La Osa de Ándara 20. Flores frescas
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20. Flores frescas

Flores frescas

En las películas y en las novelas de policías, los investigadores no duermen hasta que resuelven el crimen, empalman las jornadas de trabajo, toman whisky para despejar la mente y desayunan dónuts de azúcar.

En la vida real, los investigadores siguen trabajando a turnos, libran los fines de semana que les toca y dedican la mañana de los sábados a hacer la compra semanal.

Ese sábado, amanecí por primera vez en mi nueva casa.

Había firmado la compraventa la tarde antes tras decidirme a comprarla de forma impulsiva.

Me pilló en suerte uno de los períodos favorables al cliente en lo relativo a quién debía afrontar los gastos de la hipoteca, en unos meses en los que, entre los bancos, el Supremo y el Gobierno, no llegaban a ponerse de acuerdo en la cuestión y cambiaban de criterio cada pocos días.

Con la misma ilusión de quien estrena los inicios de una vida en pareja, había pasado la noche durmiendo en un colchón en el suelo con mis hijos, que era la única compañía que toleraba entonces en mi vida.

Cansada de dejarme un porcentaje insultante de mi sueldo en alquiler, me había liado la manta a la cabeza y había adquirido en propiedad un piso de reciente construcción, también en las afueras, pero no tan cerca de mi ex, a quien quería cuanto más lejos, mejor.

Lo soportaba menos cada día. Como padre, eso sí, se estaba comportando, si es que se puede entender por comportarse a cumplir como padre afectuoso aun cuando no se abandona la inquina con la madre de las criaturas procreadas en común.

Aun con la ilusión del renovado nido, noviembre había empezado como empiezan todos los noviembres, triste, con los cementerios blanqueados y oliendo a flores frescas.

No podía evitar la desolación en esa fecha gris; quizá por combatirla me había decidido a comprar justo entonces la vivienda.

En esos días solía ocurrirme que no podía dejar de acordarme de todas mis víctimas, y especialmente de las más recientes.

Esa mañana pensaba en Yeray Santana, en su familia, estoica y conformada, rematada en su dolor por mi compañera.

Y en el padre de Milo Lovrić, a quien no conocía, pero que sabía que continuaba llamando semanalmente a la capitana Lavalle para que no se olvidaran de hacer justicia a su hijo.

Algún día, esperaba, cogeríamos al culpable, y él entonces comprendería que de poco iba a servirle la justicia.

Ese sábado se cumplían cuatro meses desde la aparición del cadáver de Milo y casi uno del de Yeray, el segundo crimen de la Osa, que era como Millán y yo llamábamos al caso en petit comité ; Salva no terminaba de entrar.

Y yo, aunque más mundana que los de las películas, seguía siendo una investigadora de homicidios.

En el caso no habíamos avanzado demasiado en las últimas semanas.

Lo más relevante había sido la coincidencia hallada entre las marcas.

El número ocho de la piedra encontrada en Lebeña con la que habían golpeado la cabeza de Yeray Santana y el seis que yo había fotografiado en el muro de Áliva se habían realizado con la misma pintura: esmalte al aceite color rojo carruaje; una de esas lacas sintéticas con las que se pintan las rejas de las ventanas y que se venden en cualquier droguería.

Los compañeros de Cantabria habían vuelto a Áliva y retirado del muro la pieza que contenía la pintada para analizarla.

Lo común del producto utilizado no nos servía para señalar a nadie, si bien reconfirmaba la conexión entre los dos crímenes: la marca encontrada en el primer escenario no se había filtrado, luego la segunda no podía ser más que obra del autor de la primera.

Tras revisar las fotografías de la inspección ocular de julio, eso sí, Salva había descartado que la marca estuviese allí entonces.

El julio anterior, cuando mataron al belga junto a la ermita de la Santuca, ese pilar no lucía ningún seis.

A Lavalle no se le había pasado; lo habían marcado a posteriori.

Un par de días después de nuestro regreso a Madrid, supimos también por el informe de tóxicos que en el organismo de Yeray Santana había restos de estramonio, una planta peligrosa tradicionalmente vinculada con aquelarres, cuyo absurdo consumo se había puesto entonces de moda y que algunos jóvenes y no tan jóvenes tomaban para colocarse.

El hallazgo, que a mí me parecía significativo, poco más había servido que para contribuir a ensuciar el honor de la víctima y hasta minimizar su condición de mártir, a ojos de algunos; de algunos de los míos, ya que por suerte no se había aireado el dato.

El análisis de los pocos vestigios recogidos en la escena, por su parte, no devolvió el nombre de nadie que estuviera fichado.

Las escasas cámaras cercanas no habían arrojado ninguna imagen de interés, las declaraciones de los contactos del escultor tampoco habían ofrecido pista alguna, los lectores de matrícula de la DGT no habían brindado ningún resultado; y la presión mediática había cesado tan pronto como había comenzado.

Mucho me temía que o caía una prueba incriminatoria del cielo, o pocas posibilidades teníamos de atrapar al responsable.

Salvo que, muy a mi pesar, dejara una tercera víctima y con ella algunos errores por el camino.

Esperaba que no, prefería un caso cerrado en blanco a otra muerte.

No necesitaba un asesino en serie condenado, ni tan siquiera detenido.

Prefería seguir siendo una guardia que cumple con su deber, de la que ni su jefe ni ella misma terminan de fiarse, sin medallas ni casos en mi currículo que convirtieran mi relato en totales de un documental true crime .

Pero iba a hacer un mes, la probabilidad de que volviera a actuar aumentaba en un mes, y yo seguía siendo la investigadora al mando.

Rehusé que me asignaran otros casos, en lo posible, concentrada en repasar cada detalle que se nos hubiera podido pasar.

Me empapé de teorías artísticas, de simbología religiosa; casi podía ubicar en su lugar cualquier pantocrátor del norte de España.

Aprovechaba cada minuto disponible para indagar sobre los escenarios, sobre los Picos, sobre Liébana.

Releí mis apuntes del curso de Policía Judicial, de Psicología Criminal de la carrera, hablé con quienes habían sido mis instructores y profesores...

No empalmaba noches sin dormir ni desayunaba dónuts de azúcar, pero desde hacía diez días me movía con una maleta preparada y un plan prefijado para colocar a mis hijos y llegar a Cantabria desde donde estuviera en el menor tiempo posible.

Salva, por su parte, fue en esas semanas nuestro enlace con la capitana Lavalle, de cuyos contactos me iba informando. Yo no había vuelto a hablar con ella desde aquel momento tan desagradable en el que terminé imaginándola encañonándome con su pistola.

Hasta ese sábado, que fue a mí, poco antes del mediodía, a quien le puso un mensaje Laura Lavalle:

Macarena, soy Lavalle.

Espero que estés bien. Ha aparecido otra víctima. Llámame cuando puedas.