La Osa de Ándara 22. Roseta octopétala
47%

22. Roseta octopétala

Roseta octopétala

Era un día cerrado, solo podían atisbarse las nubes que lo ennegrecían todo.

Había salido de Madrid sola y en mi propio coche menos de una hora después de hablar con la capitana por la mañana.

Casi quinientos kilómetros de volante para recrearme en la mirada decepcionada de mi hijo, en el llanto triste de mi hija preguntándome cuándo iba a regresar.

Aún quedaban un par de horas para que comenzara a atardecer, pero cualquiera que hubiera estado unas cuantas veces en aquel entorno podía presumir de que a esas horas de la tarde ya no abriría.

Cuando llegué, aún no habían levantado el cadáver de Alessia Conti.

Laura Lavalle se me dirigió en cuanto me vio aparecer. Había llegado a temer el momento de reencontrarme con ella y, sin embargo, su presencia me hizo sentir menos intrusa. Vino hacia mí con una media sonrisa prudente en la que hallé cierta complicidad y me franqueó el acceso al vallado.

—Ojalá no fuera en estas, pero me alegro de verte, brigada —me dijo amable.

—Lo mismo digo, capitana.

—Sígueme.

Sin más preámbulos que no eran necesarios para que cada una representara su papel, comenzó a contarme mientras nos aproximábamos al sitio donde todavía estaba tendida la víctima.

—Arquitecta, residente en Madrid. Acabo de hablar con una amiga por teléfono. Le he desbloqueado el móvil con su propia huella —reconoció la capitana—. Mi gente está tratando de localizar a la familia y el forense casi ha terminado.

—¿Testigos? ¿Alguien del pueblo ha visto algo?

—Tengo a dos guardias preguntando casa por casa en las pocas que hay habitadas.

La señora que ha hallado el cuerpo vio pasar a una mujer joven dirección a la iglesia, muy temprano, poco más de las siete, dice.

No vio a nadie más. Le extrañó, por lo que un rato después se acercó a echar un vistazo y fue cuando se la encontró.

—¿Confirma que es la mujer a la que vio?

—Afirma que sí, pasó por delante de su casa, aunque estaba oscuro.

—¿Y no vio nada más?

—¿Nada más como un oso, quieres decir?

No respondí, no le hizo falta para entender que era justo a lo que me refería.

—Le he preguntado por eso, Macarena —dijo Lavalle para mi grata sorpresa.

—¿Y bien?

—Que al fulanu hace años que no se le ve por aquí.

— ¿Eh?

—Así lo ha llamado, qué quieres que te diga. Los he visto más colaborativos. Pero hay algo que no te he contado por teléfono.

Lavalle me mostró entonces en su móvil una fotografía de un pedrusco del tamaño de una berenjena con dos rayas verticales perpendiculares pintadas y rematadas con otras dos líneas horizontales arriba y abajo. Lo habían encontrado un rato antes en las inmediaciones de la iglesia.

—Un dos —deduje—. Al menos se confirma que los números no se corresponden con las víctimas.

—Y aún hay otra cosa —me anunció la capitana circunspecta—. Llevaba un colgante, como el de Lovrić, pero con una concha.

Ambas aguardamos sosteniéndonos la mirada. La referencia a la aparición de un nuevo colgante venía a traer irremediablemente el recuerdo del desagradable desencuentro que habíamos protagonizado el último día que nos vimos.

Antes de que alguna pudiera decir algo, el timbre de mi teléfono rompió el silencio incómodo.

—Era Soler, están llegando. Vienen con el Equipo Central de Inspección Ocular —informé a Lavalle cuando colgué con Salva, a quien ansiaba tener cerca.

Con la premura y la víctima todavía allí casi no había reparado en el escenario.

De sobra sabía lo que tenía que preguntarme para construir el relato: ¿qué hace?

, ¿qué busca?, ¿qué pretende conseguir haciendo esto?

Conocía las preguntas, pero me sentía torpe.

No era habitual para mí inspeccionar la escena de un crimen con el malogrado de cuerpo presente.

No se trataba solo de averiguar quién había cometido aquella atrocidad; se trataba de impedir que volviera a hacerlo, porque para Alessia Conti cualquier acierto por nuestra parte sería ya en balde, para ella todo llegaría tarde.

Con la joven inerte ante mis ojos era aún más difícil sobreponerse a la frustración que siempre supone la investigación criminal.

Saludé al doctor Zaballa y le consulté su opinión preliminar sobre los aspectos que me parecían más relevantes en ese momento para mi objetivo: afinar el perfil criminal del asesino.

El perfil no iba a señalar a nadie, pero sí nos ayudaría a descartar y a predecir su comportamiento futuro.

Las respuestas del médico a mis preguntas fueron tajantes: ni había rastro alguno aparente de agresión sexual, ni el cadáver había sido trasladado de sitio.

Me confirmó también que las heridas provocadas por el artilugio en forma de lanza eran posmortales.

El doctor, que tenía que ratificar sus primeras conclusiones en la autopsia, no mostraba tampoco reservas en acompañar las evidencias con sus interpretaciones.

Me pareció que se hacía cargo de que sus respuestas no me lo ponían fácil y de que aquello suponía un cóctel difícil de digerir.

Por mi parte, lo advertí de la importancia de buscar rastros de estramonio en el organismo de la víctima y, antes de marcharse, confirmé que efectivamente se apiadaba de mí.

—Entre usted y yo, brigada, diría que esto no es obra de un loco.

En efecto, esa era la primera disyuntiva que yo debía esclarecer: ¿de qué tipo era el individuo al que teníamos que buscar? Si no era un psicótico, cosa que no parecía, nos quedaba la opción que más miedo daba de todas las posibles.

Una vez que se llevaron el cadáver de Alessia Conti, me centré en el lugar.

Nos quedaba poco tiempo antes de que anocheciera y no podía dejar de prestar atención a todos los detalles, por nimios que pudieran resultar en apariencia; esos indicios menos visibles, los que pasan desapercibidos entre los más sobresalientes que se convierten en grandes adversarios de la investigación, todo mal que suelen eclipsar las pequeñas pero relevantes cosas.

Estaba rodeando el peculiar templo iluminado ya por los focos que habíamos instalado, cuando Salva y Millán al fin aparecieron.

Mis compañeros se me unieron. Yo llevaba un rato tratando de encontrar la puerta principal de la iglesia, que me parecería un tanto estrambótica.

El templo, de una sola nave, tenía una fachada ciega rematada por una espadaña, a la que se accedía a través de otro vano situado en la torre circular anexa.

Toda esa terminología, que seguramente había memorizado alguna vez en el instituto y después olvidado, la había refrescado en las horas de estudio que le había dedicado a la cuestión artística desde que comenzara el caso.

No había una iglesia en toda Liébana sobre la que no hubiera indagado.

O eso creía yo, hasta que me topé con la de San Juan Degollado.

Haciendo alarde de conocimiento, compartí la razón de mi extrañeza con los míos, con Lavalle y con Mansilla:

—Fijaos, es muy peculiar. El ábside no está orientado al este, como sería habitual, ni la puerta está en el punto opuesto. Por eso me extraña.

—Sí, seguro que es por eso —bromeó sorprendido Salva.

—¿Me subestimas? —respondí echando mano del teléfono.

—Jamás.

No había mucha información sobre el templo. En las webs que encontré en una búsqueda rápida hablaban sobre todo de la pila bautismal que albergaba en su interior y que testimoniaba su origen románico.

—A ver si vamos a tener que hacer guardia en todas las iglesias de Liébana para pillar a este desgraciado —propuso audaz el cabo Millán.

—Pues no lo descartes, pero en esta ya vamos tarde. Anda, llégate con Mansilla al pueblo, a ver si alguien tiene la llave.

Los dos volvieron al rato con un vecino que nos flanqueó, contrariado, la entrada a la iglesia por la puerta lateral.

Aun siendo una aprendiz en la materia, advertí una mezcla de estilos decorativos en su interior que me sorprendió.

Según el hombre, la iglesia había sido construida entre los siglos XV y XVI sobre una anterior, lo que también había leído en internet.

—No olviden que están en la casa de Dios —nos advirtió.

—Somos conscientes, caballero, pero se hará usted cargo de la gravedad del asunto.

El colorido altar de mármol parecía más reciente.

Quedaba al amparo de una bóveda de crucero, término que yo había aprendido también en las semanas previas, o que si algún día aprendí igualmente había olvidado.

En efecto, lo más interesante y antiguo de la iglesia era —dijo el hombre, supongo que para que la manoseásemos lo justo— la pila bautismal, románica y evidencia de los orígenes del templo.

Databa del año 1200 y estaba decorada con un trenzado que nos explicó:

—Se pueden distinguir las rosetas de ocho pétalos. Suelen asociarse con la regeneración bautismal y la vida nueva. También con el octavo día.

Fue ahí que el señor llamó nuestra atención sobre la pila bautismal y entendí el significado del colgante que Lavalle no había llegado a enseñarme.

Si no recordaba mal, era una concha lo que había dicho que tenía grabado.

Abandonamos el templo, que el hombre cerró cuidadosamente, y le pedí que estuviera disponible por si necesitábamos volver a entrar. Lo otro que le dije tampoco le gustó:

—Por el momento vamos a dejar todo el perímetro acordonado, por lo que no puede acceder nadie a la iglesia hasta que se retire el precinto.

—¡¿Qué me dice?! Y eso, ¿hasta cuándo va a ser?

Lo miré sopesando una respuesta a la altura de su falta de decoro.

—Se lo digo porque mañana hay misa de domingo, entenderá usted que eso es sagrado, señorita.

—Pues me temo, señor, que aquí mañana no será. Tendrán que ir a otro sitio a comulgar.

Me miró como si se lo llevaran los demonios y se apartó con un desplante, del todo indignado.

—Yo alucino con la gente, de verdad... —comenté para los míos.

Acto seguido, le pedí a Lavalle que organizase que una patrulla se quedara a controlar la escena, que de momento debía permanecer fijada.

—Ya está en marcha. —Confirmó que lo había previsto.

—Brigada, nosotros hemos terminado por hoy, aquí ya no se ve nada —me anunció el teniente que dirigía la unidad de Criminalística desplazada.

—¿Alguna novedad? —le pregunté.

—El terreno es complicado. Hemos recogido algunas huellas plantares, algunas incluso de animales.

—¿De qué animales?

—No sabría decirte, no las hemos identificado aún. Hemos recogido cuanto hemos podido, te cuento detalles lo antes posible. Intentaré que tengáis una recreación virtual del escenario.

—Muchas gracias. A la orden, mi teniente.

»Aquí ya no hacemos nada —indiqué a los demás—. Vamos a buscar un sitio donde hacernos fuertes.

—¿Potes? —propuso Salva.

Asentí con la cabeza, entretenida otra vez en la fachada de la espadaña sin puerta.