25. Aquelarre #2
Después, llamé a la Fundación Cruz Begides para pedir una cita con su presidenta; y a María Hueso, la homóloga de la asociación de artistas, para lo mismo.
La idea era volver a entrevistarnos con todos nuestros contactos del círculo artístico con dos objetivos.
El primero, fisgar cuellos ajenos en busca de algún colgante parecido a los anteriores.
El segundo, indagar en las relaciones de Alessia Conti y detectar posibles conexiones entre las tres víctimas, cualquier cosa o persona que pudieran tener en común más allá de su condición de estudiantes de arte.
Con ambas quedé por la tarde y casi a la misma hora, adaptándome a su disponibilidad, por lo que le pediría a Salva que eligiera y yo me vería con la que él descartase.
Aún tuve que atender otra llamada antes de salir del hotel, la de Lavalle para contarme cómo había ido el encuentro con el padre de Alessia Conti.
—Buenos días, Macarena.
—Los he empezado mejores.
—¿Te pillo mal?
—No me hagas caso. Cuéntame.
—El padre vive en Madrid desde hace unos años, también es arquitecto. Tiene una filial de su empresa en España.
—¿Tiene pasta? —le pregunté, lo que era en verdad una obviedad.
—Me imagino. Se dedican a la proyección de mansiones para millonarios y también a la obra pública.
—¿Y la madre?
—Están divorciados. Ella vive en Sicilia. Me ha pedido contárselo él personalmente.
—Pobre mujer, cuando se entere... —Sufrí por ella.
Roberto Conti le había confirmado que su hija llevaba casi dos años en España especializándose en restauración de edificios históricos y que el motivo por el que había viajado a Cantabria fue académico; en concreto, empaparse de la arquitectura religiosa medieval.
En resumen: había ido allí a estudiar iglesias románicas para terminar perdiendo la vida a manos de un desalmado en una de ellas.
—Al padre no le consta que Alessia tuviera amistades aquí. Según dice, desde que salió de Madrid hace una semana solo ha hablado con ella en un par de ocasiones; la última vez hace ya dos días y fue por WhatsApp. Cosa que no entiendo —añadió.
Lavalle siempre tan predispuesta a juzgar las relaciones paternofiliales ajenas, algo fácil cuando una no es madre de nadie.
Volví a reunirme con Salva en el puesto para enfocar el resto de las tareas del día. No me supuso ninguna sorpresa que mi compañero, entre las opciones, optase por verse con María Hueso, hacia quien había desarrollado una manifiesta inquina.
—Si tan seguro estás de que oculta algo, igual debería ir yo, ¿no te parece? Para eso soy tu jefa y la más especialista de los dos en personalidad psicopática.
—Sabía que harías eso —me atacó.
—¿Que haría qué exactamente? ¿Evitar dejarte caer en el sesgo de confirmación?
Lo hago por ti, para que no la cagues —ironicé tratando de restaurar la armonía entre nosotros, usando el sarcasmo como recurso para referirme cuanto antes a la conversación que habíamos mantenido por la noche y evitar así que terminara enquistándose.
—Me refería a quejarte sea cual sea mi elección. Confía en mí, no quieras estar en todas partes, anda. No volveré a ocultarte nada, te lo prometo. Además, recuerda que he sobrevivido un año sin ti.
—Eso es verdad, pero tendrás que asegurarme que no vas allí empeñado en ratificar tus prejuiciosas y peregrinas hipótesis.
—Vete a la mierda, Maca. —Recibí el recado con humor, justo al tiempo que volvía a sonar mi teléfono.
La secretaria de la Fundación Cruz Begides me llamaba para advertirme de que la presidenta iba a llegar más tarde de lo previsto; por un contratiempo tenía que cambiar el horario de su vuelo desde Madrid y se veía obligada, en consecuencia, a retrasar nuestra cita.
Me pidió también trasladar el lugar del encuentro a su propia casa para ahorrar tiempo, por donde ella tenía que pasar ineludiblemente.
Accedí a pesar del anuncio de que tendría que trasladarme a otro municipio, Mogrovejo, a unos kilómetros de Potes.
—Vaya, ahora esta mujer me hace ir a otro pueblo. A ver si no me fastidia el plan —le dije a Salva cuando colgué con la asistente de Candela Cruz.
—¿Qué plan?
—He quedado.
—¿Con quién has quedado?
—Con Roque Medina, el chico del teleférico, ¿te acuerdas? Aquel al que querías investigar.
—No hablarás en serio. ¿Qué coño has visto en ese tío?
La pregunta no tuvo nada de inocente. En lo físico, Roque se parecía a mi ex.
Ambos eran corpulentos y de genética agradecida, de esa con la que te puedes permitir no pisar un gimnasio en tu vida.
Al igual que Mario, no era guapo. Su atractivo tenía más que ver con sus líneas casi rudas y una perfecta masculinidad en cada facción de su rostro.
—¿Tengo que darte explicaciones ahora? —respondí, pasando por alto su malicioso comentario.
—¿Vas a ir sola?
Su insistencia me molestaba en parte. Por otro lado, me alegraba que quisiera protegerme, que volviéramos a tratarnos como antes.
—Si quieres llevo carabina. Me vendrá bien para hacerme con el terreno y conocer mejor la idiosincrasia del pueblo lebaniego.
—Déjate de evasivas. No me gustó ese tipo.
—No te preocupes, no tengo intención de subirlo al hotel. Estaremos en un lugar público.
—En un lugar público estabas esta mañana y casi te linchan —cargó contra mí con lo que me pareció un golpe bajo.
—Muy gracioso.
—Maca, en serio, me voy a ir preocupado.
—¡Salva, ya! No sé por qué te lo he contado.
—Me lo has contado para que sepa que vas a estar con él, porque tú tampoco te fías. —Respiré y me esforcé para que no notase lo mucho que me enervaba ese comentario, quizá porque algo de verdad encerraba.
—No digas chorradas. Estaré bien, te llamaré cuando esté sana y salva en mi habitación para que me cuentes cómo ha ido con María Hueso.
Se conformó.