28. Estela solar
Estela solar
Laura Lavalle llega a Potes el lunes antes de las nueve de la mañana, esperando reunirse con el equipo.
Tiene las conclusiones del informe de autopsia y de tóxicos de Alessia Conti que el doctor Zaballa le ha enviado, pero no encuentra rastro de sus compañeros.
Un grupo de mujeres apostadas como de guardia frente al puesto observa sin disimulo los dubitativos movimientos de la capitana, que no atina a resolver qué hacer.
Los comentarios que circulan por la zona sobre la Osa de Ándara le gustan tan poco como las noticias sobre el asesino en serie.
Declina la primera intención y, en lugar de llamar a Macarena, marca a Mansilla.
Algo le dice que la han dejado fuera del plan.
El guardia la informa de que han recibido temprano un mensaje de la brigada y que a esa hora él y el cabo Millán están de ruta recorriendo las iglesias de la comarca.
Un tanto abochornada, trata de mantener la percepción de autoridad a ojos de su subordinado, haciendo como que sabe de lo que le habla, aunque no tiene la menor idea de qué se traen entre manos.
Sin noticias de Macarena ni del sargento primero, resuelve tomarse un café para hacer tiempo a ver si dan señales.
Se sienta en una mesa del interior del bar más cercano al puesto y ve que el tipo del teleférico, el tal Roque Medina, hace lo propio en la terraza.
De sobra sabe cómo se llama porque, al igual que al sargento primero, no le gustó el día que, a juicio de ambos, se hizo el encontradizo con la brigada.
Lavalle le pide al camarero que suba el volumen del televisor al ver en pantalla la imagen de la portavoz que habitualmente da la cara ante los medios para difundir las versiones oficiales —o las versiones que pueden contarse— de los asuntos de la Unidad Central.
La teniente coronel en escena confirma que la posibilidad de que las víctimas de Lebeña y Lomeña lo sean del mismo sujeto es la principal línea de investigación que se maneja, amparándose en el secreto de las actuaciones para no ofrecer mayor detalle.
Al tiempo, lanza un mensaje de tranquilidad a la ciudadanía y recuerda la forma en la que debe proceder quien tenga alguna información que pueda ser de utilidad a la investigación, apelando a la sensatez y a la responsabilidad colectiva; que es más o menos lo que dice con otras palabras.
La perspectiva de lo que se les viene encima no es muy halagüeña, sabiendo ya lo que suele ocurrir cuando se da un mínimo de alas a la colaboración ciudadana.
Cuando la señal televisiva deja de resultar de su interés, vuelve a fijarse en Roque Medina; sigue sentado fuera.
No sabe si Soler finalmente ha indagado algo, cosa que ella sí ha hecho.
Busca en su teléfono las notas que tomó cuando comprobó su filiación: Roque Medina Andrade, nacido en Madrid, con domicilio en Perrozo, DNI y permiso de conducir en vigor, sin antecedentes ni detenciones que consten.
Limpio, no está fichado. No tiene vehículos de su titularidad en los registros de Tráfico.
Busca en el mapa dónde queda la localidad, que le suena de Liébana sin terminar de ubicarla.
Es un pueblo pequeño cercano a Cabezón. Indaga algo más sobre el sitio y, entre lo poco que aparece del lugar, se topa con las fotos de la iglesia parroquial.
No le hubiera prestado atención de no ser por el comentario que le ha hecho Mansilla, eso de que están visitando templos.
Llama al guardia y, haciéndose de nuevo la informada, le pregunta si llevan en su lista la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Perrozo.
—Negativo, mi capitán, esa no.
—Pues anótala, Mansilla. Si no os desvía mucho, pasaos también. —Le da la indicación sin saber ni ella lo que significa.
—A la orden, a ver si suena la flauta y encontramos allí la lanza. ¿Ordena alguna otra cosa?
—Es todo.
Se despide presa de la curiosidad sin entender nada. Abandona el local para volver al puesto y pasa intencionadamente junto a Roque Medina, que la saluda con entusiasmo y le pregunta por Macarena.
—Es usted su compañera, ¿verdad?
—Sí, pero no hemos coincidido hoy. No puedo decirle, lo siento. —«¿De qué va este tío?», se pregunta.
Cuando la capitana regresa al puesto, una mujer a la que ha visto antes conversa exaltada con una guardia que trata de explicarle que debe esperar.
La ubica al reconocer al joven que aguarda sentado con gesto enfurruñado.
Es Mateo Cayón, el testigo de Lebeña que encontró el cuerpo de Yeray Santana en la iglesia.
—Mire, aquí está la capitán Lavalle, igual ella puede atenderles —dice la guardia aliviada al verla llegar.
—Buenos días.
—¡Menos mal! El teléfono no deja de sonar desde el comunicado.
—Qué sorpresa... Yo me encargo.
—¡No, mamá! ¡Ella no! Solo hablaré con la otra —niega Mateo Cayón.
—¡Tú hablarás con quien yo diga! —lo reprende su madre.
El jodido muchacho se suma a la lista de los que están en su contra esta mañana.
—Mateo, mi compañera no está, pero puedes hablar conmigo, ya nos conocemos. Hablamos el primer día, ¿recuerdas?
—¡Que no! ¡No, no y no! —concluye rotundo.
—Está bien, hagamos una cosa. Trataré de localizar a la brigada Lago, ¿de acuerdo? Pero si ella dice que no puede venir ahora, entonces tendrás que hablar conmigo, soy la capitana.
No parece muy convencido.
—Ay, Dios mío, este muchacho me va a matar —se lamenta la mujer.
—Tranquila, acompáñenme, por favor. Venga, Mateo, vamos a llamar a la brigada.
Como si la hubieran invocado, Macarena irrumpe en el puesto al tiempo que Lavalle dirige a uno de los despachos a Mateo Cayón y a su madre. El rostro del chico se relaja de inmediato al verla entrar junto a Soler.
—Mateo, pero qué sorpresa, ¿qué te trae por aquí?
—Te estábamos esperando, quiere decirnos algo —explica Lavalle.
—A ella, se lo diré a ella.
—Mateo, ¡ya está bien! Hala, sácalo ya —apremia la madre.
La brigada se sienta frente a Mateo Cayón y su madre. Lavalle y el sargento primero se sitúan de pie tras ella. El chico se levanta e introduce la mano ceremonialmente en el bolsillo derecho de su pantalón. Antes de enseñarles lo que sea que oculta, hace una pausa.
—Te lo enseño, pero me tienes que hacer el favor de no regañarme. Me tienes que hacer el favor.
—El favor..., ya —responde Macarena—. Enséñame lo que guardas en el bolsillo. Va, confía en mí.
La madre se apoya lastimosamente sobre la mesa y comienza a llorar al tiempo que Mateo Cayón saca de su bolsillo un colgante ensangrentado. La inhalación forzada de los tres guardias se oye al unísono.
—Mateo..., ¿desde cuándo tienes eso?
Lavalle se enfunda unos guantes y toma con cuidado el colgante por el cordón para depositarlo sobre una hoja de papel.
—Venga, cuéntaselo. Diles la verdad —le ordena su madre entre sollozos.
—Es del muerto. La sangre es del muerto.
—¿Cómo sabes que es de él? —le pregunta Macarena paciente.
—Se lo quité. Lo llevaba en el cuello y yo se lo quité.
—Se lo quitó para que no se ahogara —excusa la mujer—. Explícaselo bien, que te vas a meter en un lío, hijo.
—Tenía mucha sangre y se lo quité para que respirara. Pero cuando vi que estaba muerto me lo guardé en el bolsillo —reconoce.
—A ver, Mateo. A ver si lo he entendido bien. Te lo guardaste en el bolsillo; ¿qué fue lo que hiciste justo antes?
—Le toqué la cara, la tenía muy fría.
—¿Y entonces le quitaste el colgante?
—Sí, para ver si respiraba. Pero estaba muerto. Y me lo guardé.
—¿Por qué lo hiciste, Mateo?
—Porque lo había tocado, agente.
—Está bien, tranquilo. No te va a pasar nada. ¿Alguien más lo ha tocado?
—Yo, yo lo he tocado —admite la madre—. Lo encontré anoche en su mesilla de noche. Cómo iba yo a saber que...
—Tranquila, tranquila. Habéis hecho bien en traerlo. Tendremos que tomaros una muestra de ADN para descarte, para ver si hay rastro de alguna otra persona que pudiera tocarlo. De modo que necesitamos vuestras muestras para analizarlas y encontrar las que necesitamos. ¿De acuerdo?
La madre de Mateo Cayón es un mar de lágrimas. El chico, por el contrario, parece entusiasmado. Lavalle y Soler escrutan el colgante, que es notoriamente parecido a los abalorios de Lovrić y Alessia Conti, pero luce otro grabado. Como si estuviera al día de lo que los motiva, Mateo aún añade:
—Es un seis —dice sigiloso, mirando cómplice a Macarena.
—¿Un seis?
—Sí, una roseta. —Se acerca un poco más a Lago para concluir la confidencia—. Como las de los canecillos de la iglesia —le susurra.
Una patrulla lleva a Mateo Cayón y a su madre de vuelta a Lebeña para evitarles pagar otro taxi tras tomarles declaración y las muestras indubitadas.
La capitana se ofrece a custodiar la prueba y llevarla personalmente a Santander.
Después, comparte con Macarena las conclusiones del informe del forense.
—Se confirma lo que el doctor Zaballa vio en la escena: Alessia Conti murió de la pedrada en la cabeza y la lanzada fue post mortem . Ah, y nada de tóxicos. No había consumido ningún tipo de sustancia.
—¿Estamos seguros de eso? —duda Lago.
—Por supuesto. Zaballa me ha pedido que te transmita de forma específica que no había estramonio en su organismo.
—Ya, no usó el veneno.
—Tendríamos que ir descartando que el asesino tuviera que ver con eso, solo apareció en Yeray. Puede que, simplemente, lo consumiera.
A pesar de que Macarena no se molesta en apreciar su conclusión, Lavalle no se corta en pedirle cuentas.
—Macarena, ¿me puedes explicar qué está pasando?
—¿Qué quieres decir?
—El ambiente en el pueblo está cada vez más caliente. Esos comentarios sobre la Osa de Ándara no van a traer nada bueno.
—Será mi culpa también lo que hable la gente...
—Estás dando pasos sin contar conmigo, Macarena.
Podrías haberme dicho que iba a haber una rueda de prensa.
He tenido que enterarme por Mansilla de que andan por ahí inspeccionando iglesias y no tengo la menor idea de por qué.
Y ese chico, el testigo, hablabais como si me hubiera perdido algo importante. Creía que estábamos juntas en esto.
—Y lo estamos, pero no puedo estar informándote a cada minuto de lo que hacemos.
—Se te olvida...
La brigada no la deja terminar:
—¿Que eres mi superiora? No, no se me olvida. Igual es a ti a quien se le olvida que soy yo quien dirijo esta investigación. O quizá lo que te pasa es que eso te jode y te niegas a aceptarlo. Además, si estuvieras aquí con nosotros, igual no estarías tan perdida.
—Te estás sobrepasando, brigada.
—Maca, cálmate —intercede el sargento primero agarrando la mano de Macarena—. Todos estamos juntos en esto, somos un equipo. Lo último que debemos hacer es enfrentarnos, no nos beneficia en absoluto.
Como queriendo aparentar serenidad tras la llamada de atención de Soler, aunque aún con evidente desgana, Macarena la pone al día de lo que han averiguado en torno a la numerología y de la razón por la que el resto del equipo recorre a esas horas los templos de la comarca.
Además, la informa de que van a filtrar la principal línea de investigación que manejan.
No solo que las tres muertes son obra de una misma persona, sino también que las tres víctimas halladas hasta la fecha han recibido un colgante con un cordón de yute.
Lavalle, obligándose a resultar también conciliadora, trata de hacerla entrar en razón, chocando de nuevo con la testarudez de Lago.
—Laura, te estoy informando como me has pedido. No te estoy pidiendo opinión —sentencia Macarena.
Ante la contundencia de la brigada, Lavalle se opone de modo más rotundo. No es partidaria de airear la pista de que disponen y, aún menos, de hacerlo mediante una filtración oportunista:
—Se nos irá de las manos, Macarena. Vas a generar una alarma social y nos va a estallar en la cara.
—A ver cómo te lo explico, Laura. Los colgantes no solo marcan a las víctimas; indican dónde va a actuar.
Lovrić llevaba la cruz del escudo de Camaleño y lo mató el día de la romería; Alessia Conti, la concha bautismal de la iglesia de San Juan.
Y ahora sabemos que el collar que portaba Santana lucía la roseta de Santa María de Lebeña.
Y, después, están los números. Dejó un dos en Lomeña.
Eso certifica que la obra está inconclusa. ¡Que esto no ha terminado, capitana!
—Pues sigamos buscando ese lugar, pero no lo hagas público, Macarena.
—¿Que no lo haga público? ¡Ya es público, Laura! ¿No has visto a esas mujeres ahí fuera? ¿Qué crees que están haciendo?, ¿tomando el fresco?
—Te lo ruego, piénsalo, valora las consecuencias.
—De verdad que no te entiendo. Hace dos días me atacaste por mostrarme precavida con el asunto de los colgantes. ¿Es por llevarme la contraria o lo haces solo para provocarme? ¿Y tú quieres que yo me calme? —Dirige la última pregunta retórica a su compañero.
—Pero ¿qué insinúas? No tengo nada contra ti —se queja Lavalle.
—Capitana, mi decisión es firme y estoy al mando. O la apoya sin reservas o está fuera del caso —zanja la brigada marcando distancias entre ambas.
—Venga, Maca. No nos precipitemos —se interpone otra vez Soler.
—¿Tú de parte de quién estás, Salva? ¿No ves que es imposible que nos entendamos?
Lavalle percibe la decepción de Macarena, seguramente demasiado habituada a que su compañero le baile el agua y poco acostumbrada a que la cuestione. No puede evitar sentir una pizca de vanidad.
El teléfono de Macarena, sobre la mesa, comienza a vibrar a la vista de Lavalle y de Soler; quien la llama es Roque Medina. La brigada sale del despacho para atender la llamada.
—Me he encontrado con ese tío hace un rato en el bar de enfrente, me ha preguntado por ella. ¿Qué se trae con él? —le pregunta a Soler.
—Eso no es asunto mío.
—No me malinterpretes, no voy por ahí. ¿Tú te fías de ese hombre?
—No soy quién para meterme en sus cosas; la última vez que lo hice salí mal parado. Ella sabrá lo que hace.
Entiende que buscar aliados en el sargento primero es una causa perdida.
Ni en él, ni en ningún miembro del equipo.
Le produce mucha envidia que esa mujer que no hace lo más mínimo por llevarse bien con nadie recoja los frutos de la lealtad.
Mal que le pese, las estrellas que Lavalle luce las pocas veces que se enfunda el uniforme no le bastan para despertar en sus subordinados la entrega que Macarena recibe de los suyos, y hasta del testigo al que ella interrogó primero.
Además, cada día tiene más claro que Soler está enamorado de Macarena.
No le extraña, tiene un punto de mala leche que resulta irresistible.
A pesar de todo, casi tiene que esforzarse para que le caiga mal; se la ganó la primera vez que la llamó capitana.
Si Lavalle quiere tomar otro camino, tendrá que emprenderlo por su cuenta.