27. Favores
Favores
Del salto con el que me incorporé, se me revolvió el estómago y casi no me dio tiempo a llegar al baño.
Metí la cabeza en la taza del váter y vomité la cena, la sidra, las copas y hasta el té de roca con pastas que Candela Cruz me había servido por la tarde.
Cuando logré reponerme, volví al libro y buceé en el índice del manual.
Ahí estaba, en el capítulo tres, el apartado dedicado a la numerología.
Los números tenían un significado, no eran una mera cuestión simbólica.
Al menos, los autores de ese libro se ponían de acuerdo en lo que evocaban.
Busqué lo que decían del ocho: el bautismo.
Recordé la roseta octopétala de la pila bautismal de San Juan el Degollado.
Abrí mi libreta por las páginas en las que tenía anotados todos los detalles de la iglesia de Santa María de Lebeña, el lugar en el que habíamos hallado el ocho, la piedra con la uve y las tres íes.
Vi con absoluta e inmediata claridad en mi cabeza la de Yeray Santana con el cuello cortado. Yeray el degollado.
Lo tenía.
Salva acudió en menos de cinco minutos. Le había pedido que viniera a mi habitación y lo hizo en cuanto leyó mi mensaje, con el pijama debajo del abrigo.
—Salva, ¡el dos! La dualidad. El bestiario, el bien y el mal. La lucha de los instintos frente a los ideales. —Reproduje como un mantra la lección de la profesora.
—¿Qué dices, Maca? ¿Estás bien? No me has avisado al llegar.
—Lo siento, me he olvidado. Escúchame, va a haber otra víctima. Tenemos que encontrar qué lugar representa el dos. Va a ser ahí, en el dos.
—Maca, cálmate. No entiendo nada de lo que dices.
Me sentía agitada y muy ansiosa. Se me nubló la vista. Salva tuvo que sostenerme para evitar que perdiera el equilibrio. Sobre el colchón yacían la libreta y el libro de simbología.
—Siéntate, estás muy nerviosa.
Traté de recuperar la calma mientras él me servía un vaso de agua. Necesité concederme unos minutos para respirar y poder estructurar un discurso coherente para explicarle a mi compañero todo lo que necesitaba que entendiera.
—El número ocho que encontramos en la iglesia de Lebeña era una pista del siguiente escenario.
Pero no solo eso, el cuello cortado de Santana también lo era, ¿lo ves?
¡El número y la forma de matarlo apuntaban a la iglesia de San Juan el Degollado!
Y la pedrada no era mero ensañamiento; era parte de su fantasía, de su obra.
Candela Cruz Begides me ha regalado un libro de simbología del que ella misma es autora.
Según explica, y ya te digo que sabe mucho de esto, hay que verlo como un todo.
Míralo desde ese prisma, como una obra total.
¡Las pistas están apuntando al siguiente crimen!
—¿Qué le has contado a esa mujer, Maca?
—Nada, tranquilo, no le he contado nada. El libro me ha llamado la atención en su biblioteca, por eso hemos hablado de la simbología.
—San Juan el Degollado... Eso quiere decir...
—Eso quiere decir que el número dos de la última piedra y la lanzada son la clave para el siguiente. «Significa algo», lo ha dicho una de las brujas.
—Me he vuelto a perder —reconoció desconcertado.
—Una de las arpías que me han atosigado esta mañana en el bar ha dicho: «La lanza significa algo». Y tenía razón: todo lo que hace apunta al siguiente paso. Apuesto a que el seis que pintaron en Áliva está relacionado con Santa María de Lebeña —dije al tiempo que iba hilando, ya con fluidez.
—Pero lo dejaron después.
—Estoy segura de que el crimen de Áliva no fue intencionado, ahora lo estoy del todo. Por eso la marca apareció después. Porque volvió a dejarla para integrarlo en la totalidad de la obra. El individuo al que buscamos es un jodido fetichista.
—Joder... —lamentó Salva levantando la vista a un punto muerto como conectando alguna cosa.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Es algo que ha dicho hoy María Hueso cuando la he visitado.
—Salva, lo siento, ni siquiera te he preguntado por tu encuentro con ella. Se me ha ido de la cabeza por completo. ¿Qué es lo que te ha mencionado esa mujer?
—Que todo esto parece una cruzada. «Algunos creen que viven en la Edad Media», eso.
—¿Por qué ha dicho eso? ¿A qué se refería? —insistí, impaciente y juzgándome inútil por no entender las apreciaciones de los confidentes y también algo hastiada ante tanto acertijo.
—Y yo qué sé. Según ella, todas las víctimas son artistas transgresores.
—¿Todas? ¿María Hueso conocía a Alessia Conti? —pregunté extrañada. La italiana no estaba afincada en Cantabria como lo estaban Lovrić y Yeray Santana.
—Alessia se había puesto en contacto con la asociación. La propia María Hueso la había asesorado antes de su viaje. Todo por mail, dice que no llegó a conocerla en persona ni a hablar con ella.
—Salva, ¿te das cuenta de lo que eso significa? María Hueso es la única conexión que tenemos entre las tres víctimas.
—Una conexión poco consistente, Maca.
—Lo sé, lo sé —admití.
—Además, el perfil que esbozaste apunta más bien a alguien que elegiría víctimas desconocidas, ¿me equivoco?
—Sería lo que encajaría más, pero no necesariamente; es un psicópata, no necesita deshumanizar la experiencia.
Salva, tenemos que volver a Lebeña y encontrar allí algún rastro del seis.
Y tenemos que peinar todas las iglesias de Liébana, de Cantabria si es necesario, hasta dar con alguna en la que el número dos y la lanza cobren sentido.
No verías tú algo así cuando te dio por el turismo eclesiástico, ¿no?
—Qué simpática, deja eso ahora. Y no, no vi nada. Si apenas me dio tiempo a visitar unas cuantas. No parabas de llamarme.
—Tenemos que detener esto como sea.
—Está bien, Maca, cálmate. Intenta descansar algo y mañana a primera hora vamos a Lebeña.
—No, Salva, tenemos que ir ahora.
—¡¿Ahora?! Pero si son las tres de la madrugada. Aquello será la boca del lobo.
—No pienso echarme a dormir como si nada, ¿acaso tú vas a poder dormir? Es vital que encontremos esa conexión, necesitamos confirmar que los números estén apuntando al siguiente escenario.
—¿Y piensas confirmarlo en mitad de la noche?
—¿Y si estoy equivocada? ¿Y si mañana pongo al equipo a peinar toda la geografía en busca de un dos y una lanza y resulta ser una pérdida de tiempo? Puede ser que entonces mi error suponga otra vida. Tenemos que ir allí ahora. Por favor, necesito que me apoyes —le rogué.
—Coño, Maca, cuando te da por algo... —Se rindió—. Deja que me vista.
Cuando Salva y yo llegamos a Lebeña eran las cuatro de la madrugada y llovía como si el mundo fuera a acabarse antes de que amaneciera.
Permanecimos guarecidos en el coche hasta que la tormenta aflojó y pudimos acercarnos al templo.
Éramos dos merodeadores ataviados con capucha y linternas.
Que la lluvia cesara solo contribuyó a aumentar la tensión.
La temperatura subió de golpe y la humedad era sofocante.
El agua entonces comenzó a manar en forma de vapor desde el suelo y ascendía hasta formar una especie de nebulosa que hacía aún más difícil ver algo.
Los haces de las linternas se diluían en la neblina y empezaron a oírse toda clase de ruidos.
—Inspeccionemos cada uno por un lado, yo iré por aquí —le dije, refiriéndome al sentido contrario a las agujas del reloj desde el pórtico.
—Y una mierda, no pienso separarme de ti.
Cuando lo miré para reprenderlo, lo vi con el arma en la mano.
—Pero ¿qué haces? ¡Guarda la pipa! —le ordené en un susurro.
—Maca, esto da un mal rollo que te cagas.
—Está bien, vamos juntos, pero guarda eso.
No pudimos acceder al pórtico, protegido por cancelas de hierro.
Comenzamos a examinar los muros de mampostería que alumbrábamos torpemente, deteniéndonos en los vanos y en unos grabados que a modo de cenefa quedaban a una altura demasiado elevada de nosotros como para distinguir algo en aquellas condiciones de nula visibilidad.
Rodeamos el templo y superamos por el exterior los extremos de las tres naves; por la zona que sabíamos que albergaba el altar que custodiaba a la Virgen lactante.
Ya en el plano opuesto al pórtico, sin querer rendirnos hasta haberlo explorado por completo, comencé a asumir que la expedición nocturna había sido una pésima idea.
No es que no viera ningún seis, es que no veía nada.
Ni rastro de grifos, de basiliscos, ni de ninguno de los símbolos románicos que esperaba encontrar allí; en un templo que, para mi ignorancia, ni siquiera era románico todavía.
—Aquí no hay ningún seis, Salva. Menuda cagada. Otra.
—¿Qué esperabas, Maca? No va a ser tan obvio. El número debe de estar representado de alguna forma. Es mejor que volvamos por la mañana y le preguntemos a la guía.
Iba a aceptar su propuesta cuando lo oímos a nuestra espalda:
—Está en los canecillos —susurró una voz.
Salva y yo nos volvimos como en cámara lenta.
Nuestras miradas se encontraron mientras girábamos al unísono y en sentido contrario el cuello y pudimos ver en los ojos del otro el pavor que nos había recorrido el cuerpo al oír aquella voz mecánica y sigilosa a escasos metros de nosotros.
Mi compañero volvió a empuñar el arma y apuntó a la figura humana que nos contemplaba impasible.
Alcé el brazo izquierdo para posarlo despacio sobre el cañón de la pistola y hacerla descender.
Mateo Cayón, empapado, rígido, con los brazos pegados al cuerpo, no se inmutó.
—¿Mateo? Soy la brigada Lago. Me recuerdas, ¿verdad? ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Sé quiénes sois. He oído el coche y he venido a ver qué pasaba en la iglesia.
—Pero, Mateo, es muy tarde y podría ser peligroso.
—No es peligroso, agente. La iglesia no es peligrosa, la conozco bien. Además, no podía dormir.
—Oye, ¿qué decías de los... qué? —preguntó Salva.
—Los canecillos, el seis está en los canecillos. Os los enseño si no le decís a mi madre que he salido de noche.
—No le diremos nada a nadie. Pero solo si nos los enseñas y después te vas a casa. ¿De acuerdo? —propuse, aún sin haberme repuesto del susto.
—Seguidme —dijo con la misma voz rumorosa.
Mateo Cayón caminaba delante de nosotros como un sonámbulo. Nos guio de nuevo hasta la trasera de las naves de la iglesia decidido.
—¿Me la dejas? —Le cedí mi linterna. Mi compañero enfocaba las manos del chico con la suya.
Alzó el brazo para alumbrar en lo alto del muro las piezas de piedra que sostenían la cornisa, decoradas con unas formas circulares que parecían querer girar.
—Ahí, en los modillones. Son como canecillos..., ¿lo ves? Tienen seis rayos.
—Seis rayos..., ya. ¿Y sabes qué significa? —le pregunté asombrada.
—Pues claro: la creación —dijo sin concederse un ápice de importancia—. Bueno, yo ya me voy, como mi madre se dé cuenta de que no estoy...
Me devolvió la linterna y emprendió impertérrito a su paso tranquilo el camino de vuelta al pueblo.
—Oye, Mateo. —Se volvió—. ¿Y tu perro? —pregunté extrañada por que el animal no lo hubiera seguido.
—Se ha muerto.
—Vaya, lo lamento mucho.
—Era viejo, todos nos vamos a morir —afirmó impasible—. Adiós. Me debéis un favor —dijo.
Y desapareció en el camino oscuro.