26. Trascendentalización #2
—Es lo que trato de explicarle. Se trata de revelar al alma humana lo trascendental a través del símbolo, que cada cual debe interpretar. Debe entenderlo como un estímulo figurativo, descubrir qué significa para usted. Lo que va a depender de su alcance espiritual, naturalmente.
—Entiendo...
—¿Decepcionada?
Más que decepcionarme, lo que Candela trataba de hacerme entender me frustraba.
Mi misión era justo descifrar la fantasía de mi asesino.
Pero, si como ella afirmaba, todas las pistas que yo intentaba relacionar con la teoría artística podían tener significados diversos, de qué manera podría llegar a comprender por qué hacía lo que hacía y por qué lo hacía de ese modo.
—¿Se encuentra bien? No sé si la estoy ayudando o poniéndoselo más difícil.
—Discúlpeme, es que todo esto es complicado.
—Es difícil con nuestra mentalidad actual.
Para entender el arte medieval es necesario retrotraerse a la Edad Media, que fue en realidad una época de luz, de virtuosismo e intensamente espiritual.
Nada de la oscuridad con la que nos la han vendido y la vemos representada en muchas obras que se inspiran en el Medievo, que llegan a resultar demasiado frívolas.
—¿Le parece que las obras de Lovrić o de Yeray Santana lo eran?
—Si eran ¿qué?, ¿frívolas?
—Ajá .
— Es posible que lo fueran, a pesar de que ambos eran talentosos.
—¿Cree que alguien podría llegar a matar a esos chicos por esa razón?, ¿por la frivolidad de sus obras? —pregunté sin rodeos.
—Espero que no. Pero el ser humano es la mejor representación de la disputa entre el bien y el mal, entre la razón y las tentaciones. Y eso es justo lo que evoca el bestiario románico: la lucha constante por ahogar los instintos y aflorar los ideales.
—No todos los humanos —reflexioné en voz alta.
—Vaya, ahora soy yo quien no la sigue.
—Los hay sin ideales, absolutos analfabetos emocionales.
—Entiendo. ¿Sabe? Hay varias bestias que pueden acercarla a ese tipo de seres: dragones, basiliscos, centauros... Quédese con el libro, ya me contará si alguno de ellos le sugiere lo que busca.
Acepté el regalo visiblemente desilusionada, entendiendo que descifrar el enigma iba a ser una tarea ardua.
Antes de marcharme, le pedí que me dedicase el ejemplar.
Me despedí de ella en la puerta de su casa y decliné su ofrecimiento a acompañarme a recuperar mi coche para evitar que me viera encontrarme con Roque Medina.
Lo vi desde lejos sentado en una de las pocas mesas de la terraza del bar-tienda, y me pareció aún más atractivo que las veces anteriores.
Además, su presencia me fue reconfortante de inmediato.
Había anochecido cuando me encontré con él, que me saludó afectuosamente, como si nos conociéramos de más tiempo.
—Tenía ganas de verte —dijo—. ¿Y tu amiga?
—No es mi amiga.
—Creía que iba a acompañarnos.
—Es un asunto de trabajo.
—¿Quieres cenar aquí? —propuso—. He preguntado y algo tienen, este pueblo me encanta.
Estaba hambrienta y el lugar era agradable.
Roque no me suponía ningún peligro, pero no pude evitar recordar las reticencias de Salva, por lo que le pedí que nos fuéramos a cenar a Potes.
Aun arriesgándome a cruzarme allí con alguna de las brujas de por la mañana, preferí estar en terreno conocido y lo más cerca posible de mis compañeros.
Cenamos en una sidrería del centro de la villa junto a la Torre del Infantado, dispuesta prácticamente sobre el Puente de la Cárcel, uno de los cruces peatonales del río Quiviesa a su paso por Potes, cerca del punto donde sus aguas confluyen en el Deva.
Roque era un gran conocedor de la historia y las curiosidades del lugar, aunque no era oriundo de Liébana, ni siquiera era cántabro.
La velada con él fue larga y agradable, hacía tiempo que no lo pasaba tan bien como esa noche, a lo que seguramente contribuía el hecho de no sentirme escrutada ante quien no sabía de mí más de lo que yo quisiera contarle; puede que fuera el hecho de que no hiciera preguntas lo que me hacía estar cómoda.
Tan cómoda que incluso le hablé de mis hijos.
De cómo los había dejado tirados el día anterior, de lo mucho que me preocupaba que no terminaran de llevarse bien.
De que estaban otra vez con sus abuelos paternos y eso no hacía más que tensar la relación entre su padre y yo.
De todas esas cosas de las que no me atrevía a hablarles a mis compañeros, ni siquiera a Salva, para no engrandecer la sombra de duda que bullía sobre mí y sobre mis capacidades para dirigir la investigación.
Fue el pretexto para excusarme y llamarlos antes de que se metieran en la cama.
Roque me miró con ternura durante el rato que estuve al teléfono con ellos, haciéndome sentir algo ruborizada.
Entre culines de sidra lebaniega y las copas que tomamos después en otro local, me confesó la razón por la que esa llamada le había resultado tan tierna.
Roque había sido adoptado pocos días después de nacer y se había criado en un pueblo de la Galicia profunda, con unos padres entregados, pero bastante mayores, que nunca le habían ocultado su condición de hijo adoptivo.
Haber crecido libre de ese secreto le había evitado el trance de descubrir la verdad acerca de su origen a destiempo; sin embargo, le había hecho crecer y madurar preguntándose cuál era su verdadero germen.
Sus padres habían fallecido y él, en cuanto tuvo medios, sin hermanos ni más familia en su pueblo, decidió que ya nada lo ataba allí.
Además, había descubierto que algo no encajaba.
Ahora llevaba más de diez años afincado en Liébana tratando de acercarse a sus orígenes.
De lo poco que sabía de su madre biológica era que ella era de Cantabria, seguramente del valle de Liébana.
—Todo lo que yo sabía era de palabra de mis padres, con ellos en vida nunca quise indagar más allá.
Pero cuando mi madre murió, tuve que reunir documentación para tramitar la herencia y me encontré con la sorpresa de que figuraba como su hijo legítimo.
En mi partida de nacimiento figuraba que mi madre, mi madre adoptiva, había dado a luz en un hospital de Madrid.
—Pero tu madre nunca dio a luz a ningún bebé...
—Mi madre no podía.
—¿Hablaste sobre ello con tu padre?
—Sí, lo hice. Pero no tenía una explicación para eso.
Él decía que las monjas se habían encargado de todo y que habían dicho que era lo mejor.
Aun así, ellos nunca me ocultaron la verdad.
Además, todo el mundo en el pueblo sabía que mi madre era infértil.
Era el tipo de secretos que entonces eran vox populi .
Supongo que pensaron que me acabaría enterando o yo qué sé.
—¿Crees que pudo ser una adopción ilegal?
—No lo sé. En otro papel que les entregaron figuraba la misma fecha de nacimiento, 2 de diciembre de 1978, y el mismo hospital, incluso un número de habitación.
Pero faltaba un trozo de la hoja. Imagino que ahí podía estar el nombre de mi madre biológica.
Alguna vez he pensado que fue mi padre quien lo arrancó y no se atrevió a reconocerlo.
—¿Y cómo llegaste a saber de dónde era tu madre biológica? —Tardé en responder con esa pregunta, ensimismada en un detalle que opté por pasar por alto. Que a mí también estuvieran a punto de caerme los cuarenta era una realidad a la que prefería vivir ajena.
—Supe de dónde era por él, por mi padre.
En su día les dieron información sobre ella, pero todo igualmente de palabra.
Según él, les dijeron que la razón de esos documentos era protegerla a ella y al bebé, a mí, para que creciera como un niño normal.
Supongo que se conformaron y confiaron en que debía de ser así.
Nunca los he juzgado, fueron buenos padres.
Poco después de morir mi madre, mi padre también se fue.
—¿Fue entonces cuando te marchaste y te viniste?
—Un tiempo después, pero sí, fue eso lo que hizo que me sintiera de sobra en aquel lugar al que ya nada me unía.
Permanecimos un rato en silencio después del relato de Roque, yo sin saber muy bien qué decir que no resultara a todas luces improcedente.
Me acompañó dando un paseo hasta mi hotel.
El frío que se cernía sobre Potes bien entrada la noche logró despejarme del efecto de las copas y de la embarazosa charla.
Nos despedimos en la puerta del alojamiento sin atrevernos ninguno a más.
Me metí en la cama al borde de la hipotermia con el manual de simbología románica que Candela Cruz me había regalado. Casi en duermevela, busqué la dedicatoria que no había leído en presencia de la autora.
No busque en el románico lo evidente. Busque la profundidad del mensaje y entiéndalo como un todo, como una obra total.
Cordialmente , C RUZ B EGIDES
Volví a salir de la cama como un resorte.