La Osa de Ándara 26. Trascendentalización
56%

26. Trascendentalización

Trascendentalización

Salí de Potes sobrada de tiempo para mi cita con la presidenta y la inercia me llevó a tomar la salida que indicaba el monasterio de Santo Toribio de Liébana.

El monasterio, final del Camino Lebaniego, albergaba el que se cree es el trozo más grande de la cruz de Cristo que se conserva; y también los restos de santo Toribio de Astorga, que se supone fue quien trajo la reliquia desde Tierra Santa.

En las semanas previas —en las que me había estado ilustrando sobre la comarca y especialmente sobre sus iglesias— había reparado en la más importante de todas.

El amplio aparcamiento estaba concurrido entre vehículos particulares y autobuses de excursionistas que aprovechaban el domingo para visitar al santo.

Me sumé al grupo que fotografiaba la Puerta del Perdón, entonces cerrada.

Eché mano de mi teléfono y le hice también una foto por no desentonar.

De haber sido Año Santo y haberla encontrado abierta, me hubiera animado a cruzarla.

No es que yo confiara demasiado en los protocolos litúrgicos, pero nunca se sabía; siempre preferí no hacerle ningún feo a algo que mis congéneres tuvieran por sagrado.

Una vez en el interior me dirigí al altar.

La reliquia en cuestión lucía incrustada en un relicario en forma de cruz bajo el baldaquino.

El mismo lignum crucis representado en el colgante que Milo Lovrić había lucido la mañana fatídica y que protagonizaba el escudo del municipio de Camaleño.

Por el valle de Camaleño me dispuse a continuar hacia el pueblo donde vivía la presidenta de la Fundación Cruz Begides.

Poco después vi la señal de conjunto histórico y me salí por una rampa que se adentraba hacia la vaguada.

En menos de un kilómetro, me di de bruces con un pueblo que emergía protegido por los Picos como telón de fondo.

Los Picos de Europa, cuya silueta se hacía presente en prácticamente cualquier punto del valle de Liébana, parecían quedar al alcance de la mano en la retaguardia de Mogrovejo.

El conjunto de casas de piedra lo coronaba una torre fortificada.

Avancé con el coche siguiendo la trazada que marcaba el instinto entre las viviendas y vi el pequeño aparcamiento delante del bar-tienda en el que me había citado Candela Cruz, que ya estaba allí esperándome.

Me propuso dar un paseo por el pueblo antes de ir a su casa.

Nos detuvimos ante un cartel explicativo presidido otra vez por el escudo con el lignumcrucis de Camaleño, ayuntamiento al que pertenecía el pueblo.

El panel contenía un mapa icónico del valle que contextualizaba el lugar en el que nos encontrábamos.

También aparecían representados algunos de los picos más señeros del macizo, cuyos nombres me sonaban de la excursión que habíamos hecho unas semanas atrás con el GREIM, de lo que le hablé a Candela, que rápidamente entendió el motivo de aquella visita a las alturas.

—Así que es cierto lo que dice la prensa. Creen que a Milo Lovrić lo mató la misma persona que a Yeray Santana.

—Aún no lo sabemos —dije asegurándome de que no tuviéramos a nadie cerca—. ¿Conocía a Milo Lovrić?

—Coincidí con él en alguna ocasión y conozco su obra, ya le dije que a todos en algún momento les he impartido clases. Además, Lovrić no era de los que pasan desapercibidos.

—¿Luarna? Es un nombre interesante para un lugar como este. —Ignoré su apreciación sobre el belga y me referí a la denominación por la que, según el cartel, se había conocido aquel enclave en algún momento de su historia.

—Así figura en algunos documentos; algunos seguimos llamándolo así. Esa es mi casa —me indicó.

La mujer vivía en una casona rústica impresionante que parecía de las más antiguas del pueblo.

Por genuina, casi desentonaba junto al resto de las construcciones ya reformadas.

En la que lindaba con la de Candela, dos hombres se afanaban en moldear a golpe de cincel las piedras con las que estaban cubriendo un muro.

La casa de Candela Cruz también estaba protegida por imponentes tabiques de piedra con ventanas muy pequeñas, era casi hermética, pero la planta superior de la vivienda no era de piedra; estaba revestida con un entramado a base de varas de madera entretejida y carecía de las balconadas tan características de otras casas de Liébana.

Ella me explicó que eso variaba en función de la disposición del pueblo.

—En el fondo del valle y en las laderas más bajas son habituales los corredores, pero ya hay de todo.

Hay gente que construye olvidándose de dónde estamos y se hacen estas atrocidades de terrazas inservibles.

Como esta gente, que parece no saber por dónde sale el sol —dijo señalando la vivienda en la que trabajaban los vecinos.

—¿Nació aquí?

—Me crie aquí, nací en Madrid. ¿Ha visto el hórreo? Es mío... —Me indicó el que quedaba al otro lado de su casa—. Quedan pocos, y algunos están tan transformados que ya ni se sabe qué son.

Al entrar vi las maletas aún apostadas en el zaguán, junto a la escalera interior que daba paso a la vivienda. Me disculpé por haberla comprometido con tanta premura:

—No quiero robarle mucho tiempo, sé que acaba de llegar de viaje, pero ayer asesinaron a otra persona. Supongo que está al tanto.

—No se apure, viajo con frecuencia, vivo entre Madrid y Cantabria. Mi hija y su padre viven en Madrid, en un piso de mi propiedad, por cierto. Siéntese, por favor.

—La chica que apareció sin vida ayer se llama Alessia Conti, es italiana. ¿Le suena?

—¿Debería? ¿También es alumna nuestra?

—No, estaba aquí de paso.

—Gracias a Dios.

—Como le he dicho, no está claro que los casos estén relacionados, pero antes ha comentado algo sobre Milo Lovrić...

—Que le gustaba llamar la atención, Lovrić era un polémico. En su obra, me refiero, totalmente irrespetuosa con las tradiciones. Otro talento desperdiciado. ¿Le apetece un té?

Candela arrojó a la chimenea un trozo de leña para avivar el fuego que ya estaba prendido cuando entramos en la casa y me dejó a solas en la estancia que hacía de salón y de despacho.

Eché mano de mi teléfono y vi un mensaje de Roque Medina en el que me preguntaba dónde y a qué hora podríamos encontrarnos.

Le respondí que estaba en Mogrovejo y propuso vernos allí mismo, en el bar.

Me levanté a mirar sin disimulo la biblioteca.

Todo el ancho de la estancia estaba forrado de estanterías repletas de libros tras una ingente cantidad de figuritas y fotos enmarcadas en las que se veía a una Candela niña y adolescente posando con sus padres.

También había otra joven que podía ser su hija, luciendo todos los diplomas de su vida académica.

Arriba de todo, sobre el estante superior, se exponía una colección de esculturas similares.

Los libros eran en su mayoría ensayos históricos y volúmenes de arte medieval.

Tomé un ejemplar de simbología románica y lo ojeé.

—Si le interesa alguno, puedo prestarle el que quiera —dijo cuando regresó con una bandeja con una tetera humeante y unas pastas—. Espero que le guste el té de roca.

—Quizá podría prestarme este, prometo devolvérselo.

—No hace falta que lo haga, tengo más. ¿No se ha fijado en quiénes son sus autores?

El nombre de Candela Cruz Begides figuraba entre la lista de quienes firmaban el monográfico.

—Vaya, no me había dado cuenta.

—Entiendo que no le atrae la simbología por propio interés, ¿verdad? Si quiere preguntarme algo, ya ve que conozco la materia.

—La verdad es que no sabría ni por dónde empezar —reconocí.

—No la culpo. Podríamos decir que los especialistas en arte medieval estamos de acuerdo en cuáles son sus características, sus líneas definitorias..., en lo relativo al apartado formal. Sin embargo, no hemos logrado alinearnos en cuanto al trasfondo de su simbolismo.

—¿En cuanto a su significado, quiere decir?

—No soy partidaria de hablar de significado. El románico no siempre se descifra como un código cerrado; más que significar de forma única, abre campos de sentido. ¿Entiende lo que le digo?

—No estoy segura.

—¿Sabe lo que es un símbolo?

—¿Una representación de algo? —me atreví.

—Sí y no. Es difícil de entender, trataré de explicárselo. ¿Me permite? —propuso en tono didáctico de profesora.

Tomó el libro, buscó algo en su interior de forma azarosa y me lo tendió mostrándome una fotografía de un capitel con un grabado en el que se intuían una especie de cabeza de pájaro y unas alas.

—Es un grifo. Como el que está representado en ese busto de ahí —señaló una de las figuras de lo alto de su estantería—, lo tallé yo misma. Cabeza de águila y cuerpo de león. ¿Qué le sugiere? —me preguntó.

—No lo sé, no quisiera resultar superficial. Me parece... ¿divertido?

—El grifo es una criatura fantástica con una connotación positiva.

Representa la protección, es un guardián.

Pero fíjese que le he preguntado qué le sugiere.

Como le decía, no hablamos de un arte significativo, sino simbólico.

Los símbolos no representan ninguna idea preconcebida, sino que sugieren, invitan al observador a interpretarlos. ¿Entiende ahora la diferencia?

—¿Por eso no se ponen de acuerdo los especialistas?

—El desacuerdo entre los teóricos es más paradigmático que conceptual.

Sencillamente, hay autores que niegan que exista una intención simbólica en toda la escultura románica; creen, por el contrario, que algunas manifestaciones son puramente ornamentales.

Otros, entre quienes me incluyo, defendemos que muy pocas imágenes en el arte románico son casuales.

Casi siempre, casi siempre hay una intención trascendentalizadora.

Hablamos de un arte sagrado en el que no cabe lo frívolo.

—Entonces, ¿no se puede descifrar un símbolo de manera indiscutible?