24. La grieta
La grieta
Laura Lavalle tampoco puede dormir en paz esa noche.
Por suerte, la bruja ya roncaba cuando ha entrado en su casa de madrugada.
Han sido dos las personas que han tenido que turnarse para cubrir todas las horas que la capitana ha estado trabajando en el que iba a ser su día libre; otro mes que no ensanchará su cuenta de ahorros a este ritmo.
Inquieta, se levanta al baño. Antes de volver a la cama, se acerca a comprobar que respire, sin querer hacer ruido.
Respira. Ronca como un oso. Sus ronquidos le dan tanto miedo como cuando era una niña.
A veces, cuando no ronca, también se acerca temerosa.
No sabe si con miedo a que abra los ojos como si se la fuera a tragar con ellos o sintiendo terror de sí misma porque en el fondo desea encontrarla muerta.
Se siente ruin por ello, un deseo que no se permite, pero que no puede evitar.
Se mete en la cama y mira al techo, la misma grieta que veía de pequeña ahora no le parece tan grande, pero sí igual de amenazadora.
Cuando era niña creía que eran los ronquidos de la osa los que provocaban que hasta el techo se abriera y deseaba que dejara de emitir esos ruidos horribles que terminarían con las vigas cayendo sobre su cama.
Cuando era niña soñaba con la Osa de Ándara, como tantos niños, que entraba en su habitación y se la comía.
Claro que los demás niños no la tenían tan cerca.
Ella siempre ha vivido junto a la playa, lejos del macizo, primero en San Vicente, después, desde corta edad, en Santander, pero siempre tuvo una habitación con una grieta en el techo.
Ella siempre vivió cerca de la playa y lejos de Ándara, pero nunca creyó que la Osa viviera allí arriba, entre las montañas; siempre la sintió en la habitación contigua.
Esa noche, como cuando era una niña, la pasa aterrada, temiendo que la Osa se levante en mitad de la madrugada y entre en su habitación. A lo lejos, pugnando con los ronquidos monstruosos, oye la voz de Macarena describiendo al ser.
Laura Lavalle sabe lo que es vivir a la sombra de uno de ellos.