23. Cuatro quesos
Cuatro quesos
El trayecto entre Lomeña y Potes lo hice apostada en las plazas traseras de mi coche, con Salva al volante y Lavalle a su lado.
Los frondosos bosques y las regias montañas del entorno chocaban con la sensación de olvido que transmitía todo el municipio de Pesaguero.
Desde allí hasta nuestro destino no teníamos más de veinte minutos por delante.
En ese tiempo, desplegué en lo que me quedaba de asiento libre todas las fichas y hojas sueltas que necesitaba ver al mismo tiempo para ordenar mis ideas.
Cuando llegamos al puesto, les pedí a mis compañeros que me diesen una hora a solas y aprovecharan para alojarse.
—¿Voy buscando unas pizzas? —sugirió Millán, intuyendo que la noche iba a ser larga.
—Cuatro quesos, por favor —respondí, y me encerré con mis pensamientos en la sala que ya había sido nuestra un mes antes.
Al rato se me unieron puntuales, precedidos por un olor a roquefort que hacía más acogedor el ambiente que íbamos a enranciar con lo que teníamos que contarnos. Una vez que los pormenores invadieran el espacio, no habría ya aroma capaz de disipar el mal sabor que se nos instalaría en el paladar.
Inicié la reunión de Teams a la que había invitado a la subteniente Castro y a la subinspectora de la Policía Nacional que seguía colaborando con nosotros en la perfilación, y comencé dirigiéndome a Lavalle:
—¿Tu gente ha podido localizar a la familia de Alessia Conti?
—El padre viene de camino. No me ha dado mucha información porque estaba en estado de shock tras recibir la noticia, pero ya hemos averiguado que también es arquitecto y que reside en Madrid.
Su hija cursaba un máster de Restauración en la Complutense.
He quedado con él mañana a primera hora en la comandancia.
—No sé si podré acompañarte. ¿Podrías ocuparte tú de hablar con él?
Lavalle no puso objeción, aunque no tuve claro si pensó que estaba eludiendo el mal trago.
Ni yo misma podía asegurar que no me estuviera escaqueando.
Eso, y que prefería no estar allí por lo que pudiera pasar.
El recuerdo de aquel episodio con la familia de Yeray en el Anatómico seguía muy vivo en mi recuerdo.
—Vamos a lo que nos ocupa. Nos oís bien, ¿verdad?
—Me aseguré de que las dos asistentes virtuales pudieran seguir el hilo sin ruido—.
Buscamos a un asesino en serie. —Los miré a todos uno por uno para rastrear sus reacciones—.
La variedad de armas que utiliza no es habitual —proseguí—.
Ha usado en los tres casos la piedra. Después tenemos el cuchillo, en el caso de Yeray Santana; y la falsa lanza en el de hoy, que solo ha provocado heridas posmortales.
—Parecen armas fetiches —opinó la subinspectora.
—Nos hablan de un ánimo de ensañamiento, aun después de la muerte. Lo que entraña algo personal, bien con las víctimas o bien con lo que estas representan. En todo caso, no son armas de oportunidad. ¿Estáis de acuerdo?
—En el primer caso, el de los Picos, sí pudo ser el pedrusco un arma de oportunidad —apuntó de nuevo la poli—. Puede que fuera lo que tuvo a mano y que después lo incorporase a su modus operandi .
—Pienso igual, del mismo modo que posteriormente volvió allí arriba a dejar su firma —opinó Castro a través de la pantalla—. Igual aquella muerte no fue intencionada o, al menos, no premeditada.
El resto se limitaba a presenciar atentos y un poco desorientados la conversación.
—Lo raro sería que no hubiera matices, pero tenemos ya tres víctimas y con ellas tres escenarios; suficientes para determinar el tipo de escena y, por ende, de individuo. Creo que con lo de hoy se confirma lo que ya pensábamos: se trata de un sujeto de tipo predominantemente organizado.
—Para mí lo es sin duda —me apoyó la subinspectora—. Vale que no traslada los cuerpos y deja múltiples indicios, pero eso bien puede ser intencionado. Creo que está construyendo la escena.
—Y evidencias deja pocas. Yo diría que tiene conciencia forense —añadí a su hipótesis—.
Se trata, al menos en los dos últimos crímenes, de agresiones claramente planeadas.
Todo ello inclina la balanza por la organización.
En cuanto al arma fetiche, en especial la lanza, también apoya la tesis de que tanto el arma como el tipo de víctima presenten un carácter específico para él o ella.
—¿Sigues dudando de que sea un hombre? Para mí es un hombre, sin lugar a dudas —sentenció Castro.
Volví a escrutar las reacciones de mis compañeros.
Era consciente de que estaban descubriendo muchos detalles del caso que les eran nuevos.
Lo que Salva me había dicho aquel día en el que habíamos discutido en el coche encerraba parte de verdad.
No sé si tanto como para acusarme de ir por libre, pero sí era cierto que los había mantenido al margen de muchas de mis suposiciones y decisiones.
—Encaja más con un hombre —reconocí retomando el hilo—.
De ser una mujer, sería una asesina un tanto masculinizada en su modus operandi , aunque prefiero esperar a los análisis de tóxicos de Alessia Conti.
Os recuerdo que Yeray tenía restos de estramonio en el organismo, puede ser algo circunstancial, pero ¿y si Alessia también los tuviera?
—El empleo del veneno es más habitual en las asesinas mujeres —se mostró de acuerdo Castro entonces—, pero este las mata con violencia, no con sus propias manos, pero casi.
—En resumen, mi teoría es la siguiente —hice una pausa dramática y me dirigí a los que estaban en la sala de cuerpo presente para exponerla—, comenzaré por lo que no buscamos: no buscamos a un sádico, no buscamos a un violador ni a un agresor sexual.
No sabemos si es un hombre o una mujer, pero, oídme bien, no buscamos a un psicótico.
El individuo al que perseguimos es un psicópata de manual.
—Joder... ¿En serio? —reaccionó atónito Mansilla.
—Lamento informarte de que la mayoría de los asesinos en serie lo son. Hay por ahí más psicópatas sueltos de los que imaginas, seguro que conoces a más de uno. Por suerte, la mayoría de ellos no mata a nadie.
—Ah, pues ya me quedo más tranquilo —ironizó.
—Cuando el psicópata se convierte en un criminal, estamos ante el tipo de ser humano más peligroso que existe —retomé para advertirlos—.
Si no lo detenemos antes, volverá a actuar casi con seguridad.
¿Cuándo? No podemos saberlo, pero si está en etapa intermedia, los períodos de enfriamiento tienden a ser más cortos.
Es posible que sea alguien con quien ya hemos hablado o con quien pronto lo hagamos, así que abrid bien los ojos y los oídos.
—Este tipo de sujetos son maestros de la mentira. —Me tomó el relevo la subinspectora—. Manipuladores, egoístas, superficialmente encantadores. Hará lo que sea necesario para que no lo pillemos, lo que sea para engañarnos.
—Es posible que no conozca en persona a las víctimas y que las elija solo por lo que representan. Y, en todo caso, las víctimas le importan poco. Carecen de empatía, su calidad emocional es inexistente.
—¿Qué hay del móvil? ¿Por qué lo hace? —preguntó Salva.
—Todos los asesinos en serie psicópatas tienen algo en común: quieren ser otra persona.
Aquí no hay sadismo, parece más plausible que su motivación sea el poder, el control.
Y no olvidemos que se mueve en el ámbito artístico, puede que busque influencia, reconocimiento.
Es posible que la filtración a los medios fuera cosa suya.
—Estoy de acuerdo —se sumó Castro—. Puede que esa búsqueda de poder esté apoyada por otras motivaciones, como el lucro o algún tipo de venganza.
—¿Y eso lo consigue matando a artistas y a estudiantes desconocidos? A mí me van a perdonar, pero no entiendo nada —reconoció Mansilla superado.
Vi cómo Lavalle, que no abría la boca, lo reprendía con la mirada.
—Que no los conozcas tú no significa que fueran del todo desconocidos, Mansilla. Recuerda que Santana ya estaba bien cotizado.
—Y Lovrić lo estaba en su país —añadió Salva.
—No te sientas mal. —Me acerqué al guardia, a quien veía sobrepasado—.
No es fácil de entender lo que mueve a este tipo de personalidades.
Los psicópatas criminales encuentran la realización en el mero hecho de matar.
Ni ellos podrían explicarnos qué los lleva a transformarse en asesinos, pero sabemos que esa necesidad se convierte en una adicción.
—Ya, no pueden evitarlo —concluyó él.
—Pero saben lo que hacen, Mansilla, ahí está la clave. Son perfectamente conscientes.
Me despedí de Castro y de la subinspectora y cerré la videollamada.
Era más de medianoche, si no los mandé a todos a dormir fue porque estaba segura de que ninguno podría pegar ojo después de aquella reunión.
Las pizzas nos miraban casi intactas y ya frías, recriminándonos que no las hubiéramos engullido a tiempo para no oír aquella sarta de monstruosidades.
—Bueno, ya es suficiente lección de psicopatología por hoy. Iba a reservarlo para mañana por no saturar, pero os voy a contar algo menos aberrante, a ver qué pensáis vosotros —anuncié—. Id comiendo, que se enfrían.
Al unísono, todos, incluida Lavalle haciendo como que no le apetecía, atacaron un trozo de pizza.
—Por más vueltas que les he dado a los números, hasta hace un rato no había logrado llegar a alguna conclusión.
El primero que nos encontramos, en Lebeña, fue un ocho; después subió a Áliva para pintar un seis.
Y ahora nos ha dejado un dos. Hasta ahí, nada.
Pero cuando hoy el vecino de Lomeña nos ha enseñado la iglesia, he visto una posible explicación a esos números.
Puede que solo sea casualidad, pero ese hombre ha hablado de una roseta de ocho pétalos en la pila bautismal.
Y después está el colgante que habéis encontrado en el cuello de Alessia Conti —me dirigí a la capitana—, con una concha que, si no me equivoco, es símbolo del bautismo.
—Bien visto, Maca —reconoció Salva con evidente muestra de orgullo hacia mí.