con María Hueso y la interpelara sobre el mismo asunto.

—He recapacitado —dije mirando a Lavalle—. Antes de lanzar la bomba, vamos a intentarlo de forma más cauta. Le pediremos a María Hueso que mueva discretamente la información entre su círculo y a ver qué puede decirnos.

—¿A María Hueso? Pero ¿y si está implicada? Es nuestra única conexión con las tres víctimas —me recordó escéptico Salva.

—Lo sé, pero si lo hacemos público, se va a enterar igual.

Y, aun en el caso de que ella supiera algo, es una forma de presionarla.

Nos vendrá bien ver cómo reacciona. Lo que parece es que nuestro hombre, o nuestra mujer, actúa movido por el poder, en busca de reconocimiento o de algún tipo de venganza.

Si quiere notoriedad, antes o después cometerá algún error.

Y si Hueso no tiene nada que ver con el asunto y de verdad conoce a todos los artistas de la tierra, nadie mejor que ella para ponerlos en alerta sin necesidad de acojonar a toda la población.

¿Cómo lo veis? —les consulté buscando adherirlos a la estrategia.

—Corremos el riesgo de que termine saliendo a la luz, pero algo tenemos que hacer —me apoyó entonces Lavalle.

—De acuerdo, pero, si no te importa, prefiero decírselo en persona y ver qué cara pone cuando se lo cuente —sugirió Salva, y me pareció bien.

Me sentí un poco ridícula mirando el mapa que tenía sobre la mesa, que por suerte no alcanzaban a ver mis interlocutoras.

En su lugar, ellas estaban trabajando con la ayuda de un software específico para la definición del perfil geográfico.

Era lo que tenía haber estado fuera de juego; la tecnología siempre presta a dejarnos obsoletos a la primera de cambio.

Eso sí, estaba al tanto de la teoría. Los asesinos seriales tienden a elegir como escenarios lugares que encierran un significado especial para ellos; hasta ahí teníamos las iglesias.

Y, además, sabíamos que si actúan varias veces en una misma zona, debemos entender que esta les resulta familiar de algún modo, ya sea porque es donde residen o trabajan.

El mapa que dibuja el criminal no es una fantasía, sino el reflejo de cómo interactúa con el espacio.

La subteniente Castro nos compartió en su pantalla el de los crímenes que ofrecía el programa informático. El perfil geográfico podía ayudarnos a aproximar el sitio en el que vivía o en el que tenía su base de operaciones a partir de los lugares en los que habían aparecido las víctimas.

—Fíjate en el mapa —comenzó Castro—, hemos marcado los tres puntos conocidos: Áliva, Lebeña y Lomeña.

A partir de ahí, trazamos una circunferencia tomando como referencia las dos ubicaciones más alejadas.

Según la hipótesis del círculo de Canter, la vivienda de nuestro objetivo debe estar dentro del círculo.

El programa nos arrojaba un área circular que abarcaba gran parte de la comarca, en cuyo centro aproximado quedaba el monasterio de Santo Toribio y que abarcaba Potes, un buen trazado de la carretera nacional 621 y todos los municipios que la circundaban.

Incluso rebasaba al noroeste el límite con Asturias.

—El primer crimen suele producirse en una zona más o menos cercana a su casa, un lugar en el que se siente cómodo, que llamamos «zona de oportunidad» —explicó la subinspectora—. Pero no tan cerca como para que cualquiera pueda reconocerlo.

—Descartaría la zona más montañosa —opiné—.

Cuando actuó en los Picos fue aprovechando un día de romería y, además, creemos que ese fue circunstancial.

Por allí es muy difícil moverse y debe tener una forma de abandonar rápido el escenario del crimen y regresar a su guarida.

Además, lo más probable es que viva cerca de donde se cometió el primero, ¿no?

—pregunté—. Para lo que nos ocupa, daría por bueno que nuestro primero es Lebeña.

—Lo más seguro es que su residencia sea cercana al centro del círculo —continuó Castro—. Además, lo que parece es que los crímenes son bastante emocionales, lo cual refuerza que viva cerca.

Consulté en mi teléfono el mapa web e hice zoom sobre Santo Toribio.

—El centro es el monasterio. Los pueblos más cercanos —relaté leyendo de nuevo el listado que ofrecía el programa— son Potes, Mieses, Turieno, Beares y, algo más lejos, Camaleño, Cabezón de Liébana...

Vamos, casi todo el valle. Y los que no salen ahí, pero en los que también vive gente —lamenté sobrepasada.

—No te ofusques, brigada, peor sería tener que buscarlo en Madrid —me consoló la poli.

—Pues sí, ahí estoy contigo.

—Seamos positivas, chicas. Esto nos dice más cosas —retomó la subteniente—. Como que, si vuelve a actuar, lo hará seguramente en esta misma área.

—Tengo a dos agentes buscando un probable escenario futuro siguiendo una pista del último —les anuncié refiriéndome a Millán y Mansilla, que seguían buscando la lanza.

—Pues yo que tú les diría que pongan el foco en el círculo.

Cuando dimos por terminada la reunión, seguí el consejo de mis colegas.

Llamé al cabo y les pasé la captura del mapa para que se centraran en visitar las iglesias que quedaban dentro de la zona que habíamos definido.

Después, me concentré en volver a repasar los días y horas en los que se habían producido los hechos, que habían sido lo mismo en festivo y fin de semana que en día laborable.

A juzgar por los horarios, eran casi compatibles con cualquier empleo, siempre y cuando el individuo trabajase cerca o pudiera desplazarse con facilidad.

Lo que era seguro, teniendo en cuenta los lugares recónditos y de difícil acceso que había elegido, era que debía moverse en un vehículo que le permitiera salir rápido del sitio, sobre lo que no habíamos contado con ninguna pista.

Anoté esa reflexión para retomarla y, con el listado de municipios en la mano, salí a buscar a Lavalle con la intención de pedirle apoyo de la gente de su comandancia.

La idea era que nos ayudasen a buscar a cualquiera con antecedentes por delitos de sangre en esos lugares.

Como no la encontré en el puesto, la llamé para hacerle el encargo.

Después, le dejé un mensaje a Roque para preguntarle si le venía bien fijar la excursión al monte Hozarco para la mañana siguiente.