25. Aquelarre
Aquelarre
Un monumental dolor de cabeza me dio los buenos días, como era de esperar a juzgar por el caos mental con el que había enganchado por fin el sueño hacía muy pocas horas.
La jornada previa había sido física y emocionalmente agotadora y la noche no lo fue menos.
Como si volver al influjo de las montañas que podía ver desde la misma habitación las trajesen consigo, de nuevo se habían metido en mi cama las extrañas pesadillas en las que trataba de alcanzar una cima imposible, sangrando de manos y pies.
La misma figura sin rostro observando desde la cumbre mi torpe escalada hacia la salvación.
Desperté asida con ambas manos al edredón y con el cuello sudado, sin saber cómo interpretar el mensaje.
Si Laura Lavalle, que se había criado mirando esas montañas, no había llegado a resolver si la hacían sentirse protegida o presa de ellas, cómo iba yo a descifrar lo que buscaba cuando trepaba en sueños la ladera de una montaña del macizo de Ándara.
Salí de la cama y me bajé a correr con un frío que cortaba la respiración y que ocasionó que el malestar se alojara también en mis oídos.
A esas horas, solo yo y un tipo con el que me extrañó toparme varias veces éramos los únicos osados.
Una lluvia fina pero persistente me hizo confirmar pronto la mala idea.
Me resguardé en los soportales de la plaza, aún de noche, y vi a lo lejos como entraba gente en uno de los bares que ya estaban funcionando.
También algunos hombres, pero sobre todo mujeres, accedían al local como apremiadas por una urgencia.
Porque me moría por un café y un ibuprofeno o porque la curiosidad me pudo, las imité.
Un sopapo de humo de chimenea y tabaco me abofeteó cuando flanqueé la puerta del bullicioso tugurio.
La iluminación era cálida y a la vez tenebrosa, a lo que contribuían los muebles de madera oscuros y gastados, allí donde la ley antitabaco parecía no haber llegado aún.
Las señoras reunidas en grupo en torno a varias mesas cuchicheaban de forma inaudible para mí, que solo percibía en su conjunto el murmullo generalizado en el que confluían las confidencias.
Ellos, los pocos hombres, se apiñaban en un lugar más alejado y jugaban al dominó, sumando más ruido al ambiente con los golpetazos de las fichas contra el tablero.
Como contrapunto, una muchacha joven, menuda y con el pelo recogido en dos trenzas tan negras como sus pobladas cejas, me sonreía desde la barra.
Cuando alcancé el mostrador, ya estaba sirviéndome un café.
—Ahí tienes una mesa libre —me ofreció dulce—. Siéntate si quieres, ahora te llevo algo de comer.
Aproveché para enviarle a Salva una ubicación del sitio junto con el emoticono de una taza humeante.
Unos minutos después, la joven camarera se me acercó con una bandeja exquisitamente preparada con tostadas de pan recién salido del horno, un pequeño bol con mantequilla, otro con mermelada, quesos, un sobao que aún estaba caliente, una jarra de zumo de naranja natural y una tetera.
—¿Está bien así?
—Que si está bien... No voy a poder ni con la mitad.
—Espero que te guste, es todo casero.
—Parece delicioso, si no fuera porque no dejan de mirarme —le dije buscando su complicidad.
Ella mantuvo la sonrisa, como si no me hubiera oído.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Azucena.
—¿Y no le sirves un aguardiente?
La pregunta, que sonó retórica, la hizo una señora que, botella de orujo en mano, se sentó frente a mí sin pedir permiso.
—Trae un vaso —le ordenó a Azucena.
Obedeció resignada cuando la mujer se lo repitió, no sin antes cuestionar el mandato:
—Igual no le apetece a estas horas, tía.
—Yo creo que sí le apetece. Le va a sentar bien, con este frío... Tráete un vaso.
Cuando la chica volvió contrariada con el vaso, la mujer colocó los dos juntos sobre la mesa y sirvió el licor en ambos sin interrumpir la cadencia del chorro.
—Gracias, pero no puedo beber alcohol.
Ella engulló de un trago el contenido de los dos cubiletes sin despeinarse.
—¿También trabajan en domingo?
—¿Usted es...?
—Natividad Trueba. Mucho gusto.
—Brigada Macarena Lago, Unidad Central, pero creo que eso ya lo sabe. ¿Qué es lo que quiere?
—Hablar con usted, qué cree.
Otras tres mujeres se nos unieron arrimando sus sillas en torno a la mesa.
—¿Sobre qué quieren hablar?
—Queremos saber qué es lo que está pasando aquí. El asesino de Lebeña mató ayer a otra muchacha.
—Pues ya saben ustedes más que yo.
—No se ande con esas con nosotras, que no somos ignorantes.
Natividad Trueba se levantó, volvió de la barra con un periódico de la comarca y lo dejó sobre la mesa.
En la portada, un titular a toda página alertaba de la existencia de un asesino en serie suelto en Liébana.
Complementaban la noticia testimonios de vecinos que atribuían los crímenes a la Osa de Ándara.
—Si estamos en peligro, tenemos derecho a saberlo —dijo otra de las mujeres.
—Entiendo su preocupación, pero no puedo revelarles detalles de la investigación. Y eso de la Osa no son más que habladurías. No deberían hacer caso.
—No sabe de lo que habla —opinó Natividad.
Cada vez había más personas rodeándome.
—¿Qué están haciendo para encontrar al asesino? —oí detrás de mí.
—¿Es verdad que la Osa ha vuelto?
—Seguro que es cosa de alguno de esos que se vienen a vivir a las montañas...
—Algo debieron de ver en el pueblo...
Las voces de aquellas mujeres hostigándome por todos los flancos comenzaron realmente a incomodarme.
—Sí, deben de saber... Si no hablan es porque algo callan...
—La lanza significa algo... —auguró segura otra mujer que acariciaba a un gato que sostenía en su regazo—. Significa algo...
—¡Ya está bien! Parad. Dejadla en paz, la estáis atosigando —intervino Azucena en mi defensa, justo cuando se abría la puerta y vi a Salva.
Me levanté presta para salir de allí.
—Tengo que marcharme. Si tienen alguna información, deberían pasar por el puesto para que les tomen declaración. Siento no haber tomado tu desayuno —me disculpé con la chica.
—¿Para qué? Para que nos hagan el mismo caso que a Darío... Que tenga suerte —zanjó Natividad.
—Vámonos de aquí —le pedí a Salva.
—¿Qué estaba pasando ahí, Maca?
—Putas brujas...
—¡Brigada, brigada! —oí aún que me llamaban cuando nos alejábamos. Era Azucena.
Me detuve y aguardé a que llegara hasta donde estábamos.
—Era brigada, ¿no?
—Sí, me llamo Macarena.
—Lo siento mucho, de verdad, a veces son insoportables.
—No tienes por qué disculparte, tú has sido muy amable. Tenemos que marcharnos.
—Espere, ¿estamos en peligro? Con lo de ayer..., ¿es verdad lo que dice la prensa? ¿Hay un asesino en serie en Liébana?
—Aún no lo sabemos.
—Yo no creo que sea cosa de la Osa de Ándara. Eso no tiene ningún sentido.
—Ve con cuidado y evita lugares apartados, ¿de acuerdo? Es mejor ser precavidas hasta que todo se aclare.
—Pero lo cogerán pronto, ¿verdad?
—Sí, lo cogeremos.
Me la quedé mirando mientras se alejaba hasta que se perdió de nuevo en el tétrico local.
No creía que Azucena encajara en el perfil de persona que debía temer por su vida.
Claro que tampoco sabía yo si ella, además de servir manjares, pintaba cuadros, componía canciones o hacía encajes de bolillos.
—¿Quieres que desayunemos en otro sitio? —propuso Salva.
—Se me ha cerrado el estómago.
Volví al hotel para deshacerme de la ropa de deporte y de la mala aura.
Me di una ducha y, aprovechando el alivio que me había obrado el agua caliente y que era una hora prudente, hice de tripas corazón para llamar a mi jefe y ponerlo al día, procurando que no se notara el cabreo monumental que me producía tener que lidiar con él como si no supiera que seguía dudando de mí.
Con todo, no se me había olvidado lo que Salva me había confesado por la noche.
Mi jefe, que manejaba información privilegiada, me confirmó que el ECIO había corroborado el uso de guantes en San Juan.
—Conciencia forense, mi teniente coronel —le dije altiva, como dejando claro que no me estaba revelando nada que no hubiera advertido ya por mí misma.
Hablamos también de la teoría del psicópata, del asesino en serie organizado y de que los crímenes sin duda eran obra del mismo energúmeno. No se lo tomó demasiado mal o, por lo menos, no cargó contra mí como si la culpa fuera mía y la asesina, yo.
Y me atreví a proponerle otra cosa:
—Si me permite, creo que deberíamos dar una rueda de prensa para informar de la situación. La gente aquí está empezando a inquietarse.
—¿Ha ocurrido algo?
No le conté nada del episodio del que acababa de ser víctima en el bar; me bastó informarlo de lo que se había publicado en la prensa local con respecto al asesino en serie, ahorrándome la parte de las leyendas.
—¿Crees que se ha vuelto a filtrar algo?
—No lo creo, habrán atado cabos. No es tan difícil.
—Hablaré con la oficina de prensa. Y con el juez. Envíame un informe de lo que tengáis a lo largo del día.
En lo de los colgantes también estuvimos más o menos de acuerdo, aunque me ahorré mi propia opinión para que fuera él quien tomara la decisión, cosa que habría hecho igualmente, fuera cual fuese mi postura.
—De momento, no, Macarena, pero si la cosa se pone fea o llegáis a tenerlo muy claro, hacemos lo que haga falta para evitar más víctimas.
Cuando colgué, vi el mensaje de Roque Medina.
Lamentando la idea de haberle escrito la noche antes pensé en ignorarlo y hasta en bloquearlo.
Pero, quizá todavía aturdida por los extraños sucesos de la mañana, lo que hice fue decirle que sí, que hacíamos por vernos, que estaría por la tarde en Potes.