La Osa de Ándara 23. Cuatro quesos #2
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23. Cuatro quesos #2

—El trasfondo artístico parece confirmarse. Hay una relación entre su firma y la arquitectura, las iglesias, la fe... ¡Esas marcas tienen un significado! —dije más venida arriba, animada por la arenga que acababa de recibir de mi compañero.

—Vaya..., es todo muy abstracto —resolvió Millán.

Lo era. Abstracto y monstruoso.

—Sí que lo es, pero nos va a tocar indagar por ahí. Así que ya tenéis tarea para mañana. Ahora, terminamos de cenar y a dormir, si podéis.

—Un momento, un momento. ¿Cómo que a dormir? ¿Y los colgantes? —inquirió Salva.

—¿Qué pasa con los colgantes? Que los marca, quieres decir, supongo. Pero no sabemos con certeza que lo de los colgantes sea cosa del asesino. A ver, lo de la concha es mucha casualidad, pero no podemos darlo por seguro; no hemos encontrado el de Yeray Santana.

—¡Pero sabemos que lo llevaba, Maca! —insistió.

—Tampoco podemos dar por seguro nada de todo lo demás que has dicho, Macarena —opinó para mi sorpresa Lavalle, que se había mantenido al margen hasta entonces.

—Por seguro, no, obvio, pero desde el noventa y cuatro tenemos expertos en análisis del comportamiento delictivo en la empresa. No son teorías que yo me acabe de inventar —me defendí.

—Y no digo que lo sean. Al contrario, lo que apunta Soler puede ser plausible. Puede que los marque con anterioridad.

—Maca, de ser así, puede que haya por ahí otros artistas ya sentenciados —volvió a insistir él.

—¿Y qué hacemos? ¿Vamos uno por uno a preguntarles a todos los artistas y estudiantes de arte si alguien les ha regalado un collar? O mejor, ¿lanzamos a los medios una nota de prensa para alertarlos?

—No, por Dios, eso no —rogó la capitana.

—La gente está muy tarada, creedme, sé de lo que hablo.

Puede que al que buscamos sea un hijo de puta que de loco no tiene nada, pero si abrimos ese melón, a saber por dónde sale.

Además, ¿creéis que vuestro teniente coronel lo aprobaría?

—interpelé a mis dos compañeros, consciente de que amparar mis propias reservas en mi jefe era jugar muy sucio.

Ninguno se atrevió a contradecirme.

—Vamos a estar muy atentos al detalle, ¿de acuerdo?

Estos días seguiremos hablando con gente.

Habrá que hacer por ver a todos los artistas y compañeros de las víctimas que nos sea posible.

Volved a hablar con todos y no dejéis de prestar atención a si llevan un colgante parecido a los de Lovrić y Alessia Conti.

Y, ahora, vámonos a dormir, por favor. Estoy muerta.

Como si temiésemos quedarnos solos, aún optamos por terminar la jornada tomándonos una cerveza rápida en un bar que, al ser sábado, seguía abierto.

Todos excepto Lavalle, que se marchó a Santander.

Nos obligamos a no hablar del tema en ese rato con la esperanza de despejarnos algo antes de meternos en la cama.

Solo cuando nos despedíamos en el pasillo del hotel, Salva volvió a retomarlo:

—Maca, eso de los colgantes...

—Crees que la estoy cagando —lo corté bruscamente.

—No empieces, no quiero que discutamos.

—Ni yo, pero agradecería un poco de apoyo por tu parte por una vez en este caso.

—Sabes que te apoyo siempre, pero creo que tienes miedo a equivocarte y eso no te pega nada.

No encontré qué responderle y aguardé callada.

—Lo que sí es verdad es que no te he ayudado mucho en esto, creía que lo estaba haciendo, pero me doy cuenta de que no.

—No te estoy entendiendo. —Lo conocía bien. No sabía qué, pero había algo que no me estaba contando.

—Lo viste desde el principio, Maca. La conexión con las iglesias.

—¿Y?

—Y yo actué por mi cuenta porque no confiaba en ello y porque me jodió que no lo estuvieras compartiendo conmigo, la verdad.

—Oye, Salva, sigo sin entenderte.

—Que fui yo, Maca. El que fue a ver aquella iglesia. Bueno, esa y todas las que me dio tiempo. Fui yo. Por eso no me bajé del coche, porque fui yo quien había hablado con los vecinos de aquel pueblo.

—¿De verdad? ¿Y me lo cuentas ahora?

—No te lo conté porque no encontré nada. No quería que la cagaras, lo hice para ayudarte. Estás en el punto de mira, Maca.

—Ya, me asignaron el caso para ponerme a prueba.

—Te lo asignaron porque eres la única que puede resolverlo, pero sí, también para probarte.

—Y tú lo sabías.

—No vayas por ahí, ¡eh!, yo lo he intuido. No eres la única a quien llama el jefe para ver cómo vamos.

—Ya... Ninguna sorpresa —reconocí resignada.

—Lo siento. Habla mañana con él y cuéntale lo de los colgantes. Deja que decida qué hacer con eso.

—Yo también lo siento.

—Será mejor que nos vayamos a dormir. Que descanses.

—Tú también.

Los colgantes, el cuerpo de Alessia Conti atravesado por una lanza, mis hijos a los que esa misma mañana que me parecía tan lejana había dejado plantados en lo que iba a ser un fin de semana prometedor y a quienes ni siquiera me había acordado de llamar.

¿Qué clase de madre se olvida de llamar a sus hijos?

El psicópata sin corazón que a esa hora estaría disfrutando del placer que solo hacía unas horas había obtenido a cambio de arrebatar una vida.

Una corriente de pensamientos catastróficos se mezclaba en mi cabeza como si mi cerebro fuese una coctelera.

Unas inmensas ganas de vomitar. El padre de la italiana, que ya debía de estar en Cantabria, en shock, esperando a que dieran las ocho de la mañana para empezar a creerse que no volvería a hablar con su hija.

El roquefort de la cuatro quesos que me estaba repitiendo; maldita la hora, ya podría haberla pedido de jamón de york.

Más ganas de vomitar. Mi compañero actuando a mis espaldas para protegerme, según él.

¿Protegerme de quién? ¿De mí misma? De mí y de mis putas locuras, de mis instintos sociópatas.

¿O quizá había otra razón tras su comportamiento paternal?

¿Y si él también me la estaba jugando? Y mi jefe, el cabronazo de mi jefe que no se fiaba de mí. Como para fiarse...

En esas, no había ninguna posibilidad de enganchar el sueño.

Como en las peores noches cuando me vi apartada de mi trabajo después del numerito de la Fanta de limón y la pistola en la cabeza de Dávila.

Ya tardaban en aparecer la Fanta y la pistola.

«Está loca, por una puta Fanta de limón».

Al menos me llamaban loca, psicótica; peor hubiera sido que me hubieran tachado de psicópata.

Salva tenía razón. Veía lo que significaban esos colgantes y no me atrevía. Así no había quien durmiera.

Cogí el móvil. Instagram, scroll . El repertorio de iglesias románicas y montañas de Cantabria que me devolvía el algoritmo testimoniaba mis intereses de búsqueda e indagaciones de las últimas semanas.

Algunos muebles y sofás, menos, por la mudanza.

Pero sobre todo iglesias, y vírgenes hieráticas de rostros inexpresivos.

No ayudaba. YouTube, un directo de Sabina en Luna Park.

Lágrimas de mármol. Lo que yo hubiera dado por ver a Sabina en Luna Park.

Qué horror de noche. WhatsApp, a esas horas, contactos, scroll .

No sé por qué lo hice. Roque Medina. Puede que solo fuera por joder a Salva, o porque no tuviera a nadie más a quien escribir.

No sé por qué lo hice.

Hola, ¿qué tal? Soy Macarena, no sé si te acuerdas. Nada, que estoy en Potes, por si coincidimos.

Pero lo hice.