«La buhardilla»
La buhardilla
El viejo guardia condujo en silencio durante mucho tiempo, él no sabía adónde lo llevaba.
Se recostó sobre la ventanilla y se durmió, estaba cansado y asustado.
Cuando abrió los ojos, estuvo seguro de que ya habían pasado por allí antes.
Se rindió de nuevo a un sueño profundo hasta que el vehículo se detuvo bruscamente cuando ya había anochecido.
Los ojos del hombre se humedecieron.
Casi dos meses estuvo refugiado en aquella casa, temeroso de que alguien los hubiera seguido y ellos conocieran su paradero.
Las primeras noches se obligó a mantenerse en vela, se levantaba y caminaba por la buhardilla para vencer el sueño.
Tenía la certeza de que lo matarían, de que en cualquier momento alguien entraría y acabaría con su vida.
El miedo que no había sentido en las primeras noches en el refugio de Ancares se apoderó de él escondido en aquella buhardilla no sabía dónde.
Imaginó de mil formas posibles el final de sus días.
La tercera o cuarta noche que pasó allí, ocurrió por primera vez en mitad de la madrugada: unos fuertes golpes que no distinguía de dónde procedían, quizá en la puerta, en la ventana, o puede que en el propio tejado.
Eran golpetazos secos y descompasados. Dos, tres, uno; no seguían una secuencia, pero resultaban atronadores.
Las primeras veces que los oyó estuvo seguro de que iban a por él, de que alguien derribaría la pared o destrozaría la puerta.
Luego cesaban y volvían a la noche siguiente, o días después.
Él no sabía dónde estaba, pero no dudaba de que ellos lo localizarían.
Una madrugada fría, tras un día de intenso calor impropio para la época del año que se acrecentaba al no poder ni abrir la ventana, los golpes volvieron tras varias noches de silencio.
Nunca supo cuál era el origen de aquellos aterradores sonidos, como crujidos que parecían querer echarlo todo abajo y que contribuían a que dormir de corrido fuera un imposible.
Estar en esa casa, al amparo de la madre de su amigo muerto, también reavivaba irremediablemente los recuerdos de su infancia.
Volvía a verse junto a él, los dos de niños tratando de cazar pájaros desde el tejado con el tirachinas que el guardia les había fabricado para que compartieran, felices y despreocupados.
Otras veces, soñaba solo con él; lo veía pilotando una lancha en un mar embravecido con las olas chocando contra su cara.
Había noches que, por el contrario, soñaba consigo mismo y con su suerte, y se veía inerte envuelto en un charco de sangre sobre el camastro.
Su amigo descargando alijos en una playa en una noche calma; él fabricando barcos para los piratas; el cuerpo de su amigo arrojado por la borda para festín de los peces.
Cuando se despertaba, agitado y jadeante, se consolaba sintiéndose aún vivo, saboreando la humedad salada que lo rodeaba.
El olor y el charco de su propio sudor impregnaban el catre.
A pesar de que lo alimentaban, su cuerpo carente de reservas había comenzado a sufrir las consecuencias de la falta de actividad y de luz.
No salía de allí más que para ir al baño, que quedaba una planta más abajo, y su único contacto con el exterior eran las rendijas de las contraventanas de madera del camaranchón que era su madriguera.
A través de las pequeñas grietas podía ver un pequeño bosque de robles y abedules, detrás intuía un camino, quizá una carretera, y por encima el cielo, solo el cielo; y las pilas de piedras de pizarra amontonadas más cerca de la casa.
También podía verla a ella, que le recordaba a él.
Hacía muy pocos años que había abandonado el pueblo tras la muerte de su hijo, pero era como si toda una vida le hubiera pasado por encima.
Era menuda y caminaba encorvada. Se preguntaba si su madre también habría envejecido rápido por su ausencia, se preguntaba cómo sería, cuál sería el tacto de sus manos, cómo olería su piel, su pelo.
Cuando hizo dos meses allí, la madre de su amigo llamó a la puerta de la buhardilla y le pidió que bajase. Mareado, aturdido por el letargo, descendió por la escalera sorteando los peldaños que faltaban y ella le tendió un sobre grueso.
—Para que empieces de nuevo. Siento no poder darte más —le dijo.
Junto a un fajo de billetes, una hoja de papel doblada con las señas de la casa de su familia en Perrozo, Liébana.
—En el pueblo se calmaron los ánimos, mi marido dice que es seguro que marches ahora. En Perrozo no saben nada de lo de mi chico; estarás a salvo y podrás buscarla. —Le dio un abrazo maternal—. Ve con cuidado.
Antes de que amaneciera, partió muerto de miedo.
Con una maleta con ropa usada y unas señas, después de una travesía de apenas cuatrocientos kilómetros que le llevaría tres días, se bajaría de la caja de carga del camión en el que haría la última etapa del trayecto entre cajas de frutas.
Roque Medina pisaría tierra al atardecer en el puerto de Piedrasluengas, provincia de Palencia, comarca de La Pernía.
El hombre tenía un aire de vaquero de película americana.
Un bigote encrespado, casi blanco, que le cubría las comisuras, enmarcaba una sonrisa alcohólica y unas greñas canosas le asomaban bajo el sombrero de cowboy ; estuvo seguro de que ocultaba una calva prominente.
Se giró al verlo entrar en la Venta Pepín.
Roque no sabía si aquello era un bar o un pueblo, o si todo el pueblo era el bar.
Acababa de rebasar una señal indicadora de municipio con el mismo nombre tras caminar más de hora y media, poco después de ver la verde que anunciaba que ya pisaba suelo cántabro.
El caserío que albergaba el restaurante quedaba a la derecha de la carretera y eso era todo.
En el transistor estaban narrando el partido del Madrid.
El vaquero se volvió y lo saludó con indiferencia.
—¿Sabe si se puede comer? —le preguntó él.
—Hasta dormir puedes —le respondió el hombre señalándole una de las mesas que quedaban más cerca de la barra, seguramente reparando en la maleta que asía como quien agarra todo lo que tiene.
Un señor apareció desde el interior del local y se apostó tras la barra. El vaquero le hizo una seña y vio cómo ambos se miraban cómplices.
—Quería comer algo, lo que tenga —rogó.
Engulló los dos filetes de ternera con patatas y pimientos y el bollo de pan.
—¿Y tú de dónde sales? —le preguntó el vaquero sin mirarlo.
—Yo, de La Pernía —respondió autómata.
—De La Pernía... Anda, ponle un vino al Perniano —le pidió al camarero.
El cowboy agarró el vaso de vino con una mano y la botella con la otra y se sentó frente a él.
—Cara de guardia no tienes; de maestro, menos. Y cura no creo que seas. ¿De dónde eres?
—De Perrozo —dijo convencido.
—¿Eres de Perrozo? Pos no te conozco —sentenció el vaquero con una risotada achispada por el vino, mirando otra vez al de la barra para hacerlo partícipe.
Tiempo después, aprendería que el chascarrillo no había sido una ocurrencia improvisada del hombre, pero entonces de aquel pueblo, por no saber, no sabía ni dónde quedaba exactamente. Tiempo después supo también que uno de Perrozo no hubiera entrado al trapo, que fue lo que él hizo.
—Bueno, mi familia es de Perrozo.
—¡Ah!, hijo de emigrantes, eso ya me cuadra más —resolvió su interlocutor acicalándose el bigote con sus dedos toscos—. ¿Y qué edad tienes?
—Treinta —dijo, mismo, eran treinta y uno.
—Pareces mayor —opinó indiscreto el vaquero—.
No importa. A ver, gallego, los pernianos hablan mucho más fino y juran como mineros, así que más te vale no hablar más de la cuenta con ese acento del carallo que tienes.
Pero no te apures, aquí todo el que vive de Piedrasluengas para abajo es perniano.
Lo dijo manteniendo la media sonrisa enigmática; media porque parecía articular solo la mitad de la boca, sin dejar de mirarlo fijamente ni cuando empinaba el vaso, como buscando el fondo de su mirada.
Por su parte, no acertaba a resolver si solo desconfiaba o también se estaba compadeciendo de él.
El vaquero rellenó los vinos una y otra vez, hasta que la botella no dio más de sí.
Roque Medina acabó esa noche borracho como una cuba en una cama de la Venta Pepín, sabiendo de la comarca de La Pernía todo lo que tenía que saber para mantener el cuento.
Por la mañana, el vaquero lo subió a su coche y lo acercó hasta Puente Asnil.
Desde ahí a Perrozo solo tuvo que caminar unos kilómetros por la carretera que subía el valle de Valderrodíes hasta el pueblo, hasta la casa de su abuela.
Siete años estaría cuidándola hasta que estirara la pata.
Nadie allí dudó de que Roque no fuera de verdad su nieto, al que no habían visto más que en un par de ocasiones siendo muy crío.
«El Perniano», tan raro, tan servicial, tan discreto, tan bueno con su vieja yaya, tan respetuoso con los vecinos; pronto se convertiría en uno más.