La Osa de Ándara 21. San Juan
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21. San Juan

San Juan

Esta vez Laura Lavalle no llegará tarde.

Se niega a conformarse con el relato de sus compañeros sobre lo que ella debe descubrir con sus propios ojos.

Es sábado y le tocaba librar; iba a pasar el día con ella.

Casi no puede sostener con su sueldo y la insultante pensión de su madre el pago de las horas de las cuidadoras a las que tiene que recurrir casi a diario, sin previo aviso y a horas intempestivas.

Porque de la ayuda de dependencia nada sabe desde que la solicitó hace ya más de un año.

Cuando la avisan de que ha aparecido el cadáver de una mujer en Lomeña junto a una iglesia, llama a Mansilla para que pase a recogerla.

Conecta la cámara de la habitación ignorando sus reproches mientras se viste y sale de casa.

Desde el coche, llama a tres personas hasta que logra dar con una que puede cubrirla.

El trayecto hasta Lomeña les llevará más de hora y media. Mansilla ignora los límites de velocidad para volver a cruzar La Hermida y llevar a la capitana otra vez a Liébana, apremiado por la urgencia que esta le transmite.

—Esta vez vamos más lejos, mi capitán, hay que pasar Cabezón —la informa el guardia.

—No sé de qué me suena ese sitio. Será uno de esos lugares en los que misteriosamente cada verano se quema un monte.

—Está escondido, yo no lo conozco. Pero no se preocupe, me he mirado bien el mapa.

—Eso espero. Lo último que necesitamos es perdernos.

Abandonan la carretera comarcal y toman otra menor hasta llegar a un poblado donde las marcas viales laterales desaparecen y la calzada da lugar a una pista asfaltada que cruza el pueblo; una veintena de casas en torno a la única calle del lugar, tomada por un grupo de vecinos dispersos.

Menos gente que casas, como en otros tantos pueblos de la Cantabria profunda en los que una suerte de magia negra parece haber afectado a la vida humana, pero no a los edificios.

Mansilla aminora mucho la marcha para sortear a los pocos lugareños, que no disimulan, a juzgar por sus expresiones, el recelo que la situación y la presencia del operativo les produce.

Entre ellos, una señora en actitud algo más colaborativa les indica que deben adentrarse por un camino que les había pasado inadvertido.

Avanzan hasta que ya no pueden continuar por el propio estrechamiento y los coches a los lados, y se apean del vehículo para seguir a pie.

A los guardias de la zona que han acudido tras la llamada de los mismos vecinos, los encuentran sin querer ni acercarse tras el vallado que sitia la iglesia rodeada de prados.

Es uno de ellos, el que lleva impreso en la cara el mal trago, quien ha confirmado que la mujer no respiraba antes de que llegaran los servicios médicos, para lo que ha tenido que pisar sobre el charco de sangre y fluidos en el que yace el cuerpo bocabajo.

Las lesiones son evidentes, así como la etiología homicida de la muerte, puede suponer: presenta una herida en la cabeza que no deja espacio a la duda.

Pero lo más llamativo, con todo, es el palo de madera ensartado en la espalda de la víctima.

Otro de los guardias le tiende a Lavalle el bolso que han recogido a pocos metros y en el que han encontrado una cartera con documentación que parece corresponderle.

Por la posición y el estado que presenta, no puede verle la cara.

De confirmarse que el bolso y la cartera son suyos, la titular de los documentos y de la desgracia se llama Alessia Conti.

Porta un NIE español y un documento de identidad italiano que dicen que nació en Catania, Sicilia, hace veintiocho años; que reside en Madrid y que cuenta con permiso de residencia y trabajo, seguido por la mención de profesional altamente cualificado.

En el bolso, entre otras pertenencias, lleva un móvil.

Lavalle pulsa el botón lateral del teléfono y comprueba que tiene suficiente batería; la pantalla de bloqueo le pide un patrón.

Lo mete en una bolsa y se agacha junto al cuerpo, como a un metro de distancia.

Le pide a Mansilla que la sujete de un brazo para verlo más de cerca sin perder el equilibrio y poder corroborar lo que está intuyendo.

En efecto, lo que lleva en el cuello es un cordón de yute.

Sostenida por el guardia, tratando de tocarla lo menos posible, mete la mano que le queda libre entre el pelo enmarañado de la víctima hasta que logra hacerse con el colgante.

Está sucio, pero cree intuir que el grabado representa una concha.

Es entonces cuando le escribe a Macarena Lago y le pide que la llame.

Después, organiza a los efectivos con los que cuenta para peinar los alrededores de la iglesia y comenzar a hablar con los lugareños en busca de posibles testigos. Y, sobre todo, en busca de un pedrusco con restos de sangre. Ampliará el radio de búsqueda hasta donde sea necesario para encontrarlo.

Cuando la brigada Lago le devuelve la llamada, no puede atenderla de inmediato, pues coincide con que llegan sus compañeros de Criminalística y el forense. El doctor Zaballa no estaba de guardia, pero Lavalle también le ha escrito a su móvil personal para pedirle el favor.

El médico se acuclilla y casi pega el rostro al cuerpo para inspeccionarlo. Con un dedo de la mano izquierda fija las gafas sin montura al puente de su nariz para evitar que acaben sobre el cadáver. Con la derecha, señala sin tocarla la herida del cráneo con un bolígrafo descapuchado.

—Tenemos que afinar, pero ya te digo que esto se lo han hecho hoy, esta mañana.

—Cuando me han avisado no eran ni las nueve —responde ella.

—Pues han debido de madrugar, pero esto es reciente —dice seguro.

—¿Y el palo clavado en la espalda?

—Ah, eso, parece una lanzada, ¿verdad? Puro teatro —califica el forense—. Casi seguro, post mortem ; también tendremos que afinarlo. Yo que tú iría avisando a la brigada Lago.

Lavalle ya lo ha hecho.