19. Retirada #3
—Para compensar la falta de información hemos traído unos recuerdos. —Mansilla comenzó a repartir entre el equipo unas pulseras de cuero que nos habían comprado.
—Vaya, qué detalle —agradecí.
—Fíjese en la suya, brigada. Es de la Osa.
Así era. El puñetero Mansilla había elegido para mí una pulsera con un dibujo indescifrable, pero en la que podía leerse grabado: «Osa de Ándara».
—¿Lo ves? Te dije que le gustaría —le comentó a Millán.
—¿Vosotros también con la Osa? —preguntó Salva sin dar crédito.
—Según la mitología cántabra, la Osa de Ándara es un ser medio animal medio humano que vive en los Picos de Europa —le explicó Mansilla.
—Ya, si ya me lo contaste. Lo que no entiendo es por qué esa fijación con algo que no existe.
—Se cree que fue real, ¡eh! Una mujer osa. La llamaban así por su aspecto, era muy ruda y tenía un carácter bastante arisco; y porque dejaba de verse en invierno y reaparecía con la llegada del buen tiempo, como buena osa.
Aprovechando que era su subordinado quien tenía la palabra, Lavalle interrumpió irritada.
—Ya está bien, Mansilla. ¿De verdad vamos a perder el tiempo con eso? —protestó.
El guardia acató y guardó silencio ante la réplica de la capitana.
—Mansilla, continúa, por favor —le pedí.
Sin saber muy bien a quién obedecer, retomó el hilo, temeroso:
—Bueno, si alguna vez existió...
—¡Si alguna vez existió fue hace dos siglos! —volvió a entrometerse la capitana indignada—. Pero ¿dónde creéis que estáis?, ¿en Pandora? Seriedad, por favor. Tenemos dos muertes por esclarecer y os vais a dejar llevar por el testimonio de un chico que no sabe lo que dice.
—Laura —entonces sí, la corté, llamándola por su nombre—, tienes dos muertos, uno desde hace tres meses.
¿Y qué habéis averiguado en este tiempo?
Ya te respondo yo: nada. No es que ahora tengamos mucho más, pero estaría bien que dejaras de ponerle pegas a todo y abrieras un poquito la mente.
Estoy segura de que Mateo Cayón no miente cuando dice que vio lo que vio.
Y no, yo tampoco creo que fuera un oso el que mató a Yeray Santana, pero algo debió de ver que le recordara a la puñetera Osa de Ándara.
Si tanto sabes del tema, podrías colaborar un poquito.
—No hace falta que me recuerdes el poco éxito que hemos tenido en este caso hasta ahora, brigada, pero traeros a vosotros aquí tampoco es que haya cambiado mucho las cosas.
—Permítame que discrepe, mi capitana.
—Venga, Macarena, os hemos recibido con los brazos abiertos, he puesto a mi equipo a tu disposición, hasta te he buscado un helicóptero.
¡Un helicóptero para subirte a los Picos y darte el gusto!
¡Que he seguido tus órdenes, coño! ¿Qué esperabas encontrar allí arriba?
, ¿algo que no hubiera visto yo? Ah, claro, el colgante, se me pasó, deberían expedientarme por eso.
¡Han tenido que traernos a los especialistas del Cuerpo para fisgar en Instagram y averiguar que Lovrić llevaba un puto collar con una cruz!
Lavalle lo había soltado todo de corrido, más exaltada en cada reproche que vomitaba sobre mí.
No sabía entonces lo que Laura Lavalle cargaba a su espalda, solo ella podía saberlo, pero sí sabía que yo no era como ella.
De serlo, le hubiera dicho que sí, que quizá deberían, no expedientarla, sino echarla directamente, y no precisamente por lo del colgante.
El recuerdo del trato que profirió a la madre de Yeray Santana y que yo había presenciado seguía torturándome.
Pero tenía otra cosa para ella:
—Igual sí que había algo allí arriba —le espeté.
Me miró expectante.
—Millán, enséñale la foto que hicimos.
El cabo se quedó por un momento paralizado, seguramente queriendo evitar participar en el enfrentamiento entre sus dos superioras.
—Dame la cámara —le ordené.
Me la pasó con la toma en el visor. Y le planté a Lavalle en la cara la foto de la pintada sobre el muro que había tomado en la ermita.
—Yo diría que es un seis. ¿También se os pasó cuando inspeccionasteis la escena?
La capitana casi no pudo disimular las lágrimas.
Atacada, cuestionada y acusada de falta de colaboración.
Por mí. Me recordó tanto a mí aquella noche que pensé que iba a sacar su pistola y apuntarme a la cabeza.
Por mí, que, con todo, no pude evitar sentirme miserable por ponerme a su altura y haberla hecho explotar.
Porque yo no era como ella. No quería ser como ella.
Lavalle salió de la sala sin despedirse y se marchó.
Di por terminada la reunión al tiempo que sonaba mi teléfono, era mi jefe.
Lo puse al día someramente y me dio la orden de volverme a Madrid con todo el equipo.
Nada había ya que tuviéramos que hacer allí que no pudiéramos continuar desde nuestra oficina.
Nos volvimos esa misma noche. Llegué muy tarde a casa, mi hijo estaba ya en su cama durmiendo despreocupado, como se duerme a los doce años; Olivia hacía lo mismo en la mía, cobijada entre sus abuelos, mis padres. Me alegré de que ellos estuvieran allí.