19. Retirada
Retirada
Mateo Cayón estaba paseando al perro cuando a la mañana siguiente Salva y yo llegamos a Lebeña; nos topamos con él en la carretera de acceso al pueblo. Desde lejos lo vimos con el teléfono pegado a la oreja.
Salva detuvo el coche a su lado, el chico nos miró como si nunca nos hubiera visto.
Acto seguido, le dijo a quien fuera que tuviera al otro lado que debía hablar con la Guardia Civil, aunque íbamos de paisano, y se subieron en el asiento trasero.
El perro no paró de ladrar hasta que llegamos a casa de Mateo.
Una vez allí, lo hicimos volver a rememorar sus movimientos la mañana que encontró el cuerpo, deteniéndonos e insistiendo en cada detalle.
Cuando hubo terminado con el relato, le pregunté, como dándolo por hecho, por el collar que el escultor llevaba en el cuello.
Mateo no había visto ningún collar, no sabía de qué le hablábamos.
Para terminar, le pregunté por la osa de la noche anterior, pero Mateo tampoco había visto ninguna osa.
Solo le faltó decirnos que él nunca había visto un muerto.
Nada, eso era lo que podíamos obtener de él.
Las esperanzas que había albergado de que el joven pudiera colaborar en la elaboración de un retrato robot de la supuesta osa que vio salir corriendo del entorno de la iglesia se me esfumaron aun antes de proponerlo.
Por no tener, no tenía ni argumentos para alargar la estancia de mi unidad en Cantabria.
Lo que sí tenía eran dos hijos que al día siguiente se irían a casa de su padre y a los que me apetecía y me sentía obligada a ver, a partes iguales, antes de que se marcharan.
Más cuando mi exmarido me había puesto un mensaje preguntándome si tenía pensado volver a Madrid y ofreciéndose a recogerlos por la tarde, si es que iba a pasar también el fin de semana fuera.
Sobre la posibilidad de volvernos a Madrid y continuar desde allí con la investigación hablaba con Salva cuando paramos para almorzar.
La acera que albergaba las mesas de la terraza del bar servía de arcén a la carretera que comunicaba los pueblos del valle.
El camarero se apresuró a fijar el toldo para cubrirnos de un sol que no me resultaba molesto.
El restaurante tenía un salón interior que nos ofrecieron y que declinamos en favor de la privacidad que ofrecía la calle.
Cuando las servilletas empezaron a volar, el camarero volvió a salir para extender otra lona que nos protegiera del viento.
—A esta hora siempre sopla, viene del desfiladero. —La voz provenía de la única mesa ocupada en la terraza, a unos metros de la nuestra. El hombre nos hablaba sin mirarnos, o eso me parecía tras las gafas oscuras.
Ni Salva ni yo hicimos más que asentir ligeramente como aceptando el comentario, sin dar pie a la conversación. Medio minuto después, el individuo, unos treinta años, kilos de más, barba de varios días arreglada, carpeta en mano, se nos acercó.
—Disculpen la intromisión. Me llamo Darío Lastra y también soy investigador, investigador local —matizó—.
Perdón. —Se quitó las gafas de sol con un gesto de disculpa, las dejó sobre la mesa y casi nos obligó a estrecharle la mano—.
¿Les importa si me siento un momento? Tengo información relevante para el caso —dijo alzando la carpeta.
—Verá, amigo, estamos almorzando. No sabemos de qué nos habla —le dijo Salva.
El hombre no lo dejó continuar.
—Lo sé, lo sé, pero es que como ciudadano y como investigador de la comarca tengo la obligación de poner en conocimiento de la Guardia Civil esta información.
—Ya, pero no es el lugar ni el momento. ¿Por qué no pasa mejor por el puesto para que le tomen declaración formalmente?
—¿Usted es...? —le preguntó a Salva ignorando su sugerencia.
—Es el sargento primero Sergio Soldado y yo la brigada Matilde Lebrón, la jefa —me entrometí.
Salva no se inmutó cuando me oyó pronunciar nuestros nombres de guerra; los que yo misma había elegido para ocasiones como aquella, con aire bélico y, manía personal también, respetando nuestras iniciales—. ¿Qué es lo que guarda en esa carpeta?
—Unas fotos, se las enseñaré.
—No, aquí no. —Intercepté sus movimientos para impedirle que expusiera el contenido del dosier en la terraza del bar.
Aun con la sospecha de que el tal Darío Lastra pudiera ser el misterioso visitante con el que habían hablado los vecinos de Lamasón, no podía darle vida al primero que se nos acercara en mitad de la calle—.
Vamos a hacer lo siguiente, Darío. Me va a apuntar usted aquí su teléfono y esta misma tarde le vamos a llamar para citarle en el puesto, ¿le parece? Comprenderá que no es el sitio.
El joven anotó su teléfono en mi libreta, decepcionado.
—Espero entonces su llamada —aceptó resignado—. A la orden, brigada Matilde. Espero su llamada.
Me saludó llevándose la mano a la sien con torpeza de civil y estilo de millennial , de esos que no han pasado por un cuartel ni para hacer la mili. Recogió las gafas de sol y se marchó.
—¿A quién llamas? —me preguntó Salva cuando eché mano del teléfono en cuanto se hubo alejado.
—A Millán.
No le di más explicaciones, pero tampoco me escondí para pedirle al cabo que comprobase la filiación del sujeto y lo citara en el puesto cuanto antes. Lo hice con seguridad y sin dejar de aguantarle la mirada, para que entendiera que me ratificaba en lo que para él eran mis ideas peregrinas.
—Sigues enfadada por lo de ayer. Maca, no era mi intención hacerte sentir mal. Fue un comentario sin importancia, desafortunado, pero nada más —me dijo cuando hube colgado.
—No pasa nada, olvídalo.
—No, olvídalo, no. No quiero olvidarlo; quiero que me perdones. De verdad que lo siento.
Le dije que sí, que ya estaba perdonado, pero era mentira. No podía perdonarlo porque veía en sus ojos que lo que me había dicho era lo que de verdad pensaba sobre mí.
Cuando regresamos a Potes, nos fuimos directamente a la sede de la fundación que había comprado una de las dos esculturas de Yeray Santana en la exposición de Lebeña, donde habíamos quedado con su presidenta.
Candela Cruz Begides, que llevaba los apellidos que daban nombre a la organización, nos recibió en un despacho que parecía del siglo XII .
La escultura en cuestión solo la vimos en fotos.
—No tenemos prevista exponerla. Ya ven que no encaja con la decoración de nuestra sede —nos explicó.
Todo el interior respetaba el aspecto medieval de la fachada del edificio, acorde también con el resto de la villa.
—Y, entonces, ¿para qué la compran? —preguntó Salva.
—Solemos colaborar adquiriendo alguna pieza en ese tipo de muestras. Por la propia naturaleza de nuestra fundación, nos corresponde apoyar al círculo artístico de la región.
—Pero Yeray Santana no era un artista local.
—No, no lo era, pero entenderán que, puestos a destinar parte de nuestros fondos a comprar obras, mejor hacerlo en las que se pueden considerar como una inversión —explicó la presidenta.
—¿Lo dice porque su autor ha sido asesinado? —aventuré yo.
—No, por Dios. Santana ya estaba bien cotizado antes de eso. Pero ya que lo dice, sí, el triste desenlace de ese joven contribuirá a aumentar su valor en el mercado. Así funcionan las cosas —lamentó.
—¿Lo conocía personalmente?
—¿A Santana? Fue alumno mío el curso pasado.
Es una pena porque tenía mucho talento, aunque no del todo bien empleado —nos dijo, mostrándonos de nuevo la fotografía—.
Soy catedrática de Historia del Arte, entiendan que me cueste admitir el valor artístico de según qué tendencias, pero la verdad es que este es el tipo de obras que se cotizan ahora.
Todas las que había allí eran de la misma línea, aunque ya les digo que Santana era bueno; seguramente esta pieza podremos venderla bien en unos años y sacarle algo de beneficio para destinar a alguna buena causa.
—¿A qué tipo de causas se dedica su fundación?
—A la defensa y promoción del patrimonio cultural de nuestro entorno, especialmente medieval, que es mi especialidad.
—¿Y no sabrá usted si en el círculo le tenían a Yeray Santana una especial inquina o si se hablaba de alguna cosa que tuviéramos que conocer, dado que estamos investigando su muerte?
—Yo intento mantenerme en otro plano. Además, este año ya no estoy en el máster; ha entrado otro equipo directivo.
Pero den por hecho que la pelusa y el recelo, sobre todo con los que apuntan alto, son la tónica habitual, como en cualquier sector.
Los artistas tratan de aparentar compañerismo y camaradería, pero no soportan que otro tenga el éxito del que ellos se creen merecedores.
—¿Y sabe de alguien que pueda estar más enterado de esos, digamos, desencuentros?
—No sabría decirles... —Se quedó pensativa—. Quizá María Hueso, la presidenta de la asociación de artistas cántabros. Ella los conoce bien a todos y seguro que está dispuesta a ayudarles.