La Osa de Ándara 18. El colgante
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18. El colgante

El colgante

Lavalle llega a la reunión vespertina que ha fijado la brigada Lago un tanto a la defensiva.

El cariz que está tomando la investigación la incomoda.

No puede evitar la impresión de sentirse cuestionada en cada paso que dan, en cada cosa que le preguntan.

Cuando el cabo Millán toma la palabra anunciando que han llegado a un hallazgo que puede ser importante, está segura de que saldrá mal parada.

—Cuando hablaron con el forense, descubrieron que Yeray Santana debía de llevar un colgante que ya no estaba en el momento en que apareció el cuerpo, algún tipo de cordón. He revisado los últimos informes y se confirma que había fibras de yute en su cuello.

—Uy, con lo que pica eso... —comenta Macarena.

—La verdad es que sí —reconoce el cabo—. Pero miren esto. Ruz está metiendo el hocico en las redes sociales de las víctimas y ha encontrado algo.

Millán proyecta una fotografía tomada del perfil de Instagram de Milo Lovrić, vivo, en la que luce un colgante con un cordón de yute, o quizá de esparto.

Es la última imagen suya que el belga publicó.

Claramente tomada por él mismo y posteada el 2 de julio, su último día con vida, en cuyo pie contaba que estaba peregrinando a Áliva.

—Lo llevaba cuando lo encontraron, debió de ser entregado a la familia con sus pertenencias. Creo recordar que está fotografiado en el expediente —explica Lavalle.

—Fíjense en esta otra —continúa el cabo.

La otra es la que publicó inmediatamente antes; esta y la anterior y todas las demás, y Milo no llevaba el colgante en ninguna.

La mañana del día de la Fiesta de la Salud, Milo Lovrić hizo tres publicaciones en su perfil, después debió de quedarse sin cobertura, y solo en la fotografía más reciente aparece con el colgante.

—La verdad es que no me percaté de ese detalle —reconoce Lavalle arrinconada por lo evidente.

—De modo que el belga se había puesto un collar en algún momento esa mañana. Interesante —aprecia Lago mirándola a ella.

No pueden saber de dónde salió el colgante, si alguien se lo había regalado, si lo había comprado o sacado de un bolsillo, pero parece seguro que se lo puso de camino a los Puertos de Áliva.

Un hallazgo que no tiene por qué ser determinante, pero que a Lavalle se le pasó.

De la cuerda cuelga un accesorio oval en forma de lágrima con una cruz pintada.

—La cruz parece la del escudo de Camaleño: el lignumcrucis . Es el símbolo del Camino Lebaniego —explica la capitana.

Por primera vez, Lavalle se alegra de no ser quien debe decidir por dónde continuar.

La brigada, por su parte, resuelve rápidamente lo que van a hacer: en primer lugar, visitar unas cuantas tiendas de artesanía en busca de un objeto parecido.

La capitana, empeñada en negar las conexiones entre los casos, piensa que eso no va a llevarlos a ningún sitio; casi con toda seguridad será uno de esos abalorios fabricados en serie que ofrecen a patadas los souvenirs .

En paralelo, Lago dice que van a volver a Lebeña y «arriesgarse a recibir un mamporro de la madre de Mateo Cayón».

Una vez que ha repartido las tareas al hilo del hallazgo, Macarena propone que se centren en la lista de contactos.

Es larga. Están hablando con todos, preguntándoles cuándo vieron al canario por última vez y dónde estaban la noche en que lo mataron.

Los que ya han respondido a esa pregunta tienen coartadas plausibles.

Con respecto a los compradores de la exposición, ninguna de las dos obras de Yeray Santana ha ido a parar a particulares, según informa de nuevo Millán:

—Una la adquirió la Fundación Cruz Begides, que tiene sede aquí en Potes. La otra, una empresa local para sus instalaciones, un hospital privado de Santander; una de esas clínicas especializadas en implantes capilares —dice acariciando su reluciente calva—. La escultura ya está decorando el hall .

—Al parecer, la propia asociación tiene por costumbre invitar a políticos y a empresarios a las exposiciones para ponerlos en el compromiso de comprar algo como muestra de apoyo al arte local —explica el sargento primero Soler—. Ya veis que no eligieron precisamente obras de artistas autóctonos.

Las conversaciones almacenadas en el teléfono y la información obtenida del círculo de Yeray Santana es el siguiente punto que tratan, en el que puede sentirse algo más útil compartiendo los resultados de las indagaciones de su propio equipo.

Lavalle toma la palabra y explica que el contenido del móvil por sí solo les ha permitido reproducir los movimientos del chico en las horas previas a su muerte: de Santander a Comillas, a la nave de la asociación, y desde ahí a Lebeña, donde pasó la tarde en la exposición atendiendo a los pocos visitantes que se interesaron por la muestra.

En cuanto a lo que han contado los compañeros del artista, ninguno reparó en el momento en que Yeray desapareció del sitio.

Solo cuando les han preguntado los días siguientes, han caído en que se había marchado sin despedirse.

—En algún momento y sin ser visto por ningún testigo que tengamos hasta ahora, Yeray debió necesariamente de volver a la iglesia, donde unas horas después acabaron con su vida. La siguiente persona en verlo, ya inerte, fue Mateo Cayón. Por eso tenemos que volver a hablar con él —zanja Lago.