19. Retirada #2
Lo que nos había contado la presidenta de la Fundación Cruz Begides no era ninguna novedad, ya sabíamos que Yeray Santana comenzaba a estar valorado como escultor.
También habíamos advertido por las conversaciones almacenadas en su móvil que esos desencuentros, más o menos importantes, existían.
Una tesis por la que mi compañero apostó desde nuestro encuentro con María Hueso en la asociación.
Le pediría a Lavalle que su equipo, que estaba con el teléfono, prestara especial atención a cualquier mensaje que pudiera resultar sospechoso o que quizá apuntara a algún conflicto con alguien en particular.
Lo haría por prudencia, por si acaso, por no dejar de atender a todas las opciones posibles, si bien todo eso no hacía más que alejarnos, a mi juicio, de la principal hipótesis que debíamos manejar: que los asesinatos del canario Yeray Santana y del belga Milo Lovrić eran obra de una misma persona; y que, de tratarse efectivamente de un serial, sus motivaciones con seguridad respondían a otra cosa: al placer que el ejecutor, quienquiera que fuera, obtenía de las víctimas en su caza.
Eso era lo que decía la teoría de los asesinos en serie. Una teoría que yo me sabía en ese plano, en el teórico, porque lo que era en la práctica nunca me había visto en la papeleta de tener que cazar a uno.
Al salir de la sede de la fundación, alguien me hizo señas desde la terraza del bar que quedaba enfrente. Lo reconocí de inmediato y me sentí extrañamente ruborizada. Era el hombre al que había conocido en la cabina del teleférico el día antes. Me acerqué a él, Salva me siguió.
—Hola, soy Roque, te acuerdas de mí, ¿verdad? ¡Qué casualidad!
—Claro que me acuerdo.
Hubiera preferido evitar sus dos besos; cuando quise darme cuenta, me los había plantado. Noté la expresión de contrariedad de Salva y me sentí blanco de una situación bastante embarazosa.
—¿Os apetece un café? —ofreció Roque incluyendo a Salva en el plan.
—Nos encantaría, pero tenemos trabajo. Otro día, ¿vale? —«“¿Otro día?”, pero qué dices», pensé.
—Vale, no pasa nada. ¿Te apuntas mi teléfono?
Por suerte no me pidió el mío. Guardé el suyo en mi agenda ante la mirada asesina de mi compañero y nos despedimos.
—¿Quién es ese?
—Alguien a quien conocimos el otro día.
—Pero ¿eso ha sido casualidad o te estaba esperando?
—¿Tú qué crees?
—No me jodas, Maca. ¿No te parece mucha coincidencia que aparezca ahí de repente? ¿Sabes sus apellidos?
—No, Salva, no sé sus apellidos. No seas paranoico.
—Venga, dime cómo se llama. Quiero ver si tiene antecedentes.
—¡Que no lo sé! Déjalo ya o me voy a cabrear, en serio.
En esas estábamos, insistiendo él en que iba a mirar si estaba fichado, que le diera el número de teléfono..., cuando nos topamos con Lavalle. La capitana llegaba al puesto con su mal humor habitual y se sumó a las reticencias de Salva con respecto a la casualidad.
Les pedí que por favor lo olvidasen. A Salva le expliqué, para que me dejase tranquila, que solo era un tipo con el que nos habíamos cruzado en Áliva, lo cual le gustó menos aún.
Volví a mentirle por segunda vez ese día cuando le dije que no recordaba cómo se apellidaba, pero sí, lo recordaba: Roque Medina, así se llamaba.
Nos dirigimos al puesto para encontrarnos con el resto y poner en común las averiguaciones de cada uno. Millán ya había hablado con Darío Lastra, lo había llamado en cuanto recibió mis instrucciones y el tipo se había presentado ipso facto , carpeta en mano en cuestión de minutos.
—Me extraña que no os lo hayáis cruzado, acaba de marcharse. Menudo pirado...
—¿Y eso?
—Dice que quiere ayudar, que tiene información sobre el caso, pero no ha acertado a darme un solo dato. Ha dejado unas fotos que..., en fin, juzga por ti misma.
Millán me tendió la carpeta con las fotografías.
En algunas se apreciaba que eran instantáneas tomadas en la iglesia de Lebeña.
En otras, se veían rodaduras de neumático, pisadas y marcas en el terreno, totalmente descontextualizadas e irreconocibles.
No pudimos evitar reírnos al ver que en algunas había utilizado una cinta medidora metálica de las que usan los albañiles a modo de testigo métrico.
—Intención no le falta, desde luego —opiné cáustica.
—Ya te he dicho que muy bueno no está —justificó el cabo—. Dice que las hizo él mismo después de que terminaran los de Criminalística y que quería aportarlas por si pueden servir.
—¿Te ha dicho si alguna de las fotos es de otro sitio o si son todas de Lebeña?
—No ha dicho nada de eso. Se las he recogido y se ha marchado conforme. Y he comprobado que no está reseñado.
—Muy bien, vamos a otra cosa.
—¿Qué hago con las fotos? —insistió.
—Déjalas por ahí.
Cambiamos de tema para centrarnos en el teléfono de Yeray Santana.
Lavalle y su equipo, que seguían fisgando en el contenido del móvil, encontraban una explicación razonable para cada duda previa.
La vida de Yeray, por mucho que fuera un escultor prometedor, no distaba de la de cualquier joven: incomprendido, excéntrico y un poco dramático a partes iguales.
Por el momento, ni un solo hilo del que tirar a partir de la lista de contactos.
—Pues estamos bien. Y de lo otro, ¿tenéis algo?
Millán y Mansilla habían visitado tiendas y puestos de artesanía de la comarca en búsqueda de algún colgante similar al de Milo con la esperanza de localizar su origen.
—No hemos encontrado ninguno que se parezca en lo más mínimo al de la foto en todo el valle de Liébana.
En todas las tiendas venden lo mismo —explicó Millán para mi desdicha—.
Yo creo que eso está hecho a mano, igual hasta se lo hizo él —aventuró—.
Hemos estado en Pembes, que es de donde salen con la Virgen.
Por cierto, no os imagináis lo escondido que está ese pueblo, no se ve hasta que no llegas.
Porque iba con Mansilla, si no, no lo encuentro.
—Al grano, Millán —apremió Salva.
—Perdón, pues que no. Ni en tiendas de souvenirs ni de artesanía venden nada parecido, ni en Pembes, ni en Potes, ni en ningún sitio. Ruz ha estado buscando en páginas web y tampoco. O se lo hizo él o se lo compró a un mantero.